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Cinco horas cincuenta minutos (2ª parte)

beethovenbeethoven Anónimo s.XI
editado julio 2016 en Narrativa
Entra una mujer con dos niños de la mano. El pequeño (pelirrojo para más señas) rechaza un pirulí que le ofrece la que presumo es su madre y, desasiéndose de ella, corre a lo largo del pasillo cacareando a voz en cuello: “Mamááá, mamááá, aquí donde este guiri tenemos sitio”, o algo así, parándose en mi compartimento. El bullicioso niño se sienta frente a mí y me da una patada en mi pierna derecha que infiero voluntaria, pues le delata el baile de hormiguitas pardas de su cara al sonreírse. Su hermano se repanchiga junto a mí, y la madre (cachazuda ella) al lado del pecoso, que no ha heredado un ápice de su tranquilidad.
Como estamos en Inglaterra al tren no le queda otro remedio que arrancar con la archiconsabida puntualidad inglesa y, a la par que el hiperactivo niño me propina otra patada, esta vez en la pierna izquierda, equilibrando golpes, suena el pitido de la máquina. Lo miro de reojo y su cara se le ilumina, indicativo de que disfruta con tanto toquecito. Me abstraigo de la pequeña familia viendo lloviznar en la verde campiña. Ya sabía yo que se me olvidaba algo: el paraguas, total, siempre lo pierdo.
Parece que mi táctica de ignorarle ha surtido efecto y se ha sosegado. Separo la vista del cristal y echo una ojeada al vagón, observando las caras de los viajeros, rostros cansados y taciturnos, ensimismados y meditabundos.
Tercera patada: su madre ha entrecruzado las piernas. Hago un ostensible gesto limpiándome el pantalón, y la madre, viéndolo, le advierte y le recrimina a su hijo: “James, deja en paz al señor, ¿no ves que se puede mosquear y pensar que todos los niños ingleses sois unos impertinentes?”, o algo así, que ha hablado demasiado rápido. Dicho esto, James hurga en el bolso de su madre y acepta el pirulí. A ver si el caramelo le frena el reflejo de su pierna.
A la llegada de un mozo que empuja por el pasillo un oneroso carrito repleto de aperitivos envasados, revistas y periódicos (ingleses) y bebidas: café, té, refrescos (nada de alcohol, ¡qué pena!), me suelta la cuarta patada en la rodilla. ¡Rediós de pelirrojo! No te quejes, Óscar, son simples avisos.
No desaprovechan el consumismo los ingleses en los cincuenta y cinco kilómetros escasos hasta la capital. Parece una buena idea a priori exportar este tipo de venta ambulante en los viajes de corto recorrido (¿...?), aunque pensándolo bien los trenes se tienen que acomodar para poder pasar el carro de vagón a vagón. La descarto a posteriori, total cavilando nimias fruslerías nada pierdo. Algún día me vendrá la brillante y sutil genialidad que me haga millonario, como le llegó a quien se le ocurrió quitarle el hueso a las aceitunas.
Otra patada: su madre ha sacado una revista y se dispone a leerla. Antes de que reciba sus peculiares advertencias y me siga condicionando (¡se creerá que soy el perro de Paulov!) le condiciono yo y vuelvo la vista al cristal. Cae un aguacero que empaña el cristal de lágrimas irisadas.
Una nueva patada me avisa que entra el revisor, quien en un perfecto inglés me pide, amable, el billete, deseándome un buen viaje y una feliz estancia en Londres, y que mire a mi derecha al cruzar las calles, o algo así, que es lo que diría yo de ser picapica a un viajero que no se enterara de la misa la media y pusiera cara de alelado a mi requerimiento.
El hermano de James saca una Gameboy del bolso de su madre, y me concentro para que el pelirrojo haga lo propio. Eso, James, mira en el bolso de tu madre. Me hace caso; saca otra maquinita y se queda pegado a ella.
Treinta kilómetros más adelante y cinco patadas alternativas –una bastante dolorosa en la espinilla–, todas dadas por el mero gusto de incordiarme, ya que no se ha separado ni un instante del juego ni de la sonrisilla maliciosa, ha cesado de llover, y en la verde campiña brillan las gotas de lluvia caídas. Aprecio rústicas casas de veraneo, la mayoría prefabricadas, con los postigos cerrados, y unos lugareños laboran en unas huertas aledañas. Estamos cerca de Londres, huele a capital, y al de cinco minutos (tengo aún la nariz pegada al cristal) atisbo a lo lejos los reflejos de los rascacielos, señal inequívoca de ser la urbe.
Otra patada en mi dolorida pierna derecha. La duodécima. ¡Señor, si cesa te enciendo unas velas, lo juro!
Aparecen las primeras casas de Londres y el tren aminora la marcha. Por suerte aquí no ha llovido. Paramos en Tottenham Hale, que tiene correspondencia con la línea Victoria (azul cielo). Los niños guardan los juegos, su madre se levanta, y ¡cómo no! la última patada, tan cariñosa que apenas me ha dolido. Trece. ¡Ya le vale al chiquillo! La madre la ve y le recrimina: “Mira que eres pesado, James, no has dejado en paz al señor en todo el viaje”; se vuelve hacia mí, y se excusa: “Perdónele, pero no hago carrera con él, es tan impulsivo que no sé si me lo admitirán en Oxford”, o algo así, que lo deduzco a voleo.
Cuando la pequeña familia sale por el pasillo, respiro tranquilo estirando las piernas, y James, volviéndose, me echa una mirada aviesa, y muy inglesa diría yo, pues flemático, él me saca la lengua, arqueando las cejas. ¿Será esta una despedida a la inglesa? Con los cientos de miles de niños que habrá en Londres, y millones de ellos en el ancho y vasto mundo espero no volver a verlo. Si no se hubieran bajado en esta parada, lo habría hecho yo sin dudarlo.
A los siete minutos los altavoces avisan de la llegada a Liverpool Street.
Abandono los andenes y entro en un amplio vestíbulo rectangular, un recinto abovedado y diáfano, lleno de tiendas y un par de tenderetes de frutas, otro par de variada quincalla, y sobre el suelo, discos de origen dudoso, donde el ir y venir de pasajeros que entran y salen, o que salen y entran, de la boca de metro y de la estación de trenes es agobiante. Dos grandes paneles luminosos colgados en ambos extremos de las dos salidas indican la hora de partida de los trenes, que es avisada por megafonía, reverberando en la bóveda. En medio del vestíbulo un gran reloj luminoso señala las doce menos cuarto. Me paro junto a una cabina de teléfono (imposible detenerse en medio de la vorágine de la estación) buscando algún rótulo que me señale una consigna; me giro noventa dos grados, y la encuentro detrás de mí, al lado de los aseos. ¡Fenomenal!, así mato dos pájaros de un tiro. Por una libra esterlina me olvido de la aciaga y pesada maleta, y por veinte peniques (¡treinta céntimos de euro!) meo y calmo mis retortijones de tripas en un concurrido aseo. Al menos he amortizado los veinte peniques. Si a un cinco o siete por ciento, tirando corto, de los miles de transeúntes que circularán mañana, tarde y parte de la noche (tendría que recurrir a las estadísticas, esas que nunca fallan, pero me atrevo a vaticinar que unas diez mil, a ojo de buen cubero, pues ahora mismo pulularán unas seiscientas siete personas, incluido yo, artífice de esta divagación) le entra retortijones como a mí, amortizan de sobra el papel higiénico. Eso sí, estaban muy curiosos, todo hay que decirlo.
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