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El Facebook y sus puercas rarezas

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII




El Facebook y sus puercas rarezas

En uno de los mensajes que leí ayer en mi muro, un tipo anónimo, que sería un chiflado y en este caso un sádico también, me pedía que me orinase en su boca. No era la primera vez que recibía mensajes parecidos, ni a estas alturas de navegar tanto por las redes sociales me sorprende nada, pero después de leerlo e incluso releerlo me pregunté: “¿qué ocurriría si le digo que acepto?”.

No sé qué mosca me picaría, pero nunca había pensado que pudiese excitar mearse uno en la boca de otro y menos todavía sin las connotaciones que puede ofrecer el conocer antes a la persona en cuestión. Lo cierto y verdad es que le dije que, si era de mi pueblo, le citaba esa misma tarde en los aseos de señoras del único centro comercial al que yo iba de compras. Y también le dije que dijese si iba a acudir. Y así se lo escribí, como si fuera una invitación de boda: “confirma tu asistencia”. y él respondió que sí, y además añadió que como él lo había pedido que no iba a perderse “la gran oportunidad de su vida de ver realizado su sueño”.

Durante toda ese día seguía con la idea en mi coco. No me sentía nerviosa ni intranquila y tampoco le daba vueltas a lo que ya había decidido, aunque nunca había quedado con ningún contacto del Facebook, y nunca se sabe...

Llegué antes de la hora concertada al centro comercial e hice unas compras y después las llevé a mi coche. Más tarde, entré en una tienda de ropa de señoras para echar un vistazo, y así hacer tiempo. A la hora convenida, me fui a los aseos. Le había dicho que entrase en el cubículo más alejado de la puerta de la entrada y salida y que solo la abriese cuando llamase con los nudillos y dijese "aquí estoy”.

Había más mujeres allí esperando en la cola, pero esperaba que habría sido previsor y hubiera ido con el tiempo suficiente para hallar el momento de meterse en el cubículo sin que nadie se percatase. Pero, desde luego, si no estaba en el cubículo, yo no esperaría y me iría sin perder más tiempo y sin mirar en ningún otro cubículo.

Según iba acercándome veía que el cubículo al que iba se hallaba cerrado. Eso era una buena señal. Respiré profundamente antes de llamar. Apenas dije la contraseña, el cerrojo se abrió y la puerta se quedó entornada. Me aseguré de que no había nadie más en el pasillo y empujé rápidamente la puerta. Y allí estaba el asqueroso, mirándome con una expresión de bobo. “A simple vista se ve que un tío normal, no tiene aspecto de un loco ni un delincuente”, pensé. Eso y el saberme en un lugar público me daba la confianza para entrar. Cerré la puerta, y una vez dentro, él hizo ademán de presentarse, pero le corté el rollo con un gesto de desagrado.

-Ponte de rodillas y echa la cabeza hacia atrás -le dije en un tono firme, a la vez que me metía las dos manos bajo el vestido para quitarme las bragas.

Se quedó unos instantes sin reaccionar, como procesando mis palabras.

-¿Pero me quito la ropa antes? -me agradó su desconcierto.
-No, solo sácate el pene. Quiero ver si te excita la situación –a bote pronto se me ocurrió esa marranada.

Y la situación en sí debía provocarle excitación, porque estaba empalmado cuando su miembro viril asomó por la bragueta. Pero yo ni pestañeé, como si no supiese lo que era un pito, ni hubiese visto uno nunca.

-¡Venga, aligérate, que no voy a estar aquí toda la tarde! -lo apremié

Y se puso tal y como le dije, con el culo contra los talones y la cabeza hacia atrás. No parecía una postura cómoda, pero no protestaba. El ponerme sobre él, con un pie en la tapa del inodoro y el otro encima de un cubo con compresas y condones usados, mientras me iba sujetando en los azulejos, me costó lo suyo. Cuando ya estaba preparada, me alcé el vestido, para no mojarlo, pero al mirar hacia abajo me di cuenta de que que su erección había cedido, y eso me decepcionó un poco, pero estaba decidida a seguir con su juego, que de pronto se había convertido también en el mío.

-¡Abre la boca y traga, cerdo! –le dije en voz semi baja pero con énfasis, para humillarle más aún.

Me obedeció en lo de abrir la boca, no en lo de tragar porque solo podía tragar saliva. Mi uretra se negó a responder, no por falta de ganas de orinar, ya que me había tirado mucha parte de la mañana bebiendo agua para ese momento, pero parecían bloqueados mis músculos por la situación y también porque pensaba en mi dignidad. “¡Pero, qué coño, yo accedí, ¿no?, pues adelante con los faroles!”.

Por fin, sentí relajarse mi uretra y vi que empezaba a salir orina. Miré hacia abajo y vi que él adoptaba la postura para recibir el orín en la boca a través de una copa de cristal inclinada, mientras llevaba una de sus manos a su pene.

-¡Ni se te ocurra tocártela delante de mí! –alcé un poco más la voz.

El chorro salía con presión rompiendo contra la copa y chorreaba sobre su cuerpo, mojándole la camisa, el pantalón y hasta los zapatos. Aquel loco disfrutaba de lo lindo. Más que un niño en el día de los Reyes Magos.

Duró bastante mi meada, y cuando acabé me percaté de que me sentía pletórica. Y más al ver su pene hinchado, deseoso de largar semen, y además todo él mojado de orín, con un olor desagradable.

-Besa ahora mi vagina. ¡Pero solo besarla, ni se te ocurra lamerla! -avisé, sin importarme ya el tono de mi voz.

Levantándose el culo se incorporó para posar los labios en mi entrepierna.

-¡Gracias, muchas gracias! -musitó.

Saqué un pañuelito de papel de mi bolso, me limpié todo por ahí abajo y lo tiré al charco que se había formado. Me vestí, pero atenta a no pisar el orín, ni a rozarme con aquel guarro.

-Cuando yo salga de aquí, puedes hacerte lo que te dé la gana -le dije mientras me recogía el pelo-. Ah, y no olvides limpiar todo antes de irte.

Y salí del cubículo, pero antes miré a un lado y otro. Mientras me lavaba las manos en un lavabo próximo, escuché un cerrar de pestillo. Sonreí pensando que se la estaría destrozando con el olor del orín.

Pero después de unos cuantos meses de aquel, llamémosle original episodio, sigo recibiendo mensajes suyos. A pesar de no contestar a ninguno, sigue enviándome con regularidad. El último recibido ha sido un relato que describe todo con todos los detalles. Me ha resultado tan guarro, tan lleno de sentimientos y con unas descripciones tan exageradamente halagadoras hacia mi persona, que no me ha quedado otra que contraatacar con mi versión de los hechos. Así que le envié un mensaje con el siguiente texto:

" Mira, guarro anónimo, yo llegué a un cubículo de los aseos de señoras del centro comercial de mi pueblo, descargué mi vejiga en tu boca y me fui. Solamente fue eso. Así de simple, y así de morboso. Únicamente ha sido uno más de mis juegos sexuales".





Antonio Chávez López
Sevilla mayo 1999


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