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las palabras

pessoapessoa Gonzalo de Berceo s.XIII
editado septiembre 2015 en Narrativa
Estoy embotado. Me noto ralentizada mi mente y es difícil ponerla en marcha. No sé si tengo que pensar en algo monstruoso para ponerme a escribir o en el puente de un río milenario o en la estación de trenes de una ciudad tumultuosa.
El caso es que no sale de mí maldita la palabra con que iniciar una historia. Ni siquiera lo intento. Las historias dan una vuelta en mi cabeza, una vuelta rápida, indecisa e inconclusa en mi cabeza y se van para no volver.
Pero tengo que escribir. Para eso me he prometido ser escritor y vivir de lo que escribo en esta sucia habitación del hostal. Miro la mancha de humedad por quinta vez. Quizás represente Inglaterra. Miro la mesilla astrosa y deforme. Miro por la ventana y veo tejados. Debajo de esos tejados...¿por qué no escribo la pieza de vida que se desarrolla bajo esos tejados? Me da miedo entorpecer la realidad y la imaginación que puedan surgir de mi invención. Soy pobre de ellas. Mi realidad es pobrísima y quiero enriquecerla dando un paseo por la ciudad hasta la estación de los trenes, donde ver gente que viene de lejos. Quiero ver a los suicidas del puente de Segovia, quiero ver a los jóvenes que discuten de amor por la calle con palabras zahirientes...
Pero las palabras no son para mí, han huido hacia otras regiones, hacia otras mentes más preclaras. Espero dar un paseo que me llene de visiones de nácar derretido, de frondosos bosques iluminados, de verdes hileras de corrientes de zafiros. En fin,me doy una vuelta.

Comentarios

  • Ya somos dos, a ver si nos encontramos en la vuelta de la esquina:)
  • pessoapessoa Gonzalo de Berceo s.XIII
    Me alegro de que seas bibliotecaria. Serás de las buenas.

  • pessoapessoa Gonzalo de Berceo s.XIII
    Arriba dice: publica aquí tu relato. Ni Dios publica ni un relato sino mamotretos. Voy a publicar un relato:


    La mansión era grande claro, por eso la llamaban así. Solo vivía en ella el conde. Se traía putas de lujo los fines de semana de tres en tres porque era su número de la suerte. Después de hacer guarrerías de todo tipo con ellas, se iba al casino, donde siempre perdía por el poco amor que tenía a su dinero. Comía estupendamente en los restaurantes más caros de la capital con gitanos empresarios de la chatarra, con financieros de colmillo retorcido y con políticos trepas. Nunca con intelectuales. Los intelectuales le daban un repelús difícil de definir. A veces comía con alguna putilla de esas que era conocida en círculos muy cerrados y se la disputaban cinco. Con los cinco que se la disputaban la putilla salía adelante con primor, tales eran sus precios. Al conde, un día que pasó por la iglesia, le dio por entrar y aquello le recordó a una infancia mala que había vivido con su tía cuando murieron sus padres. Y se convirtió un poco, lo suficiente para ir otro día y quedarse mirando al crucifijo que nunca entendió del todo. Pero el gusanillo que le entró por aquella iglesuca le entró fuerte. Y rezo rezos antiguos de su vida aprendidos en el colegio del régimen de Franco. Se dio cuenta poco a poco que él estaba degradado en el hedonismo después de muchas visitas a esa iglesia. Salía de ella muy confundido a veces y pensativo y cuando llegaba a su mansión rebuscaba libros y mandó comprar otros y leía en ellos, cuando nunca lo hizo. Mandó a todas las putas a la mierda y empezó a ver en las mujeres algo más que un agujerito. Le preguntó a su mayordomo un día: ¿eres feliz con tu mujer? El mayordomo le dijo que no conoció en su vida una mujer más buena que su mujer. Y el conde le envidió de una manera portentosa. Y seguirá otro día.
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