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Cinco horas y cincuenta minutos (1ª parte)

beethovenbeethoven Anónimo s.XI
editado julio 2016 en Narrativa
Cinco horas y cincuenta minutos

El billete de avión conseguido in extremis a través de la agencia lastminute.com (tuve que valerme del Collins, edición de bolsillo y no venal de 2004 –página cuatrocientos cincuenta y uno–, para comprobar lo apropiado del nombre, pues lo saqué ayer a las seis de la tarde), el vivir más deprisa que el tren bala, la emoción del viaje y las ganas de abrazar a Raquel después de un largo año, el vuelo matutino y legañoso de las siete menos diez y turbulencias y agujeros negros en mi memoria me han hecho olvidar el día en que vivo. Me percato de ello mientras aguardo que aparezca mi maleta por la cinta transportadora del aeropuerto de Stansted y veo que el gran reloj de la terminal marca, Tue 13 May, y sus enormes agujas alineadas, las ocho y diez. Despierta Óscar que tu reloj biológico lleva una hora de adelanto. Abro de par en par los ojos y, sin la estimable ayuda de Raquel que no ha podido venir a recibirme, saco mi botiquín de primeros auxilios, presintiéndome lo peor. ¡Anda, equivócate! Página quinientos ochenta y cinco. ¡Mierda! Sí, has leído bien. Martes y trece, y tú en Londres sin saber decir ni “Excuse me”. No te quejes que te lo indica un capicúa. Quizá tal fecha no tenga efecto fuera de tus fronteras. Quizá.
Anticiparse a los problemas si se les ve venir es de precavidos y preocuparse desconociendo si te sucederán o no, no tiene adjetivo. En este grupo me incluyo, y viendo que la cinta transportadora se despeja de maletas y la mía no aparece, abro un tercer grupo: el de los que se preocupan sobremanera una vez que el problema ha aparecido, en el que también encajo, presumiendo estar bajo el peor de los influjos. Miro a mi alrededor, impaciente e inquieto, al quedarme solo en la sección, o sea, como Gary Cooper pero sin pistolas. Los viajeros de las contiguas van recogiendo risueños sus equipajes, y me empiezo a acongojar, preguntándome cuántas maletas se extraviarán en los cientos de vuelos diarios que soportará semejante aeropuerto. No sé de nadie que le haya pasado lo mismo. ¿Podrán decir mis amigos que ya conocen a uno? No seas irónico-pesimista, ¿vale? Qué irónico ni qué vainas, si hará cuarenta minutos que salieron todas las maletas menos la mía, y mira que elegí la roja a propósito. ¿Y ahora en cuál de los numerosos mostradores la reclamo? ¿Cuántos papeles cumplimentaré? Seguro que me llevará la mañana entera. No te incluyas en el tercer grupo sin motivos, verás qué sencillo será; tú acuérdate del proverbio árabe.
Noto el vacío de mis tripas que me crujen; las ignoro, primero solucionaré este imprevisto. El visible panel inconfundible del puesto de información me evita preguntar a nadie. ¡Fetén! Me acerco preocupado pasando varias páginas de mi salvavidas. Mira que si no sabe castellano la azafata... Háblale despacio y por señas, de lo contrario no te entenderá. Y despacio y nervioso le digo a la azafata: “¡Good mor-ning!, ple-a-se. My ca-se red” (y dibujo un amplio rectángulo en el aire ayudado de ambas manos) “ha de-sa-pa-re-ci-do”. La azafata se sonríe y me informa en un perfecto castellano, tranquilizándome, que debo ir a mi compañía de vuelo (la que me ha traído, se entiende, ya me gustaría a mí ser Onassis) que allí me indicará otra compañera suya los pasos a seguir en estos casos.
Trescientos dos metros después, y otras tantas apresuradas zancadas, hallo el mostrador junto al área de fumadores: siluetas difuminadas que apuran nerviosas las colillas en un ambiente caliginoso, tan cargado que la nube de humo flota sobre sus cabezas cual espada de Damocles. Otra amable azafata, a la que me dirijo angustiado y representando la misma pantomima anterior, me explica también en un perfecto castellano, sonriéndose, que antes de rellenar unas hojas va a telefonear a la terminal de carga, tal vez se ha traspapelado y la embarquen en otro vuelo. Según transcurre el día, de perderla que sea en China, que conozca mundo la condenada. Afirma que es cuestión de minutos. Presintiendo que esa “cuestión” se puede alargar ad infinítum, le digo que en seguida vuelvo.
Oyendo la Sinfonía N.º 6 Op 68 (allegro) de mis tripas, decido tomarme una refacción de una máquina automática. ¡Qué raro! Tapando la ranura de las monedas cuelga un cartel: “Out of order”. Página cuatrocientos ochenta y seis: “No funciona”. ¿Es que algo me va a salir bien hoy en este país?
Me acerco resignado a una gran cafetería en la que sirven la consumición previo pago. Está visto que no se fían de uno. La misión es fácil: “One sandwich and one cocacola, please”, repito para mi fuero interno haciendo cola (valga la redundancia), y al decírselo de corrido el cajero se sonríe. ¿He metido el remo pronunciando mal la conjunción o habré alargado el please como un pijo? “¿Uan cok?”, me pregunta el cajero esbozando una sonrisa irónica que no se le borra de la cara. ¿Qué será cok? Cok, cok, cok. Cocacola, Óscar, te está corrigiendo. ¡Chapó! Tú siempre sacándome de los apuros. “Yes, one coke”, sentencio, sin darle las gracias porque no quiero buscarlo en el diccionario. Y le dejo sonriéndose.
Cojo el tique satisfecho de haber entablado mi primera conversación con un nativo –burlón pero nativo–, se lo muestro a una camarera, que me acerca la bebida y un fabuloso emparedado, diciéndome en un perfecto inglés: “La cafetería Marni’s le desea que pase un buen día. Aquí nos tiene a su entera disposición cuando coja el vuelo de vuelta a su país de origen”, o algo así, que lo he intuido por el brillo de sus dientes, y me siento a una mesa viniéndome a la cabeza la infinidad de palabras, ¡qué digo palabras, hasta modas y formas de vida!, que adoptamos y adaptamos de los muy anglosajones, sin que ellos adquieran siquiera una nuestra. A paso de legionario nos anglosajonizan o dejamos que nos anglosajonicen.
Acalladas mis tripas, vuelvo a comprobar si la azafata ha solucionado mi problema. Esboza una sonrisa Colgate antisarro triple acción al reconocerme, y me ruega que espere unos minutos a que los mozos de carga se afanen en localizarla de entre los cientos de ellas olvidadas.
Salgo a respirar el apacible aire fresco inglés. Aprecio la característica estructura de la nave, diseño del arquitecto Norman Foster: un gran alerón que sobresale cinco metros de la fachada principal del que destaca un enrejado de brillantes tubos de titanio, diseñador a su vez de las singulares bocas del metro allá en mi Bilbao, los llamados fosteritos. Si él lo supiera...
Al de media hora, revitalizado, retorno al centro de mi radio de acción y me atiende otra sonrisa disfrazada de azafata, o viceversa (aquí todo quisque se sonríe, ¿tendré el visaje de Jerry Lewis?), que me hace presagiar mis peores presentimientos. Cansado de pasar hojas le cuento de nuevo mis avatares en castellano, idioma que comprende, y afirma que se les cayó del carromato en el traslado y la confundieron de destino. Menos mal que se ha actuado a tiempo y a que es roja. Me la entrega, le doy las gracias y nos despedimos, en este estricto orden.
¡Hala!, a sacar el boleto de tren.
Sigo atento a los letreros no me ocurra luego lo que a mi querida maleta y aparezca en Caparroso o en otra ciudad aledaña. Desciendo al subsuelo del aeropuerto sin sorprenderme ya de que la rampa mecánica no funcione, donde se halla la estación de trenes y las taquillas, recordando las instrucciones que me dio Raquel de cómo llegar a Liverpool Street. Me las sé mejor que el padrenuestro: “Billete open-return”. Si nada se tuerce no pasaré la vergüenza de la cafetería Marni’s, y realizaré la operación en un pispás.
¿Atraeré a mi paso todas y cada una de las contrariedades, adversidades y contratiempos del aeropuerto? ¿O son ellas las que me atraen a mí? Menudo recibimiento. He advertido que trasladadas de contexto no suponen lo mismo. Las sonrisas serán para que no aprecie los fallos técnicos. ¿Funciona alguna máquina hoy? No divagues y deja los cerros en Úbeda que están bien allí. Tú lo ves muy fácil y muy sencillo, pero el que tiene que dar la cara en ventanilla y pasar el mal trago soy yo. Aun así, no me ha resultado difícil sacar el billete: le he escrito al taquillero el mensaje de manera legible en un papel, y me he ahorrado gestos y palabras innecesarios. Acariciándolo, me cercioro de que pone Liverpool Street, no vaya a ser... Ni lo pienses, Óscar.
Las once menos veinte. Dos horas y media desperdiciadas en Stansted, o no, que he aprendido que aquí sonreír es el deporte nacional.
Los aprietos que he pasado hasta ahora se los debo a aquellos soberbios albañiles, antepasados de nuestros tatarabuelos (elevado a la enésima potencia) que tuvieron la original idea de construir el primer rascacielos (al no haber ninguno lo llamaron torre) provocando las iras de su capataz, que le llamaban Jehová, quien supervisaba la obra desde las nubes (de ahí lo de rascacielos). Asombrado porque le comían terreno, paralizó la obra por prepotentes, y desde entonces no se entiende ni dios saliendo de sus fronteras.
Al fin me sonríe la suerte: el tren parte en cinco minutos. A pesar de ello, no bajo la guardia, todavía no me he librado de este laberinto de mal agüero.
Entro en el vagón de cola de un moderno tren, eligiendo el único compartimento vacío. Prefiero viajar solo, no quiero que un inglés me crea un ídem. Miro de reojo los departamentos de la entrada del vagón repleto de equipajes, aferrando el asa de la maleta, y me siento pegado a la ventanilla, en el sentido de la marcha, posándola a mis pies; esta viaja quietecita conmigo, y no me la ato a los tobillos de milagro.
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