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David no se merecía esto

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


David no se merecía esto 

Hola, soy Julia: una pelirroja de 22 años, alta, 1,74, bonito cuerpo y cara graciosa. En el hablar me paso a veces con tacos. Y ahora os voy a contar lo que me ocurrió este verano. 

Empiezo por decir que nací y vivo en Sevilla, donde tengo la suerte de tener un buen amigo, llamado David, el cual se ve a leguas que está pilladísimo por Luisa. No hay más que ver la cara de tonto que se le pone cuando aparece, y las de tonterías que hace y dice, que resultan ridículas. Cuando delante mía lo veo hacer esas cosas, me entran ganas de pegarle un par de hostias, y a ver si espabila de una puta vez, joder.

Y mi lector dirá quién coño soy yo para meterme en lo que haga o deje de hacer David. Yo soy nada menos que su amiga del alma. Desde renacuajos, somos uña y carne. Y nuestros padres son amigos y compadres, y vecinos de toda la vida. Y David y yo somos inseparables. Siempre hemos compartido juegos, penas, alegrías, fiestas, travesuras, castigos...

Tenemos tanta confianza y complicidad el uno con el otro que la gente que no nos conoce piensa que somos pareja. Y por eso me duele más verle hacer el payaso con una niñita de papá, de 21 años, riquita, presumidita y frivolita.

Ya os habréis percatado de que Luisita me cae como una patada en el coño. Pero tengo que reconocer que David tiene buen gusto, siempre se enamorar de las más guapas y despampanantes. Porque otra cosa no, pero guapa es rato la tía. Y encima luce tipazo, de esos que quitan el hipo.

La cosa es que Luisa se quiere integrar a nuestra pandilla de amigos y yo tendré que soportar, cabreada, la imagen patética de David, entre otros pretendientes, muriéndose por sus huesos.

Pero un momento, a ver si de todas estas explicaciones mías sacáis la conclusión equivocada de que estoy celosa, porque si algo tenemos claro los dos en nuestra amistad, es que es solo eso, amistad. La atracción física que podíamos sentir alguna vez la afrontábamos con unos juegos divertidos, en los que cada uno descubría merced al otro el sexo. Una vez superada la etapa adolescente, el único interés que tenemos el uno por el otro es de pura y leal amistad. Además, ambos hemos tenido parejas, líos, rollos..., y no han supuesto ningún problema. Así que de celos, kk de la vaca.

Estoy dándole vueltas a esto porque David me ha telefoneado esta mañana desde el pueblo. Sus padres tienen allí una casa, donde pasan sus días de asueto, y como se han ido de viaje a Madrid a visitar a su hija, y su hijo mayor reside lejos, le toca a David ir este finde a la casa del pueblo para regar las flores, y, de paso, echar un vistazo a todo en general.

Pero no se le ha ocurrido mejor idea que la de invitar a Luisa. Claro, Luisa ha debido captar la encerrona y le ha preguntado si iba a ir más gente, y el capullo de mi amigo le ha dicho que aún no lo sabía, pero que yo iba. Así que me telefoneó para pedirme que le haga de “celestina”, por lo que estoy que trino, pues para un finde que no curro tengo que estar soportando a mi amigo y a su princesita. Espero y deseo con todo mi ser que la pandilla se anime a ir, y al menos podríamos montar una fiestecita.

En fin, se desarrollen como se desarrollen las cosas, un amigo es siempre un amigo, y tenemos que sacrificarnos. Hoy por ti, mañana por mí.

Y en esto iba pensando mientras salía de la academia, a la que acudo los viernes por las mañanas para tratar de aprobar la hijaputa Física. Pero mi sorpresa era mayúscula al ver a la Luisita de los cojones  en la puerta de entrada a la academia.

—Hola, Julia -me saluda, sonriente.

—¡¿Tú aquí?! ¿Qué pasa? -este era mi saludo.

—David me dijo dónde estabas y como he logrado que papá me deje su coche, porque mi deportivo esta chocado, he venido a buscarte.

—¿Para...? -la miré largamente, enarcando las cejas.

—Para… -dudaba un instante- …llevarte a tu casa, recojas tus cosas e irnos las dos juntas a "Relax" -así llaman los padres de David a su finquita del pueblo.

—No tengo nada preparado. Solo pensaba comer en mi casa, echarme un rato la siesta y después coger el autobús de las siete.

—Debí haberte llamado antes, pero no tengo tu móvil, y David me dijo que te tiene prohibido dárselo a nadie. Parece que te tenga miedo...

—¡Pues según parece no me tiene tanto! -dije, airada-. Pero ya que has venido “habrá que aprovechar el coche de papá” -concluí con esa ironía.

Rumbo a mi casa, Luisa centra la charla en mí; no para de preguntarme por mis estudios, por mi trabajo como gogó algunos findes, por cómo organizo mi vida, por mi familia… Le respondo con monosílabos que no dan pie a seguir haciéndome más preguntas. Pero la pija no cede. Así que ella todo el trayecto parloteando, y yo pensando en lo torpe que es por no darse cuenta de que no la trago.

Cuando llegamos a mi barrio aparca y me hace preguntas sobre David. Y yo se lo vendo fatal; le digo que es un vago y un irresponsable. Aunque no es realmente así, no creo que haya mejor forma de que se dé cuenta de que liarse con mi amigo no le conviene, porque ella no sé qué sentirá, pero, para David, Luisa es poco menos que la mujer perfecta. Aunque a veces ocurre que todos somos perfectos hasta que conseguimos lo que queremos.

En el portal nos cruzamos con mi hermana, que me dice deprisa y corriendo que se va a comer a la casa de nuestra abuela, y que mis padres están con unos amigos y que almuerzan con ellos en su casa y que no regresarán hasta la noche. "Jo, con la siestecita que podría haberme pegado en casa, pero la cabrona realidad es que tengo que hacer un puto viaje acompañada de una pijita de mierda", pensé.

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Comentarios

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII

    Subimos sin hablar hasta mi piso. Entramos y le indico el salón para que me espere allí. Me voy a mi dormitorio a coger los cuatro trapos que pille y meterlos en una maleta. Estoy rebuscando entre los cajones, porque a mi hermana le sale del coño ponerse mi ropa sin mi permiso, y mientras busco algo nunca lo encuentro, cuando veo que Luisa está apoyada en la puerta, mirándome. Me siento avergonzada por tanto desorden y porque me da la cabrona sensación de que está comparando sus organizados y repletos armarios con ropas y zapatos de marca, con mi desastroso y pobre roperito con ropas y zapatos de los chinos.

    —¡¿No te dije que me esperases en el salón?! -le hago ver, cabreada, que me incomoda en exceso su presencia.

    —¿David vive cerca de tu casa? -pregunta al cabo de unos segundos. Por lo visto, ha decidido no hacer ni puto caso a mi mal genio.

    —Justo en el portal de enfrente. Si te asomas a esa ventana, ves la de su cuarto -me calmo y decido seguirle el rollo, a ver si se cansa.

    —Y por lo que cuentas sobre él, se ve claramente que lo quieres -empiezo a dudar de que pueda estarse calladita, al menos un putito ratito.

    —¡Muchísimo! En realidad, es el hombre de mi vida -respondo con sorna.

    —No, en serio. Quiero saber si te gusta.

    Su tono ha cambiado al decirme eso último; ha sonado a serio. Aun ello, la miro con desdén, mientras ella añade:

    —Me pones muy difícil hablar contigo, Julia -hace una alargada pausa que me obliga a mirarla y a dejar de meter cosas en la maleta.- Lo que realmente me gustaría saber es si hay algo entre tú y él –añade, al cabo de unos veinte segundos

    —Mira, Luisita, David y yo solo somos amigos, y nada más, que no es poco. Y no debería decirte esto porque tendrías que haberte dado cuenta de que lo tienes en el bote. Es más, si te fueses sola a pasar el finde con él en el pueblo, nos darías una alegría a los dos –le respondo muy clarito.

    Nos miramos largamente en silencio. Luisa se ha puesto muy triste. Igual he sido demasiado dura y directa con una nenita de vidrio, delicadita.

    Inoportunamente, se oyen crujir mis tripas.

    —Yo también tengo hambre -dice-. ¿Preparo algo ligero y nos lo comemos antes de irnos? –me dice de pronto.

    —Mi cocina y mi nevera son tuyas -le ofrezco para que me deje en paz.

    Cuando acabo de hacer la maleta, voy a la cocina, percatándome de que estoy famélica. Lo único que comí en el desayuno a las ocho de la mañana había sido media bolsa de papas fritas. Luisa ha hecho dos tortillas francesas de dos huevos cada una con tres lonchas finas de tomate, metidas en pan de molde tostado. Dos bocatas muy apetitosos se veían.

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  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    —Está muy bueno -reconozco después del primer mordisco-. Me has sorprendido. Pensaba que no sabrías ni abrir la nevera -sonríe y me hace sonreír a mí.

    —Es que me paso sola mucho tiempo. Soy hija única, y mis padres no están nunca en casa. Siempre viajando y pasándoselo bien sin mí. Y es por esto que me he aficionado a la cocina. Aunque es más chulo si se cocina para alguien como tú.

    Ese “alguien como tú” lo veo como un cumplido. ¿O no...?

    Mientras estanos comiendo me habla de su vida de pobre niña rica, y, muy a mi pesar, me hace sentir empatía por ella, por reconocer abiertamente tanto sus privilegios como sus carencias afectivas.

    —Oye, Julia. Cuando terminemos de comer, quiero que te eches un ratito, ¿vale? -me dice súbitamente-. Y así descanso yo también. Anoche dormí poco y mal -añade.

    —Me parece genial. ¿Sabes algo? Empiezas a caerme de puta madre.

    Le ofrezco mi cama, y le digo que yo me echo en la cama del cuarto de mi hermana, pero me dice que prefiere dormitar mientras ve algo en la tele. Así que ella se queda en el salón y yo me voy a mi cuarto.

    Medio dormida siento como si alguien entrase a mi cuarto. Se acerca a mi cama, me empuja un poco para hacerse hueco y se echa a mi lado, dándole yo la espalda. Me llega el aroma de un perfume que conozco. Casi despierta, noto que ¡es Luisa!, que, con una de sus manos, me acaricia el pelo. Placentera es la sensación de relajación que me invade, cuando uno de sus dedos dibuja el contorno de mi oreja izquierda, bajando la mano por la cabeza hasta los hombros. Me quita los tirantes de la camiseta, y eso hace que medio me despeje. Pero lo que me hace despejar del todo y poner mis sentidos en guardia es sentir besos seguidos en mi espalda. Sin atreverme a moverme, me digo si han sido realmente besos o me los he imaginado. Más besos, y más apretados, y más cálidos que los anteriores, me sacan de la duda. "Si me hago la dormida, creo que le será menos violento", pienso. De pronto, su cuerpo se pega completamente al mío y su boca me susurra al oído:

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  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    —Me gustas mucho. Desde que te conocí, no dejo de pensar en ti. No veía la forma de acercarme a ti, ni que me prestases atención. Me has sonreído antes por primera vez y me has hecho feliz. Te deseo.

    Sus dos últimas palabras se mezclan con besos y caricias, y una de sus manos se va desplazando desde mi cuello, rodea mi cintura, se pierde bajo mi camiseta, abierta ya, y me acaricia el vientre.

    Me quedo muda y hasta sin respiración, lo único que funciona ahora mismo en mi cuerpo son los sentidos. La piel se me ha puesto de gallina, y no sé si por el magreo de su mano por mi vientre, por los besos, por las palabras que atacan mi oído, o por la fuerte presión de su cuerpo contra el mío. Mi incapacidad para reaccionar debe parecerle una buena disposición por mi parte.

    Sus besos no cesan, y por vez más atrevidos, más húmedos, sexuales. Noto sus dientes mordisqueando mi piel, y su lengua lamiéndola. Sus manos recorren parte de mi cuerpo, desde el cuello hasta los muslos, evitando el contacto directo con mis pechos. No para de decir "te deseo" entre susurros. Sus pezones empinados contra mi espalda corroboran que sus palabras son sinceras. Mi respiración vuelve a funcionar, pero no puedo evitar que sea honda y entrecortada, y tampoco puedo evitar cerrar los ojos con cada escalofrío.

    Cuando su ansiosa mano derecha coge una de mis tetas, se me escapa un gemido que se alea con uno suyo. Paro su mano y me giro para pedirle que no siga, pero cuando nuestras caras se enfrentan, a menos de dos centímetros, solo salen de mis labios dos palabras que me habían calado hasta el mismísimo coño: "te deseo".

    No recuerdo quién besa primero, pero recuerdo que estamos devorándonos las bocas, besándonos con pasión, fusionando lenguas y labios en un compás perfecto. Nos abrazamos fuertemente para dar más calor a nuestros cuerpos. Nos comemos cara y cuello. Y ambas sabemos que queremos más, pero nos deleitamos haciendo larga la espera, largos los besos...

    Me percato de que mide cada paso por miedo a que me eche atrás. Por eso noto que controla sus caricias, sus besos. Siento cómo desea hacer el amor conmigo, sin atreverse, pero me quito el sostén para dar luz verde a su lujuria.

    Con los ojos muy abiertos, mira mis tetas, como no creyéndose que se las ofrezco, y empieza a lamérmelas ansiosamente, locamente. Sus labios, su boca, su lengua pornotean con mis duros pezones, y su voz sigue repitiendo una y otra vez... "¡te deseo!".

    Tanta ternura y tanto deseo juntos me desarman por completo. La separo de mí el tiempo y la distancia justos para quitarle el sostén. Sus pechos son grandes, redondos y firmes. Me apetece chupárselos. Alargo una de mis manos y siento su cuerpo estremecerse cuando entro en contacto con su piel. Me entrego a modelar delicadamente sus formas. Sus pezones se han oscurecidos, se han erguidos, están muy excitados...

    Estamos arrodilladas frente a frente. Ella toma el mando y decide devorarme con la misma pasión con la que antes con mis tetas. No quito mi mano de la suya. De pronto largo un fuerte gemido que palmariamente delata mi excitación. Pero, cuando nuestras miradas se buscan y se encuentran, en la suya hay una petición y en la mía una aceptación.

    —Quiero hacerte el... –sus hábiles manos desabrochan mi pantalón antes de acabar de pronunciar la frase entera (Quiero hacerte el amor).

    Echándome sobre la cama y levantándome el culo consigue sacarme los pantalones. Después, ella, se quita los suyos y se tumba a mi lado. Volvemos a besarnos y a tocarnos, nuestras piernas se entrecruzan y siento uno de sus muslos entre los míos, presionando mi coño. Me muevo hacia ella a igual ritmo que lleva su lengua en mi boca. Noto su mano deslizándose bajo mi tanga y… y entonces creo que me voy a derretir. No se apresura, va calentándome según avanza frotando las yemas de los dedos, ganando milímetros en su bajada. No se puede decir que su mano no avisa a donde va, sin embargo, cuando llega no puedo evitar una explosión en mi cuerpo y que mis besos se tornen a rugidos.

    Estoy encharcada. Pasa por mi mente el sigilo de la vergüenza por verme así, pero su respuesta a mi excitación es tan grata, su cara expresa tanto contento, su mano tanto deseo, su boca tanta dulzura, que yo abro completamente mis piernas para compartir lo que me está haciendo sentir. Su lengua lenta, baja por mis tetas hasta mi coño, y se detiene, reverenciándolo, deleitándose con los ojos, antes de con la boca. Con una de esas miradas que prometen mil y un placeres, y la punta de una ansiosa lengua trabajando a destajo, experimento mi delicioso suplicio.

    Llegados a este punto, pierdo el hilo de lo que me hace o deja de hacerme. Solo sé que con su boca, su lengua y sus dedos, me da más gusto del que nunca he sentido de ningún macho. No consigo llevar la cuenta de las corridas que estoy gozando, ni del tiempo que pasa mientras recorremos nuestros cuerpos. Por lo que saco la sabrosa experiencia de que en semejante convite de puras sensaciones, olfateo, miro, saboreo, toco y oigo, todas y cada una de las reacciones de su cuerpo, y veo en todo ese conjunto el mejor de los afrodisíacos.

    Cuando sudorosas y agotadas volvemos a la realidad, anochecido está. Lo único que empaña este perfecto estado de placer y felicidad, es un runrún en mi cabeza, que tiene nombre y que se llama como mi mejor amigo: David.

    “La cagué”, pienso, y mi felicidad se desvanece como una pompa de jabón, para dejar paso a un terrible malestar. “Soy una traidora y una guarra; le he fallado a mi mejor amigo. ¿Qué hago ahora?” -pienso de nuevo.

    —¿Estás bien? -me pregunta Luisa, percatándose de mi desasosiego.

    —¡No, no estoy bien! ¡He traicionado a David!

    —No te preocupes por eso. Él lo entenderá.

    —¡No, no lo entenderá! ¡Está colado por ti! ¡¿Es que no te has dado cuenta todavía?!

    —¡Vaya asquerosa amiga que estoy hecha! -añado.

    Sin darle tiempo a replicar, me levanto y me voy a la ducha. Secándome estoy, y entra Luisa a la ducha. La miro mientras se enjabona. No puedo evitar mirarla. Tiene cuerpazo, y entonces pienso: “aun lo mal que me siento, volvería de nuevo a follar con ella ahora mismo”.

    —¿Qué hacemos? -me dice cuando sale del baño, ya vestida y me ve haciendo la cama y con mi maleta dispuesta.

    —Salir ya mismo hacia “Relax”. David está esperando. Tengo que decírselo. Es mi amigo. Además de traicionarle, no quiero mentirle.

    —¿Se lo vas a decir? -por su voz noto que le sorprende mi decisión.

    El viaje lo hacemos en completo silencio. Pensando voy en cómo contarle a David lo sucedido, y en la reacción de él y en la respuesta mía. Pero, aun mi pesar, no puedo ni quiero evitar revivir mentalmente los momentos sexuales compartidos con Luisa:

    “¿Qué piensa ella? ¿Qué coño pasa por su cabeza?”. Decido que ya tengo bastantes problemas y que de momento no quiero saberlo.

    Llegamos. El viaje se me ha hecho corto. Aún no he elegido las palabras con las que lo voy a herir. David ve llegar el coche y sale sonriendo y corriendo a la puerta. Se oye música. Al final, parece que la pandilla ha decidido venir. Le pido a Luisa que no me deje en la misma puerta y que aparque detrás de la casa.

    Me bajo del coche y caminando hacia David voy rogando: “Porfa, Dios, que solo sea un capricho puntual, que no sienta nada serio por Luisa”.

    Pero en la hondura de mi corazón aparece la duda. Y dudo porque no acierto a poner en pie si mis súplicas se refieren a los sentimientos de mi mejor amigo, o a los míos propios.


    Antonio Chávez López
    Sevilla septiembre 2010

     :)
     
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