El cenicero

El cenicero se había transformado en un elemento indeseado. Gris, con sólo tres ranuras para los cigarrillos, no tenía el más mínimo atractivo. Casimiro lo cambiaba continuamente de lugar. Había intentado toda clase de triquiñuelas puesto que su imagen le descomponía. Antes de salir de la casa lo escondía. En algún cajón del comedor, en el ropero dentro de una maleta, incluso lo llegó a meter dentro del congelador. Pero pusiera donde lo pusiera todas las mañanas el cenicero volvía a aparecer en su mesita de luz. Se había convertido en una especie de persecución, un reto que al principio afrontaba con calma y dignidad. Al fin de cuentas, algo tan insignificante no podía trastornar su vida. Caminaba por el jardín, se cruzaba con amigos, contaba su vida evitando dar ciertos detalles, siempre con la intención de borrar de su mente el hecho que había marcado su vida. Pero le resultaba imposible. Finalmente, atormentado por la imagen del cenicero llegó a tener un único cometido. No volver a verlo jamás. Al anochecer, se recostaba en la cama y se le aparecían las mismas imágenes, una y otra vez. Se le representaba su padre autoritario y déspota, fumando en pipa, dando largas zancadas en la habitación y voces de obligado cumplimiento. El agradable aroma del tabaco le retumbaba en su bóveda ósea martillando los improperios y humillaciones paternas. Los azotes aún le dolían y por más que gritara perdón las palizas crecieron hasta arrinconarlo en sus propios pensamientos único refugio seguro de la casa. El cenicero gris era la adoración de su padre. Nunca se llegó a enterar el porqué del amor hacía ese objeto frío y sin sentido. Era más que una obstinación; una caricia entre sus manos. Adonde fuera su padre allí estaba el cenicero, allí su presencia, allí su placer. Una mañana intentó esconderlo con la certeza de que nunca más apareciera. Al encontrarlo su padre se puso furioso. Lo aporreó con saña y brutalidad. Gritó y pidió auxilio pero fue en vano. Los golpes que le dio fueron de tal magnitud que quedó inconsciente. Posteriormente, la policía hizo las correspondientes averiguaciones a tal caso y lo recluyeron en un psiquiátrico. En las reuniones del grupo de terapia, Casimiro continúa contando con insistencia cómo rompe el cenicero todas las noches y al día siguiente se le aparece en su mesita de luz, pero calla con una mueca de satisfacción cuando se le insinúa donde ha escondido el cuerpo de su padre.

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