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Relato "El hijo del sepulturero" parte2

II


En busca de su esposa, se adentró entre los tejos con el farol en su mano izquierda y la pala abrazada con el brazo derecho. Afortunadamente, la sangre se había secado, pegando el pañuelo a la mano y ya apenas sangraba; pero agarrar la pala con ella habría, sin duda alguna, hecho que la herida se abriese de nuevo.

 

–¡Málika! –llamó, esperando una respuesta de su esposa que no le llegó, fue el llanto el que lo hizo

 

Ahora que se encontraba más cerca, pudo distinguir que sería un recién nacido, de una edad similar a su hijo. Su difunto hijo. Su único hijo. El niño que murió antes de tener la oportunidad de sentir el vértigo de vivir. Un escalofrío le recorrió la espalda. Ya tenía una absoluta certeza de a donde se dirigía su esposa. Si quería encontrarla solo debía buscar la procedencia del llanto. Aceleró el paso, agachándose repetidas veces un instante después de que una rama baja le arañara el rostro.

 

Málika había sido toda su vida un ejemplo de pragmatismo, pero los dos últimos días no era ni una sobra de ella misma. Tras la muerte de Logon se había sentado, abrazando sus rodillas frente al cuerpo inerte, y allí había permanecido velándolo hasta el momento de su entierro, con los ojos fijos en la pared. Ni una lágrima, ni un mínimo sollozo. En dos días no consumió alimento alguno, ni tan siquiera se levantó para hacer sus necesidades, lo que obligó a su esposo a limpiar varias veces el suelo y a bañarla y cambiarle la ropa antes de ir al camposanto. Ella tenía la vida que siempre había soñado y todo cambió en un instante; lo tenía todo controlado, pero el viento sopló en una dolorosa dirección y su timón se quedó sin timonel. Su barco estaba a merced de imprevisibles corrientes de aire.

 

Tras avanzar unos cien metros y recibir media docena de arañazos le llego el olor a humo y carne quemada, por suerte no llevaba nada en el estómago, de lo contrario lo habría dejado entre las raíces de algún tejo. Diez metros después ya veía el final de la arboleda y, tras ella, la danzante luz de un fuego. Continuó su búsqueda y, al llegar a los últimos árboles, comenzó a oír voces, aun incompresibles. Una mano le agarró del brazo con fuerza, haciendo que casi se le cayera la pala, y lo atrajo hasta detrás de uno de los tejos. Era su esposa, con el dedo índice perpendicular a sus labios, indicándole que no dijera nada. Alzó el candil para ver su rostro y vislumbró con claridad sus ojos, los ojos de alguien que ha perdido completamente la cordura. Esa mirada le partió en mil pedazos, le destrozó aún más que la perdida de Logon. Málika apago el candil y señaló hacia la hoguera, junto a la que se encontraban dos soldados. Sus cascos y chalecos de acero brillaban con el baile de las llamas. Un hilo de voz salió de entre sus labios.

 

–Robert, escucha. Quieren matar al niño.

 

Ambos se asomaron tras el árbol, uno por cada lado. Los soldados estaban junto a una pila semienterrada de cuerpos ardiendo. Algunos estaban parcialmente amortajados, otros desnudos. Los soldados habían estado saqueando los cuerpos antes de arrojarlos a la pila funeraria. Uno de ellos era alto y delgado, el otro marcado por la viruela. Ambos estaban, lanza en mano, frente la mortaja abierta de la que parecía surgir el llanto del bebé.

 

–En mi puta vida había visto algo así, ¿estás seguro de que no sería mejor llamar a un sacerdote? Esta zorra ha dado a luz varios días después de muerta, si esto no es obra de brujería que la Santa madre nos ampare, pues esto es el fin del mundo –dijo el picado por la viruela.

–Pareces aún más idiota de lo que pensaba. Sin lugar a duda es un demonio y no el hijo de una bruja ¿Has visto sus ojos? Lo mejor sería arrojarlo al fuego, además, si llamas a un sacerdote nos tendrán días con preguntas o, peor aún, nos mataran por temor a que nos haya lanzado algún hechizo… o poseído –le respondió el alto.

 

Málika tocó el hombro de su marido.

 

–Robert, tenemos que hacer algo, quieren matarlo, solo es un niño Robert, por el amor de la Madre, tenemos que impedirlo –susurró.

–¿Qué quieres que hagamos, mi amor? Son dos soldados, no podemos hacer nada, sin duda nos matarían a nosotros y después al niño. Puede que a ti te hiciesen algo incluso peor. Después nos arrojarían con el resto de los cadáveres y nadie se enteraría jamás–. Una lágrima recorrió el rostro de la mujer y por un breve instante sus ojos parecieron acercarse mínimamente a la cordura.

 

–Calla, he oído algo –Dijo el soldado más alto

 

El corazón de Robert se detuvo. Los habían descubierto, estaban perdidos.



Comentarios

  • Acaba muy interesante. Me pregunto si lo que dicen esos hombres sobre la naturaleza del niño es verdad o simple superstición. Habrá que leer el 3.

    muy bien descrito el cambio de Málika
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