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Marcelo_Choren
Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
El cliente difícil, muy atildado, penetró en la tienda de máscaras.
Un dependiente servicial le salió al encuentro.
—¿En qué puedo servirlo? —dijo, al tiempo que se frotaba las manos.
El cliente difícil resopló, miró las enormes estanterías repletas de cajas todas iguales, y frunció los labios.
—Necesito una máscara, una que sea exclusiva.
—Bueno, bueno— cloqueó el dependiente servicial—. Sepa, caballero, que nuestro establecimiento cuenta con el más amplio surtido de máscaras del país. Estaremos encantados de servir a usted a total satisfacción.
—¿Puede mostrarme algunas? —dijo el cliente difícil retorciéndose el mostacho como si le diera cuerda—. Quiero comprobar si sus máscaras son todo lo que se pregona.
Con una mano, el dependiente servicial apartó una cortina.
—Si desea pasar por aquí—dijo, e hizo un gesto de invitación con la mano libre.
El cliente difícil entró en un amplio gabinete, muy iluminado. En medio había un sillón con muchos pedales y palancas, similar al de los dentistas.
—Tome asiento, caballero —el dependiente servicial sonrió—. No se asuste, ahora tengo que atarlo bien.
—¿Atarme? —El cliente difícil se irguió como si le hubieran aplicado electricidad—. ¿Es necesario?
—Es imprescindible. Debo tomar las medidas de su cara. No querrá usted que la máscara le quede pequeña o demasiado floja. En cualquiera de esos casos, haría un ridículo espantoso, y nuestra firma se vería desprestigiada.
—Comprendo, comprendo —dijo el cliente difícil, aunque no se lo veía convencido del todo.
Una vez que se hubo ubicado, el dependiente servicial procedió a sujetar brazos y piernas con gruesas correas de cuero. También le sujetó la cabeza con una especie de barbijo también de cuero.
—Tranquilo, caballero —dijo—. Ahora voy a acercarle el medidor craneal. Es indoloro, inodoro e insípido.
De un rincón trajo un equipo parecido al que usan los oftalmólogos, y lo ajustó alrededor de la cabeza del cliente difícil.
Movió interruptores y ajustó diales. En tanto, la máquina emitía un suave ronroneo.
—Ah, ah. Perfecto. ¿Vio que no dolía? Un momento, voy a comprobar el resultado antes de retirarle el medidor.
La máquina soltó una cinta de papel, que el dependiente servicial leyó con una ceja levantada.
—Humm.. ¡Muy bien! —dijo—. Tiene, usted, un cráneo perfectamente dolicocéfalo.
—¿Y eso es bueno? —había un rastro de preocupación en la voz del cliente difícil.
—Es el formato del que tenemos mayor surtido. ¡No sabe lo que es lidiar con los braquicéfalos! Y con los mesocéfalos ya es un martirio: no hay máscara que les quede bien a los pobres.
—Muy buena la clase de anatomía. Ahora, ¿me va a mostrar máscaras, por favor?
—Tengo un modelito que le va a encantar: "Ambicioso-agresivo" ¿Qué le parece?
El cliente difícil se rascó la mandíbula donde el barbijo le había dejado marcas.
—No, esa no puede ser —dijo—. El gerente tiene una así, y va a pensar que quiero moverle el piso.
—Entiendo, hay gente que no soporta la competencia. En ese caso, permítame ofrecerle nuestra "Servil-correveidile", que está muy de moda.
—Tampoco quiero pasarme...
El empleado servicial resopló.
—A ver, ¿algo más de sport? ¿Más casual? ¿Qué le parece una "Amable-responsable"?
—Tampoco me convence. Terminaría haciendo todo el trabajo de la oficina.
El dependiente servicial pensó un momento.
—¡Ya lo tengo! —dijo, dando palmadas—. Espere un momento que busco.
Trajo una escalera larguísima, y la apoyó contra la estantería. Trepó hasta la punta, luego rebuscó hasta apartar una de las cajas.
—Pruébese esta.
El cliente difícil miró la máscara con un gesto que podía ser de asombro o enojo.
—Pero... Pero, esta máscara es transparente. Transparente por completo.
—Exacto.
—Oiga, no me tome el pelo.
—Hágame caso, pruébesela.
Refunfuñando, el cliente difícil se probó el artículo.
—¿Y ahora qué?
—Mírese al espejo.
—Ehhh... ¡Vaya! No me reconozco.
—¿Se da cuenta? Es perfecta. Nadie será capaz de imaginar que usted es usted mismo.
—Tiene razón —dijo el cliente difícil—. No me la envuelva, me la llevo puesta.
Luego de pagar, arrojó la máscara de cliente difícil sobre el mostrador.
—Esta puede quedársela, ya no me interesa —dijo desde la puerta, a modo de despedida.
El dependiente servicial recogió la máscara usada, se refugió en la trastienda y colgó su propia máscara de un perchero.
—Las cosas que se cree la gente —suspiró.
Comentarios
Literariamente, es impecable y original.
Me alegra que te gustara.
Después de leer la original historia, refuerzo mi opinión que la vida es un gran teatro, donde todos actuamos.
Shalom desde Israel, colega de la pluma
Por fortuna, cada tanto topamos con una rara avis, que nos reconcilia con el género humano.
Shalom desde Albacete, España.
Este relato pertenece a la nueva factura. Me resulta más fácil urdir un diálogo que internarme en una descripción. Allí es donde patino.
Saludos,
Marcelo