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Aquellos ojos

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


Aquellos ojos

Le despertaba el sonido de la lluvia. Las gotas golpeaban contra los cristales de la ventana de su cuarto. Una suave luz, que salía de su cuarto, atravesaba el pasillo y penetraba por la puerta entreabierta, posibilitando ver parte del salón. Los restos de la noche anterior permanecían allí: una botella de whisky, medio vacía, y un paquete de Winston con apenas un cigarrillo dormitaban en el rincón de las desganas. Se incorporaba. No quería pensar en lo que le había ocurrido unas horas antes. Le costaba razonar, pero haciendo un esfuerzo conseguía recordar el motivo de lo que serían sus desvelos en los próximos días: aquellos ojos…

La noche anterior se había desarrollado en la misma línea de lo previsible: el mismo bar de copas, el mismo ambiente, el ir y venir, en todo momento, de entradas y salidas de gente. La ciudad, Sevilla, estaba tranquila, todo lo tranquila que puede estar una gran urbe un fin de semana. El cielo, a pesar de estar completamente despejado, no iba a dar lugar a la predicción de lo que iba a llegar más tarde.

La noche anterior en aquel bar de copas, charlando, bebiendo y fumando, habían llegado a la misma conclusión de meses atrás: cambiar definitivamente del lugar de divertimento. En esto estaba pensando aquel grupo de amigos. Y sin más hablar y de mutuo acuerdo, cogían sus prendas de abrigo y salían a la calle, atravesando la densa oscuridad de la noche, con caras sonrientes y decididos a pasarlo lo mejor posible
 
Las risotadas y los chillidos se intensificaban en cada momento, llegando incluso hasta causar quejas airadas del vecindario, que, desde sus ventanas pedían más respeto para las horas de descanso.

Al llegar a un nuevo bar de copas, tiraban despreocupados gabardinas y abrigos sobre un sofá que vieron desocupado. Se sentaban en taburetes que rodeaban una mesa. Un camarero preguntaba qué iban a beber y, ya anotado, servía lo pedido. Pero todo era igual a la semana anterior, y a la anterior. La monotonía tenía agobiado al personaje central de este relato. Era por eso que abandonaba a menudo las charlas entre los amigos, para él sumergirse en sus propios pensamientos durante algunos minutos.

Finalizada la última copa, miraban el reloj, y todos acordaban regresar a sus respectivas casas. Al salir de nuevo a la calle, veían que el cielo estaba nublado, casi encapotado, pero no le daban importancia porque, por el momento, no presentaba peligro de lluvia.
 
Todos cogían el mismo Metro para regresar a sus barrios. Las paradas iban llegando y el grupo se iba disolviendo entre risas y un "hasta mañana". Pero a él le quedaba todavía una media hora para llegar a su destino. Se incorporaba de su asiento y adoptaba una pose más acorde con los restantes pasajeros.

Una mirada general al vagón, le hacía ver quienes le acompañaban: hombres con mochilas y con aspecto de ir a trabajar en la construcción; una joven mamá con su pequeña hija, hablaban de lo bien que se lo iban a pasar en casa de la abuela... Pero había algo más, algo que destacaba por encima de todo aquellos ojos…

La noche hacía horas que había cerrado con llave su cometido, dando paso a la madrugada que a su vez llamaba a voces al alba. La oscuridad rodeaba todo lo que había fuera de su ventanilla del vagón. Había perdido la cuenta de las paradas que le quedaban. Y tampoco había megafonía ese día. Una chica, sentada al lado de su asiento, parecía igualmente desconcertada. La miraba y le preguntaba:
 
—¿Sabes por cuál parada vamos?
 
Cubierta la cara, solo se le veían unos ojos realmente bellísimos. Le respondía:
 
—Ni idea.
 
La risa aparecía en las expresiones de los dos, y la conversación se iniciaba a fluir. Se miraban furtivamente mientras iban cambiando anécdotas. Pareciera que aquellos ojos estaban atravesando el lado más sensible de él.
 
“¡Dios!, esto es Increíble; de pronto la noche me sorprende con este obsequio”, pensaba él.
 
Por sorpresa, se encontraba frente a los ojos más guapos que había visto nunca.

El primer rayo del Sol empezaba a irrumpir en las ventanillas del vagón. Él quería preguntarle cosas a la dueña de aquellos ojos, pero al final lo único que podía hacer era sonreír por sentirse tan afortunado.

Y ya con todo el Sol fuera, el nombre de las paradas se podía ver y leer a través del cristal de las ventanillas Solo quedaba una parada para llegar a la suya. Al parecer, a aquellos ojos aún la quedaba viaje para rato.
 
Pero el predecible destino había llegado: su parada, esa parada del adiós que a veces se odia.
 
—Ésta es la mía -le decía a la chica, la ama de aquellos ojos.
 
Una simple mirada profunda de aquellos ojos hubiese bastado para seguir hasta donde quisiesen, apeteciesen u obligasen Pero no. La dueña de ellos solo sacaba de su bolso un teléfono móvil, y con un mirar de esos que derriten, respondía:
 
—Encantada. Que tengas un buen día.
 
El sonidos de las puertas abriéndose y el trasiego de los viajeros, marcaban la amarga realidad.

 
Despertaba, pero ya no estaban aquellos ojos. Comenzaba a mirar a todos lados, desesperado, rezando para que lo que allí había vivido y sentido no fuese lo que inevitablemente era: el más descorazonador de los sueños.

Se encendía un cigarrillo y bajaba todas las persianas de su apartamento. En esa mañana, la luz del exterior le hacía daño. Quería volver a la oscuridad, esa oscuridad que le había presentado a aquellos ojos.
 
“¡Esto es una putada!”, pensaba, cabreado.
 
Pero no quería darse por vencido. Se metía de nuevo en la cama, completamente vestido, a la vez que se decía para sí: “no te preocupes, preciosos ojos míos, que volveré a buscarte en dondequiera que estés”.
 
Y, mientras, aquellos ojos no se habían bajado todavía de aquel bendito vagón del Metro.



 
 
Antonio Chávez López
Sevilla junio 2001

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