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Un final

POLIXENAPOLIXENA Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
editado octubre 2010 en Narrativa
Anunciaron la próxima estación. Me sentí triste al ver cómo la gente se agolpaba ruidosamente entre las maletas para bajar del tren. Entre las cabezas, brazos levantados, nombres repetidos por el eco de la estación y yo sin ganas de levantarme, preparando el dinero para el autobús y sin un libro debajo del brazo. Sola, me lo repetía mi sonrisa herida. No sirvió de nada perder aquel tren, perder aquel libro, perder todas las sonrisas que me robaron el frío, los abrazos, tus miradas. Calenté la idiotez con el primer café de la mañana. En la pared de enfrente la poesía no había muerto y yo acababa de llegar a Santiago. No llovía y la maleta pesaba demasiado. Un nuevo hotel en un polígono industrial, el mismo rostro en el espejo, pero cada vez más cansado, con los ojos menos verdes sin la luz del sur. Revisé el recorrido y ordené todos los documentos, el trabajo era sencillo, únicamente tenía que ser yo misma y regalar mi honestidad una vez más. Al caer la tarde me perdí en Santiago, pensé en llamarte, no fui capaz, imaginé que con el tiempo nuestro amargo final me resultaría hermoso y volvería a escribir en esta mesa sobre nosotros, con la lluvia de fondo y la vista nublada por el moscatel. Los documentos estaban firmados, encerrados dentro del cuero marrón que ya andaba solo por estaciones y ciudades, la lluvia no venía y las persianas escondieron la noche. Apagaron casi todas las luces del bar, pagué y al abrir la puerta la camarera rubia me prohibió salir. La lluvia había empezado a mojar Santiago. Me contó su vida, y yo le hablé de ti, mientras anotaba un nuevo concepto de amor tatuado en su antebrazo. “Al final todos sufrimos de igual manera”, le grité mientras corríamos juntas hasta su coche.
Volví a pensar en ti bajo el agua de la ducha, nuevamente las frases inacabadas y las caricias ásperas de los últimos días. Lo decidí sentada en la cama con el pelo mojado y la tele encendida, jamás volvería a verte, jamás volvería a llamarte. A la mañana siguiente alargué el brazo buscando un mensaje tuyo en el teléfono, no había nada. Llamé a la oficina para confirmar la firma de los acuerdos, en la agenda del teléfono pasé por tu nombre. Opciones, borrar.
Santiago se alejó entre la lluvia y entre las páginas del libro nuevo que compré en la estación. El trabajo estaba hecho y la agenda vacía hasta el viernes.

Comentarios

  • marta gmarta g Fernando de Rojas s.XV
    editado octubre 2010
    siempre es un placer leerte,se hacen tan gratas tus palabras,que me parece flotar mientras me alimento de cada situación y de cada imagen que se recrea en mi mente...magnifico relato,como no podia ser de otra manera:)

    gracias por compartir tus tesoros con todos nosotros.
    un beso.
  • ShaiantiShaianti Fray Luis de León XVI
    editado octubre 2010
    Has representado con dignidad y sin caer en el sentimentalismo, el amargo sabor de la ruptura y de la soledad. Es siempre bello leerte.:)
  • POLIXENAPOLIXENA Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado octubre 2010
    Marta, Shai, muchas gracias por vuestros comentarios, me animan a seguir escribiendo y a compartir el trabajo.
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