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La Luna de Carmen

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


La Luna de Carmen

Recorría lenta pero estruendosamente el pasillo. Se hacía notar con sus patas firmes y su cola atrevidamente alzada sobre el parqué, arañando con sus afiladas uñas la textura de las paredes, seduciendo con los constantes movimientos de su cola y su esbelto pelaje blanco. Cuando había atravesado la mitad del trayecto, aparecía de repente su ama en el otro extremo del pasillo.
 
Temía una fuerte regañina y se metía por la puerta que tenía más a mano, que era, precisamente, la puerta del dormitorio, el mismo dormitorio de la ama de la casa. Ya dentro, travesuras nuevas. Carmen abría un poco la puerta de su dormitorio, que, el apagar de la luz interior del mismo, coincidía con los ruidos y los maullidos que salían de la boca del felino al tratar de ocultarse, lanzándose poco después de un gran salto gatuno al armario y tirándose desde allí con fuerza, cual trampolín, hacia la cama, que, mientras iba aterrizando, iba deshilachando una buena parte de un flamante edredón, recién comprado, con las garras abiertas.
 
Al escuchar su ama un extraño ruido, abría de nuevo la puerta de su dormitorio, y entonces veía desplumado el edredón. Se quitaba una zapatilla y se iba en busca de la causante de aquel desastre; pero, sorprendentemente, o no tanto, la ágil Luna había desaparecido como por magia, sin dejar rastro.
 
Aun su avanzada edad, once años (más de media vida de un gato), mantenía una agilidad fuera de lo común, por lo que no era de extrañar por su ama, que, de tejado en tejado, arribase en la azotea de una casa vecina, máxime sabiendo de sobra su ama que su preciosa Luna era una gata ardiente y conquistadora y siempre dispuesta a buscar y a encontrar gato macho. De hecho, ni Carmen sabía, o no lo recordaba ya, cuántas preñeces había contraído con partos de bebés gatitos, que luego eran regalados por doquier, incluso algunos nietos. ¡Es que a la paciente Carmen le era imposible alimentar y criar a tanto gato! 
 
A la permanente enamorada Luna, le encantaba tumbarse al Sol y darse volteretas, hasta quedarse dormida. Por las mañanas pedía su desayuno, que consistía siempre en el mismo tipo de pienso, y por las noches, increíble, puntual a la misma hora, cenaba un sobre de carne. Su preferido era el de la marca “Félix”.
 
Cuando bajaba del pequeño cuarto de los trastos de arriba, junto a la azotea, hasta la vivienda propiamente dicha, le atraía sobremanera afilarse las uñas en la alfombra y en los sillones, por lo que su ama tenía que cerrar la puerta del salón, y era entonces, como percatándose de que Carmen se había dado cuenta de su maniobra, cuando se tumbaba sobre el radiador de la calefacción del pasillo, como para despistar a la ama de la casa, que sonreía...
 
Luna intuía si su ama se encontraba mal, y además lo sentía desde lejos; la miraba fijamente, se iba hacia ella y pasaba su lomo sobre las piernas de su protectora, a la vez que ronroneaba. Es por todo ello que Carmen le tenía mucho cariño, con lo que esto de que cogía una de sus zapatillas para golpearla por haber cometido alguna travesura, nunca se consumaba.
 
El mismo cariño hacia Luna, era también compartido por los peques de la casa: es decir, la madre absoluta de todo lo que se movía en su vivienda, también, cómo no, de su peculiar felino y, de alguna forma su eterna compañera. Es por esto, que se desmitifica el mito de que los amos o las amas de gatos son ariscos. Y menos la de Luna, a decir de vecinos. Corroborado este hecho por un amigo de la señora, o, más bien, señorita, pues ella es una más del enorme listado de divorciados.
 
En definitiva, la revoltosa gata Luna era la alegría de la huerta de una casa en pleno corazón de la sierra madrileña, aun sus permanentes travesuras y sus actos amorales, porque sabe bien su ama que ha tenido descendencia mediante relaciones incestuosas con sus hijos, e incluso con sus nietos.
 
Pero aun la atípica amoralidad racional, es atrayente saber que el mundo irracional es lo opuesto al mundo racional, por lo que un incesto irracional puede ser normal en seres irracionales.
 
¡Qué más quisiéramos las personas tener ese instinto natural de fidelidad, el cual es innato en los animales domésticos!
 
¿Cuánto poder de persuasión poseen los animales domésticos que terminan por domar a gente xenófoba de ellos? ¿Por qué todavía existen personas que no ven o no quieren ver el cariño, la fidelidad, la compañía y la ayuda que estos animales nos proporcionan? ¿Cuándo se extinguirá, de una vez para siempre, esa reprobable desaprensión contra los animales de compañía?




 :) 


Comentarios

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    Ese escrito anterior se lo dedico especialmente a una señora madrileña divorciada, por eso mismo, señorita, amiga especial de este autor, que igual lee mi texto, pues sé y me consta que entra a este foro solo para leer. No está inscrita. Un beso y un abrazo, querida amiga  :open_mouth:


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