El gato a través de las persianas

“Dice (Groussac) que es asombroso el hecho de que cada mañana nos despertemos cuerdos —o relativamente cuerdos, digamos— después de haber pasado por esa zona de sombras, por esos laberintos de sueños.”
- Jorge Luis Borges

Echó reversa y miró por el retrovisor una última vez antes de bajarse del carro, solo para asegurarse de haber quedado bien estacionada.

—Lo suficientemente cerca de la entrada para poder bajar cómodamente las maletas sin temer a que Mina se me escape mientras abro la puerta-, pensó Daniela mientras detenía la marcha del carro después de un largo día en el trabajo. Tomó su celular que estaba cargando batería mientras conducía de regreso a casa y lo acomodó en el broche de su cinturón, un poco a ciegas palpó con su mano en la guantera para recuperar el llavero y descendió del carro. Después de agarrar su maleta de la cajuela tomó las llaves y mientras las intentaba introducir en la cerradura de pronto la puerta se comenzó a abrir.

—¡Pero si ya estás aquí!, creí que hoy llegarías tarde a casa - dijo un poco aliviada después de la sorpresa de que la puerta le diera paso antes de que ella terminara de darle vuelta a la cerradura. Iván sonrió, le dio un beso en la frente con todo y su pequeña gata en manos, como técnica para que no se escapara en medio de la noche, y la ayudó a meter las cosas.

— Bienvenida de nuevo cariño. Afortunadamente pude escapar temprano de la oficina y decidí aprovechar para pasar por algo de cenar, así que compré sushi y un poco de calpis.

—Excelente, me leíste la mente porque muero de hambre-. Dijo desde el cuarto donde ya había dejado en el piso las calcetas, mientras se estaba cambiando el pantalón pesado del trabajo por un short más cómodo y la camisa de manga larga por una camiseta color naranja más ligera.

La camisa un poco ya gastada por el tiempo con alguno que otro agujero. Era de esas prendas que tienden a hacer a uno parecer un poco indigente, pero que al final del día son un lujo cuando se llega al hogar con ganas de descansar y relajarse.
Iván acomodó dos platos en la mesa circular de cristal que tenían mientras la gatita jugueteaba con los cordones de la maleta que habían dejado cerca de la entrada. Daniela había terminado de transformarse y alcanzó a ambos en la mesa para sentarse a cenar.

— Ya pasaron cinco meses de que la encontramos a la pobrecilla fuera de casa toda extraviada y sin saber a dónde ir.

—Y mira ahora, toda consentida y creo que hasta comer mejor que nosotros-. Sonrieron.

Mina era una gata mas o menos pequeña, quizás de unos siete meses de edad. La habían encontrado en el patio delantero, un día mientras recogían las hojas de los árboles que el mal tiempo había arrancado y esparcido en el piso durante una tarde de Febrero.

Su pelaje era como un campo de trigo oro al atardecer, que a la luz del sol y con el viento, le hacía resaltar sus rayas de un naranja más intenso. Y sus ojos de gato, por cierto también pincelados de naranja, era por demás hermosos. Si se los veía fijamente se corría el riesgo de perderse por un instante dentro del pequeño cosmos color ámbar que habitaba dentro de ellos.

— La verdad es que es bastante bien portada y cariñosa, a excepción de los días en los que le ha dado por hacer su ruidero a media madrugada. No sé que manía le ha agarrado por rascar las persianas con tanto frenesí.

— Seguramente está entrando en su etapa de celo y quiere salir, el otro día tuve que espantar a uno de sus pretendientes.
Daniela soltó una carcajada, y después dijo seriamente en tono un poco de reclamo — Yo he tenido que levantarme a acomodar alguna de las hojas de las persianas que con tanto movimiento acaba toda torcida y tirada en el piso, aunque me resulta un poco difícil a esas horas en la oscuridad tratar de arreglarlo la verdad.

— ¡Ay cariño! , a las tres de la madrugada y tu tratando de arreglarlo, no deberías mortificarte tanto por eso, no creo que haya nadie que a esa hora le interese ver que pasa dentro de nuestra casa. Yo lo dejaría así y ya con calma en la mañana lo arreglaría.

Ambos sonrieron mientras daban fin a la cena y los vasos de calpis que tenían a un lado.
Daniela levantó la mesa y lavó los platos mientras Iván apagaba la computadora en el cuarto contiguo donde había estado trabajando.

La casa era un lugar mas o menos pequeño, lo suficiente como para poder viajar de la recámara a la mesa en menos de cuatro pasos y también al estudio.

Ya en la cama después de haber pasado por el ritual de lavado de dientes, se acurrucaron.
— Buenas noches, que descanses amor.
— Buenas noches.- Y poco a poco se quedaron dormidos.

...Buscaba insistentemente un baño en el centro comercial pero no lo hallaba, volteaba a ver a un lado y luego al otro, recorría pasillos que parecían infinitos pero no encontraba nada...

Daniela de pronto cayó en cuenta que estaba soñando, estas escenas recurrentes se le hacían familiar. Abrió los ojos, no pudo ver nada. Retiró suavemente la mano de Iván de su cintura que la tenía abrazada, y escapó de las sábanas para poder ir al baño.

Una vez satisfecha esa necesidad y después de dos pasos. De regreso parada junto a la puerta de la recámara todavía entre dormida en medio de aquella penumbra, volteó a ver hacia la ventana con los ojos entre abiertos. La luz cobriza de la lámpara de la calle se colaba por una franja y llegaba hasta donde estaba ella para besarle los pies, la gata se acercó frotándose entre sus piernas como diciéndole en su lenguaje secreto que no la regañara por la travesura que de nuevo había hecho. La hoja de la persiana gris estaba toda torcida y en el piso otra vez.

— De nuevo Mina... - Pensó mientras giraba los ojos en blanco un micro segundo como producto del micro fastidio que la situación le ocasionaba. Expresión que de haber existido alguien observando a través de la ventana, quizás hubiera podido alcanzar a ver.

—Ahora si no levantaré nada, que se quede así... ya mañana lo arreglamos así no se me espanta el sueño-. Se decía a si misma, mientras giraba la perilla del cuarto para envolverse de nuevo en las sábanas.

A la mañana siguiente, Daniela poco a poco despertaba de su sueño y entre abrió un ojo para ver la hora en su celular que tenía al lado de la cabecera.

—Casi las siete-. Murmuró mientras sentía el aviso matutino de su vejiga. Se levantó con cuidado para no despertar a Iván y entró al pequeño cuarto.

Al salir se frotó los ojos, dio un pequeño bostezo, volteó y miró hacia la ventana.

Las persianas estaban perfectamente acomodadas una tras otra en posición vertical. Cada una de las hojas como pequeños soldados con su uniforme gris azulado, como protegiéndola de quien aquella noche atrevidamente entrara a besarle los pies...



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