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Cinco horas cincuenta minutos (3ª parte)

beethovenbeethoven Anónimo s.XI
editado julio 2016 en Narrativa
Inhalo aires capitalinos y me sumerjo en Bishopgate, bulliciosa calle en la que unos típicos taxis negros londinenses (amarillos, granates y verde oliva, los menos), aparcados en línea, dan colorido a las aceras. Giro hacia la izquierda y me acerco hasta un moderno y peculiar rascacielos de cristales ahumados en construcción con forma de supositorio. Memorizo aquí y allá, no sea que me pierda y deba preguntarle luego a un amable caballero (página cuarenta y ocho: “gentleman”). De improviso, un también típico autobús rojo londinense (las postales que me manda de vez en cuando Raquel son fieles a la realidad) no me pilla de chiripa por desmemoriado y por no haberle hecho caso al revisor. Sin dejar mi izquierda, rodeo el rascacielos desembocando de nuevo en la estación. Estupendo, ya controlo medio kilómetro cuadrado de Londres, y sin perderme, cosa muy importante. Hago lo propio hacia la derecha y descubro un florido parque elíptico en el que unos ejecutivos trasiegan unas latas de cerveza hablando de sus cotidianidades, y tras unas vueltas elijo un banco en el que descansar mis pensamientos. A dos pasos del mío descansa en apacible lectura un sin hogar, sin casa, sin techo, sin nada (última palabra que miro en el diccionario: página cuatrocientos veintinueve), un homeless autóctono, pero con un perro a sus pies. Se levanta al punto y abandona un periódico en el banco. Me pica la curiosidad. ¡Mira que tienen clase aquí los humildes vagabundos!, estaba leyendo las cotizaciones de bolsa del Times.
Aprovecho el rato que me queda para mi cita (cuarenta y cinco minutos, según el reloj de fuera de la estación) en uno (también típico) de los pubs londinenses frente a ella. La barra está expedita, mucho mejor, el ridículo será menor, que una cerveza no es tan difícil de pedir, estoy bien entrenado y la leo de un cuadro. “One beer, please”, le digo a la seria camarera, y prorrumpe una retahíla de palabras en un perfecto inglés, que sospecho serán marcas de cervezas. Le indico al azar uno cualquiera de los grifos del centro de la barra, no quiero entrar en detalles dialécticos.
Sentado en un ventanal apuro la John Smith Extra Smouth (y el tiempo) mirando el trajín de la calle. Uso los baños, así me ahorro veinte peniques y de paso echo una ojeada al local pasando desapercibido. Muy inglés, como todos los pubs ingleses, vaya.
Las dos menos cinco. No quiero hacerle esperar a Raquel, ya me he entretenido bastante, y abandono el pub metiéndome la mano en el pantalón. ¿La llave de la consigna? Tengamos la fiesta en paz. Mírate en el otro bolsillo, cenutrio. ¿Ahora apareces tú? Que susto, sólo me faltaba extraviarla.
Asiendo el asa de la dichosa maleta me quedo plantado en medio de vestíbulo de la estación junto a unos paneles informativos. Me suena el móvil. Raquel. “¿Dónde estás?”. “En la estación de Liverpool Street.” “No bromees, tonto, ¿en cuál de las dos entradas?” “En los paneles del centro. ¿Y tú?”, y noto que me tocan en el hombro. Me vuelvo y una sonriente Raquel se echa sobre mí y, de paso, nos abrazamos. Esta sonrisa familiar, al menos, sí que es pertinente.
–¿Qué tal te ha ido el viaje, Óscar?
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