La infancia es una edad que queda lejos

Conde WaldsteinConde Waldstein Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV

La infancia es una edad que queda lejos, perdida en lo brumoso de los años, que avanzan como el agua por el río que corre con apuro hacia los mares. Y, lejos la niñez, uno recuerda los tiempos de un ayer que ya no existe, perdido en el afán y en la corriente que arranca los segundos y las horas. Los tiempos más dichosos, sin embargo, despiertan en el alma que los tiene callados, contenidos, porque el es fácil guardar como un tesoro los recuerdos. Y el caso es que hay momentos que conducen a recordar las tardes que se esconden en un otoño gris, cuando llovía, si luego salió el sol, lleno de fuerza: el sol dejó en el verde de los prados su aliento de coral, el oro bello que pudo reflejar aquella hierba, después de la tormenta repentina. Y todo se hizo hermoso de repente, de pronto ardió la magia de los cuentos en ese mundo hermoso de los niños, pues ellos suelen ver con agudeza. El alba que despierta en lo lejano, la llama del crepúsculo, a la noche, los vuelos en la charca de un insecto y el paso de la oruga en el camino nos hacen regresar, hallar el arte de ver, como los niños, cuando miran el mundo que se muestra, que se mira, y en quien lo interioriza y lo construye.
Pues son esos los años en que todo parece descubrirse como nuevo, y es siempre emocionante ver las flores que llenan de color un mundo vivo. Un niño, cuando ve una margarita, podrá experimentar las sensaciones que olvidan los adultos, pues no saben que, en algo tan sencillo, está el asombro: el beso de su polen y el destello febril de los colores irradiantes nos dicen la verdad de la belleza del mundo que inaugura cada vida. Pues uno inventa el mundo ya con verlo, saberlo, adivinarlo, hacerlo suyo, que el niño es como un dios ilusionado que puede alzar de nuevo su grandeza. Los montes son hermosos si las cumbres las mira uno cubiertas por la nieve, las aguas del arroyo tienen fuerza, dejándose llevar a su destino, y en su cristal es fácil ver los fondos poblados por el parvo renacuajo, que es pez más que un anfibio (que un muchacho no suele ser con esto puntilloso). Por eso los que escriben la poesía, las gentes que nos llenan de poesía, las almas que suspiran, escuchándola, la luz de la poesía melodiosa, son niños en el fondo, son pequeños que viven respirando sus esencias, chicuelos inocentes inventando las cosas con la fuerza en su mirada.

2014 © José Ramón Muñiz Álvarez

Comentarios

  • Conde WaldsteinConde Waldstein Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV

    Yo sé que cada niño es un tesoro, yo sé que cada adulto es un tesoro, si esconde un niño dentro de su pecho, pues habla desde el pecho nuestro espíritu, y el alma, siempre niña, es el milagro que muestra cada brillo en los metales del oro que se esconde en ese cofre que guarda la niñez ante los tiempos. Dejad que el niño crezca, pero siempre tendréis un niño dentro, pues sois niños, igual que yo, que, niño, sé deciros que el mundo es un jardín sin desalientos. Y no existe en el mundo más pureza que la que quiere el niño cuando observa los bichos del camino, si no fueran los pájaros que vemos en el aire. De niño, yo soñaba con los duendes, los viejos enanitos, cuya barba colgaba, encanecida, de su rostro, cubierto por un gorro puntiagudo. Los gnomos habitaban en los níscalos, los blancos champiñones del otoño, quién sabe si en las bellas amanitas que pueden dar la muerte con un beso. Las cuevas escondían los dragones de escamas verdes, llenos de peligro, si acaso el caballero, con su lanza, quería ir a salvar a la princesa. La noche del autillo y de los cárabos llenaba dos mil páginas de un libro cuajado de poesía y de belleza que hablaba de la rara fantasía.
    Yo vi, en aquellos años, la gaviota cruzar el cielo azul, pero nublado, con vuelo circular, pues siempre dicen en su lenguaje oculto, cuando llueve. Y vi también volar a las palomas a las que echaban pan algunas viejas, y vi que los gorriones se escondían del vuelo peligroso del milano. La ardilla de los bosques era un lujo que no gocé yo a diario, pero había por mágicos lugares mil ardillas, discretas al notar nuestra presencia. Y yo las vi, saltando por las ramas, corriendo entre las densas arboledas que ofrecen los otoños con colores hermosos de hojarascas moribundas. Y supe comprender lo que decían las aguas del arroyo, de camino, cruzando el pueblo, yendo hacia esos mares que saben a aventuras de otro tiempo. Y el agua, en su descenso, cristalina, me dijo la verdad, me dio su fuego, si gana de vivir, dicha en secreto, tal vez en un susurro perezoso. Y hallé que el ratonero era precioso, con esa majestad tan poderosa, con esa majestad casi envidiable que invita a tener alas por el cielo. Y supe comprender a la libélula prendida entre los hilos que tejieron las patas de la araña, que, malévola, dispuso aquella trampa junto al agua.

    2014 © José Ramón Muñiz Álvarez

  • Conde WaldsteinConde Waldstein Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV

    Las aguas del Noval corren tranquilas, sinuosas, no muy lejos de ese bosque que junta el eucalipto a los castaños y al roble que desnuda su belleza. Y vuelvo por las frondas donde quise amar esas imágenes y cantos que hicieron que la infancia fuese bella, soñando libertades imposibles. La Fuente de los Ángeles nos dice que llega ya el otoño con su canto: su curso es, en los meses del otoño, pausado, miserable, sosegado. Quedó el verano atrás, tiempo de playa, de pesca muchas veces y de riñas con esos compañeros que comparten los años de la infancia que se fuga. Perán es un lugar maravilloso, la playa en que se forma la bahía que cierra ese lugar donde pescábamos cangrejo verde en tardes calurosas. La espuma de las olas de esas aguas que entraban a engolfarse, en los vocales, traía nuevas presas a las redes de nasas con carnada suficiente. También tenemos rutas que prometen si el caso es caminar en bicicleta, perdiéndose entre montes y eucaliptos, allí donde se plantan los maizales. La carretera es mala y tiene baches, pero eso importa poco cuando gusta dejarse a la aventura del camino.
    Es bello recordar esos verano, es bello revivir esos momentos de dichas encendidas, de placeres hermosos, cuando el mundo aun era mundo. Y la visita alegre de los primos, que vienen, muchas veces, en verano de la Argentina inmensa de los mapas, perdidas en confines impensables. Y el gusto por estar en esta tierra tan fértil, tan idílica que es justo decir que este vergel es solo nuestro, parcela del Edén para nosotros. Que el hombre del concejo siente suya la tierra en que nació, la tierra suya, paisajes suyos llenos de belleza, con vientos del Cantábrico al nordeste. Entonces yo dormía en la buhardilla de aquella anciana dulce que solía mimarme como nadie, aquella abuela de pelo encanecido y mirar bello. El canto del autillo en la buhardilla, jugar con las pinturas, dibujando los rostros de leyendas y relatos llenaba de ilusión mi fantasía. Pues cierto es que el carácter que yo tengo se muestra tan romántico que, a veces, se vuelve a lo mistérico y profundo, buscando aquellos tiempos en que había fantasmas en las casas solariegas, princesas en las fuentes y los charcos y lobos en los montes de la zona.
    Al cabo, el soñador es siempre libre de alzar su sueño al alto, que su sueño, colmado de belleza y de ternura le dice mil verdades de sí mismo. Y entonces son verdad esas leyendas cantadas en romances por juglares a reyes en castillos del antaño que hubisteis de admirar oyendo cuentos. Y entonces son verdad esos gigantes que llenan la aventura de novelas que cuentan la victoria, en los torneos, del caballero firme y con arrojo. Y entonces son verdad viejos amores de un escudero triste y la princesa que huyó de su palacio, temerosa, de alguna buja vil y granujienta. Y escrito está en los libros el suceso que nunca ha de ocurrir, pero que puede volver a ser verdad cuando suceda, llenando nuestra viva fantasía. Pues cierto es que hubo reyes y castillos, y cultos precristianos donde dicen que brujas alcanzaban a los buenos, por no mezclar dragones con los saurios. Que acaso es la poesía nos devuelve la magia de soñar que hemos perdido nadando entre papeles de oficina que el chupatintas mira sin apuro, sabiendo que su vida es desconsuelo, sabiendo que, aunque amargos, esos cálices los ha de soportar, porque no es niño, si es que no es tiempo ya de ser un niño.

    2014 © José Ramón Muñiz Álvarez

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