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Nos mereció la pena

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII




Nos mereció la pena

Una noche, paseando por calles céntricas de la ciudad de Sevilla, decidimos entrar a un cine. No lo teníamos planeado, pero nos gustaba la idea. Estábamos ya cansados de tanto caminar y yo estaba dolorida con los nuevos zapatos de tacón alto, y además la faja me apretaba más de la cuenta, así que me fui al aseo de señoras antes de subir a la sala a quitarme la faja y a ponerme unas tiritas en los lados de roces de los zapatos, mientras mi marido iba a comprar palomitas y refrescos.

Aquel largo y angosto pasillo, con sus luces multicolores, me transportaba a otra época, haciendo que evocase tiempos de atrás… noches de cine, primeras manitas... años cargados de emociones y sensaciones...

En ese momento despertaba mi lado pícaro y quería sorprender a mi marido. Me dejaba puestas las medias y me quitaba el sujetador y las bragas, y después pasaba a la sala. Vestía yo aquel día un ligero vestido casi transparente, pero con las luces apagadas, seguro que nadie iba a notar mis mamelones empinados y erizados por la excitación que me estaba causando la situación.

Llegué a la fila que recordaba vagamente y me senté en la butaca de al lado de mi marido, al que apenas si podía distinguir. Me parecía que me miraba, pero sin hablar. Entonces me dispuse a ver la película.

Nada más sentarme en mi butaca, la respiración de mi marido se aceleraba, como si imaginase algo, pero no era posible, así que me lanzaba llevando mi mano derecha a sus muslos, cerca de la bragueta, y le sacaba su miembro, que se hallaba muy, pero muy erecto, como a punto de descargar.

No tardada él en hacer lo mismo. Con su mano izquierda sobre mis rodillas, mi humedad era tan vertiginosa que crecía, y cuando la mano de él aterrizaba velozmente en mi bajo vientre, empapado estaba ya mi vagina.

Mientras, me había percatado de que en la fila de atrás de la nuestra había un mirón que no se iba perdiendo detalle, pero, aunque su curiosidad me molestaba, nos encontrábamos tan enfrascados en nuestras lides sexuales que no nos movíamos de nuestra fila, por lo que dejaba que dos dedos de la mano que tenía entre las piernas presionasen con fuerza mi vagina, a plena libertad.

Simulando que nuestros ojos estaban puestos en la pantalla, no nos mirábamos. Cuando me llegaba el orgasmo, me costaba controlarme, pero lo superaba. Fue algo realmente genial.

Miraba a mi marido y le daba un beso cómplice.

Pero, súbitamente, me quedé paralizada, helada. ¡Había estado tocándome con un extraño! ¡Ese no era mi marido!

Fue entonces cuando lo entendí todo palmariamente. Mi esposo era aquel mirón de la fila de atrás. Siempre había sido esta experiencia su mayor fantasía, y el azar o no sé qué la había hecho realidad esa noche.

Sin mediar palabra, me levanté rápidamente de la butaca y salí a todo gas de la sala. Mi marido me seguía a poca distancia. Ya caminando en la calle, nos reíamos de esa manera que solo nosotros sabemos y comprendemos.

Aunque todavía hoy, pasados ya un año y unos cuantos meses de aquel inesperado episodio sexual y permaneciendo aún en mí el susto y, sobre todo, la vergüenza, me mereció la pena.





Antonio Chávez López
Sevilla agosto 1998


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