¡Bienvenido/a!

Pareces nuevo por aquí. Si quieres participar, ¡pulsa uno de estos botones!

La leyenda de los 7 guerreros Caps. 13 y 14

JanoJano Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV

XIII


Para entrar en la aldea los bandidos tuvieron que rodear los nuevos muros, de modo que lo hicieron justo por donde los defensores habían planeado.


Entraron en tropel, montados en sus caballos. Cuando llegaron a la altura del trío que les esperaba se detuvieron.


-Debí haberlo supuesto cuando mis hombres no volvieron -dijo el que parecía el jefe. -¿A cuantos de vosotros han contratado?


-Los suficientes -respondió Arex.


El jefe miró a su alrededor.


-Veo un par de muros nuevos.


-Hay muchos muros nuevos.


-No van a impedirme entrar.


-Son para impedirte salir.


-¿Habéis oído? ¡Estamos rodeados! Los cuarenta. Por esos tres. Porque no pueden haber pagado a más.


-En grupo salimos más baratos -dijo Vania apareciendo junto a Tiberius sobre un tejado.


-Cinco. Pero aunque seáis cinco no nos daréis mucho trabajo.


-Cuenta bien amigo -dijo Muravo apareciendo en otro tejado junto a Asha.


-¡Siete! Bueno, aún no habéis resuelto mi problema.


-Nosotros no resolvemos problemas -dijo Arex.


-Los eliminamos -añadió Hajib.


-¿Y qué se supone que debo hacer yo ahora?


-Debes largarte.


-¡Generosidad! -dijo mirando a sus hombres. -Ese fue mi error. Les dejo lo suficiente para que puedan subsistir y ellos me lo pagan así, contratando mercenarios para enfrentarme. Y ahora me dicen que me largue. ¡A mi!


Hajib vio por el rabillo del ojo como uno de los bandidos que se había situado a su derecha desenvainaba su arma. Él fue más rápido, le lanzó su puñal y el hombre cayó. En ese momento se desató el infierno. Los siete amigos buscaron refugio y empezaron a disparar con los arcos que tenían escondidos.

La ventaja numérica de los bandidos se convirtió en desventaja. Montados en sus caballos y dificultados por los nuevos muros construidos por orden de Arex, no pudieron maniobrar con la suficiente rapidez. Tropezaban unos con otros en su afán de huir de los dardos de los defensores. Respondieron a las flechas de los mercenarios, pero estos estaban bien cubiertos y podían disparar a placer. La batalla duró solo un par de minutos, tras los cuales los bandidos emprendieron la retirada. El resultado fue de doce bandidos muertos. Los mercenarios resultaron ilesos.


-¡Lo conseguimos! Gritó Rodyr.


-No te entusiasmes -dijo Arex. -Volverán.



Comentarios

  • JanoJano Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV

    XIV


    Dos días después, de madrugada, Arex despertó instintivamente al notar que Asha y él no estaban solos. El jefe de los bandidos y tres hombres más estaban rodeándoles con las armas en la mano. Notó que ella hacía un gesto agresivo y la detuvo.


    -Ahora no -le dijo. -Ahora tienen toda la ventaja.


    -De momento -respondió ella.


    -Vestiros -ordenó el jefe.


    Arex observó que uno de los hombres tenía sus armas, así que se limitó a obedecer la orden. Cuando estuvieron vestidos salieron al exterior donde les esperaban los demás rodeados por la banda.


    -¿Cómo conseguisteis entrar?


    -Tú no conoces a esta gente tan bien como yo. Son unas ratas cobardes. Uno de los que dejaste de guardia nos dejó pasar. Solo tuve que amenazarle y se meó encima.


    -¿Y ahora qué?


    -¿Ahora qué? Ahora, os llevaremos a las afueras. Cuando estemos a varios kilómetros os devolveré vuestras armas y os dejaré marchar. Incluso os daré un caballo de mis hombres caídos a cada uno para que podáis ir a donde queráis.


    -¿Y a qué se debe tanta generosidad? ¿Porqué no matarnos aquí mismo?


    -Verás... Podría matar a todos los de la aldea y no habría consecuencias. Pero con vosotros es distinto. Si os mato a todos y trasciende, no tardaría en tener a las milicias detrás mio incluso los keishanos podrían enviar a alguien. No, me sale más a cuenta dejaros marchar. Basta de explicaciones. En marcha.


    Los siete montaron en los caballos que habían seleccionado para ellos y, rodeados por los bandidos salieron de la aldea.


    Varios kilómetros después, el jefe dio la orden de detenerse. El bandido que llevaba sus armas las arrojó al suelo.


    -Aquí nos despedimos.


    -¿Qué pasará con los aldeanos? -preguntó Jemal.


    -Ya no tienes que preocuparte por ellos, ahora son cosa mía. ¡Adiós!


    Dio media vuelta y se alejó en dirección a la aldea seguido por sus hombres.


    Los siete descabalgaron y recuperaron sus armas.


    -Yo no se vosotros -dijo Asha. -Pero a mi, nadie me quita mi arma y me obliga a huir.


    -Tampoco a mi -dijo Muravo.


    -Tranquilos -dijo Arex. -No dejaremos solos a esa gente.


    -¿Pensáis volver? -intervino Vania. -¿Por la miseria que nos pagan? Estáis locos.


    -Nadie te obliga a venir -respondió el vanir. -Puedes marcharte si quieres.


    -Puedes contar con ello. ¿Alguien viene conmigo? ¿No? ¡Locos!


    Vania montó en su caballo y se largó.


    -¿Alguien más quiere irse? -preguntó Arex.


    Todos negaron con la cabeza.


    -Bien. Esta noche les daremos a esa chusma una sorpresa.




Accede o Regístrate para comentar.


Para entrar en contacto con nosotros escríbenos a informa (arroba) forodeliteratura.com