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Actividad Reciente

  • Buenas, soy Pablo, periodista que colabora actualmente con la web de viajes HotelNights. Vivo en México y busco gente para intercambiar inquietudes literarias. Soy fantástico de la ciencia ficción y trato de combinarlo con mi pasión escribir y viajar, que es lo que más me llena. ¡Deseoso de conocer gente!
    20 de junio
  • Pablo8 ingresado.
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    20 de junio
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    19 de junio
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    17 de junio
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    17 de junio
  • ramonchu y SofiaQM ingresado.
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    13 de junio
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    11 de junio
  • Muy buenas tardes amigos. Os voy a presentar una de mis novelas históricas. Caminos de un Templario.

    Sinopsis

    En el verano de 1169, un pueblo llamado Ledesma, (Salamanca) es atacado brutalmente por un ejército de sarracenos. Unos caballeros templarios que vivían a unos kilómetros del pueblo localizaron a los únicos supervivientes; una pareja de enamorados. Los honrados caballeros deciden llevar a la pareja a vivir a su castillo. Dorotea la joven enamorada cae enferma y muere. Enrique, su enamorado cae en una fuerte depresión. Adolfo de Pozoblanco, Maestre de León, propone a Enrique hacerse caballero Templario. Después de 10 años de duras pruebas el joven sale nombrado, caballero Templario, fue bautizado como Enrique de Ledesma. Enrique decide hacer un viaje por toda España en busca de la paz y el amor. Pero Esta historia no acaba aún, cuando el caballero Enrique decide hacer un largo viaje a Tierra Santa. Un viaje largo, peligroso ya que en Jerusalén se ha proclamado la Tercera Cruzada. Saladino ha conquistado Tierra Santa y el Papa Gregorio VIII acompañado por un gigantesco ejército cruzado, decide entrar en la ciudad para enfrentarse al audaz sultán. El joven caballero Templario, muchos de sus amigos fallecieron en el viaje. Pero él, continuó con un único propósito, llegar la paz a Jerusalén, y tanto cristianos como musulmanes vivir felizmente. Pero… ¿Consigue Enrique la paz en Tierra Santa? Diez años después, tras regresar Enrique a su pueblo natal, aparece un extraño joven en su castillo. Quiere entrar en su Orden ¿Quién es ese extraño joven? ¿Por qué quiere entrar en la Orden del Temple? Novela histórica con misterio, intriga y romance, dónde el lector se sentirá atraído y fascinado, desde el comienzo de la novela, hasta el final.

    La podéis encontrar en Amazon. Papel y kindle. Disfruten de una buena lectura.
    11 de junio
  • Escritor de novelas históricas. Posee 16 libros ambientados en la Edad Media.
    11 de junio
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    10 de junio
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    9 de junio
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    9 de junio
  • Hola me gusta las poesías que tratan de desamores para superar rupturas de amor sincero
    9 de junio
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  • ¡Bienvenido a bordo!
    7 de junio
  • Estudiante de filosofía y apasionado del cine, la literatura, la música... Dividido entre la razón y el corazón, a veces salen de mí palabras ardiendo, y otras entran versos gélidos. 
    Puedes leerme en mi blog: http://malagaaliquindoi.blogspot.com/
    Y en mi Instagram: https://www.instagram.com/?hl=es
    7 de junio
  • cehi cambiada su la imagen de perfil.
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    7 de junio
  • cehi cambiada su la imagen de perfil.
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    7 de junio
  • ¡Bienvenido a bordo!
    5 de junio
  • esta muy padre el foro
    5 de junio
  • cehi


    Hola, soy cehi.

    Pensando, mi respuesta en el foro ha sido quizá un poco brusca.

    Se trata de un mini diccionario escrito por mí de cerca de dos mil palabras con sus significados en pareados dobles, al cual lo hice titular PICHA (Pequeño Informativo CHAvez). Ese Chávez es mi primer apellido, que en mi diccionario no le puse acento con idea de hacer coincidir su título con esa palabra (PICHA) tan jocosa y tan gaditana.

    Si me envía tu correo no tengo inconveniente en enviártelo a ti también.

    El mío es...

    [email protected]
    4 de junio
  • ¡Bienvenido a bordo!
    4 de junio
  • joelitosc y elsefarad ingresado.
    ¡Bienvenido a bordo!
    1 de junio
  • cehi

    Laura

    Como este foro tiene limitaciones de espacio, sale todo muy apelotonado, así que si lo quieres más despejado y claro, me facilitas tu correo y te lo envío.

    Para evitar confucionismos absurdos, primero te envío yo mi correo e incluso mi número de móvil. Mi nombre es Antonio Chávez

     [email protected]

    657 329 357
    1 de junio
  • cehi
     
    Hola Laura, soy cehi

    Tal y como me solicitaste, ahí te envío tus cuentos con las correspondientes correcciones ortográficas que he podido ver. Seguramente habrá alguna más que se me haya pasado.

    Además de imaginación y de saber redactar para ti, para tu interior, no siempre aciertas al insertarlas en papel porque te pierdes un poco con los tiempos de los verbos, que son los que desvirtúan el sentido de la sintaxis. Y esto te ocurre con frecuencia.

    Me permito hacerte estos consejos desde mi ánimo de colaborar en tus escritos; no creas que están alimentados de suficiencia y jactancia. Yo soy tan novel como tú en esto de escribir, pero leo mucho y voy aprendiendo.

    La ortografía que he podido corregir va en NEGRILLA Y SUBRAYADO

    Un saludo


    Los cuentos de Laura

    «Relatos intrigantes, oscuros e inesperados»

     

    lunes, 14 de mayo de 2018

    Estación perdida

     

       Javier abrió los ojos. Estaba sentado en un banco de una estación. Se levantó y observó la sombra de lo que, en otra época, habría sido un lugar lleno de viajes y anécdotas. Un lugar, ahora, desolado, excepto por una mujer que asomaba la cabeza a la vía. Javier se acercó y le preguntó, dubitativo, dónde estaban, pero la señora parecía no verle.

    Tras insistir varias veces, dio media vuelta y siguió los carteles que indicaban la salida. Sin embargo, (una coma aquí) un gélido aire empezó a cubrir todo con un manto de hielo. Javier, tiritando, se abrochó el abrigo y clavó los ojos en las finas gotas de cristal que quedaban colgando en la estación. 

    Entonces, un tren surgió de entre la niebla del horizonte. Javier se restregó los ojos y avanzó, despacio, hasta él. Varias personas se bajaron y se dirigieron a la salida. Ninguna llevaba equipaje y caminaban como si aquella estación fuera el punto de encuentro de todos sus sueños. Un nivel que debían superar para despertar o para avanzar a otra dimensión onírica.

    Javier, absorto, empezó a seguirlas, pero alguien le detuvo. Un hombre trajeado que le observaba erguido.

    ––Debería subir al tren, Javier. Estamos a punto de partir.

    Él se quedó de piedra. El hombre le condujo hasta el tren y le acompañó hasta un compartimento.

    ––En esta nevera tiene refrescos y cervezas ––Señaló un pequeño armario situado debajo de la ventana––. Espero que disfrute del viaje y que llegue pronto a su destino.

    El hombre salió y cerró la puerta.    

       Carlota salió del cuarto. Su vestido, (una coma aquí) color turquesa dibujaba, a la perfección, cada una de sus curvas. Él la besó, con cuidado de no estropearle el carmín, y se fue a cambiar. Mientras escogía que se pondría del armario, escuchaba a su novia hablar con su madre por teléfono.

    Se puso el traje negro, la camisa a juego con el vestido de Carlota y abrió el zapatero. Todo su calzado, el poco que tenía, estaba destrozado. Javier cerró el cajón, con fuerza, fue a la habitación de Alberto y empezó a aporrear la puerta.

    Carlota le agarró del brazo y le gritó que parase. Él resopló y le pidió que le dijera a su hijo que abriera. Ella llamó a la puerta. El niño salió. Sus ojos compungidos miraban hacia el (es correcto al, pero suena mejor hacia el) suelo.

    ––A ver, ¿qué ha pasado?

    ––Tu hijo me ha roto todos los zapatos. ¿Me puedes decir cómo coño salimos ahora?

    Carlota vio la culpa en la cara del pequeño. Se agachó junto a él y le dijo:

    ––¿Por qué has hecho eso, mi amor?

    Alberto se encogió de hombros. Su madre le besó en la mejilla.

    ––Bueno, pero no lo vas a volver a hacer, ¿verdad? 

    ––No, mami. 

    Ella sonrió y cerró la puerta. 

    ––¿Y ya está? ¿Eso es todo lo que piensas hacer? 

    ––Es un niño, ¿qué quieres que haga? Voy a llamar a mi madre para que no venga. Mañana saldré y te compraré unos zapatos nuevos.


       Un silbido le sobresaltó. El tren se había puesto en marcha y el paisaje helado de la estación empezaba a quedarse atrás. Javier se rascó la cabeza, ¿por qué había recordado ese momento?  ¿Acaso su subconsciente dormido le quería decir algo? Después de un rato de reflexión, sintió la boca seca y se agachó a abrir la nevera.

    Dentro sólo había botes de veneno para ratas. Confuso cogió uno. La risa de Alberto volvió a su mente, como un fogonazo. Él tiró el bote al suelo y salió corriendo. Entonces, se dio cuenta de que estaba, de nuevo, en la estación. 

    Javier, paralizado, clavó los ojos en el tren que, por arte de magia, había regresado allí. Los viajeros que había visto antes bajarse de él volvían a bajar y recorrían la estación siguiendo los carteles de salida. Y el hombre que le había guiado a su compartimento volvió a hacer lo mismo.  

    Una y otra vez, tras abrir la nevera y ver los botes de veneno, Javier regresaba al mismo momento en la estación y revivía la misma escena, hasta que aquel hombre le conducía adentro. Llegó un momento en que podía decir, de memoria, como iban vestidas las personas que veía bajar del tren.

    Sólo había una cosa que cambiaba cada vez que entraba en el compartimento: los recuerdos con su hijastro. Instantes, casi siempre amargos, que acaban con Carlota y él discutiendo. Luego, él volvía a abrir la nevera y, al ver los botes de veneno, regresaba a la misma escena en la estación.   

       Javier miraba hacia el (Es correcto al, pero suena mejor hacia el) techo. Los bordes del sofá se le clavaban en la espalda, aunque no le molestaban tanto como las últimas palabras de Carlota: «estoy harta de la manía que le tienes a mi hijo. Si no sabes aceptarle, entonces ya te estás largando. Mañana cuando me levanté, no quiero verte aquí».

    Él se quedó mudo, inmóvil en mitad del salón. ¿Manía decía?. (Después de los signos de de interrogaciones y admiraciones no van puntos) Lo que le tenía a ese niño no era manía, era asco. Llevaba mucho tiempo aguantando sus perrerías y, como castigo, las sonrisas de su madre. Respiró hondo, los puños apretados y se tumbó en el sofá.

    A la mañana siguiente, se levantó y fue a la cocina. Preparó tres tazones de Cola Cao (Los nombres propios van en mayúsculas) con magdalenas y vertió en el de Alberto una cápsula, machacada, de veneno para ratas. Pegó posits en los tazones con los nombres de cada uno y se marchó al baño.  

    Entonces, Alberto, escondido detrás de la puerta de la cocina, salió y cambió su tazón por el de Javier. 

    martes, 24 de abril de 2018

    La leyenda de Akame 

    ––Parece que va a llover.

    Akame suspiró. Las nubes empezaban a engullir el barco. Soltó, un instante, el timón y sacó del pantalón un mapa. Un mapa ya roído por los bordes y gris, como el temporal, que guardaba el escondite del tesoro de la Isla de Chang Ling. 

    Akame arrugó el mapa contra su pecho. Todos (Ancestro es nombre masculino) sus ancestros habían intentado encontrar aquel tesoro, pero ninguno lo había logrado. Y ahora, sólo quedaba ella para cambiar las estrofas de las leyendas.  

    Canciones que narraban la historia del poder que habían perdido las mujeres de la dinastía Shing. El libro con el que, durante siglos, habían sido las señoras de los cuatro elementos y de todos los seres del planeta. 

    Ella guardó el mapa y continuó tripulando. El viento parecía provocar, con sonoros aullidos, al mar. Akame sujetó, con firmeza, el timón y dejó que las olas la hipnotizaran. Entonces, una luz apareció delante de sus ojos y, como si fuera una puerta, de ella salió un hombre. Akame saltó hacia atrás y blandió su sable. 

    ––¿Quién sois maldito demonio?

    Él sonrió sin inmutarse. 

    ––Soy el que puede encumbrarte, de nuevo, a la gloria. 

    ––Si sois vos el que me lleváis a ella, no sería un logro mío. 

    ––¿Y si te dijera que, trabajando para mí, podrías cambiar lo que la historia de China cuenta sobre tu familia en el futuro? 

    Akame le miró recelosa. El futuro siempre había sido una carta incierta. Un instante esperado con ansia que dura, sólo eso, un instante, porque enseguida la carta vuelve a ponerse bocabajo. El hombre sacó de su pantalón unas hojas. Las desdobló y le señaló la fecha: 23 de mayo de 2018. Ella soltó el sable y se inclinó.

    ––Haré lo que me pidáis.

    Él asintió y se acercó a ella. La agarró de la mano y la llevó al otro lado de aquella luz. Un gigante, vestido de cristales, se alzaba de repente ante ellos. El hombre la condujo a su interior hasta una sala. Le dio ropa nueva y le pidió que se cambiara. 

    Una vez disfrazada de oficinista, salieron de allí y empezaron a andar por un serpenteante pasillo. Un pasillo repleto de salas, donde cientos de personas miraban, absortas, un extraño artefacto. 

    Él le explicó que estaban trabajando; sin embargo, a ella le vino a la mente la bodega de su barco cuando se plagaba de ratas. 

    Luego, continuaron hasta llegar a una puerta. El hombre la abrió con un pequeño aparato, que sacó de su chaqueta, y le mostró un pasillo lleno de celdas. Varias personas se tiraron contra los barrotes y suplicaron clemencia. Otras, apenas tenían fuerzas para levantarse. Akame se llevó una mano al pecho; de nuevo, el agobio empezaba a dejar huellas dentro de ella. 

    ––Pensaba que estabas acostumbrada a ver prisioneros.

    ––No me gusta llevar en mi barco más que lo imprescindible.

    ––A mí me ocurre lo mismo con esta empresa. Por eso necesito que cruces la puerta del tiempo con los que están aquí encerrados y regreses a tu época. 

    ––¿Y no sería más fácil que se marcharan?

    Él sacudió la cabeza. Su empresa había sido una de las seleccionadas, por la élite mundial, para mantener controlado el número de habitantes de China. 

    ––¿Qué es la élite mundial? ¿Por qué tienen ese interés?

    ––Llamamos élite a los dueños y señores del planeta.

    ––¿Seguís  hablando con los dioses en este tiempo?

    El hombre soltó una carcajada. Akame frunció el ceño.

    ––Ahora, los dueños de La Tierra son personas de carne y huesos. Personas que controlan la economía y todos los recursos de la naturaleza que el resto necesitamos para vivir. Por esa razón prefieren mantener la población con un número exacto de habitantes; un exceso de ella supondría, con más rapidez, la pérdida de sus riquezas.

    Ella, atónita, sacudió la cabeza y le clavó una navaja que llevaba escondida en su pantalón. Él se tapó la herida y se tiró al suelo. La sangre empezó a emanar de su boca a borbotones.  

    ––Sólo los demonios ensalzan al hombre como si fueran dioses. 

    Akame se agachó a su lado y le puso el arma en el cuello.

    ––¿Cómo regreso a mi barco?

    ––Estás cometiendo el mayor error de tu vida. Sin mí nunca conseguirás nada. 

    Esas fueron las últimas palabras del hombre. Akame le sacudió, con rabia, y allí, atrapada en aquella celda del tiempo, empezó a pensar en las leyendas que nunca hablarían de ella.  

    viernes, 6 de abril de 2018

    Collar de identificación

    Llevaba una hora buscando el collar rojo. Faltaba muy poco para salir al trabajo y sin la acreditación no le ingresarían los puntos a su cuenta virtual. Incluso podrían multarla y quitarle parte de los que ya había conseguido.

    Porque en ese lugar nadie era nadie sin esos collares que, como a los perros, identificaban con un número a cada una de las chicas. Ella se llevó las manos a la cabeza y resopló. Igual se lo había olvidado fuera, pero era extraño que se lo hubiera quitado.

    Intrigada conectó el dvd y empezó a rebobinar las imágenes hasta el día anterior. Sin embargo, un mensaje interrumpió la grabación: «El sistema no logra identificarla; póngase su collar».

    Ella intentó seguir rebobinando, pero el mensaje no se quitaba. Al cabo de un rato, desistió y se acercó a la puerta. Entonces, se desmayó. 

       El señor Augier acudió raudo a su despacho; una de las alarmas había saltado. 

    —¿Qué ha ocurrido?

    —Nada importante, señor —dijo la secretaria—, una rebelde sin acreditación.

    Él observó en el ordenador a la chica tirada en el suelo. Luego, ordenó que vaciaran el cubículo, donde estaba ella, y que metieran a otra.

    —Ah, y haga el favor de mandarme, de una vez, a una joven, que llevo un rato esperando.

    —Ahora mismo, señor.

    jueves, 23 de noviembre de 2017

    Desprogramación mental

       Arthur se bajó del coche y la sacó a la fuerza. Janis se retorcía y pataleaba mientras él la arrastraba hacia la casa. Los adoquines de la acera le arañaban las piernas, pero ella no desistía en su empeño por escaparse. Algunas personas se detenían, desconcertadas, durante un momento. Luego, se encogían de hombros y seguían su camino.

    Sin vestir ni caracterizar nadie la reconocía; aunque eso también le llevaba sucediendo a ella desde hacía bastante. Ya no quedaba ni un atisbo de Juliet. La niña que había sido había desaparecido y ahora era solo Janis, una marioneta más de su manager; una fábrica de generar, cada vez más dinero; un modelo social para millones de jóvenes.

    Al llegar a la puerta Arthur la enderezó, le cruzó la cara y le ordenó que se calmara. Janis, con el corazón desbocado, asintió y se enjugó las lágrimas. El manager llamó al timbre. Al cabo de unos segundos, apareció en la entrada una chica en ropa interior con tacones y el pelo amarrado por una katyusha. 

    Arthur dijo tres números «seis, uno, cuatro», la muchacha sonrió y les indicó que entraran. Janis la observó de arriba abajo. No era la primera vez que veía a una chica de esas, pero le extrañaba que hubiera una en su casa y, sobre todo, que sus padres no se hubieran opuesto. 

    La joven les condujo al salón. Las voces de su familia se escuchaban desde el pasillo, y la emoción empezó a caer como gotas por su rostro. Sin embargo, cuando entró descubrió que no eran sus padres quienes hablaban. 

    El hombre y la mujer que los imitaban se callaron al oír la puerta. Ella se quedó petrificada e, instintivamente, apretó la mano de Arthur. Él la soltó y se acercó a ellos.

    —Arthur, cabrón, cuánto tiempo sin verte —dijo el hombre y se abrazaron. 

    Luego, hizo una reverencia y le besó la mano a la mujer.

    —Tú tan hermosa como siempre, Monique.

    Ella se enredó un mechón entre los dedos y se lo colocó detrás de la oreja.

    —Cuéntanos, ¿qué te trae por aquí?

    Arthur le hizo un gesto a Janis. Ella avanzó despacio dejando un rastro de incertidumbre. 

    —Mirad, esta es Janis. Lleva un tiempo chantajeándome con dejar de cantar si no la traía a su casa, así que no he tenido más remedio que ceder.

    Ricky y Monique se inclinaron para darle un beso en la mejilla, pero ella se apartó.

    —¿Dónde están mis padres? Me dijiste que iba a verles.

    Ellos intercambiaron miradas cómplices y se echaron a reír. La chica apretó los puños y volvió a formular la pregunta marcando cada sílaba.

     

    —Tus padres fallecieron hace tiempo, cariño —dijo Monique.

    En ese momento, le dio un vuelco el estómago. Arthur, Ricky y Monique la sentaron en el sofá. El manager aguardó unos segundos a que reaccionara. Sin embargo, al ver que Janis no salía de su estremecimiento, se sentó a su lado y procedió a contar la verdad.

         Una tarde, ya ni se acordaba cuándo, los padres de Janis fueron al estudio de grabación a visitarla y la encontraron en el camerino desnuda y siendo embestida a cuatro patas por él. 

    El hombre, ciego de rabia, le apartó de ella y empezó a asfixiarle. La madre corrió hacia su hija y la cubrió con su abrigo. Janis sollozaba abrazada a ella. Sus gritos desgarradores debieron alertar a los guardias que enseguida irrumpieron en la sala y arrastraron a los señores Sullivan fuera. 

    Durante los dos días siguientes, permanecieron encerrados en unas jaulas escondidas en un almacén a varios kilómetros de allí hasta que Arthur dio la orden de liquidarles. Luego, contactó con esos dobladores y les contrató para suplantarles. Esa joven le estaba haciendo ganar cantidades desorbitadas de dinero y se negaba a perderla.

    —Janis sé que en la ignorancia todo se ve distinto —Arthur le cogió la mano—. Has sido tú la que me ha obligado a revelarte esto.

    Ella se soltó y se levantó impulsada por el odio que la recorría desde muy adentro. 

     

    —Te juro que aunque sea lo último que haga, pagarás por esto.

     

    De nuevo, los tres estallaron en carcajadas. A Ricky casi se le cae la taza de café que en ese momento la criada servía en una bandeja. 

     

    —Lo último que hagas no sé que será, pero ahora vas a ir a una clínica de desintoxicación. Creo que tu dependencia con las drogas necesita ya tratamiento urgente.

     

    Ella le miró, atónita.

     

    —Yo no me drogo, hijo de puta.

     

    —Lo sé, eso es lo que le diremos a tus fans cuando noten tu ausencia. Y tú, tras un año de rehabilitación, volverás a los escenarios con estos recuerdos encerrados en lo más hondo de tu subconsciente. 

     

    sábado, 11 de noviembre de 2017

    Dos buenos profesionales

     

       Asomado a la ventana se encendió un cigarro. El humo se escapaba hacia la noche. Le dio una larga calada y observó, pensativo, la calle llena de bares. Leve consuelo para perder la cordura durante unas horas. 

     

    Suspiró hondo y le dio otra calada. Entonces, escuchó una notificación en el ordenador. Apagó el cigarro en el alféizar y se acercó a ver el mensaje.

     

       Michael sacó el móvil y miró la hora. Una partida más y se iría. Metió cinco dólares en la ranura y tiró de la palanca. Los rodillos empezaron a girar. Él se mordía el puño mientras su imaginación viajaba por palacios erigidos con billetes. 

     

    Esperanzas que enseguida se desmoronaron cuando los rodillos le devolvieron a la realidad. Michael resopló, le dio el último trago al cubata y se fue.

     

       Tras imprimir el correo, se apresuró al mueble bar y cogió una botella. De qué era no le importaba. Sólo necesitaba su momento de consuelo; a partir de mañana, tenía un nuevo trabajo que cumplir.

     

       La alarma empezó a sonar. Michael la apagó y se desperezó. Rex le miraba fijamente con la correa en la boca. Él sonrió, le acarició la cabeza y se puso el chándal, que siempre dejaba preparado encima de la cama.

     

    Acompañados de las luces de las farolas caminaron hasta el parque. Una suave brisa mecía las ramas de los árboles, cuyas hojas salpicaban pequeñas gotas. Michael soltó al perro y se acercó a las máquinas de entrenamiento.

    Poco a poco, la mañana cubrió todo de colores claros. Los tulipanes empezaron a abrir sus pétalos y crearon en el césped un manto de primavera. Entonces, una llamada le interrumpió.  El coordinador de su sección le ordenó doblar turno y cubrir la zona de uno de los compañeros que, por motivos personales, no había podido ir.

     

    Michael aceptó. Luego, le hizo una seña a Rex y empezó a correr hacia su casa. Tenía que darse prisa; el deber le había llamado. 

     

       De repente, una sensación fría le estremeció. Abrió los ojos y cogió la botella que se le había vaciado sobre la camiseta. Se incorporó y la dejó en la mesa, al lado de otra. Él resopló y se quedó mirándola absorto.

     

    Al cabo de un rato, sacudió la cabeza. Se levantó y arrastró los pies hasta el baño. El olor que desprendía quedaba impregnado por donde pasaba. Accionó el grifo y dejó que el agua corriera hasta que salió caliente.

     

    El vapor y la humedad, rozando su piel, borraron cualquier atisbo del hombre que había sido aquella noche y le otorgaron de nuevo la personalidad seria y distante que lo caracterizaba.  

     

    De vuelta al salón cogió las botellas de la mesa y fue a la cocina. Las metió en una bolsa y se preparó un café. Apoyado en la encimera empezó a darle pequeños sorbos, mientras el calor de la taza recorría sus manos. Entonces, escuchó el timbre. Él frunció el ceño, dejó el café y salió a la puerta. 

     

    ––¿Sí?

     

    ––Buenos días, caballero, mi nombre es Michael White. Soy asesor comercial en la Agencia de Viajes Summitour y me gustaría ofrecerle…

     

    Él le cortó y le pidió que se marchara, pero el muchacho continuó.

     

    ––No puede dejar pasar esta oportunidad, señor. Ábrame y se la explico. 

     

    Michael pegó la oreja a la puerta. Al no obtener respuesta, pulsó de nuevo el timbre.

     

    ––¿Oiga, sigue ahí? Señor, abra y escuche mi oferta. Le prometo que no se va a arrepentir.

     

    Él se mordió la lengua y puso los ojos en blanco. Otra vez el zumbido del timbre le taladró los oídos.

     

    ––Siento insistir tanto, caballero, pero es mi trabajo. Cuanto antes me abra, antes me iré. 

    Michael aguardó, atento. La puerta se abrió despacio y apareció en el umbral un hombre de facciones marcadas y ojos perspicaces. El joven sonrió y con destreza se coló en la casa. Él cerró y le condujo hasta el salón.

     

    ––Gracias, señor, solo le entretendré cinco minutos.

     

    Michael dejó la carpeta en la mesa. Se quitó la gabardina y la dobló en el sofá.

     

    ––Y si estos fueran tus últimos cinco minutos, ¿te gustaría malgastarlos vendiéndome una mierda?

     

    ––Cuando escuche lo que le voy a ofrecer, cambiará de opinión ––dijo con altivez.

     

    El hombre suspiró y le indicó con un gesto que se sentara. Luego, se marchó a la cocina, sirvió otra taza de café, se calentó el suyo y regresó con él. Agradecido, el chico le dio un sorbo, lo dejó en la mesa y cogió la carpeta.

     

    ––Antes de empezar ––dijo mientras la abría––, ¿podría decirme su nombre para dirigirme a usted?

     

    ––No. Hemos hablado hasta ahora y no te ha hecho falta saberlo. 

     

    Él colocó su taza al lado de la otra, se sentó y se alisó las mangas de la bata. Michael apretó los labios en una fina sonrisa.

     

    ––Tiene razón, caballero, discúlpeme; sólo hago mi trabajo.

     

    ––Sí, eso ya lo has dicho.

     

    Bajo el asombro de Michael, el hombre sacó de su bolsillo una pequeña bolsa transparente de cocaína. Echó un poco sobre la mesa, hizo una raya y la esnifó. 

     

    ––¿Quieres?

     

    El muchacho apretó los puños y sacudió la cabeza. Él soltó una carcajada y se guardó la droga.

     

    ––Claro, tú tendrás otros vicios.

     

    ––Como todo el mundo ––dijo y empezó a manosear la carpeta––, pero ahora lo que quiero es hablarle de la fantástica oferta que…

     

    ––Dime una cosa: ¿Por qué trabajas en esto? 

     

    ––Porque gano cuatro mil dólares al mes ––Michael esparció a toda prisa unos folletos sobre la mesa.

     

    ––¿Y por esa miseria madrugas todos los días y molesta a cientos de personas? ––El hombre cogió su taza y le dio un sorbo––. A mí me pagan sesenta mil dólares cada vez que trabajo y créeme que lo hago más de lo que me gustaría.

     

    Michael levantó las cejas y le miró con una media sonrisa. Él se quedó en silencio unos segundos. Luego, señaló los panfletos y le dijo que continuara. 

     

    El muchacho suspiró, aliviado, y empezó a relatar con el máximo detalle los viajes que la agencia Summitours ofrecía para un fin de semana. Cuatro destinos de lo más pintorescos, El Caribe, Sidney, Egipto y Tailandia le esperaban por tan sólo doscientos dólares, vuelo y alojamiento incluidos. 

     

    ––Lo único que tiene que hacer es elegir dónde quiere ir y Summitours se encargará de que su experiencia en el destino sea inolvidable. 

     

    ––Ya, eso está muy bien, pero…

     

    ––Sé lo que me va a decir, caballero: ¿cómo es posible que algo tan bueno cueste tan poco? Yo tampoco me lo creí cuando entré a trabajar aquí y me lo contaron, pero puedo enseñarle algunas de las opiniones de nuestros clientes para que vea que su satisfacción es totalmente sincera.

     

    Michael sacó el móvil y le mostró la página de opiniones en la web de la agencia. El hombre asentía con fingido interés, al tiempo que cogía la taza y bebía.

     

    ––Bueno, ¿qué me dice? ¿A cuál de estos sitios de ensueño va a ir?

     

    Él empezó a responder, pero de nuevo el comercial le interrumpió.

     

    ––Ah, y una cosa más: si lo desea, puede invitar a otra persona sin coste adicional alguno.  ¿Es o no es para decir sí ahora mismo? 

     

    Michael dudaba que aquel hombre conociera a mucha gente. No había más que observar  dónde vivía en ese apartamento situado en el último piso de una calle por la que apenas pasaba nadie, excepto los fines de semana cuando los bares de la acera de enfrente se llenaban. 

     

    A lo sumo sabría el nombre de otros hombres que frecuentaran el mismo bar que él o tendría el móvil de alguna mujer a la que llamaría de vez en cuando. Sin embargo, su trabajo le obligaba a mencionar todas las ventajas que la agencia ofrecía.

     

    ––Si fuera verdad sería estupendo. Lo que ocurre es que yo ya he estado en todos estos sitios.

     

    ––Le prometo que es totalmente cierto, señor.

     

    Michael comprimió los labios en una gran sonrisa.

     

    ––Le he ofrecido estos destinos porque son los más elegidos por la gente, pero si usted ya los ha visitado, no se preocupe; tenemos muchos más y por el mismo precio.

     

    El chico guardó los folletos, sacó, de la carpeta, un catálogo y se lo dio. 

     

    ––Mire usted y elija el que quiera. Cualquier duda me pregunta.

     

    Tras darle otro sorbo al café, que ya empezaba a estar templado, abrió la revista y empezó a pasar las hojas.

     

    ––¿Sabe? Ayer por la noche estuve en uno de los bares de aquí abajo y justo esta mañana me avisó mi superior y me mandó sustituir a un compañero en esta zona. Dígame si no es el destino que quería que nos conociéramos para que el próximo fin de semana esté usted disfrutando en alguno de estos lugares.

     

    ––Sí, hay que ver que cosas tiene la vida ––dijo y cerró el catálogo––, pero lo más seguro es que  mi jefe, el señor Enrico Bellucci, me ordene visitarle este fin de semana.

     

        En ese momento, los recuerdos de Michael le llevaron a la trastienda de aquel local en el Queens. La noche era cerrada y la única iluminación que había era una lámpara de pie que enfocaba a la mesa. A su alrededor, cuatro hombres observaban sus cartas. Alguno, pensativo, se las acercaba al pecho. 

     

    Michael dejó las suyas sobre la mesa, sonrió triunfante y acercó al centro todas las fichas que le quedaban. Los otros hombres le miraron, atónitos, y enseguida se retiraron. Sin embargo, uno de ellos, el que estaba sentado frente a él, también hizo all-in.

     

    ––Bien, descubramos cual de los dos ha perdido por completo la cabeza ––dijo Enrico Bellucci y soltó una carcajada. 

     

    Michael se rio también y le dio la vuelta a sus cartas.

     

    ––Escalera de color a diamantes.

     

    ––Escalera real a tréboles.

     

    El muchacho, pálido, sintió como se resquebrajaba por dentro. Durante unos segundos dejó de escuchar las exclamaciones y elogios de los otros jugadores. Entonces, el señor Bellucci le sacó de su desconcierto.

     

    ––Buena partida, chaval, pero este juego es así. Dime, ¿cómo me vas a devolver los doscientos mil dólares?

     

    Michael tragó saliva y empezó a temblar, los puños apretados contra los muslos.

     

    ––Verá, señor… ahora mismo no dispongo de tanto dinero. 

     

    Enrico Bellucci se estiró las solapas de su americana.

     

    ––Pero hemos hecho un trato, ¿no? Yo te prestaba los doscientos mil dólares hasta que acabara la partida con la condición de que si perdías me los devolvieras. 

     

    ––Ya… señor… perdóneme, he apostado como un tonto; no he pensado, simplemente me he dejado llevar por mi intuición.

     

    Michael empezó a llorar. El señor Bellucci sacudió la cabeza despacio.

     

    ––Tampoco es para ponerse así. Mira, vamos a hacer una cosa, te doy tres semanas para que me des mi puto dinero. ¿Me oyes? Tres semanas. 

     

    Se levantó, le dio una palmada en la espalda y se dirigió hacia la salida, acompañado de los otros hombres.

     

    ––Nos veremos aquí, a la misma hora de hoy. Hasta pronto, chaval. 

     

    Michael regresó al salón. Varias lágrimas moteaban sus pómulos. 

     

    ––Parece que le conoces.

     

    El hombre se había levantado y andaba hacia la mesa del ordenador. Michael le observó en silencio.

     

    ––¿Cuánto ha pasado ya desde que le tenías que devolver el dinero? Un mes, ¿no?

     

    El corazón del chico empezó a retumbar en su pecho.

     

    ––¿Quién es usted? ¿Cómo sabe eso? ––dijo a trompicones.

     

    Él cogió la notificación, que le había llegado la noche anterior, se acercó a Michael y se la dio. El muchacho clavó los ojos en su fotografía.

     

    ––Fíjate si será puta la vida y el trabajo que justo ayer por la noche, cuando tú estabas en un bar de aquí abajo, el señor Bellucci me ordenó asesinarte y esta mañana por tener que sustituir a un compañero has venido aquí. 

     

    Michael le miró con el rostro desencajado.

     

    ––Le juro que se lo iba a devolver ––Con el llanto apenas se le entendía––--No me mate, por favor, deme un poco más de tiempo.

     

    Él suspiró y dijo:

     

    ––Lo siento, es mi trabajo.

     

    Sacó una pistola, del bolsillo interior de la bata, y le disparó en la cabeza.

     

    lunes, 16 de octubre de 2017

    Viaje hacia un recuerdo

     

       Marcos soltó el mando de la Play Station 4 y clavó los ojos en sus manos que poco a poco (si escribes poco a poco debe ser) se iba pintando de gris. Se levantó del sofá y corrió al baño a lavarse. Sin embargo, al intentar abrir el grifo, lo atravesó.

     

    El pequeño empezó a llorar. ¿Qué le estaba pasando? El gris ya cubría sus manos y avanzaba por el resto del cuerpo. Entonces, una niña surgió en el pasillo. Una niña que había visto en fotos muchas veces y que ahora llamaba mamá.

     

    Marcos se quedó atónito. Ella hizo un solo de batería con una caja de detergente y se marchó. Él la siguió; la incertidumbre se había convertido en curiosidad.

     

    La niña entró en su habitación, se subió a la cama y siguió tocando. Su entusiasmo pronto consiguió que algo dentro de Marcos vibrase. ¿Por qué mamá nunca jugaba con él así? 

     

       

       Sentado en el sofá, Marcos sujetaba el mando de la consola. Su piel volvía a ser vainilla y los tacones de mamá se escuchaban por el pasillo. Él suspiró y salió a buscarla. La llevó a la cocina, sacó una caja de detergente del armario y empezó a tocar el tambor. 

     

    Entonces ella sonrió, se sentó a su lado y acompañó a su hijo con aquella melodía que durante mucho tiempo había estado escondida en su recuerdo. 

     

    sábado, 9 de septiembre de 2017

    Proceso de Selección

     

       Una mañana de otoño, Celia se dirigía al metro de Opañel. A su paso, las hojas que coloreaban la acera de naranjas y rojos bailaban en el aire. Se detuvo un instante y se puso la chaqueta que llevaba colgada del brazo.

     

    Entonces, el móvil empezó a vibrar dentro del bolso.

     

    ––¿Sí, dígame?

     

    ––Hola, buenos días ––dijo una mujer––. Celia, ¿por favor?

     

    ––Sí, soy yo.

     

    ––Mira, mi nombre es Vanesa. Te llamo porque hace un año te inscribiste en un proceso de selección con Selectiva y hoy vamos a realizar la segunda parte de ese proceso.

     

    Ella se quedó callada. ¿De qué le estaban hablando?

     

    ––Estamos en un colegio cerca de Opañel. No sé cómo te pillará para venir ahora al examen.

     

    ––Me viene bien ––dijo despacio––. Dígame la dirección.

     

    Celia la memorizó y la buscó en el Google Maps. Estaba a unos trescientos metros, sólo había que subir esa calle. Sin embargo, en el mapa ese colegio aparecía como abandonado.

     

    Curiosa, se acercó hasta allí. Subió los escalones de la entrada y se asomó a través del cristal de la puerta. Oscuro y desangelado un largo pasillo conducía a varias aulas. Celia se estremeció y empezó a alejarse.

     

    De repente, un chirrido la detuvo. Se giró despacio y clavó los ojos en la puerta. ¿Cómo se había abierto? Apretó los puños y se quedó inmóvil. En ese instante, las luces del pasillo se encendieron y una mujer surgió en el umbral.

     

    ––Tú debes de ser Celia, ¿verdad?

     

    Ella tragó saliva y asintió.

     

    ––Encantada de conocerte, yo soy Vanesa. Pasa, eres la única que faltaba. (faltaba porque ya estaba allí)

     

    Celia miró a un lado y a otro y entró. Siguió a la mujer hasta una de las aulas y se sentó en el pupitre que quedaba libre. Saludó en voz baja a la gente de su alrededor, pero nadie respondió; toda la atención estaba puesta en la chica de recursos humanos que escribía algo en la pizarra.

     

    ––Bien, ahí tenéis los horarios que ofrece la empresa y el sueldo según las horas que trabajéis.

     

    ¿A qué empresa se refería? Celia hizo ademán de levantar la mano, sin embargo, a medio camino la bajó y se preguntó por qué parecía ser la única que no lo sabía. 

     

    ––Ahora, sacad los test que os dimos en el otro proceso de selección. Tenéis noventa minutos para entregarlo.

     

    La gente los sacó de las mochilas y empezó a tachar casillas. Ella se puso de pie y con timidez se dirigió a la puerta.

     

    ––¿Dónde vas? ––dijo Vanesa––. ¿Has terminado ya el examen?

     

    ––No, es que no lo tengo.

     

    ––Bueno, mujer, pues debiste de haberlo dicho.

     

    La chica buscó en una carpeta y le dio uno. Celia empezó a negar con las manos.

     

    ––No se preocupe, de verdad, si es que no estoy interesada en el trabajo.

     

    ––Pero por hacerlo no pierdes nada. Esta prueba es selectiva y de los treinta que sois elegiremos a los diez con mejor calificación.

     

    ––Ya, pero es que no me interesa. Muchas gracias.

     

    Celia se dio la vuelta y salió. Las luces se apagaron. Desconcertada, sacó el móvil y alumbró el camino hacia la salida, pero la puerta estaba cerrada. Intentó forzar el picaporte. Entonces, alguien la agarró del hombro. Ella, sobresaltada, soltó el teléfono y se apartó. La figura de un hombre se adivinaba en la oscuridad.

     

    ––Así que quieres marcharte sin terminar el proceso.

     

    Celia no respondió. 

     

    ––Me temo que no va a ser posible. Ven conmigo, te acompañaré de vuelta al aula.

     

    El hombre la cogió del brazo con fuerza. Ella le pegó una patada en la espinilla y huyó por el pasillo hacia la derecha. Se tropezó con unas escaleras y se quedó de rodillas, con la respiración entrecortada.

     

    Aguardó unos segundos. Sus suspiros eran los únicos que hablaban en el silencio. Miró hacia atrás. Volver a la puerta era una opción, pero, ¿y si la estaba esperando? 

     

    Celia negó con la cabeza, se levantó y de puntillas subió las escaleras. 

     

    Otro largo y negro pasillo se deslizaba bajo sus pies. Pegada a la pared, empezó a recorrerlo despacio. Sin embargo, una especie de gruñidos la hicieron detenerse. 

     

    ––Haz el examen, Celia ––dijeron varias voces.

     

    Ella se puso rígida. ¿Quiénes eran? ¿Cómo sabían su nombre?

     

    ––Haz el examen, Celia.

     

    Aquellos desconocidos empezaron a andar hacia ella, sin dejar de repetir esa frase. Celia retrocedió en silencio. Cada vez estaban más cerca. Sus voces arrastradas le erizaban el vello de los brazos. Siguió retrocediendo. Al llegar al borde de las escaleras, se arrimó a la pared y con cuidado abrió el bolso.

     

    Sacó el abono transporte, se lo guardó en el bolsillo del vaquero y lanzó el bolso al piso de abajo. Ellos pasaron por su lado, casi rozándole, y se perdieron en las tinieblas. Celia se llevó una mano al pecho, respiró hondo y avanzó hasta la otra esquina. Entonces, en la pared de enfrente vislumbró una clase abierta...

     

     

     

     

     

     

    lunes, 3 de julio de 2017

    La Granja Roja

     

       La noche se había ido a dormir y los primeros rayos del sol empezaban a ribetear las nubes. Michelle detuvo la caravana en el arcén, se restregó los ojos y avisó a Alyson. 

     

    La joven se desperezó y se quedó absorta mirando la recta de asfalto, que parecía extenderse cada vez más y no tener fin. Resopló, le cambió el asiento y arrancó. El ruido del motor arrullaba a su amiga que de vez en cuando arrugaba la nariz para luego dar paso a una pequeña sonrisa.

     

       Durante varias horas, la carretera fue un circuito solitario, algo que a Alyson le resultaba realmente tedioso. A media mañana se cruzó con un coche, pero enseguida lo perdió de vista y la monotonía volvió a invadirla.

     

    Entonces, una casa a lo lejos llamó su atención. Apretó el acelerador y se dirigió a ella. Estaba en medio de la nada, casi pegada al arcén, rodeada por una gran hectárea (Quizás mejor superficie. Y digo superficie porque una hectárea es sólo eso, una hectárea, y no una gran  hectárea) de campo.

     

    Michelle se sobresaltó al escuchar la puerta cerrarse. Alyson se había bajado y caminaba hacia esa casa de paredes pintadas a trozos de rojo...

     

     

    viernes, 16 de junio de 2017

    Un malentendido

     

    De fondo en la tormenta sus tacones se escuchaban. Entró en la habitación. El pelo detrás de las orejas dejaba ver dos diamantes. Le dio un beso y le miró expectante. Él se quedó en silencio, sin moverse. Entonces suspiró decepcionada. Se dio la vuelta y empezó a cambiarse. 

     

    El vestido se descolgó desde sus hombros rozándole la piel; sin embargo, él solo veía los pendientes. Demasiado lujosos para alguien como ella. Una dependienta de Mango no valía unas joyas así.

     

    En ese instante, varios nombres atravesaron su mente. Compañeros de los que le había hablado, pero ninguno le convencía. Se los debía de haber regalado alguien que no era del trabajo. Alguno de esos hombres que, enseñando lo hinchada que tienen la cartera, conquistan a cualquier mujer.

     

    ¿Cómo podía haber caído en ese juego? Sus labios empezaron a torcerse en una mueca de asco. Ella, que acababa de salir del baño, le miró desconcertada. Los diamantes resaltaban la culpa en sus pómulos limpios de colorete.

     

    Tras unos minutos de incómodo silencio se levantó de la cama, sacó la maleta del armario y le pidió que se marchara. El desconcierto de antes se convirtió en incredulidad y varias lágrimas quedaron colgadas de sus pestañas.

     

       De fondo en la tormenta ahora se escuchaba el arrastrar de la maleta. Su mujer caminaba despacio, pero cada paso la alejaba más de él, de la vida que hasta ahora habían compartido. 

     

    Entonces, sonó el móvil. Era la hermana de ella.

     

    ––¿Diga?

     

    ––Hola, ¿qué tal? Oye, ¿te ha dicho Miriam si le han gustado los pendientes que le he regalado de cumpleaños esta tarde?

     

    sábado, 20 de mayo de 2017

    De Dioses y Hombres (I)

     

    Pablo llegó a Carpetana cuando aún faltaban unos minutos para que el metro entrara en la estación. Dejó la cartera en el suelo y empezó a mirar a su alrededor. Todo el andén seguía siendo el sueño de la mayoría de las personas que como él irían a trabajar.


    Rostros sin ánimo. Manos que, cada dos por tres, sacaban el móvil sin saber porqué, solo por la manía de mirarlo, y lo volvían a guardar enseguida. Pablo echó la cabeza hacia atrás y bostezó, sin poder evitarlo los ojos se le cerraron.


    Entonces, sintió que alguien le tocaba el hombro y vio a un hombre delante de él. Un hombre alto, de piel blanquecina y ojos verdes atravesados por una pupila en forma de raya.


    Confuso, le preguntó qué quería, pero el hombre no respondió. Siguió inmóvil con la mano apoyada en su hombro. Pablo se apartó y miró el cartel que anunciaba la llegada del tren. Para su asombro la pantalla se había apagado. Se dio la vuelta y miró el del otro lado, pero igual que el anterior este también tenía la pantalla en negro.


    De nuevo, el extraño le agarró del hombro y se llevó un dedo a los labios en gesto de silencio. Luego clavó sus ojos en los de Pablo y este empezó a caer y a caer hacia un abismo.


      Un colchón de arena cálida y densa amortiguó la caída. Pablo se levantó y observó, desconcertado, sus pies descalzos hundidos en aquel desierto y la tela blanca que apenas cubría sus partes.


    Cientos de preguntas le nublaban el pensamiento. Preguntas que no sabía responder y que acababan resbalando como gotas por su frente. Todo eso debía de ser un truco, seguro que ese hombre le había drogado y ahora tenía alucinaciones.


    Pablo se sentó y apretó las rodillas contra el pecho. Entonces, un gran manto empezó a pintar de negro la luz de las estrellas.


    Seguido de aquella oscuridad, un coro de exclamaciones llamó su atención. Se levantó y corrió hacía donde las había escuchado. A pocos metros vivía una ciudad a la orilla de un enorme río. No era una ciudad como las que él conocía. Allí las viviendas no eran altas construcciones de ladrillo, sino pequeños cuadrados de barro y paja.


    Exhausto, se acercó despacio al grupo que continuaba clamando y mirando al cielo. Se camufló entre ellos y observó, lleno de admiración e inquietud, como la noche se iluminaba por tres bolas de fuego alineadas sobre el firmamento.


    Las esferas permanecieron inmóviles durante unos minutos y empezaron a bajar. Muchas personas huyeron y se refugiaron en sus casas. Otras, las más curiosas, entre ellas Pablo, continuaron expectantes con el corazón resonando en sus pechos a gran velocidad.


    Tres naves metálicas de envergaduras imposibles aterrizaron, y de ellas salieron unos seres físicamente parecidos al hombre del andén. Al verles, el interés de antes se convirtió en una ola de terror que inundó de gritos y llantos toda la ciudad. Entonces, uno de ellos alzó las manos y les pidió silencio.

    ––Querido pueblo de Mitzráyim, no temáis.


    Aquel ser, aunque parecido a los demás, tenía algo diferente: su cráneo era alargado y con una protuberancia en la parte superior; sus ojos se estiraban ovalados desde los orificios de la nariz hasta las sienes, y en su boca desfilaban grandes colmillos. Las manos, como las del resto, terminaban en cinco dedos largos y finos que continuó dirigiendo al cielo mientras imploraba que se acercaran.


    ––Por favor, no tengáis miedo, dejad que me presente. Mi nombre es

    Dyeser, soy el rey de un planeta muy lejano que, por culpa de una guerra, ya no existe. Nosotros somos los únicos supervivientes que hemos logrado escapar, y necesito vuestra ayuda.


    Pablo sentía que estaba a punto de desmayarse. ¿Hasta cuando iba a durar esa locura? Se llevó las manos a la cabeza y resopló agobiado. Entre la desconfianza de la multitud se oyó a un hombre decir:


    ––¿Qué queréis que hagamos?


    El rey se giró, dijo algo en su lengua y a su lado se colocó otro, cuyos brazos portaban a una niña.


    ––Mi hija estaba enterrada en el templo de nuestro planeta, pero ahora no tiene un lugar donde descansar. Si vosotros nos ayudarais a construir otro, prometo recompensaros con lo más valioso que se puede regalar: el conocimiento de la tecnología.


    Asombrados ante esas palabras, todos aceptaron. Pablo, en cambio, seguía rogando que todo aquello acabara y volver a Carpetana. Regresar a su vida de siempre. 


    Dyeser dio una palmada y en el aire apareció un holograma de una pirámide escalonada.


    Pablo soltó un grito ahogado.


    ––¿Y cómo esperáis que nosotros construyamos eso? ––dijo una mujer.

    ––Ya os lo he dicho ––El rey sonrió––, con tecnología.


    En ese momento, los otros se llevaron un dedo a la sien y de las naves empezaron a salir gigantescas grúas y excavadoras que se distribuyeron estratégicamente en varios kilómetros. Pablo no daba crédito a lo que estaba viendo y en su cabeza volvió a surgir la misma pregunta: ¿hasta cuándo iba a durar esa locura?


    Los seres se volvieron hacia las naves y siguieron transportando todo tipo de materiales de construcción. Herramientas que incluso Pablo desconocía. Una vez preparadas, el rey le pidió a los egipcios que se dividieran en dos grupos.


    ––Bien, sé que esto es difícil de asimilar y entender, pero os pido que abráis vuestras mentes; no todo es y ha sido cómo os lo han contado ––Dyeser hizo una pausa y prosiguió––. Confiad en nosotros y os mostraremos la verdadera verdad, pues sólo así seréis libres siempre...

     

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    1 de junio
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