Relato Primero - La Portadora del Agua

editado enero 2019 en Fantástica
¡Buenas a todos! Me gustaría empezar con una tetralogía de relatos cortos (3.000-4.000 palabras) ambientados en un mismo universo para obtener un poco de feedback sobre mi forma de escribir y cosas que podría mejorar. 

El universo es un basto mundo desértico llamado Kahoara en el que la gente sobrevive como puede. El agua es el principal recurso y supone un bien escaso en ocasiones. La sociedad se divide en nómadas y sedentarios, la mayoría de sedentarios pertenecen a tribus con grandes motivaciones. Unas tribus son más religiosas que otras y la tecnología es primitiva aunque algunas tribus son capaces de llevar armas de fuego. La particularidad de este universo es que existen unos minerales especiales que al contacto con el agua alteran las propiedades de ésta además de que subyace toda una historia trascendental mientras vemos conflictos bélicos y tramas personales.

Este primer relato pretende introducir algunos elementos del universo, sin entrar en detalles y pretende ser simple y directo. Narra la historia de una transportista de agua a su llegada a Gruta Fría. Un punto de recogida de agua donde se topará con un viejo amigo de su padre.

El relato es corto y se puede leer en unos 10 minutos. Agradecería cualquier comentario o crítica al respecto. Gracias por leerlo.

Aviso: Aún es un borrador y está sujeto a erratas. Pero el texto me sirve como guía para todo lo que tengo en mente para escribir a continuación.
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Relato Primero: La portadora del agua

La arena ámbar engullía cada paso ardiente sobre ella, haciendo pesado el ascenso de la duna. La delgada silueta de una mujer se detenía sobre la cima y contempló el vasto desierto a su alrededor. Todo cuanto conocía era desierto, fue desierto y será desierto. Kahoara se llamaba el inmenso mundo que albergaba todo cuanto sabían sus ancestros. Y en algún punto de la Región Este, esa solitaria chica contemplaba el horizonte reconociendo los lugares más allá del valle: los Páramos del Norte frente a ella, el Desierto de Sal, al sureste, y tras Río Seco se extendía el Mar Desértico en el lejano sur. No obstante, su mirada se detuvo hacia el oeste, donde el cerro llamado Cumbre Fría se imponía frente a las mesetas rocosas del norte.

Una voz ronca y áspera como el granito le distrajo de sus pensamientos.

— No por llegar antes, cargaremos más agua — un viejo acompañado de su animal de carga seguía los pasos de la joven.

— Pero sí regresaremos antes — afirmó ella con aire de autosuficiencia.

— Es cierto, pero el tiempo dejó de angustiarme hace años — tomó una pausa para aclarar su garganta seca — a este ritmo, tendrás que cargar conmigo.

— Llevamos haciendo este viaje desde hace semanas — le recordó la joven con vanidad — Sabes que merece la pena ir y volver cada día. La fanega de agua está a veinte y dos libras de panequita cuando antes ganábamos apenas ocho.

— Por un viaje que nos lleva toda una jornada. No me hace gracia salir del valle — aseveró el viejo agudizando sus pequeños ojos ante la brisa repentina.

 

La joven ajustó el shayla a la altura de los ojos y se deslizó por la duna hacia la hondonada. Se giró hacia su acompañante y prosiguió la conversación con la marcha.

— Viejo temeroso. Sabes que la sequía está durando demasiado y secó Agua Fina — se encogió de hombros con un deje de preocupación — Volveremos antes de que te des cuenta.

— Sabes Karima, creo que me estoy haciendo mayor para estas cosas — comentó el viejo con cierta pesadumbre.

— Sí, pero no eres de los que se quedan encerrados en casa.

— Tienes razón — confesó el viejo con una sonrisa en sus labios agrietados.

Comentarios

  • Cuando el sol alcanzó su punto más alto dominando las grandes extensiones desérticas de Kahoara, los dos viajeros alcanzaron Cumbre Fría. Un par de casas de adobe custodiaban una gruta entre la escarpada ladera del cerro mientras una hilera de viandantes y carromatos ocupaban un angosto camino. El viejo examinó a Karima quién lucía alta por encima del resto, con su melena cobriza que enmarcaba su rostro alargado y autoritario. Predominaba sus ojos grandes y castaños que miraban expectantes la fila de hombres y mujeres frente a la gruta. El viejo observó el sutil gesto de tocarse el collar de placas metálicas cuando se impacientaba. Su vestimenta era sencilla: de cuero y tela con ataduras de fibras vegetales que cubrían su silueta femenina. Lo más llamativo era su brazalete como portadora de agua y sus robustas botas de calidad revestidas de piel de cabra que le había regalado en su décimo sexto cumpleaños. Se sentía orgulloso de ella aunque le rasgaba la garganta decirlo. Un picor fuerte en la garganta le hizo toser y sus nudosas manos buscó su cantimplora. Karima se volvió preocupada pero sonrió con ternura al verle beber agua.

    Avanzaron en fila hasta la entrada donde sus ojos tardaron en acostumbrarse a la oscuridad. La hilera seguía un estrecho pasillo que se retorcía hasta alcanzar una sala amplia iluminada con antorchas. El camino descendía en espiral hacia una cavidad de la que se oía caer agua de forma incesante. El murmullo de la gente reverberaba en las paredes macizas del lugar.

    Delante de ellos iba una pareja con tres niños inquietos, uno de ellos de rostro curioso señalaba el brazalete de Karima. Ella le sonrió y le enseñó mejor el brazalete de cuero, adornado con piedras turquesas y una lente en forma de gota de agua que podía usarse para ver a grandes distancias. El viejo escondía un brazalete igual entre las telas raídas que envolvían sus delgados brazos. Esos brazaletes les identificaba como portadores de agua: transportistas de agua y auxiliadores de los trabajadores. Karima empezó siendo muy joven, con tan sólo siete años ya ayudaba a su padre en las minas de carbón de Veta Grande trayendo y llevando agua en cantimploras y garrafas. Cuando su padre falleció, su madre y ella se mudaron a Puertas Áridas en el Valle de los Tres Picos donde había estado viviendo hasta entonces.

     

    El viejo agarraba fuerte las riendas del animal para que tuviera cuidado con los galones y las damajuanas vacías que portaba cerca de las paredes. El viejo se desaflojó las telas de lino que envolvían su cuello arrugado y se dirigió hacia la joven:

    — Parece que hoy hay mucha gente — murmuró para no acrecentar el bullicio de la multitud.

    — Es normal, he oído que en Paso Seco y en Peña Tumbada no hay agua — contestó Kamira haciéndose oír por encima del agua y la gente.

    — Si seguimos con esta sequía, me preocupa lo que pasará cuando llegue el verano.

    — Mejor para nosotros, el agua valdrá el triple — dijo la joven con cierto brillo en los ojos.

    — Entonces costará sangre, Kamira. Y la nuestra será la más fácil de vertir — sentenció el viejo de forma siniestra.

    La joven no dijo nada. Endureció su expresión y volvió la vista hacia delante. « Tiene razón. Nadie lo ha vivido pero en los años de la Gran Sequía estuvimos a punto de extinguirnos entre la sed y las matanzas. » pensó con amargura. Ella observó detenidamente la sala para distraerse de esos turbios pensamientos. Las grandes paredes ascendían hacia un bóveda llena de estalactitas y otras formaciones rocosas. Podía verse la luz de una antorcha en lo alto, a la altura de un corredor superior y en la pared opuesta unas rocas de aspecto esponjoso que descendían hacia el centro. Todas ellas impregnadas de agua, seguramente por la humedad que emanaba de la fuente del lugar. Le llamaban Gruta Fría porque había sido un almacén fresco para provisiones durante muchos años y un refugio para los afligidos por el sol castigador. Ahora nadie podía detenerse porque era un punto de recogida de agua y aunque algunos se asentaban en los alrededores, lo cierto es que había lugares mejores.

    De repente, Kamira advirtió la presencia de los dos hombres que paseaban de un lado a otro de la fila, vigilantes. Se fijó detenidamente en uno de ellos y reconoció su armadura recubierta de placas de piedra y fibra, tiras de cuero y pequeños aros de cobre alrededor del cinturón. Eran de la Guarnición de Piedra. Defensores de las minas que protegían a los mineros y los minerales de los saqueadores y asaltantes. No entendía qué hacían tan al sur pero la Asamblea de Mineros del Norte debía ver necesario su presencia en ese lugar. La gente parecía tranquila y no había indicios de ningún altercado pero comprendía que si toda aquella gente se impacientaba, la tensión podía crecer. Por ello, Kamira se sintió más tranquila al sentir su presencia. El hombre de la Guarnición más cercano se giró sobre sus pasos y echó andar fila delante.

    El niño curioso de antes bajó del carromato y señaló a uno de sus hermanos el arma que portaba el guardia. Kamira siguió con la mirada su dedo y miró el imponente arma. Se trataba de una carabina, un arma moderna que pocas veces había visto antes. Alargada con un gran tubo de hierro negro, piezas metálicas, madera y enlucida con latón. En la parte posterior albergaba un pequeño depósito de agua que en combinación con la combustionita propulsaba un proyectil de metal cargado previamente en el tubo. Un arma sotisficada y peligrosa. Se decía que era capaz de dar en el blanco a más de treinta varas.

  • Un tercer guardia asomó por una cavidad situada a la derecha de la fila, observando los recipientes y vasijas que portaban los viandantes. Kamira no pudo dejar de mirarle, había algo familiar en su rostro. Cuando sus miradas se cruzaron, Kamira lo reconoció al instante. « Thados » murmuró para sí misma. Thados había sido compañero y amigo de su padre en la mina. Thados le miró con cierto desazón que denotaba nostalgia. Después le dedicó una complaciente sonrisa y se acercó a ella. A medida que se acercaba, Kamira pudo contemplar mejor su rostro a la luz de las antorchas. Estaba claramente desmejorado, sus facciones cuadradas estaban marcadas por los años, sus ojos mostraban signos de cansancio y su imponente mentón lucía desfigurado.

    — ¡Kamira! — sus ojos incrédulos le miraban con sobrecogimiento — La pequeña Kamira… ¿qué haces aquí? — preguntó asombrado mientras le daba un abrazo.

    — Thados… cuánto tiempo — estrechó sus brazos en su espalda ancha que tanto le recordaba a su padre — En el valle ya no queda agua. Venimos aquí todos los días — dijo Kamira señalando a su viejo acompañante y al animal.

    — No deberías… hay mucha gente — advirtió Thados con un vistazo rápido alrededor — Venid. Seguidme. Os daré el agua que necesitéis.

     

    El viejo se mostró reacio pero echó a andar tras los pasos de Kamira por la misma cavidad por la que había llegado Thados.

    — ¿Cuando te volviste de la Guarnición de Piedra? — preguntó Kamira observando la leve cojera de Thados quién se apoyaba en su propia carabina.

    — Tras el derrumbe, cerraron la mina, Kamira. Mi hermano me ofreció trabajar con él en la Guarnición.

    — ¿Y qué hay de tu mujer? ¿Yeira? — preguntó recordando vagamente a una mujer de aspecto rollizo y cabello oscuro.

    — Murió. En el parto de nuestro tercer hijo — se entristeció Thados haciendo una breve pausa — Ahora vivo con mis hijos cerca de Paso Seco.

     

    Tras unos pasos más alcanzaron una gran sala iluminada y atiborrada de fanegas y garrafas de agua. Se amontonaban unas sobre otras junto a un alijo de armas y munición. De uno de los numerosos corredores que desembocaban en la sala, salieron dos guardias que cargaban más agua y la depositaron donde podían.

    — Cargad el agua que necesitéis — dijo Thados dispuesto a ayudarles con la carga.

    — ¿Por qué almacenáis toda esta agua aquí? — preguntó el viejo que hacía un esfuerzo mayor.

    — Creemos que la fuente se agotará pronto.

    — ¿La sequía? — preguntó Kamira alzando una ceja.

    — No, exactamente. Esta agua proviene del acuífero de Veta Grande. Y… creo que bloquearán el paso del agua.

    — ¿Por qué harían algo así? — inquirió Kamira indignada.

    — ¿No lo sabes? La ciudad de Veta Grande ha sido asediada.

    — ¿Por quién?

    — La tribu de Hierro Negro —respondió Thados con desasosiego.

    — ¿Tan al este? - preguntó incrédula.

    — ¿Adónde sino iban a expandirse? — cuestionó el viejo quién ajustaba los tirante de la última carga — Al oeste, los Dorados les superan. Al norte, sólo hay grandes montañas. Al sur, un desfiladero sin nada importante.

    — De todas formas, no volváis aquí — advirtió Thados cuando fue interrumpido por el ruido de unos pasos firmes.

     

    De una de las cavidades, apareció un guardia altivo, de aspecto mayor y de mirada desconfiada, que anduvo hacia Thados. Kamira inspeccionó el doble collar de piedra que adornaba el pecho junto con los frascos de minerales que colgaban de su cinturón. No estaba segura pero probablemente era de un rango superior a Thados.

    — Thados, ¿quiénes son? — preguntó mirándolos de forma inquisitiva.

    — Son viejos amigos. Kamira, hija de un buen amigo mío y…

    — Bemir, un viejo portador de agua — se adelantó el viejo con voz rasposa.

    — Yo soy Gakal, servidor del pueblo y teniente segundo de la Guarnición.

    — Encantada. Gracias por la ayuda — agradeció Kamira volviéndose hacia Thados quién parecía nervioso.

     

    Bemir observó con sus diminutos ojos la mirada inquieta de Gakal hacia las armas que había junto al agua. Tal cantidad de armas no le parecía normal para una milica tan modesta y humilde como la Guarnición de Piedra.

    — No habéis venido en buen momento. Veréis que estamos ocupados — repuso el teniente arrastrando las palabras.

    — De todas formas, ya se iban ¿verdad? — apremió Thados con una leve sonrisa.

     

    Otros dos guardias silenciosos aparecieron tras ellos y el viejo Bemir percibió sus presencias con un semblante serio. Algo no iba bien.

    — Sí, ya nos íbamos. ¿Verdad, Kamira? — añadió Bemir con un tono parecido a la súplica.

    —No creo que sea buena idea marcharse tan pronto. Un encuentro de viejos amigos hay que celebrarlo ¿no? ¿Mucho tiempo sin veros? — agudizó Gakal con una fina sonrisa.

    — Hacía tiempo que no nos veíamos, sí — dijo Kamira calurosamente.

    — Habrá mejores ocasiones — inquirió Bemir agarrando del brazo a Kamira — Ha estado bien conocernos.

     

    Bemir dio un paso hacia atrás y agarró las riendas del animal. Confiaba en que los dos guardias de atrás le abrieran el paso pero no parecían dispuestos a moverse. Giró la cabeza hacia Gakal con desconcierto, quién permanecía impasible. La determinación de su mirada estremeció cada uno de sus frágiles huesos. No había escapatoria.

    Ante la calma inquieta que se respiraba, Bemir golpeó con fuerza el trasero del animal quién sorprendido arremetió hacia delante. Gakal y Thados se movieron para esquivar al animal cuando Bemir advirtió las telas rojas que asomaban entre las placas del teniente.

    — ¡Son de Hierro Negro! Corre, niña — exclamó Bemir zarandeando el brazo de la perpleja Kamira — ¡Corre!

     

    Kamira permaneció atónita mirando al viejo Bemir clamar con voz desgarradora al aire. Uno de los guardias de atrás se adelantó y clavó de forma violenta un puñal en su cuello. La sangre salpicó a la joven y observó horrorizada a Bemir. Sus ojos de ébano penetraron en los suyos con un último atisbo de luz. Había visto innumerables soles y había mucho más de lo que le hubiera gustado decirle. Intentó decir su nombre pero solo salió borbotones de sangre de su boca.

    Kamira reaccionó por fin con un movimiento repentino y echó a correr hacia unas rocas. Escaló ágil los improvisados peldaños y echó la vista atrás al oír el golpe sordo de Bemir desplomándose contra el suelo. Thados miraba angustiado el cuerpo de Bemir y Gakal agarraba la carabina de Thados y apuntaba hacia ella. Institivamente Kamira se agazapó y echó a correr hacia el corredor enfrente suya. Oyó el zumbido de un disparo pasar muy cerca de su oreja, detrás suya y no se permitió volver la vista atrás, tan sólo correr tan deprisa como sus piernas le permitían.


  • A medida que se adentraba en el corredor, la luz de la sala se extinguía dando paso a una oscuridad asfixiante y fría. Kamira extendió los brazos y halló una bifurcación, izquierda, más adelante, otra y giró hacia la derecha. No sabía adónde iba pero tenía claro que debía escapar como fuese. Tropezó con una roca pero las robustas botas amortiguaron el dolor. Empezó a oír voces detrás suya, de hombres agitados, parecían buscarla. Intentó alejarse de las voces, agudizando sus instintos, en alerta con cada nuevo recoveco que doblaba. El corredor volvió a ascender una vez más y empezó a oír gritos delante suya. En su cabeza no tenía sentido, tal vez había perdido el sentido de la orientación. Enfrente suya la oscuridad se aclaraba y la luz titilante de una antorcha iluminaba su camino. Llegó a una abertura junto a la antorcha y tomó aliento. Se dió cuenta de dónde se encontraba, en el corredor superior de la gruta. Kamira no tenía vértigo y se asomó hacia abajo. Ya no había fila alguna. La multitud se encontraba apelotonada junto a una de las paredes mientras cuatro hombres vestidos de rojo apuntaban hacia ellos con cuchillos y carabinas. Iba a ser una masacre.

    Oyó un ruido cercano y apartó la mirada para seguir corriendo. Detrás suya las voces se convirtieron en gritos de terror, decenas de hombres, mujeres y niños estaban siendo masacrados. No podía pensar en nada, sólo escapar. Tropezó otra vez más y esta vez cayó fuertemente contra el suelo. La oscuridad le envolvía otra vez. Las brechas de la gruta eran poco más que calles de un laberinto  y no estaba segura de si iba por buen camino. Le faltaba el aliento y sentía sus piernas temblar del pánico o del cansancio. Kamira se conocía lo suficiente como para saber que era una chica lista. Despejó cualquier perturbación de su mente y se concentró en buscar una salida. Pasaron angustiosos segundos cuando recordó una cosa.

    Kamira se quitó la cantimplora de vidrio de la cintura y desenvolvió la tela que la envolvía. Si aún era de las pocas personas que seguía usando una cantimplora de vidrio era por una única razón. Quitó el tapón y bebió lo justo para calmar la sed. Giró el tapón y dejó caer una diminuta piedra amarillenta y translúcida. « Luminita » susurró para ella misma.

    Si algo tenían en especial algunos minerales de Kahoara es que al contacto con el agua, ésta adquiría propiedades únicas. Dejó caer la piedrecita en la cantimplora y la agitó un poco. El agua empezó a volverse luminiscente, iluminando débilmente el lugar. Alzó la cantimplora en su mano y trató de recordar la orientación de la gruta. Hacía poco que había visto el lugar donde se hacía fila, hacia la izquierda debía haber una salida. Cruzó dos bifurcaciones más y evitó un peligroso agujero del suelo. Al doblar la siguiente esquina vislumbró una luz clara y amplia sobre una pared. « La luz del sol » pensó Kamira acelerando más el paso. Alcanzó la abertura y se llevó las manos a los ojos, acostumbrándose a la luz radiante del sol.

    La abertura estaba situada a cinco o seis varas por encima del suelo y parecía peligroso. Kamira no se lo pensó dos veces y se dejó caer por la pendiente hasta caer por fortuna sobre un montículo de arena. Echó a correr hacia las dunas antes de que alguien advirtiera de su presencia.

     

    Junto a las casas de adobe de la entrada, Gakal observó la figura de la chica alejarse hacia el sur.

    — ¿La seguimos? — preguntó uno de sus súbditos.

    — No hace falta. Es una pérdida de tiempo — afirmó el teniente volviéndose hacia su leal — Ya tenemos lo que necesitamos. 

     

    Gakal arrojó los ridículos collares de piedra y escupió en el suelo. Poco después, se colocó la imponente pechera de hierro ennegrecido sobre la tela roja que le confería un aspecto temible. Thados miró con aprehensión y Gakal le dirigió la palabra.

    — No deberías lamentarte por nada. Habéis sido leales. Tu patético jefe vivirá y tu milicia podrá asentarse en Veta Grande.

    — ¿Era necesario matar a toda esa gente? — cuestionó Thados.

    — Hierro Negro controla el agua. De cortarles el agua, sólo se enojarían. De marcarles con sangre, ahora nos odian y nos temen. Y sabrán que deberán rogar por ella en Veta Grande — dijo Gakal con convicción.

     

    Tal como fuere, los cientos de cadáveres atormentaron a los lugareños. Bajo el sol abrasador, Gruta Fría jamás volvió a llamarse así y pasó a ser conocida como Gruta Sangrienta hasta el fin de los tiempos.

  • Impresionante. Ojalá yo escribiera como tu. La historia está increíblemente bien escrita, es absorbente, incita a seguir leyéndola. Se nota que no es la primera historia que escribes. Muy trabajada, muy pulida.

    No tengo absolutamente nada negativo que decir; tan solo animarte a que sigas escribiendo porque es obvio que tienes mucho talento. Espero ansioso la continuación.

    Enhorabuena.
  • Impresionante. Ojalá yo escribiese tan bien como tu. Se nota que no es la primera historia que escribes.Las descripciones de los lugares están muy bien logradas. La historia es absorbente y se lee fácilmente. No es para nada densa y los diálogos están muy bien distribuidos y aclaran en su medida justa la trama.

    Solo puedo decirte que sigas escribiendo ya que es obvio que tienes mucho talento. Me da la sensación de que no es un borrador y que has pulido bien el texto. Espero la continuación ansioso.

    Enhorabuena
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