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Amigos para siempre

cehicehi Miguel de Cervantes s.XVII


LA CAJA DE MSICA 10 UN RINCONCITO PARA COMPARTIR - Pgina 7 Erztic57

Amigos para siempre

Se conocían del colegio desde niños y eran amigos, y de adultos su amistad era indestructible. Un buen día se buscaron y se hallaron, y esa misma noche hicieron el amor, simplemente porque no cabía otra cosa, porque se amaban y se deseaban, y ninguno de los dos podía soportar por más tiempo no disfrutar de sus cuerpos.

La dos de la madrugada de un verano cualquiera

Después de cenar y de tomar unas copas, y algunas de más, querían devorar la noche. Ella era una hembra desbordante, que hablaba y hablaba… Él era un macho dócil, que escuchaba y escuchaba…, pero con tanta atención que se desvanecía entre manidas divagaciones.

A esas horas no quedaba garitos a dónde ir, y tampoco excusas qué inventar, caminaban sin rumbo fijo y que la intuición se impusiese. Pero algo engañaba al destino y sus pasos terminaban en el portal de la casa de ella. Tras larga y significativa mirada, se hacía el silencio; sí, ese tipo de silencios de las amargas despedidas. Ella, llevada por el alcohol y por el fuego que la quemaba al pensar que no quería dormir sola, le pedía a él que la besase en los labios y que entrase a su casa.

Luego de quitarle el sujetador su amigo, recordó su cuerpo de niña, esbelto y frágil. La había visto crecer, había visto cómo iban creciendo sus pechos, como pintados por un ínclito pintor de cuerpo de mujeres, que reclamaban ahora sus mimos. En ellos sobresalían unos pezones erizados por la excitación del momento. Él evocaba una gran decepción que había sufrido al oír, años atrás, a uno decir que se jactaba de haberlos degustado a placer. Había respetado tanto sus senos, que ni por asomo imaginaba que sus salivas los iban a rociar. Le vibraban las manos, pero no dudaba en acariciarlos, avivando en su amiga de siempre una pólvora de expectación e impudicia.

Apenas sentía que los labios de él galopaban en su cuello, la hembra salvaje bramaba, liberando una sensación de alivio. Nunca había alardeado con él; le veía su refugio, su fiel desahogo; pero, no obstante, sentía desde lo más hondo de su ser que él era suyo, que ella era la única mujer en el mundo que podía hacerle disfrutar.

Estaba convencida de que aquella noche iba a ser una noche de un inevitable sexo salvaje, una cuenta antigua pendiente de saldar, que ahora, porque ella lo había decidido, iban a ponerla al corriente.

La tiesura de su miembro se deslizaba por los recios muslos de ella, y el cosquilleo se propagaba traviesamente hacia el mismísimo centro de su sexo. Ella respiraba cada vez con más intensidad, y se retorcía en la cama. Le excitaba sobremanera que todas las miradas de él se derritiesen en su cuerpo, la ponía que él mirase embobado su esbelta desnudez.

Él intentaba arrebatarle el tanga, pero ella, como un resorte, le apartaba la mano; por el contrario, le pedía que se tumbase, para poder sentir su piel. Se miraban a los ojos, pero él, amante inexperto, pensaba que ella le iba a pedir más. “Quizá no pueda dar lo que quiere, quizá no estoy a la altura”. Pero ella se abalanzaba contra él, e inmediatamente sentía el varón una lengua bulliciosa que recorría todo su cuerpo.

Ella, con habilidad y maestría, liberaba el miembro de los calzoncillos, el cual estaba lascivamente erguido y con el glande al descubierto. Él no quería abrir los ojos y verla hacerle eso. No entendía que su cándida amiga tuviese tanto saber en la boca. Pero para ella no era nada nuevo, y tampoco se regodeaba contándole sus destrezas en el sexo. Él le pedía que parase, porque estaba a punto de descargar.

Ella, experta y dominante, trataba de hacerle entender que sus técnicas eran infalibles. En un alarde de ternura pegaba su cuerpo más al cuerpo de él, le cogía la mano y la guiaba hacia debajo de su tangas. Le mordía la oreja y le susurraba que era su turno, que ella ya estaba a punto, muy, pero que muy caliente.

Como ella sospechaba, él no era hábil con los dedos. Entonces le cogía un dedo de la mano y juntos dibujaban un círculo alrededor de su clítoris. Siempre había actuado ella de maestra para su amigo, desde una raíz cuadrada, hasta cómo cocinar arroz; desde que los dos llevaban babis, hasta que estaban completamente desnudos, como ahora se encontraban.

Le costaba aprender, pero, con el tiempo, el alumno era capaz de superarla en cocinar los platos más sabrosos. Masturbarla no era una excepción; se congratulaba al escuchar sus sexuales gemidos, al verla retorcerse por los espasmos, al ver que podía dominarla con tan solo dos dedos. Por vez primera, se sentía cómodo, y el delirio lo desbordaba. Su deseo se expandía por otros rincones de su cuerpo, notando la dureza de su pene. Lanzado, le quitaba el tanga y le veía el sexo, que estaba desierto como la última vez, como cuando de párvulos descubrían juntos que los niños y las niñas no tenían el mismo sexo. Sus rojos y protuberantes labios vaginales incitaban a adentrarse más adentro.

La fiera sedienta le pedía que agitase los dedos, porque, tras sentir que estaba dilatada, le urgía frotárselos con intensidad, y que presionase las paredes circulares. Gemía mientras buscaba y hallaba en el cajón de la mesilla un preservativo. Pero, en ese momento miraba a su amigo y no lo veía por ninguna parte; para ella era solo un desconocido, uno más. Su amigo formaba parte de una colección de hombres que se rendían a la directriz de su deseo sexual, y después desaparecían de su vida, hasta que ella les diese una nueva oportunidad.

Dejando ella a un lado su eterna máxima de gozar el momento, se preguntaba a sí misma el después de aquella inesperada pero satisfactoria noche de amor: “¿Amigos? ¿Amantes? ¿Novios? ¿Conocidos?”. Un amplio abanico en donde había para escoger.

Él, nervioso pero decidido, le arrebataba el preservativo y se lo ponía presuroso. Su erección era monumental, pero sincera. El impecable cautivador se asombraba de sus propios progresos.

¿Conseguiría aprender en forma rápida y práctica lo que tantas veces ella le había inculcado “vivir el presente sin miedos, hacer el amor sin sentir arrepentimientos, ser uno mismo y pasar de los juicios ajenos?”.

Entonces él, terriblemente excitado, separándole los muslos y dispuesto y decidido a penetrarla, vio en sus ojos un sentimiento que conocía a la perfección: “amistad”. Después de abrazarla fuertemente y de besarla con amor ternura, le dijo: “amigos para siempre”.

Y sin más, culminaban lo que ambos tenían en mente desde mucho tiempo atrás y que finalmente decidía ella, como siempre.


LA CAJA DE MSICA 10 UN RINCONCITO PARA COMPARTIR - Pgina 7 Novio10


Antonio Chávez López
Sevilla octubre 2010

 :)

 

Comentarios

  • Esas son a mi parecer, las mejores relaciones amorosas, cuando uno es muy buen amigo de la pareja. Eso les da una química excepcional, como tú has expresado aquí. 
  • cehicehi Miguel de Cervantes s.XVII


    Sin embargo eso de ser muy amigos, no siempre arranca el relé de las cosas del querer, de amar, porque un exceso amistad, que, por lógica razón natural, lleva a un exceso de confianza, a veces manda todo al garete. Pero no cabe duda de que siempre es bueno ir preparado para establecer una relación.

    Hoy en día, casi que no existe esta clase de parejas; se va más al "aquí te pillo y aquí te mato". Y mucha culpa de esta conducta la tiene ese invento del "follamigos". Los valores del antaño se están perdiendo a la fórmula uno. Una pena. Y es una pena porque arrastra al animal racional hasta convertirlo en irracional. Por desgracia, en muchas relaciones sentimentales solo impera el sexo; el amor ni siquiera está invitado.

    Gracias por leerme, "señor historiador".

    :)

      
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