LA REVANCHA

Portentosa obra hizo el tiempo en el rostro de Alejandro Krauss desde cuando su presencia despertaba las ballenas debajo de los sostenes de las muchachas o hacía la alegría y el bolsillo de las prostitutas que tenían en él su vino de ropas caídas y su voz ronca cuando acariciaba con sus manos de guante. Un extraño gesto de huérfano que pide tócame, háblame, no me dejes, aliméntame, llegaba a las mujeres como un balazo en las sombras y lo abrazaban como abrazaban las memorias de sus viejas zapatillas de ballet, como se escuchan venidos desde el atajo de las horas los tristes sonidos maternos y él se les recostaba como un mar improbable llegando con sus barcas hasta iluminar las auroras seminales sobre sus escolleras que temblaban de sólo tenerlo.
Al llegar murmuraba un saludo que más que saludo parecía un sarcasmo levantando un libro que llevaba pegado a su mano derecha como una extremidad más de su personalidad y se sentaba no para participar de la conversación, sino más bien para complementar el sitio vacío. Un caso notable de Alejandro Krauss era su pasión por Julian Edwin “Cannonball” Adderley, fundamentalmente – como él decía llegada la oportunidad-, tocando con Miles Davis, John Coltrane, Bill Evans, Paul Chambers y Jimmy Cobb. Silbaba bajito interminables sesiones de jazz como si fuesen flores que arreglaba en su jardín con el más increíble esmero. Entonces su pipa dibujaba nubes azuladas como si fueran una bandada de genios custodiando su cara sin gestos, abstraído hasta el absurdo, bajando a sus abismos donde uno presentía que no regresaría ni ese día ni nunca jamás.
En más de una ocasión yo también me quedé absorto de pura contemplación, como si en su pipa hubiera luces, el humo subiendo, impregnando las narinas del mismo modo que los manteles se manchan de champagne y envolviéndome los ojos cual si fuesen sonámbulos, dejándome con la mano aferrada a la copa vacía, desparramado sobre la mesa.
Lo cierto es que me molestaba ese modo de resbalar palabras como si cada una pesase un castillo, de tomarse el tiempo casi cínicamente hasta para las cosas más elementales, como un espantapájaros dando una excelente actuación. Recuerdo esto como recuerdo a Evangelina Antier tocando la única canción que se sabía entera. Ella se sentaba y en el piano de Mendizábal celebraba una vieja canción de Paul Ash: “That’s shy I love you”. Con Evangelina fuimos felices algunos meses, la aparición de Alejandro Krauss en el grupo comenzó a ahogarnos las noches. Jamás volví a escuchar esa canción al menos en su presencia. Probablemente un hachazo cayó entre nosotros la noche en que él entró al bar con la gabardina empapada, subida hasta el cuello, con el pelo mojado pegado en la cara, el libro naufragando en su mano derecha, mirando alrededor como un capitán antes de hundirse con su barco. Se desplomó sin decir palabra en una silla y tuve la terrible sensación de ser definitivamente suprimido cuando Evangelina Antier intentó secarlo con su pequeño pañuelo de mano finamente perfumado. Hasta casi creí decir en voz alta: “igual que achicar la fuga de agua en un barco con una taza de café”. Probablemente no lo dije, pero la mirada de la Antier fue como si lo hubiese dicho.
Una noche salí de la oficina cansado y con pocas pulgas. Simplemente entré al bar como de costumbre a echarme una copa antes de irme a dormir cuando Alejandro Krauss parecía estar esperándome. Me llamó con un gesto desconocido para mí.
- A medianoche me voy con la Antier- fusiló.
La metralla de palabras penetró en mis carnes por algún lugar que no era el cráneo.
-¿Escuchaste?- me dijo mirándome fijamente y hasta pensé que ahora me tocaba a mí poner esa cara de extraño mármol que había aprendido de él. Lo miré sobre el paisaje que respirábamos y las viejas paletas del ventilador de techo que se reflejaban en las copas y los vasos como flores inasibles y muertas, sobre las botellas que se estiraban en un andén perdiéndose en la noche de los borrachos.
Es cierto, lo miré como a la grieta de una pared que acababa de agrandarse y tuve ganas de pegarle una trompada. En el vidrio de una ventana otras siluetas s transparentaban y se disolvían reflejándose sobre la avenida de los árboles. Me fui con ellas sin decir palabra, con la memoria de su rostro que no terminaría de borrarse.
Ahora, al volver a verlo, en la cara de Alejandro Krauss los ojos le arrastraban el paisaje con el abrazo que sostiene al desesperado, con el gesto inconfundible de los idiotas y la mano derecha ya sin libro, con las uñas largas y mugrientas, mutiladas de la extensión de las páginas que antes apretaban.
El azar es precario y móvil, pero en este bar después de tantos años no es casualidad. Alejandro Krauss me vio llegar y sentarme sin ninguna cortesía. Lo miré como continuando la mirada que había dejado suspendida para él clavándole el cúmulo de los años aprendidos mientras el reloj martillaba los minutos sin que nadie dijera palabra. Su espalda estaba más delgada y sus cabellos huyeron desesperados de su cerebro. Debajo de los ojos la piel le colgaba como enormes goterones de sudorosa humedad.
Le pegué tremenda trompada. Cayó con su silla rebotando en la pared mientras me ganaba la absoluta sensación de que la vida es atroz, se le ensaña a uno y le enquista esas fiebres devolviendo el pasado. La muerte de una gigantesca mentira nunca parece tan enorme cuando se comienza a amar. Salí del bar tarareando lo que podía recordar de ¡That’s shy I love you” con el asomo de cierta sonrisa como si fuese alas de pájaro revoloteando y tratando de despertar ballenas debajo de los sostenes de las muchachas que pudieran comprender el cansancio de un viejo corazón de los años aquellos, que con la brisa, comenzaba también a beber de eso que algunos llaman libertad.

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sergio cassarino
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