Alberto Savinio, pintor, escritor italiano.
Formó parte del movimiento estético denominado "Pintura Metafísica" liderado por su hermano Giorgio de Chirico. Sus armas fueron la ironía, la invención desbordante, el humanismo, una vasta cultura.


I RE MAGI -1929 - Aluminum and wood, cm 89 x 116
Mart, Rovereto



ULYSSE ET POLIPHEME
1929 - Oil on canvas, cm 65x91 -Mart, VAF - Stiftung, Rovereto



GOMORRA cm 59 x 72 Rovereto



"Savinio"
por Leonardo Sciascia

Traducción de Stella Mastrangello

En el siglo XVI un pintor llamado Andrea Chirico o di Chírico o de Chirico trabajó en Sicilia. En una iglesia de Catania, Santa María del Gesù, queda algo de un mural o de un cuadro suyo: recuerdo haber visto la reproducción en un libro de historia local. Creo que, más allá del nombre y del siglo en que vivió, más allá de los fragmentos de pintura que se le reconocen, es muy poco lo que los historiadores y los eruditos saben de él. Se puede proponer la hipótesis de que trabajó principalmente en la Sicilia oriental, decorando con frescos iglesias y palacios, de ahí la desaparición de sus obras durante los terremotos que hacia el final del siglo siguiente asolaron esa zona. También se puede proponer la hipótesis -puede hacerlo el lector- de que a ese pintor Andrea de Chirico del siglo XVI lo esté inventando yo aquí y ahora. Et pour cause. Como homenaje y mímesis a Alberto Savinio. Para Alberto Savinio. De ese mundo suyo de memoria, de incidencias, de coincidencias, de refracciones, de correspondencias.
Alberto Savinio, cuyo verdadero nombre era Andrea de Chirico, ¿supo alguna vez de ese pintor homónimo que vivió tres siglos antes que él en Sicilia? Con seguridad casi absoluta se puede afirmar que nada supo, porque si hubiese sabido algo -hablando de los orígenes sicilianos de la familia y del vaticinio contenido en el nombre de Chirico-, habría escrito sobre él más de una vez.
Y en cuanto al vaticinio, es preciso decir que lo refería más a su hermano Giorgio que a sí mismo. En la ya vieja y asidua familiaridad que tengo con todo lo que escribió Savinio, me parece que puedo leer lo que no escribió sobre el oscuro pintor siciliano del siglo XVI; es decir lo que habría escrito sobre ese pintor -cuyo nombre repetía- en relación con su hermano Giorgio y con él mismo.
Con toda probabilidad habría escrito que en el gran juego de las repeticiones, de las coincidencias, de las fatalidades que en el universo y en los destinos humanos se desarrolla, se había verificado un pequeño error: así, la vocación de la pintura, destinada a él por el nombre, le había llegado en cambio a su hermano, quedando para él el gusto de la pintura; de ahí la necesidad de cambiar de nombre, en homenaje al error convertido en destino.
Sin embargo, creo que hoy muchos, frente a las pinturas de Savinio, sentirán la tentación de no creer en el error. Y es una tentación que es necesario rechazar. Alberto Savinio no se compara nunca con Giorgio de Chirico, ni nunca hubiera aceptado que otro lo comparase. Respecto a la pintura, más acá de cualquier comparación y valoración, reconocía y aceptaba una especie de mayorazgo: mayor en edad, Giorgio lo era también en pintura. Pasando al juicio -pero nunca, repito, a la comparación - mantuvo siempre con firmeza que en la pintura de nuestro siglo Giorgio de Chirico quedaría con mucho señor del campo. Escribía en 1918: Giorgio de Chirico «ha penetrado el "misterio" del dramatismo moderno; sus cuadros no reproducen la visibilidad desnuda del objeto escogido por el dramatismo de su aspecto, de su forma, de su naturaleza, de su materia, de su utilidad. Él llega al "más allá" del objeto mismo. Deja al desnudo la anatomía metafísica del drama. Es el pintor moderno, pero más exactamente el "mago moderno".» De sí mismo como pintor, sólo pintor, no podía, pese a las muchas afinidades (y más que afinidades) que hoy pueden descubrirse, decir lo mismo: sobre todo porque no lograba, justamente, verse sólo como pintor y considerar el pintar como otra cosa respecto al escribir y al componer música. Y además, no por nada había retardado todo lo posible el gusto de la pintura. «Quien ha visto mis pinturas, quien ha leido mis libros, quien ha escuchado mi música, sabe que mi única tarea es dar palabras, dar forma y colores, y en un tiempo era también dar sonidos, a un mundo poético mío. Ningún otro de los muchos fines del arte tiene que ver conmigo.» Y hay que leer las declaraciones que con el título La mia pittura publicó en 1949: «Yo soy un pintor "más allá de la pintura"... La pintura no me interesa.» Y así por el estilo, cuando decía que la pintura era parte de un todo en que él variada mas indiferentemente "se deleitaba", del que era "dilettante". Porque, aun cuando en estas declaraciones no se encuentra la palabra dilettante, la idea que Savinio tenía de sí mismo como escritor, pintor, músico y «manalive» era ésa (cae justo, creo; el chestertoniano «hombre vivo»): dilettante, dilettante al escribir, al pintar, al hacer música, al pensar, al vivir. Dilettante como Luciano de Samosata. Dilettante como Stendhal. Y sinónimo de dilettante era para él stendhaliano, como se ve en sus numerosas declaraciones de stendhalismo. Y por todas puede valer la de la nota a una carpeta de litografías de Fabrizio Clerici: «Stendhaliano se nace, no se llega a ser. El sereno deambular de Fabrizio Clerici a través de la vida; su dejarse atrapar por las cosas más impensadas; su dar escasa importancia al poder de la virilidad, de la fuerza, del puño de hierro aunque esté enguantado de terciopelo; su saborear las frases y la mayoria de las veces dejarlas por la mitad como indignas de ser formuladas; su andar ocioso aun en los grandes virajes de la Historia; su holgazanear aun entre las más abigarradas ocupaciones; el lento vagar de sus ojos de almendra blanca, entre de Artemisa y de gacela; su ignorar las "grandes metas" y rendir homenaje a las metas mínimas e inaparentes; su dilettantismo de raza; su seguir su propia Nariz (no olvidemos la mayúscula) me había dado un indicio seguro de stendhalismo. El amigo stendhaliano es necesario. Es el compañero ligero, el Ariel de este mundo seco de agua y de aire...
Tú como Clerici y yo como Chirico somos además de todo también parientes, porque yo también como Chirico, o Cherico o Chierico me uno a tu misma raíz clericus, y juntos nos remontamos al común klericós y kleros, vale decir lo que toca en suerte. ¿A nosotros qué nos tocará en suerte? Todo.
Porque ésa es la misteriosa virtud de nosotros los stendhalianos, la de tener nuestra propia suerte en la suerte de todas las cosas, de las máximas a las mínimas, y la de estar nosotros solos como quería estar Nietzsche, como en otro tiempo estaban los dioses: en todas partes y en ninguna.»
Obsérvese la variación, en la etimología del nombre Chirico, respecto a aquel pasaje del Hermaphrodito en que habla de Giorgio: «un pintor que el destino colocará entre los mayores de nuestra época» y cuyo nombre -de ciudadanos de Florencia oriundos de Sicilia - vale como heraldo anunciador. Los nombres señalan el destino de quien los lleva, pero el destino de quien los lleva también tiene alguna influencia sobre el nombre.)
En esta definición del stendhalismo (en acepción, por así decirlo, activa: para distinguirlo de ese pasivo ejercicio de filología y erudición en que se celebra por lo general el stendhalismo), son preeminentes, como se ve, los elementos que entonces podían entenderse como discrepancia respecto al fascismo (1942): la escasa atención a la virilidad, a la fuerza, al puño de hierro; el andar ocioso aun en los grandes virajes de la Historia (la mayúscula en función irónica, porque en la historia historicista es evidente que Savinio no creía); el ignorar las grandes metas... Lo que en su stendhalismo Savinio y Clerici ignoraban era precisamente lo que el fascismo exaltaba. El fascismo era hastío, y Brancati daría después en ese sentido, entre Stendhal y Gogol, su imagen más exacta.
El stendhalismo es en cambio, de modo peculiar, el rechazo del hastío, el gusto, el deleitarse de la vida, el ser dilettanti.
Lo que Savinio dice del stendhalismo, y de sí mismo como stendhaliano, debe complementarse con lo que un lector de vieja afición -y por su parte vagamente stendhaliano- puede decir sobre él como escritor. Y como pintor, también, porque su pintura me parece obedecer a una necesidad muy similar a aquélla por la que Stendhal abre en Henry Brulard espacios a los esbozos topográficos, de una topografía que restituye la memoria a la sensación, a la sensualidad; allí donde Savinio, en cambio, abre a la memoria un paso hacia la metamorfosis, hacia el mito. La necesidad, se diría, de probar, comprobar y prolongar la transparencia literaria (y uso la palabra transparencia como concepto bien definido: en el sentido en que la usa de modo admirable Starobinski), la transparencia de sí en el acto literario, en la palabra escrita. Eso no quita que Savinio pueda ser considerado también absolutamente pintor, es decir, que su pintura lo expresaría de manera exacta aun cuando no conociéramos su obra literaria.
Pero al reparo del pintor, y dejando por completo de lado -porque nada sabría decir de él – al músico; el escritor es entonces de aquellos que involucran en su historia la del lector, y cuyos libros tienen el poder de escoger de inmediato su lector y no dejarlo más. De aquéllos, en suma, que invierten la relación entre el lector y el libro, entre el lector y el autor de la obra literaria: el libro que escoge al lector, el autor que escoge al lector y lo destina a una fidelidad tan intensa que linda con la manía. Igual que Stendhal. De esos escritores que entran a formar parte de nuestra vida, que pasan a ser nuestra vida, por la inefable cualidad que sólo en forma aproximada puede encontrar definición en lo que Ramón Fernández dice de Stendhal: el arte, en el que pocos destacan, «de laisser entendre, ou sentir, qu'à côté du sentiment ou de l’action qu'il note, il y avait d'autres actions et d'autres sentiments possibles.» [1] Una posibilidad inagotable, abierta a una inagotable apropiación, que se renueva y multiplica a cada relectura.
El concepto de transparencia sirve para comprender el continuo elogio que Savinio hace de la superficialidad, su amor por la superficialidad y su desprecio por la profundidad, por los escritores profundos. Es un hecho explicable en términos propiamente ópticos. A partir de una condición de absoluta claridad, serenidad y libertad interior, de un luminoso conocimiento de uno mismo, incluso en lo que debería estar o se desearía que estuviera oscuro, ocurre el obvio fenómeno por el que la profundidad se transforma en superficialidad. No hay lugar profundo que la inteligencia no pueda volver superficial. Profunda para Savinio es sólo la estupidez, frente a la cual su ánimo se llena de asombro como el de Kant en la contemplación del cielo estrellado. «La estupidez, ese inconfesable amor, ejerce sobre nosotros un poder hipnótico, una invencible atracción. Muchas veces la he experimentado en el tranvía, en lugares públicos, en el café. Estoy sentado en un café, y al lado de mí que voy errando por los más inexplorados continentes de la inteligencia están sentados algunos desconocidos. Como ocurre con frecuencia, sus conversaciones exhalan una estupidez inefable, inspirada, hechicera. Poco a poco mi aventura se enturbia, pierdo el hilo de mi viaje solitario, cedo al llamado primordial de la estupidez, mi oído está lleno de la voz de la sirena.
¡Inteligencia, adiós! No pienso más, no busco más, no quiero más. Una dulcísima languidez me invade, como al término de un insomnio prolongando nuestros nervios se aflojan en el agotamiento voluptuoso del sueño. Ahora me vuelvo hacia ustedes y les pregunto: para nosotros los hijos de la Inteligencia, para nosotros los hijos del Pecado ¿ese llamado no es quizás el lejanísimo, nostálgico llamado del Paraíso Perdido?» La profundidad, la complejidad, la dificil y lo oscuro en la literatura y en el arte son para Savinio algo similar a la gorra de Charles Bovary: que después de describirlo por media página, quizá tomando conciencia de la indescriptibilidad del objeto y a la vez de la hipnosis a la que esta cediendo al intentar describirlo, Flaubert se decide a acabar una vez comparándola con la cara de un imbécil.
Para deleitarse con Savinio, con su vagar por la cristalina, transparente superficialidad, la memoria, la Memoria, es la única y la gran musa, la que genera y contiene a todas las musas. «La memoria es nuestra cultura. Es la reunión ordenada de nuestros pensamientos. No sólo de nuestros propios pensamientos: es también la colección ordenada de los pensamientos de los demás hombres, de todos los hombres que nos han precedido. Y como la memoria es la colección ordenada de los pensamientos nuestros y ajenos, ella es nuestra religión («religio»). Nació la Memoria en el mismo instante en que el exiliado Adán cruzaba el umbral del Paraíso terrestre... Desesperada era al principio la Memoria, pero cuando un dios se le acercó amorosamente, a la Memoria se sumó la Esperanza... Nueve hijas generó el amor de Júpiter a Mnemosine. Las cuales, cuando descendieron a la tierra, hicieron que ésta suspirara de alegría y de consuelo. El arte ha surgido pues del fecundo seno de la Memoria... Si el arte no deriva de la Memoria, el arte es innoble (plebeyo), restringido y lleno de hastío: vano como los sueños...»
En relación con este pasaje, es necesario tener presente el juicio de Savinio sobre Proust: el hombre -dice - de las frases largas y el pensamiento corto. Hay memoria y memoria: en la memoria de Proust, Savinio no siente la presencia de la Memoria. No debe ser larga la frase, sino la Memoria. Larga como el pensamiento humano que todo hombre a quien la Memoria le sonríe posee enteramente. Larga como la civilización, que no se confunde -y que es preciso evitar con sumo cuidado confundir- con los sueños.
Como monseñor Della Casa prescribía, Savinio nunca relató sus propios sueños. Como un hombre educado. Como un hombre civilizado. Lo que en sus cosas parece pertenecer al sueño, pertenece tan sólo a la larga memoria, a la Memoria, al mito. De ahí su negativa a enrolarse -o a hacer de jefe de fila- en el surrealismo. De ahí la definición de «surrealista cívico» que dio de él Salvatore Battaglia. Cívico de civilización, cívico de civismo. Quizás el escritor más cívico que ha tenido Italia. Y es de este punto, con el que aquí terminamos, del que es preciso partir para empezar a hablar de su obra.

[1] «de hacer entender, o sentir, que al lado del sentimiento o de la acción que dice, había otras
acciones y otros sentimientos posibles». [N. de la T.]
http://www.ddooss.org/articulos/cuen...o_Sciascia.htm