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Utopía (despedida de mis hermanas)

PerplejoPerplejo Fernando de Rojas s.XV
editado julio 2016 en Narrativa
Las matronas le ayudaron a ponerse el traje rojo tradicional. Era de seda transparente con encajes en el cuello, en las muñecas y en el pubis.

– No hemos encontrado orquídeas blancas. – le dijo la más joven – pero mira éstas qué rosa tan alegre y qué bien quedan en tu pelo, ¿no estás contenta?

– Déjala descansar, aún está mareada. Ha sido un parto complicado.

Tanta gente acudió a la Despedida que buena parte tuvo que quedarse fuera del recinto sacro. La camilla apenas podía circular por el pasillo, todas las invitadas querían besar la frente de la madre o agarrarle la mano.

– Cuidado con el gotero, que vais a engancharos con el gotero...
– Estás preciosa, hermana. Que seas nutrida.
– Que la Diosa te sonría. Te echaremos de menos, dulce fruto.

La muchacha de rojo deseaba hablar pero la morfina mantenía dormida su lengua. Aquellas voces se difuminaban en un ruido promedio y la camilla traqueteaba de manera agradable, aumentando su sopor.

– Pronto nos reuniremos – dijo una embarazada radiante de felicidad.

El blanco violento de los halógenos se fue apagando. En su lugar, una luz tibia se deslizaba por arcos de piedra. Olía a flores frescas y a madera de palosanto recién quemada. Ya no estaba acostada sobre la camilla sino sobre algo duro y pulido. Tenía que ser el altar, lo reconocía, ella había despedido a muchas hermanas que yacieron antes en ese lugar.

– Ya despierta el fértil vientre – dijo una mujer madura.
– Qué paz hay en sus ojos, dichosa sea.

Estaba rodeada de personas que resumían su vida. Reconoció a sus nodrizas y a compañeras de jardín. Habían acudido desde muy lejos hermanas fértiles y descendientes de otras hermanas. También estaba allí su compañera erótica, tan hermosa, con jazmines destelleando en su pelo.
La mujer madura, su mentora, estaba a sus pies, guiando la ceremonia. Aunque iba cubierta por un velo blanco su voz grave era inconfundible. Se inclinó para presentar a la recién nacida en una toquilla blanca, limpia de placenta y mucosas.

– Mira qué belleza, ¿quién quieres que sea la primera en darle leche?
– Todavía está muy cansada, pobre. No puede ni hablar.
– Sin embargo – dijo la mentora en tono cortante – es necesario que nos haga saber su voluntad. Así debe ser.
– Empecemos con las Atribuciones, maestra. Así le damos tiempo para decidir.

La mentora torció el gesto y dudó en decir algo pero al fin asintió con la cabeza. Levantó al bebé por las axilas y le enfrentó con su rostro severo. La criatura apenas podía sostener la cabeza y pateaba en el aire en señal de incomodidad. Sin embargo, no lloró.
– Tú te llamas Elisabeth.

La mujer madura pasó el bebé a su derecha, a una adolescente pelirroja a la que le temblaba la voz.

– Elisabeth, eres alegre, te ríes aunque no venga a cuento. Y tu risa es como abrir una ventana. Es como...

La adolescente reprimió un sollozo y, con delicadeza, dejó a la criatura con una mujer de hombros anchos y facciones duras.

– Puedes parecer caprichosa, Elisabeth, pero nunca te rindes.

El bebé pasó a una chiquilla risueña quien declaró con rotundidad que olía a limón y luego a una joven regordeta de grandes pechos quien le atribuyó lealtad hacia sus hermanas. Así la niña fue pasando por todo el círculo hasta regresar a manos de la mujer mayor.

– El trauma de nacimiento – dijo ella.
– ¿No esperamos a que decida la primera nodriza?
– No. Hazlo ya.

La chica de complexión atlética guardaba un paquetito hecho con un pañuelo de encaje. Desenvolvió con precaución algo metálico. Se acercó a la muchacha por un costado y sostuvo su brazo con dulzura. Tomó una bocanada de aire y cerró los ojos. Al abrirlos, practicó un corte profundo desde la muñeca a la parte interna del codo. Antes de que la hemorragia fuera demasiado abundante, cruzó las manos de la madre sobre su pecho y retrocedió a su posición dentro del círculo, a la derecha de la mujer mayor.

– Maestra, creo que quiere decirnos quién será la primera nodriza.
– ¿Está despierta?
– Sí, está moviendo los labios, ¿puedo acercarme?
– No, yo hablaré con ella.

La mentora se acercó al bloque de alabastro y lo rodeó con cuidado, aplastando la túnica contra su cuerpo para no mancharse. Recogió el velo y pegó la oreja a los labios de la madre.

– De todas tus hermanas, ¿quién quieres que de la primera leche?
– Quiero vivir. – dijo la muchacha con voz muy débil.
La mujer mayor acercó la boca al oído de la joven.
– Un nombre. Dame un nombre.
– Quiero vivir.

La mentora le dio un beso en la frente, se incorporó y volvió a cubrirse con el velo blanco. Anduvo despacio, evitando pisar la sangre. Cuando volvió a su posición, a los pies del altar, todas tenían su mirada clavada en ella.

– ¿Qué ha dicho, maestra?
– Sí, ¿quién?
– Elena.
– Sagrada Madre. Oh, dulce fruto – dijo Elena.
– Bendita seas. – le felicitaron todas sus hermanas que rompieron el círculo para abrazarse y celebrarlo con gozo.
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