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La risa del diablo

editado 23 de abril en Poesía Fantástica

Aquel hombre de traje azabache.

Aquella mujer de vida apagada.

Un viudo con su llanto abrazaba 

a su esposa de pálido semblante  


Juan Francisco de Murrieta

pues así él se hacía llamar,

era un varón de alma en pena

pues su amada no iba a resucitar.


—¿Dónde estás mi bella Catalina?

¿Cuando volverás mi dulce amor?

¿Qué haría yo para caer en desdicha?

¿Quién diablos me robó el corazón? 


Y tras las lágrimas de Murrieta

el rostro de su amada se bañó,

inundándose del dolor de su pena,

más aquella vorágine lo atrapó.


Un fulgor de repente, una penumbra voraz.

Un macabro y vil ente, una sombra sin igual.


Piel de lava volcánica 

y rostro macabro.

Dos cuernos de cabra 

y ojos de lagarto.

Fauces de alimaña 

y patas de fauno.

Lengua de culebra 

y garras de leopardo 


Más aquel ser parecía medio humano,

pues este era Lucifer, el mismo Diablo. 


—¡Oh señor mío! 

Líbreme de este demonio

¡Oh padre santo! 

Ayúdeme se lo imploro


—Abre los ojos triste mortal,

no me temas pobre infeliz,

pues soy Lucifer, Señor del Mal

y ningún buen Dios vendrá por ti


—Señor de las Tinieblas,

¿qué quiere usted de mí?

No se burle de mis penas,

yo no puedo vivir más así.


—¿Quieres recuperar su belleza?

¿Cuanto arriesgarías por tal fin?

¿Deseas que tu mal desaparezca?

Pues yo el buen trato tengo para ti.


Los ojos del viudo tornaron en dos soles,

y aquel rostro huesudo sacó feliz los dientes.


Era la sonrisa de la esperanza,

y esperando, Satán se regocijó.


—Oh gran Belcebú,

bendito Satanás,

pues dímelo tú.

¡Dime qué tratarás!


—Tu amada vive en mi reino

y allí es donde mora su alma eterna,

si deseas estar con ella de nuevo

toca mi tridente, hombre en pena. 


La duda no se asomó por su rostro

pues el poder del amor es cegador,

y aquel ciego el tridente agarraría, 

y de nuevo la vorágine apareció.


La risa del diablo,

eco infinito de mal,

infierno de demonios,

ríos de azufre y de sal.


—¿Qué me has hecho Lucifer?

¿Dónde está mi amor, mi mujer?


—Yo te condeno al infierno eterno,

yo te maldigo con patas de avestruz,

cuerpo de cerdo, castigo sempiterno 

rostro de lagarto y cuernos en cruz.


—¡Me has engañado vil traidor!

¡Cumple el trato diablo cabrón! 


—Tú mataste tu amor con tu locura.

Tú asesinaste a tu reina en tu ebriedad.

Tú mandaste a tu mujer al paraíso.

Tú tocaste el tridente, penitencia serás. 


La risa del Diablo,

eco infinito de mal,

juez de almas perdidas,

rey del abismo infernal.


Este fue el fin del malvado Murrieta,

condenado a morar por océanos de cal,

pues un maltratador y vil asesino era,

la risa de Lucifer, gran sentencia final.

Comentarios

  • editado 25 de abril
    Muy buen poema. Me recuerda una gran reflexión de un escritor argentino, el "Negro" Dolina, que decía que si una persona está dispuesta a firmar un contrato con el Señor de las Moscas (Belcebú = Baal Zbub) para recibir alguna prebenda terrenal, no se necesita ni firma ni contrato, su alma ya está condenada de antemano.

    Y como reflexión adicional, los nombres de los demonios de varias religiones no son más que los nombres de los dioses de pueblos vecinos. Es el caso de Belcebú. Por eso dicen, que la historia la escriben los que ganan. Y si los que ganan pueden tornar dioses en demonios, qué no podrán hacernos a los mortales de a pie.
  • editado 25 de abril
    Muchas gracias por tu buena crítica e
    interesantísimo apunte @chclau
    👌
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