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Una cigüeña y dos medallas de oro

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


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Una cigüeña y dos medallas de oro

Ana se soltaba el pelo y se disponía a meterse en el cubículo de la ducha, después del agotador y estricto entrenamiento. Su estilizado cuerpo de gimnasta, mezcla todavía entre niña y mujer, bien se merecía una buena ducha.

Estaba feliz por haber sido seleccionada para representar a España en el Mundial de Gimnasia, a sus solo15 años. Pero no podía ocultar un sentimiento de tristeza por no haberse podido despedir de Francisco Javier, que ya había partido hacia Alemania, la sede del Mundial.

Francisco Javier era todo para ella. Se conocían desde la pre-selección. Ana estaba enamorada de él, y pensaba que su amor era correspondido, hasta el punto de querer entregar su virginidad a su guapo atleta, antes de viajar para competir.

Para Francisco Javier, un chico de 18 años, Ana era una preciosa rubia, simpática y buena amiga. Pero solo eso, porque para desconocimiento de Ana, su adorado Javier era homosexual. Él sabía que Ana lo deseaba, pero no le gustaban las mujeres. La veía como una chica ardiente. “Una afiebrada vagina más”, como decía Jorge, el novio de Francisco Javier.

Pero en lo concerniente a Gimnasia, Ana era la primera en el ranking español de las pequeñas gimnastas.

Ana se quitó la ropa y se fue a la ducha. Al aproximarse, vio que el agua corría por dentro. “Seguro será alguna compañera”, pensó. Pero mayúscula era su sorpresa al ver duchándose a un muchacho mulato, bien dotado, alto, y de unos 22 años, que en ese momento se dio cuenta de la presencia de Ana.

-¿Y tú? -le preguntó el mulato sorprendido, a la vez que intentaba taparse sus partes íntimas con las manos.
-Es que este es el aseo de las chicas –le dijo una nerviosa Ana, con sus bellos ojos deleitados al ver tan “esbeltas cosas” en aquel cubículo.
-Oh, perdona. No sé leer español y como no había nadie, entré a ducharme e irme rápidamente. Yo soy Dini y pertenezco al equipo italiano de natación. Preparándome estoy porque esta tarde cogemos un avión de vuelta a Roma.

Ana quitó la mirada del cuerpo del italiano, pero antes se tapó con la toalla. Pensó que por qué no había gritado o no había salido corriendo cuando vio al mulato "con todo al aire". Pero, tragando dos veces saliva, le dijo:

-No te preocupes, Dini. Dúchate tú primero y después yo, ¿vale?

Y le dijo ese pequeño discurso como un regalo, reconociendo lo muy atractivo y lo muy amable que era Dini. ¡Y lo buenísimo que estaba!

Dini, conociéndose sus encantos físicos y haciendo honor a la fama de conquistadores que tienen los italiano, además de ansioso de aventuras y viendo en Ana la perfecta exponente de la belleza femenina española, le decía, sonriendo, y en una actitud coqueta, casi cómica:

-Mira, españolita preciosa, en este cubículo hay espacio para los dos, ¿por qué no nos duchamos juntos?

Pero la joven Ana luchando estaba contra sus propios miedos y contra las reglas de la federación, y sabiendo que se exponía a la expulsión si la pillaban, pero aun todo eso, entraba en la ducha y dispuesta a lo que fuese, sacando a relucir su juvenil impulso para experimentar ese desconocido placer que su entrenadora le prohibía.

Después de todo, Ana creía en el destino, y que justo antes de partir, tamaño bombón estuviese en su ducha, era un regalo de los más caros. Besaba apasionadamente al italiano, mientras él pensaba que Dios existía.

Todo contrastaba en los dos: el color moreno de Dini, la piel blanca de Ana, sus diferentes edades, él 22, y ella 15; ella 1,66 de estatura, y él 1,94. No obstante, un súbito flechazo zurcido a una súbita pasión los empalmaba bajo una fina lluvia de la ducha en un momento de locura.

Besaba él los pequeños pechos de Ana, mientras ella acariciaba, por vez primera, un pene, que más tarde iba a ser su primer pene, y además el pene que se iba a ocupar de romper el himen de una adolescente.

Siempre había imaginado que su primera experiencia sexual tendría que una cosas especial, memorable, diferente... Y esa imaginación era ahora. Sus delicadas manos recorrían ávidamente la cara, el torso, el vientre, el pubis y los muslos de Dini, que disfrutaba de lo lindo las caricias de la guapa y torneada española.

No le costaba a él coger en sus musculosos brazos a ella y darle la vuelta, dejando su flor, todavía cerrada, a la altura de su boca, empezando a devorarla. Ana sentía placer. Por inercia e instinto, la gimnasta respondía besándole pasionalmente y degustando la erecta masculinidad del nadador...

Dini sabía que no tenía tiempo, así que cogía a la flexible Ana entre sus brazos y la sacaba de la ducha y la acomodarla en uno de los bancos del pasillo. Mojado y sin hablar, Dini abría los duros muslos de Ana, que estaba nerviosa, pero decidida. Dini la penetraba, primero suave, y luego... suave también y lo más tiernamente que la situación del momento le permitía, considerando que lo más seguro era que la pequeña Ana era virgen todavía.

Los gemidos de la gimnasta eran inevitables. Mucho había conversado y leído con las amigas sobre ese sublime momento, pero sentirlo era otra cosa. Ambos empezaban a moverse al unísono, buscando la excitación y el placer de sus carnes. No tardaban en llegar al orgasmo. Él sentía el estremecimiento de la chica y el propio, y retiraba su pene, estallando a medias dentro de ella, tratando de protegerla, aun su ansia por poseerla más. Pero no quería ser tan irresponsable y por acabada daba aquella sesión tan sabrosa.

De pronto, se escuchaban unos ruidos y unas pisadas próximas.

Ana, aún jadeante y excitada, se tapaba como podía con la toalla, mientras Dini corría a esconderse. Y esa era la primera, la única y la última vez que Ana veía al hombre que la hacía mujer, desvirgándola.

Semanas después, Ana volvía triunfal a España, trayéndose consigo dos medallas de oro, conseguidas por sus dos brillantes ejercicios de barra y pista.

Y, sin saberlo, y sin siquiera imaginárselo, también traía consigo, pero en su vientre, una respuesta de la cigüeña, producto inequívoco de la semilla de un amor casual que seguro cambiaría su vida para siempre, por suerte o por desgracia para ella. Pero no es una desgracia la venida a la vida de un bebé, pudiéndose considerarlo así por ser Ana tan joven, casi una niña, y ya en su vida y para siempre con una responsabilidad tan grande para su corta edad.


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Antonio Chávez López
Sevilla abril 2004


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