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El barón sin cabeza

RaulRealRaulReal Anónimo s.XI
editado julio 2016 en Narrativa

Comentarios

  • RaulRealRaulReal Anónimo s.XI
    editado abril 2016
    El barón sin cabeza


    El barón RuiPerez había perdido la cabeza. No es que hubiese enloquecido de repente, sino que ahora solamente era tronco y extremidades. Rondaría los setenta . Bastante bien llevados, como pueden suponer de su linaje y sus pocos madrugones. Y eso que nuestro barón, en su mocedad, a punto estuvo de dilapidar su fortuna. Fortuna que hasta hoy le había acompañado durante todos y cada uno de sus días. Pues amen de sustanciosas cuentas en Suiza y diversas propiedades había sobrevivido a un par de infartos, a un accidente de helicóptero sobrevolando la selva Amazónica y a un ataque felino durante un safari en Kenya. Pero sobre todo había sabido salvaguardar su patrimonio de sus tres matrimonios anteriores: en primeras nupcias con su prima Maria Antonia de Ruiperez y Perez , prontamente seguido de sus esponsales con la duquesa de Lamasón y exóticamente culminado con la cantante cubana Blanquita Montaner. Ninguna de ellas le había sacado mas que algún pisito céntrico, que el barón ni siquiera pisaba, y de los cuales no le costó desprenderse.
    Pero volvamos al tema que nos ocupa: el extravío de su cabeza. La desaparición tuvo lugar en los alpes suizos, supongo que en alguna de las exclusivas estaciones de St Moritz. Allí se pierde definitivamente la pista de su noble testa. Sabemos que al barón no le entusiasmaba esquiar acompañado. Es mas, aborrecía las colas y las aglomeraciones que se originaban siempre a pie de pista. Como igual aborrecía a los muchachos que hacían snowboard, a los principiantes que frenaban en cuña o los agudos gritos de los niños maleducados, entre tantas otras cosas. También sentía especial repulsión por aquellos nuevos ricos que se permitían el lujo de tratarle como a uno mas cuando se los cruzaba en los descansos, en la concurrida cafetería de la estación. Él barón, como a él le gustaba recordar, empezó a esquiar a los cuatro años, habiendo tenido la desgracia de vivir la paulatina debacle, de lo que para él era más que un sano entretenimiento.
    Así que, de unos años para acá, se había aficionado al esquí nocturno. Había de soltar un buen pico por encender los grandes focos que acompañaban su descenso y por mantener los telesillas en constante funcionamiento ¿Pero para que sirve si no el dinero? - era una de sus afirmaciones mas recurrentes.
    Ahora les ruego un poco de silencio, pues el barón esta a punto de comenzar su ejercicio. Desde lo alto de la pendiente inhala con lentitud. Parece querer absorber todo el aire de la noche. Levanta los bastones hacia el cielo y se impulsa suavemente, con un grácil balanceo. Ejecuta el slalom con agilidad, seducido por la fricción y el sonido de sus esquíes, que van peinando la nieve con ligereza. Un anacoreta restableciendo el orden perdido de los viejos tiempos. Bailando un vals con el noble medio. Marca un tempo en su vaivén extrañamente apacible y lento. Solo la despejada noche y algún cárabo, oculto entre los pinos, son silenciosos testigos. Se halla liviano. Casi flotando. Nunca antes había sentido esa sensación de encontrarse tan insultantemente vivo. Se va dejando ir. Tanto que, poco a poco, se va apagando el sonido y se concentra en el borboteo de su propia sangre que lo va inundando todo. La visión aun permanece por unos segundos. Después se nubla por completo. El cuerpo conserva aun cierta autonomía, la suficiente como para hacer otro zig zag. Después se restablece todo de nuevo y cae sobre la nieve como un pesado saco viejo. Se arrastra por la ladera durante unos cuantos metros, dejando un rastro oscuro, hasta que al fin se detiene.
    El agente Vant Zandt ya las ha visto de todos los colores, y así le narra a su ayudante Le Roy sus primeras impresiones sobre el caso. Este último piensa, para sus adentros, que el agente Van Zandt ha visto demasiadas películas de detectives y de que ya va siendo hora de que se retire y deje paso a los jóvenes . El barón les observa desde lo alto de un abedul. Su cabeza oculta entre el follaje. Mueve los ojos a los lados y trata inútilmente de gritar. Emite un sonido ronco y ahogado, apenas imperceptible. Su cuerpo sin cabeza yace inerte al lado de dos hombres. Uno es bajo y regordete. El otro es bastante más mayor, parece a punto de jubilarse, y viste como si fuera un detective de una de esas viejas películas de cine negro. Observa sus gestos, tratando de intuir lo que dicen. Parece que bromean acerca de algo. Poco después desaparecen, abandonando sin prisa la escena.




    http://desayunocamboyano.blogspot.com.es/2016/04/el-baron-sin-cabeza.html
  • PerplejoPerplejo Fernando de Rojas s.XV
    editado julio 2016
    Tienes un estilo narrando que casi se puede oír. Esta lleno de estilo, de ritmo y de vida, enhorabuena.

    La historia me recuerda al vizconde demediado de Calvino y un poco te pareces a Javier Tomeu en El Castillo de la Carta Cifrada. Por el surrealismo, por la ironía y por ése registro aristocrático.
  • RaulRealRaulReal Anónimo s.XI
    editado julio 2016
    Muchas gracias,perplejo. Agradezco de veras tus comentarios. Motivan para seguir escribiendo sin duda.
    Te dejo un enlace donde voy subiendo mis escritos de vez en cuando.
    Un saludo ¡¡¡¡

    http://desayunocamboyano.blogspot.com.es/
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