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Irene

POLIXENAPOLIXENA Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
editado marzo 2011 en Narrativa
Las luces de neón iluminaban el pelo y las botas rojas de una joven asustada. Irene distraída ahuyentaba las lunas solitarias mientras juntaba las manos ateridas debajo del vestido esperando el próximo autobús. Rozó el aliento y el pelo suave de la joven al levantarse, se quitó el abrigo y le tapó las piernas. Ella nunca se pondría una falda tan corta, ni se atrevería a aceptar un gesto de complicidad femenina. Escapó de la cortesía, arrancando su abrigo del regazo de la joven y contó las monedas para pagar el viaje. Se perdió en sus planes para mañana mientras escapaba de las miradas cruzadas que tensan los viajes de quienes comparten rutina sin quererlo. Los espejos del portal le devolvieron sus recién cumplidos treinta años y las sombras moradas de sus ojos. El día acabó al girar la llave, encendió y apagó el ordenador, intentó comer algo y acabó cerrando los ojos acompañada del ruido de las cañerías.
De nuevo en la oficina se sintió a salvo de la soledad subterránea y tras camuflar las marcas moradas del insomnio se sintió valiente. Miró con compasión a su jefe, con esa mirada que le horrorizaba y que no podía evitar cuando este le hablaba de citas clandestinas y balances imposibles. Irene quería ser madre cuando superaba la barrera de los treinta días. Aquella mañana volvió a esconderse en el baño abrazada a una esperanza absurda que terminó por esfumarse al abrir el sobre del servicio médico. Paz le devolvió con gestos las ganas de compartir la amistad incansable que les rescataba de aquellas cuatro paredes, marcó con un paréntesis sus próximas vacaciones juntas, e Irene tachó con bolígrafo rojo el mes de marzo.
Tres cafés, una manzana a medias y un litro de agua. En el comedor esperó a sentarse la última y se concentró en el inmenso plato de comida, era imposible acabar con aquello, la próxima semana comería mejor. Con el estómago vacío las cervezas improvisadas de aquel día le levantaron el ánimo. Habló mucho de todo, sin decir nada. Se cansó de reír, y de abrazarle, pero volvió sola a casa.
La disciplina se extendió al empezar un nuevo día, pero a veces la rutina te sorprende y encuentras una foto olvidada en un libro, que te rescata, que te da luz y de repente, te ves más joven, más bonita y menos sola.

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