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Foro de Literatura (Fuera de la LISTA) El acojonado lujo del capo

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


El acojonado lujo del capo

La noche era calurosa. Apenas si traía una brisa que iba alejando los fantasmas que nacían del humo del habano. Jorge, Don Jorge (sentado en un sillón del salón de su yate junto a su cala privada rodeada de tierras innecesarias, herencia de crímenes olvidados y de verjas de acero más innecesarias por ser antes las del miedo que en la sociedad le llamaban respeto) miraba, aparentemente tranquilo, el negro mar invertido en el cielo.

Un murmullo incesante resucitaba recuerdos en la lejanía, que la vacía esponja del presente se ocupaba de enjugar. Alguien tenía que decir al aspirante a capo Jorge, después Don Jorge, que ni los zapatos de cemento, plagiados de películas del cine; ni las rayas de polvo blanco, ni el costoso alcohol, ni dólares a toneladas, ni las noches orgiásticas de sexo catártico, podían acallar las sempiternas voces susurrantes de los muertos. Y no es que no pudiese disfrutar de sus acostumbrados y costosos placeres, sino que ahora tenía que compartirlos en su pensamiento con las presencias de cadáveres. A veces se preguntaba si la ruta hacia su ambicionada cumbre merecía la pena. Pero la respuesta era siempre la misma: un amargo trago de Chivas etiqueta negra.

El mar, y la vida, y la muerte ¡Qué pequeño era todo comparado con la inmensidad! Sus contemplaciones eran lo único que no le causaban hastío, con un ir y venir clamoroso e idéntico de olas, de días y espumas, regresaban a él las travesías en el interior de su lujoso yate, que era un juguete en unas caprichosas manos de un gigante pueril. Inconsciente de su poder, las emociones se sucedían entre rugidos de balas del dios embrujo, que se disipaba al pisar tierra firme, dejando en su lugar un anhelo, una llamada que, más tarde o más pronto, obtenía su respuesta, y su regreso.

Nada se movía en esa noche, salvo el mar. A través del vapor de sus ojos, Don Jorge, hipnotizado, veía las olas barriendo las arenas y los brazos de una gigantesca ameba, tímida a pesar de su monstruosidad.

A pocos metros de la playa, donde el agua no llegaba al cuello, aparecía un bulto negro que, venciendo resistencia avanzaba lento hacia la orilla, que según se iba viendo era la testa de una emergente y cheposa imagen. Se frotaba los ojos Don Jorge, pero la imagen seguía allí. Ahora, el agua lamía sus rodillas. Sin duda, era una persona cubierta de harapos, algas o alguna suerte de camuflaje para pasar inadvertida, como un comando de las fuerzas especiales del ejército.

Don Jorge sabía que, de un momento a otro, los sobornos y los resortes oscuros, dejarían de proporcionarle esa burbuja de protección en la que vivía, pero no adivinaba el modo en que le tenderían la trampa, quizá por verlo improbable e impreciso. O era eso, o algún buzo desorientado había escogido el peor lugar para perderse.

Pero no era un comando. Ahora miraba, con los ojos muy abiertos, los movimientos innaturales con los que aquel hombre arrastraba su cuerpo, playa adentro, dejando dos surcos paralelos en la arena tras sí. Don Jorge no era miedoso, no lo había sido nunca. Las pocas veces que había tenido miedo, para recorrer sus venas habrían tenido que reventarle el corazón a otro incluso entre los habituados al espectáculo de sangre puesta en libertad. Empero, la visión de ese tullido enajenado o quién diablos fuese, empezaba a preocuparle, razón sobrada para dispararse la inestabilidad en su orgullo homicida.

Sus empleados habían ido a la ciudad a divertirse con chicas, por su orden expresa. Quería estar solo esa noche, pero había un intruso; eso sí, con un par de huevos distorsionando sus planes. Tenía que ocuparse él solo del asunto.

Echaba una última ojeada por encima de la balaustrada a aquel loco penetrando sus propiedades, que cada vez estaba más cerca, pero no lo suficiente para que la luna iluminase su cara.

Venía acercándose entonando un mecánico murmullo, tan grave como el rumor de las olas, pero no podía distinguir su cara desde la altura que los separaba. Don Jorge se daba la vuelta y corría hacia su oficina. Ya en ella, destrababa de un armario su viejo fusil, obsequio de su socio ruso, muerto en un aciago negocio, año atrás. Cogía tres cargadores y se iba de nuevo al salón. Cargaba el arma, y, acomodando la culata a uno de sus hombros, buscaba la cabeza del desconocido con la boca del acero. Pero todavía estaba fuera de su alcance.

Dos surcos gemelos en la arena conectaban el mar con el pórtico de su vivienda. No podía verlos hasta que un golpe de una fuerza brutal impactaba contra la pesada puerta, reventándola en infinidad astillas y esquirlas de vidrio repiqueteando como llanto de tormenta. Estaban invadiendo su casa. Don Jorge, aplastando su temor bajo la estampida de una ira incontrolable, atravesaba presuroso su oficina y bajaba por unas escaleras, de suaves curvaturas, que llevaba hasta la planta baja. Escalón a escalón, la correa del arma asida al brazo, pie tras pie, Don Jorge salía al encuentro de aquel invasor, mientras el murmullo balbuceante de un cántico de palabras, sin aire, penetraba, ahora sí, con claridad en sus oídos.

En la noche tranquila, por encima de la ensoñación sonora de espuma y sal, se podían oír treinta disparos ininterrumpidos. Pero un solo grito.

-o-

El inspector Ruiz entró a la estancia. Un clamoroso olor a whisky inundaba sus fosas nasales. Y aun viendo la escena, modo curioso el que emplea el cerebro al operar, el primer pensamiento que esbozó su mente era que solo el cuarto de baño era más grande que toda su casa. Se percató de la presencia del comisario Gutiérrez, tras sus enormes mostachos.

-Le estaba esperando, Ruiz.
-Comisario, parece que es un ajuste de cuentas.
-¡No me diga! Su sagacidad no deja de sorprenderme. Y yo que creía que era un desafortunado accidente doméstico.

De un borde de la bañera colgaban los pies de Don Jorge, sumergido en un líquido ambarino. Sus manos estaban crispadas, y sus ojos conservaban aún una mirada particularmente horrible de un terror cristalizado en el tiempo. Rota su mandíbula permitía que un selecto habano permaneciese obstruyendo los labios en una cruel angulación.

-Bueno, ya podemos empezar a repasar la lista de los miles de sospechosos que querían la muerte de este angelito.
-¿Alguna pista en primera instancia, comisario? –preguntó Ruiz.
-A ver qué le parece esta. No sé cómo interpretarla –dijo el comisario, tendiendo una caja vacía de puros habanos, cogida con las enguantadas puntas de dos dedos.

En la fina tapa de la cajita rectangular de madera de ébano, había una inscripción grabada en letras gruesas y en oro macizo de 24 quilates: “Felicidades. Te quiero papá”.

Este es el cobarde poder de los narcotraficantes




Antonio Chávez López
Sevilla abril 2022


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