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Farmacia de guardia

pinkipinki Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
editado julio 2016 en Narrativa
Otra vez el murmullo inaudible al fondo del recibidor, pero, como si se tratara de un clásico, incordiando con sublimes razones. No tuvo otro remedio que bajar a la calle, aún medio dormido. Allí frente a todos -tampoco había muchos- se plantó sin pantalones, llevaba uno de sus calzones preferidos.

-Afirmo con la rotundidad del carbón que dentro de la farmacia se practica la tortura. Esto es una canallada a los ojos impasibles de una luna vencida.

Todos miraron la cruz iluminada en aquellas horas intempestivas.

-No soy nadie para subir de nuevo a casa y guardar el sueño bajo la almohada, como si se tratara de un cuchillo apagando las velas de mi próximo aniversario. Aun así me tienta la suerte del pobre, que ahí adentro lo están desangrando.

Todos le dieron la espalda y marcharon con su lento murmullo inaudible.

-¡Por dios, detengan el crimen! ¡se trata de un cochino, un cochino indefinidamente degollado!

Aquel hombre siguió gritando desesperadamente hasta que le dio un apretón. Entre tropezones corrió a defecar entre la mala hierba del pequeño jardín -muy mal cuidado por el vecindario que tanto lo apreciaba-.

-¡Su puta madre! ¡Ven maricona! -gritaba la pandilla de jóvenes cuando vieron a un hombre haciendo sus necesidades.

Corrieron los jóvenes hacia lo que parecía un animal atemorizado, tratando de huir entre la maleza que arañaba su piel desnuda. No tardó en llegar una patrulla de la urbana. A tiempo escaparon todos: los perseguidores y el perseguido.

-¡Ya esta bien, por el amor de dios! -gritaba una mujer desde una de las pocas ventanas que daban a la escenario de la vergüenza.
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