El primer capítulo de mi novela... es un regalo (parte III)

Amo_escritor_27Amo_escritor_27 Pedro Abad s.XII
editado julio 2014 en Erótica
El alcohol apresado en sus riñones, helado, entorpecía y ralentizaba sus reflejos. La supervivencia aún seguía bajo el efecto de algunas copas de más, defraudando a su inquilina, haciendo que perdiese la armonía de su equilibrio, apoyando ambas manos sobre el suelo. Aquel contratiempo en su huida, ocurrió al agarrar la tela del short y de las braguitas del bikini, intentando recolocarlas en sus sensuales caderas, huyendo del enmascarado que se había cobijado en la cerrada oscuridad nocturna.
Al alzar la vista, comprobó como mi sombra se aproximaba más a su cuerpo desestabilizado en el suelo. Con las manos apoyadas en el suelo, deliberaba entre los consejos de la defraudada supervivencia o, de la ligera embriaguez de su equilibrio.
La supervivencia era muy simple, le aconsejaba que se irguiese sus prendas a la vez que huía estrepitosamente. El otro consejo, se basaba en la misma argumentación pero de una manera más impávida; subirse las prendas hasta las nalgas, abrocharse el botón metálico del escaso tejano y emprender aquella furtiva huida. La intimidad jugó en su contra al alejarse de miradas viciosas y lascivas detrás del muro, adentrándose en el camino acementado, pronunciando los metros de su salida. Era tan desolador que estuviesen en armonía su subconsciente y su consciente. Sabía que antes de abandonar el huraño pabellón por el mismo agujero como un ratón asustadizo, se convertiría en mi presa; ninguna de las dos acciones podrían salvarla. Su mirada se quedó afónica con lo que creía que era la mía al comprender su perturbadora situación. Ninguno de los consejos que le daban sus instintos, le valdría, pero, le faltaba el último consejo: la esperanza. Siguió el primer consejo. La supervivencia. La esperanza es lo último que se pierde, pero, es lo único que puede volver loco a un hombre; es muy peligrosa. Fueron las palabras de un amigo a otro en la cárcel de Shawshank.
—Sin embargo, aún no salgo de mi asombro al observar cómo le has preguntado quién eres a un hombre que oculta ese mismo anonimato detrás de una máscara, ¿no te parece paradigmático? Sigo con el orden prometido.
No corría. Lo más cercano para su descripción, era gatear con la espalda casi apoyada en el suelo, mientras sus manos se aferraban en subir sus diminutas prendas. Descarté la cuenta de mi presentación; aquella amalgama de alcohol y de instintos, me aprovisionaron de tiempo suficiente para ello. Cuatro metros más que a ella fue otro de sus obsequios: Seis metros. Esa era la distancia que anduve con el zippo en mi mano derecha y la izquierda en mi bolsillo. Mi sombra vívida, oscurecía su rostro horrísono.
—La segunda pregunta. —El dedo pulgar de mi mano derecha levantó de nuevo la tapa, prendiendo de nuevo la llama al girar su rueda—. ¿Qué hago aquí? Eso dependerá de ti.
—¡Aléjate! ¡No te acerques más! —La luz ardiente de la llama desvaneció mi vívida sombra sobre su faz, iluminando la palidez de su miedo. Sus piernas se habían convertido en su irrisoria arma, dando errabundas patadas al aire. Estaba prácticamente tumbada en el suelo, ondeando en la profundidad de mis calavéricas cuencas que la vela ardiente de gasolina le ofrecía. En los dos metros que se retrasó respecto a los míos, la ropa había avanzado hasta la mitad de sus muslos.
Mi figura seguía inmóvil en el mismo lugar; ya no gateaba, se limitaba a arrastrarse por el suelo. Su desnuda espalda —a excepción de los finos tirantes del bikini—, la mantenía arqueada unos 30º, suficiente para apreciar como estaba inmóvil con la llama encendida a la altura de mis hombros, observándola con unas cuencas mortuorias. Se arrastraba por la tierra del solar impulsada por sus piernas, de la misma manera que una cola al pez en el océano.
—¡Déjame en paz degenerado! —La valentía de la esperanza aún se mantenía erguida.
Medio metro había avanzado desde una frase a la otra por el impulso de sus piernas. Como la vez anterior, mis exánimes labios no emitieron sonido alguno.
—¡La playa está llena de niñatas borrachas y fáciles! ¡No hace falta hacer esto!—a cada palabra que decía, se notaban las pinceladas de aquella valentía.
La esperanza se había vuelto muy peligrosa, consiguiendo complacer la mitad del pacto acordado con la firma de la supervivencia. La escasa tela azul del tejano, se estaba solapando al subir su cremallera. Había llegado el momento de apaciguar la abrasante gasolina en el bolsillo.
Se levantó cuando el cierre de la cremallera había llegado al tope superior, sujetando sus pequeños pantalones. Ahora faltaba complacer la otra mitad del pacto acordado; la huida furtiva. Es muy peligrosa. Puede volver loco a un hombre.
Mis manos se abalanzaron sobre sus hombros, apoyando su desnuda espalda contra el descomunal muro de cemento de más de cuatro metros. Su melena morena se quedó plasmada en el muro al igual que la intrépida hiedra en los balcones de una terraza.
—¡¡¡Suéltame!!! —Un forcejeo floreció al verse acorralada en el muro. Retorcía todo su cuerpo con sagacidad reptil, intentando liberarse de aquella mazmorra de cemento. Sus manos se posaron sobre mis extensos brazos, forcejeando con ellos. El aroma de mi delicado perfume francés, se caló en el forcejeo. Por último, tuvo la esperanza de que su mano derecha abofetease mi máscara, aturdiéndome. Pensaba que era una de esas máscaras de plástico, no de porcelana— ¿Qué clase de depravado eres tú? —La cara se le descompuso.
Se terminó tu contrato. Mi mano derecha sacó el machete de caza de su funda, colocándolo con una presión silenciosa sobre la suave piel de su cuello.
—¿Existen depravados buenos y malos? —Su forcejeo amainó al sentir la presión silenciosa en su cuello.
—Yo no te hecho nada. ¿Por qué me haces esto? —su voz se iba crujiendo como una galleta en la hora del café. La impertinente valentía también estaba en el menú de sobremesa.
—¿Esto? ¿Ponerte un cuchillo en el cuello? Tengo mis serias dudas al respecto de que este gesto tan insignificante pudiese entrar dentro de un juzgado, por ser un delito.
—Ese no.
Sus grandes ojos azules comenzaron a humedecerse, sintiendo como el filo de mi acero acariciaba su cuello. La insolencia de la valentía seguía crujiéndose. La firma sobre aquel contrato, se humedecía como sus ojos.
—Pero sí por violarme —sus palabras consumieron a la primera sonrisa oculta a sus exóticos ojos azules—. Por favor, te daré todo el dinero que tenga encima, pero, déjame ir —dijo recurriendo a la única valentía que el ser humano conoce desde que se impuso el capitalismo hace varios siglos: La valentía de que todo y todos, tenemos un precio.
—¿Dinero? ¿Unos simples papeles coloreados con diferentes tonos para diferenciarlos por un valor impuesto por los magnates de la economía? —Sus brazos cayeron por el enorme peso al conocer a la hermana de la esperanza, la desesperanza. Fantaseó con una libertad inalcanzable. Es muy peligrosa—. Te responderé como le respondió un día un abuelo a su nieto: Hay mucho dinero allí fuera. Imprimen más cada día. Solo un tonto lo renunciaría por algo tan común como el dinero.
—Por favor, no me hagas daño —dijo con la garganta contraída por mi cuchillo. Una primera lágrima, recorrió la quietud de su rostro. Sus brazos seguían laxos por la visita de la hermana de la esperanza.
—¿Piensas que si hubiese querido dañarte seguirías teniendo el cuello de una sola pieza? ¿Quién te ha asegurado que esta noche el filo de mi cuchillo se bañará en sangre? Lo ves, de nuevo, la seguridad y tranquilidad de la interrogación «quién».
—Haré todo lo que quieras, pero te lo suplico, no me mates.
Las lágrimas iban empapando su cara, descoloriendo su ostentosa piel morena en una intensa agonía que oprimía su pecho. Sus ojos azules se cubrieron de la tela de sus párpados, renegando que la última escena que recordase en esta vida, fuese la de mi machete degollando su cuello, esperando que al abrirlos, estuviese en aquel mundo espiritual al que llamamos cielo.
—¿Por qué esta noche deberías pedir clemencia por tu vida? —pregunté irguiendo suavemente su barbilla con mi dedo índice. Aquel dedo hacía la función de la mismísima gravedad, sujetando la lagrimosa barbilla de mi víctima.
—Por favor...
Su pecho seguía oprimido por aquel miedo que domeñaba su alma. Sus lágrimas no se deslizaban por su exuberante piel morena; rompían incesantemente contra el espigón de sus alargadas pestañas, renegando de la que seguía creyendo que era su última escena en vida.
—Según la mitología griega, solo se podía pedir piedad por el alma una vez en la vida. ¿Sabes cuándo? —Una simple acaricia a ambos lados de su barbilla impregnada en lágrimas sobre mi dedo índice. Fue su silenciosa respuesta—. Cuando la vida no nos pertenece a los mortales, si no, a los dioses; una vez muertos. Aquella piedad no iba dirigida hacia los dioses venerados del olimpo: Zeus, Poseidón, Ares, Afrodita... eran para el desterrado Hades, dios del frío y maldito inframundo, suplicando que la madera de la vieja barca custodiada por Caronte, no se abriese camino a través del rio maldito trasportando sus almas. Con lo que no debes temer, no vas a necesitar llevar una moneda en el bolsillo esta noche para ese viaje. El filo de mi cuchillo no te degollará esta noche el cuello; no soy ningún dios para decidir que alma regalo a mis hermanos.
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