Comicios generales ii

pinkipinki Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
editado julio 2016 en Narrativa
-¿Miedo? Si ser presidente es lo mejor: uno no acaba nunca de orinar.

-Dejadme que os explique -continua el anciano tras lanzar al aire el orinal- Este hombre tuvo un sueño. Acaso a nadie se le ocurrió levantar la camiseta y mirar su ombligo. Ahí esta todo. Si lo hubiérais hecho, hubiéseis visto la enorme seta que allí creció -levanta la camiseta del cadáver (?)- He aquí el sueño de toda una nación.

-¡Eso es veneno puro! -gritan los jóvenes.

-¡Juventud divino tesoro! No confundan esto con las setas alucinógenas que toman a la salud de Mariano. No tiene nada que ver. Esto es el ombligo del sueño. ¡Ojo!

-¿Eso qué es?

-Os explico. En realidad todo comienza cuando el hombre, que no está muerto si no soñando, ve las tijeras que vienen a cortar el cordón umbilical que lo une a sus hijos. Esto lo lleva a ver su propia desaparición en los rostros desdibujados de las fachadas, por eso acaba por desplomarse: se interrumpe el sueño. Pero no ha muerto. El sueño puede continuar, ahora estamos en un momento crítico de impase.

-¿Debemos celebrar los comicios y declararlo presidente?

-No, no es tan simple. Tenéis que saber qué estáis soñando, y despertar.

-¿No era él el que soñaba?

-El sueña porque soñáis vosotros. Todo es un sueño que busca realizarse. Ahora está detenido el sueño. Hay que tomar una decisión. ¿Qué queréis hacer?



Todos se miran, sorprendidos.

Tras un largo silencio.


-Bueno, ¿ cómo empezó todo? Tratemos de recordar -dice una de las mujeres, lanzando al suelo la sartén.



Levanta la mano un politoxicómano.



-Alguien pidió la palabra. Hablemos por turnos, es necesario escuchar con atención -interviene otro joven, recogiendo el orinal del suelo.

-Todo empezó cuando vimos a este hombre rendido al suelo -pronuncia graves sentencias el politoxicómano liando un petardo- A partir de ahí quisimos ayudarlo a levantarse, pero no sabíamos si aún respiraba o tenía pulso…

-Eso, así es…

-Nos entró el pánico y cada uno de nosotros estuvo pendiente de sus propias manías. La mamá de si su hija es más joven y hermosa que ella y por eso resulta más atractiva a los hombres. Se fueron con ellas todas las mujeres para golpear al hombre, según ellas, descarado. Seguramente se sintieron poco o nada valoradas como mujeres a lo largo de las sucesivas democracias urinarias….


Las mujeres se miran las unas a las otras.

-Luego, no sé quién inventó la historia de que sólo teníamos billetes de cien euros. Creo que tiene que ver con la falsa creencia de que el dinero proporciona mujeres, alargando la chorra y el placer de inseminar sin límites: el placer de orinar indefinidamente, como pretende hacernos creer Mariano cuando se asoma al balcón. Bien, ¿qué tiene que ver la velocidad con el tocino? Los hombres tenemos pene porque las mujeres tiene vaginas. Tenemos que reconocer la belleza por sí misma. Y entendernos hablando porque, que yo sepa, no habla un pene ni habla una vagina; hablamos las personas, y podemos entendernos si estamos en clama. Comprender las infinitas posibilidades, incluyendo la razón en la vivencia de nuestra sexualidad. Siendo así se abren las diferentes orientaciones sexuales y se acaba de desmoronar la farsa que trata de encajar a la fuerza un pene con una vagina. Es la misma farsa con la que queréis enfrentaros a vuestros padres -dirigiéndose al grupo de jóvenes que montó la barricada- ¿O por qué sino queríais intimidar con vuestra chorra a la policía? Esa broma, daros cuenta, es la amenaza de Mariano cuando os hace creer que estáis ahí para que él orine sobre vosotros. Quiere que os enfrentéis como si él fuera vuestro padre…


-Pero hay padres que abusan -le recrimina uno de los jóvenes.


-Hay personas que no saben cómo ser personas...



Todos se miran.



-Nos queda la palabra frente al sinsentido. Lo importante es escucharnos y seguir hablando. Si este hombre se desplomó y dejó de hablar, es porque nadie lo estaba escuchando. Podríamos haber seguido orinando sin fin, en el sinsentido de hablar de manera absurda, sin escucharnos. Pero cuando alguien hace un silencio tan rotundo, despierta nuestra humanidad. Tenemos la oportunidad de aprender cuidando a alguien cuando lo necesita. De nosotros depende, ahora, ayudarlo ( ayudándonos ) o convertirlo en chivo expiatorio, y excusa para continuar entre las sombras persiguiendo falsas promesas.


Nadie se atreve a romper el silencio, hasta que se anima a intervenir el anciano:
-Entonces, yo creo que…


-¡Deberíamos reanimarlo de inmediato ! -gritan todos- ¡Dejemos que hable, vamos a escuchar qué pasa!

-¡Me da vergüenza! -grita Mariano desde el balcón.

-Puedes bajar a ayudarnos -responde dulcemente su mujer- no te vamos a castigar como si fueras un niño.



Finalmente hacen las maniobras de reanimación. Y una vez reanimado, el hombre sonríe:
-Ya os puedo escuchar.


-Bien, tranquilo, estamos aquí para lo que necesites.

-Tenía miedo.

-Nos hacemos cargo de nuestro miedo; así que no habrá comicios. Decidiremos todo en asamblea. No te preocupes, no estás solo.


Todos se acercan al recién nacido que balbucea las gracias.
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