A través de las ventanas de tu rostro

A través de las ventanas de tu rostro
—oscuras como dos diamantes negros—,
se asoma un niño triste,
famélico de confort.

Para mí es un halago
que al acercarme busque mi tacto,
como un pajarillo herido
regresando a su nido oculto.

Contigo, mis brazos se convierten
en deliciosas almohadas de plumas;
mis manos se tornan caparazones
con la forma exacta de tu cuerpo
para protegerte bien del frío y del calor
—y de lo que no es ni frío ni calor—.

Para mí es un piropo
que, conmigo, tu boca atraviese
esa fina membrana que te separa del mundo
y sonría
tan verdaderamente que me abruma
pensar que esos dientes,
hasta hace poco,
sólo se asomaban a la oscuridad.
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