Lost in Paradise

diego centenodiego centeno Anónimo s.XI
editado enero 2016 en Narrativa
Prólogo

Recuerdo la noche oscura, no había luna. Los caminos de tierra que se dirigían al castillo solamente eran iluminados por las hogueras, que poco a poco se consumían en grandes pedestales de piedra tallada.
Recuerdo la noche fresca. La humedad de la hierba ascendía hasta mi ventana, donde con la mirada perdida acababa uno de esos puros que mi padre, el señor de Moonrye, guardaba tan celosamente bajo siete llaves; uno de esos puros que mi madre rechazaba tan vorazmente pero que le encantaba fumar cuando se hallaba sola en su cuarto, o paseando por los jardines entre higueras y acebos, creyéndose aislada de sus hijos o los criados. Besaban el suelo que pisaba, era su trabajo, al menos eso pregonaba ella dando ejemplo de la hipocresía y el egocentrismo de la clase aristócrata de la época.
Recuerdo precisamente el olor del humo entrando por el ventanal al interior de mi habitación, mezclándose con el aroma de la hierba cortada que tanto me gustaba. Adquirida esta costumbre, ya no me imaginaba mis noches sin estos momentos de paz y reflexión en los que el humo me envolvía. Esa noche, ni siquiera pensaba, la mente fugó de mí, dejándome en un extraño trance en el que solo era capaz de sentir lo que me rodeaba, en un trance en el que no era capaz ni de sentir la más mínima emoción, como si fuese un cascarón vacío. Por fin.
En un momento mis dedos acariciaron el corte de mi mejilla, recorriéndolo, limpio, recto, hecho por un cuchillo normal y corriente, dirigido por quien es mejor no desobedecer. Mi mano bajó y acto seguido mis dedos acariciaron la piedra incrustada en el amuleto que descansaba sobre mi pecho, atado a mi cuello por un fino cordón oscuro, que pendía cerca de mi corazón. Un amuleto plateado que representaba el sol siendo cubierto por la gema, haciendo la función de luna llena, tapándolo, ensombreciéndolo, callándolo, guardándolo de la vista para dejar paso a la silueta de una luna menguante.
El tacto contra la piel era frio, aun así mi rostro era sereno, apacible, incluso placentero cuando la maquinaria pareció volver a su habitual cometido y los recuerdos bombardearon mi mente. Recuerdos como la luz de sus ojos que brillaban en la noche, el sabor de sus labios sobre los míos y la pasión del beso, la fuerza de sus brazos que me aferraban a cada momento para evitar que de algún modo pudiera desvanecerme. Sobre todo recuerdo el calor de su cuerpo al abrazarme mientras me recorría cada centímetro de piel, haciéndome estremecer a cada segundo, en cada suspiro al notar su aliento en mi cuello. Me atormentaron también los anhelos de una vida lejos de allí, lejos de los títulos, de mi familia demente herida por el capricho del destino, apartado de los criados y las frívolas fiestas; soñando encontrar mi lugar, mi paraíso, encontrándome a mí…
La brisa repentina me despejó ahuyentando los recuerdos durante un momento. Suficiente para que el odio, la pesadez y la impotencia frente a un mundo que te supera, ocupara mi mente de nuevo. Todo aquello que durante mi momento de paz me abandonaba volvió en un segundo. No podía seguir así, debía hacer algo para cambiar, para acabar con todas esas sensaciones y liberarme. Mi mirada vacía clavó su atención en el horizonte, sobre la sombra de los árboles que delimitaban la finca. Los pensamientos me abandonaron dejando mi cabeza en silencio una vez más.


Las estrellas titilaban sobre los tejados del castillo. Un dragón dormido que descansaba con aspecto manso sobre una llanura verde entre dos pequeños montes.
Recuerdo la noche oscura, no había luna. Sobre la explanada que rodeaba a la mansión Moonrye, se oyó el disparo de un revólver. Acababa de matar a la fuente de mi odio, la figura de mi opresor, la raíz de mi miedo, sufrimiento y mis problemas. Acababa de matar a mi padre.

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