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La Varita Mágica de Hipercuerdas

1

        Kelvin Parslik estaba contento. Al fin el multiordenador había conseguido resolver el enigma.

     La Varita Mágica era un hecho. Consistía en un bastón metálico de unos treinta centímetros, la mayor parte de los cuales los ocupaba una batería de plasma frío y radiofrecuencias, elaboradas para el proyecto de nave interplanetaria a base de plasma y que avispados comerciantes habían empezado a utilizar para aumentar la potencia y la duración de todo tipo de aparatos. Kelvin la había mejorado y era la primera parte de su proyecto.

    La otra parte era simple de explicar, pero su elaboración práctica había requerido la intervención del mejor multiordenador del Instituto Alcubierre de Física Aplicada. Consistía, básicamente, en un circuito capaz de 'desenredar' las hipercuerdas y reorganizarlas mediante un campo de fuerza local, alojado en la punta redonda de la 'varita mágica'.

     Las cualidades de la materia de todos los objetos del mundo vienen determinadas por la forma en que las hipercuerdas se organizan. Bien, por eso la llamaban varita mágica: porque era capaz de cambiar la materia. Transformar, transmutar, desintegrar cualquier objeto.

     Kevin Parslik se sentía como el mago Merlín cuando empuñaba su invento.


    ¿Que cómo se usaba? Eso era lo más chusco: Kevin lanzaba su conjuro, es decir, formulaba su deseo en voz alta y el microprocesador lo transformaba en el campo local de fuerza adecuado para conseguirlo.

    Un colaborador gracioso instaló el programa verbalizador en latín, sólo por el gusto de oír a su jefe diciendo: "expeliarma", pero fue despedido rápidamente y el programa reinstalado. Sonaba más prosaico pero también más científico.

     Naturalmente, como siempre pasa, el colaborador despedido concedió una entrevista a la mejor revista científica y el artículo acerca del nuevo invento provocó una fama inmediata y no deseada por Kevin.

     Y, como siempre pasa, el gobierno se interesó por tan útil aparato. Al fin y al cabo ¿quién no ha deseado alguna vez poder disponer de una varita mágica?


     Dos policías militares le acompañaron en su camioneta hasta el despacho del General Nicholas Brain y se quedaron de guardia en la puerta.

     - Bienvenido, profesor Parslik - saludó.

     - No soy profesor. Soy doctor en Físicas - repuso él.

     - Sí, claro. ¿Ha traído los documentos y el aparato como solicitamos al citarle? - preguntó el general.

     - Eh... Sí.

     - Bien. ¿Podría su varita fabricar una nave interestelar?

     - Si me da los datos informáticos de todas las piezas... - suspiró Kevin.

     - Esa nave aún no está diseñada - repuso el general -. Esperábamos que su varita nos la proporcionase.

     - Pues no soy el genio de la lámpara. ¿Ve esta ranura en la base del mango? -preguntó sacando la varita y señalando- es una conexión USB. Se conecta al multiordenador y 'aprende' qué es lo que se le solicita - explicó.

     - Vaya - el militar se rascó la barbilla - ¿Y podría convertir esa silla en un gato? He leído que puede.

     - Por supuesto - Kevin supuso que no eran los gatos los que le interesaban al general, sino crear soldados - Mi invento tiene toda la información necesaria sobre un gato - dijo, sosteniendo la varita hacia la silla y formulando la orden pertinente.

     Hubo un destello de luz y, cuando se esfumó, vieron el cuerpo de un gato sobre el suelo. El general, atónito, exclamó:

     - ¡Pero si está muerto!

     - ¡Pues claro! ¿se cree que soy Dios y puedo crear vida? Mi invento es un logro científico, no milagroso.

     El general comenzó a fruncir el ceño.

     - Entonces ¿para qué sirve? - preguntó molesto.

     - ¿Ve esa jarra de cristal con agua de aquella mesa?

     Kevin se acercó a la misma y expresó su orden:

     - Convierte la jarra y el agua en oro.

     Por supuesto, cambiar las hipercuerdas de compuestos como vidrio y H2O en moléculas de un elemento químico como el oro no le suponía ningún problema a su invento. El recipiente con su contenido tomaron un inconfundible aspecto dorado sólido. El general mostró estupor. Por su mente pasaron conceptos como 'inflación', 'deflación' y 'defraudar al fisco' y sintió una repentina urgencia por decomisar el aparato.

     - ¡Policía! - llamó.

     Sus agentes entraron. Kevin, que adivinó sus intenciones, sintió miedo y se lanzó contra una pared al tiempo que mascullaba una orden.

     Con un fogonazo de luz desapareció de la habitación.

     Los militares tardaron unos segundos en comprender. Luego, el general soltó un rugido de frustración.


     A treinta kilómetros de allí, en un terreno conocido para él, Kevin apareció de improviso. Había grabado las coordenadas como parte de un experimento días atrás.

     Inmediatamente pensó qué debía hacer. Sin duda su amigo Steward Bansky podría protegerle a él y a su invento. Le dictó la dirección a la varita y apareció de improviso en el salón. Por suerte su amigo estaba en ese momento en otra habitación.

     - ¡No te asustes! - gritó - ¡soy yo, Kevin!

    Steward Bansky apareció por la puerta con cara de asombro y una taza de té en la mano.

    - ¿Por donde has entrado? - preguntó alterado -  ¿Qué quieres? ¿Qué sucede?

     Kevin Parslik le explicó brevemente su entrevista con el general y la forma más bien brusca en que había terminado.

    - He pensado - concluyó - que con tus contactos en el Consistorio podrías protegerme.

     Steward reflexionó un par de minutos.

     - ¿Así que el aparato funciona? - más que una pregunta era una exclamación de alegría. Aquello abría posibilidades insospechadas para la Civilización.

     - Oh, sí.

     - Pues debemos reservarlo para la Ciencia - aseveró.

.../...

«13

Comentarios

  • .../...

         Steward Bansky dejó su taza sobre una mesa y cogió de ella el móvil. Pulsó la llamada de un número pregrabado y esperó, observando a su amigo el científico, que tenía aproximadamente su edad, unos cuarenta años. Alto y delgado, con una melena lacia que caía sobre sus hombros, las batas blancas del laboratorio le sentaban muy bien, y sólo su introspección natural le impedía ser un don juan.

         Kevin Parslik podía oir los tonos desde su posición. Su amigo era un poco más bajo que él. Se conservaba en forma, y su figura era más cuadrada que vertical. Una incipiente alopecia mostraba un cráneo notable, a través de un pelo sedoso y gris. Ambos se mostraban un gran aprecio desde que se graduaron en el instituto y comenzaron sus carreras respectivas: Física e Ingeniería Informática.

         Una voz femenina contestó al fin al teléfono de su amigo ingeniero:

         –Hola, ¿qué tal?

         –Hola, Lisy. ¿Recuerdas aquello que hablamos que podía pasar? Bueno, pues ya ha pasado. Estaría bien que reuniéramos al equipo para una partida.

         La voz se mostró sorprendida y un poco vacilante.

         –Ah, ya. Entiendo. Tráete el balón y jugamos.

         –Lo llevo en seguida.


         Parslik, que había escuchado la mayor parte de la conversación, se rascó el mentón y miró interrogativamente a su amigo.

         –Es una clave. El balón eres tú, claro. Y tu maravilla –explicó Bansky, señalando la varita –. Venga, nos vamos.


         Salieron del apartamento y Bansky le llevó hasta su pequeño automóvil, un pequeño Mercedes Benz 300 SL plateado de los años 50 (¡1950, no 2050!). El científico soltó un silbido de admiración ante la antigualla.

         –¿Te gusta? Es una monada.

         –Desde luego no se parece a nada que yo haya visto nunca. ¿De dónde lo has sacado?

         –Hace mucho que no me visitas. Lo tengo hace un año. Es practicamente un ejemplar de museo, pero tiene motor eléctrico. Si no, no hubiera pasado la revisión.

         Se acomodaron en el deportivo y Parslik, enemigo acérrimo de los vehículos a motor, se sintió lo bastante a gusto en él como para disfrutar del paseo hasta...

         ¿Hasta dónde?


         Bansky había dejado atrás la vía principal, y estaban circulando siguiendo la amplia curva de una carretera que pasaba bajo ella y se perdía en los niveles inferiores de la ciudad. Él nunca había estado allí.

         El cochecito se detuvo en un suburbio atestado de personas de toda edad y condición. La mayor parte caminaban con sus propias piernas, lo cuál, en aquella época, no era frecuente. Entre ciclomotores, patines gravitatorios, mochilas levitadoras y otras lindezas, el arte de caminar lo cultivaban muy poco individuos. Claro que, mirando bien el entorno, dudaba que aquellas personas pudieran pagarse una mochila levitadora.

         Vestían de forma igualmente pintoresca. No iban en absoluto conjuntados. Cazadoras de cuero sobre pantalones de camuflaje; camisas bajo arneses con instrumentos variados; mujeres cuyas faldas largas dejaban ver unas botas mucho más toscas de lo adecuado.

         Bansky le indicó un portal. A él se dirigieron y su amigo el ingeniero informático sacó un artilugio de su bolsillo y oprimió un botón. Inmediatamente, una cámara de seguridad les enfocó y se escuchó un chasquido.



  • editado 9 de mayo

    .../...
         Bansky le indicó que entrase, y su amigo lo hizo, no sin cierta prevención. El portal daba a una escalera oscura y estrecha, escasamente iluminada, que subieron con precaución. En la segunda planta se hizo visible una figura femenina y Parslik sintió una anticipación de excitación, recordando la voz del interfono. 
         Sin embargo, cuando la chica les saludó, su tono le pareció más agudo y fresco, revelando una gran juventud. Entraron en el apartamento de Lisy, que, tal como Bansky le explicó, era el hipocorístico de Elisa. 
        
         El lugar era pequeño, y estaba decorado con cierta originalidad. Es decir, junto a una mesa repleta de aparatos informáticos se podía ver una lámpara oriental de cristales de colores. Estratégicamente situadas, unas cuantas bolas de Feng Shui, adornadas en su hilo con piedrecitas de diversos minerales, colgaban con reflejos luminosos de colores, creando un ambiente acogedor y, en un rincón, una gran estatua de un guerrero hindú se sostenía sobre una sola pierna. Cuando Parslik se acercó a examinarla, Lisy le previno:
         —Cuidado, es una antigüedad muy valiosa.
         --Ah, sí, claro. 
          El tímido científico se apartó lentamente de la estatua, acercándose a la mesa donde ya Bansky y Lisy se estaban acomodando.

         Su amigo el informático mostraba con Lisy una gran familiaridad, a pesar de llevarle veinte años o más. Parslik se preguntó hasta dónde llegaría esa empatía, pero se avergonzó de su imaginación inmediatamente. Sin embargo, lo olvidó todo cuando Lisy le sonrió y le indicó la silla que quedaba frente al ordenador, junto a ellos.

         --Verás, genio, resulta que tenemos que hacerte desaparecer.

         --Tengo cosas en mi domicilio... --empezó a decir.

         --Veré qué puedo hacer. Hazme luego una lista. Ahora atiende. --La muchacha demostraba una gran autoridad al hablar--. Formo parte de un grupo. Bansky ya nos conoce hace un tiempo. --Su amigo carraspeó y esbozó una leve sonrisa. A la tenue fosforescencia de la pantalla del ordenador adquirió un matiz inquietante--. Mi grupo se dedica a ciertas actividades oscuras...

         --¡Pero si eres una niña! --exclamó sorprendido.

         --Ni soy tan niña ni tan inofensiva como pareces creer. Y no me faltes, o te hincho un ojo. --El tono de su voz se había endurecido..

         --Lo siento, no pretendía ofenderte. Es que...

        --Ya, que me ves muy joven. Vale, machista light, dejemos eso. Soy la niña que te va a salvar el pellejo. O el invento, que a fin de cuentas es lo mismo.

         Bansky soltó una risita, pero se reprimió a tiempo.

         --Mira, Parslik: estos colegas te volverán invisible para los militares --explicó.
         --¿No serán terroristas? --preguntó asustado el físico.

         --No cometemos actos violentos... Lo nuestro es la informática. Y conocemos esta ciudad. Me temo que tú no del todo. 
         Parslik tragó saliva. Aquello tomaba tintes cada vez más subversivos.


         Lisy observó su expresión angustiada y soltó una carcajada.

         --Bueno, ¿qué tal si me haces esa lista de objetos de tu casa? --dijo luego.

  •               2

         Lisy caminó hacia los dos chavales que aguardaban apoyados contra la pared del callejón.

         --Mike, Carlos... --saludó.

         --Hola, Lisy.

         El que había hablado era Carlos. Tenía acento de la Zona Tres, Old Colombya (Lo que fuera otrora Colombia, antes de la repartición intercontinental del siglo 23). Era de estatura media y pelo crespo y negro. Su rostro era largo y afilado en el mentón, lo que le daba un aire aristocrático, y sus ojos parecían soñadores.

         El otro, Michael, o Mike, era castaño claro, de pelo lacio y un aire inconfundiblemente celta. Y un poco más alto que su compañero. Lisy tenía una estatura entre la de ambos.

         --El genio quiere estas cosas de su piso. Tengo la llave. --Les tendió un papel. Carlos lo ojeó intentando que su sombra no tapara la luz de una farola.

         Caminaron hasta un automóvil del 2267, un modelo viejo pero eficaz, de motor a doble generador y cargador ultrarrápido. Podía alcanzar fácilmente los 200 por hora, lo cual no era poco para un vehículo tan modesto como aquel.

          Se apretujaron dentro y Mike le hizo arrancar con un suave murmullo.

         Salieron del suburbio y se dirigieron a la zona alta, donde Kevin Parslik tenía su domicilio. El GPS inteligente les guio hasta las proximidades.  Pero Lisy soltó una maldición y palmeó el hombro del conductor.

         --¡Vuelve, vuelve! --exclamó.

         --¿Qué pasa? --preguntó su compañero, cambiando de sentido sin prisas, para no llamar la atención.

         --Los guris --dijo.

         Sus dos amigos se esforzaron por localizar a los policías de los que ella hablaba, pero inútilmente. Hasta que no les señaló por la ventanilla trasera del coche un par de vehículos estacionados, no adivinaron.

         --Han puesto vigilancia.

         --Entonces estarán viéndonos por el satélite --dijo Carlos.

         --Sí, hay que despistar.

         Mike condujo hasta un supermercado nocturno y aparcaron delante. El rubio se bajó del auto.

         --Compraré cualquier cosa. ¿Qué os apetece de cena, coleguis?

         --Como vamos a tener que dar un par de vueltas de más, algo con substancia --respondió ella.

        

         Pasaron las restantes tres horas devorando una pizza y dando vueltas a las discotecas. Cuando pensaron que el satélite les habría olvidado, pusieron rumbo al apartamento de la chica, donde los dos científicos les esperaban.

    .../...

  • editado 10 de mayo

    .../...

         Lisy entró primero, y dejó su bolsa sobre una silla.

         --Te han puesto vigilancia en el piso, genio --dijo a Parslik, que parecía preocupado.

         --Era de esperar --comentó Bansky.

         --Te conseguiremos lo imprescindible y seguiremos el plan. No podemos perder tiempo.

         --No importa, tengo una varita mágica. Es que me gustan mis cosas --repuso el físico.

         --Pues tendrás que acostumbrarte.


         Carlos ya estaba enfrascado en el ordenador. Pasó una tarjeta por un terminal lector y se la tendió a Parslik:

         --Todos tus fondos han pasado a esta cuenta opaca. Ahora no podrán detectar tus gastos.

         --Me temo que eso durará poco. El gobierno tiene muchos medios, más que nosotros --indicó Lisy.

         --Lo sé, no soy memo. Pero repetiré la operación las veces que haga falta. Hay un sistema para evadir esa vigilancia, pero requiere un tiempo. De momento, tu dinero está a salvo. 

         --No me has entendido --dijo el científico, sacando su varita de hipercuerdas y señalando hacia la papelera --. No hay ahí nada importante que desees conservar, ¿verdad? --preguntó a la chica.

         --Pues claro que no, ¿no ves que es una papelera?

         --Por si acaso...

         Murmuró unas palabras a su varita y, con un leve destello, el contenido de la papelera se convirtió en papel moneda, y la propia papelera sintética pasó a formar un montón de tarjetas de crédito.

         --Están sin grabar. Puedes usarlas para tus maniobras oscuras de hacker --dijo.

         --¡Guay! --exclamó Carlos. Mike se limitó a abrir los ojos como platos.

        --Ahora entiendo por qué te persiguen --dijo ella.

         --Oye, tío, ¿podrías repetir el truco con ese paquete de folios en blanco? Me gustaría conservar algún recuerdo tuyo cuando te hagamos desaparecer --bromeó Mike.

         Sin embargo, Parslik tenía poco sentido del humor, así que señaló al paquete y murmuró su 'conjuro'. Para sorpresa de todos, excepto él y Bansky, apareció en su lugar un montón de billetes de curso legal.

         --La numeración estará duplicada, pero dudo que nadie se dé cuenta --dijo.

         Esta vez los demás se abstuvieron de comentarios. Carlos cogió el fajo y trató de calcular la cantidad.

         --¡Es una fortuna! --exclamó.

         --Centrémonos --intervino Lisy--. Tenemos poco tiempo. Quizá el satélite no nos ignoró del todo.

         --Bueno, tío listo, coge esta bolsa de viaje y haz tus trucos --dijo Mike.

         --Necesito materia prima. ¿hay algo de basura por aquí?

         Mike le llevó al callejón, mirando a ambos lados para asegurarse de que no les vigilaban. Kevin Parslik utilizó su invento para obtener rasuradoras automáticas, gel de baño y unas cuantas piezas de ropa interior. 

         --¿No te da asco? --preguntó Mike.

         --Oh, no. La operación forma material nuevo y limpio. No hay problema.

         El otro se encogió de hombros.


         Los demás estaban llenando sus bolsas. Quizá iban a ausentarse un tiempo. Bastante, si tenían problemas con los militares.

  • .../...

         Salieron en silencio, encaminándose a la bocacalle que daba al callejón, donde Mike había aparcado el utilitario.

         --Estaremos un poco estrechos --comentó Mike mirando las bolsas de viaje.

         --Creo que habéis comentado algo de un seguimiento por satélite, ¿no? --preguntó Parslik.

         --Posiblemente al acercarnos a tu piso nos detectaron--respondió ella.

         --Entonces, creo que procede transformar ese... ese trasto vuestro --dijo él sonriendo y empuñando la varita.

         --¡Aquí no! --exclamó Carlos--. Lo llevaré al callejón.

        Una vez a salvo de miradas indiscretas, Parslik señaló al vehículo con su aparato maravilloso y murmuró un modelo de coche que le gustaba especialmente. Puestos a pedir...

         Esta vez el resplandor fue más intenso. El metal del vehículo se alargó y tomó una forma aerodinámica y artística. Un modelo del 2270, todo un clásico para los amantes de la moda vintage.

         Mike, Carlos y Lisy no daban crédito a sus ojos. Claro que, tras hacerse ricos a costa de un paquete de folios, no deberían haberse sorprendido tanto. Pero la presencia del automóvil era estupenda, capaz de admirar a cualquiera.

         --¿No será demasiado llamativo? --comentó Bansky, rascándose su media calva entre los pelos lacios que le quedaban.

         Los demás le miraron ceñudos:

         --¡No seas aguafiestas! Además, buscan un coche pequeño y cutre --dijo Lisy.

         --Dale --dijo Carlos. Bansky suspiró.

         Finalmente, montaron y salieron del callejón hacia...

         ¿A dónde?


         --¿Dónde vamos? --preguntó Parslik.

         --Hay que poner a salvo el invento --respondió Bansky-- y estos chicos saben cómo.

         --No somos tan chicos --intervino Carlos un tanto molesto--. Que si somos demasiado jóvenes para ser hackers, que si somos chicos... ¿Nos hemos metido nosotros con vuestras calvas o..?

         --Vale, perdón, no me refería a la estatura. --Bansky levantó las manos en gesto de paz--. Estos peligrosos delincuentes de menos de treinta años saben dónde resguardar tu invento --rectificó. Carlos soltó un bufido y Lisy una risita cristalina. Mike les miró brevemente mientras conducía.

         --Pues allá vamos --dijo Parslik.


         El suburbio conectaba con el centro de la metrópoli mediante una vía rápida, pero Mike condujo en dirección contraria, saliendo de la megaciudad.

         --Un control androide --dijo Mike.

         Una fila de vehículos detenidos les obligó a parar, y pudieron ver las luces rojas y azules del control. Unos cuantos androides policía verificaban las matrículas y la documentación, pululando entre los coches.

         --¿Ese cacharro tuyo sabe falsificar documentos? --preguntó Lisy.

         --Debería introducir los datos en el ordenador. No se me había ocurrido hacerlo. Ahora no podría.

         --Vaya, un inconveniente... --suspiró ella.

        

  • Yo quiero una varita de esas...
  • :D je, je, y yo. De aquí al 2307 puede que haya. Te reservo una. McFly la traerá del futuro. 
  • Y no podría ser mas prontico, de aquí a eso quien sabe si no abre fruncido el rabo.
  • McFly llega ya, porque tiene un DeLorian con condensador de fluzo muy apañadico capaz de saltar varios siglos hacia atrás, estilo olímpico.
  • Vaya... engancha...
    Un matiz, por decir algo, en esta frase : " Salieron del apartamento y Bansky le llevó hasta su pequeño automóvil, un pequeño Mercedes Benz 300 SL plateado de los años 50 (¡1950, no 2050!). El científico soltó un silbido de admiración ante la antigualla."
    Parece sugerir que están en el SXXI o primera mitad del XXII, pero están en el XXIII.
    También he pensado que se puede justificar como que ese coche no se fabricó más allá del SXXI.
  • editado 10 de mayo
    Hola. Hay reiteración en pequeño automóvil, un pequeño Mercedes... Sí, el coche era un modelo antiguo. Las técnicas de conservación también adelantan que es una barbaridad. Hoy, un coche de cien años se cae de viejo, pero en ese siglo... quizá no. Buscando modelos viejos, vi este y me encantó. A pesar de que las épocas no cuadraban mucho, decidí que ese sería el coche del grupo, confiando en las técnicas de conservación del siglo 23. Es guapísimo. Saludos.
  • editado 10 de mayo

    .../...

         La fila de vehículos en progresión les acercaba lentamente al área inspeccionada por los androides. Los prófugos se estaban poniendo nerviosos.

         --¿Alguna idea? --preguntó Lisy.

         --Quizá --respondió Parslik con una sonrisa.

         --Pues mejor nos la explicas rápido --urgió la chica.

         --Calma --dijo él.

         Uno de los androides llegó hasta ellos y su voz metálica solicitó la documentación, mientras sus ojos enfocaban al interior. Lisy miró a Parslik, y Carlos y Mike empezaron a soltar sus cinturones, mientras sus manos se posaban sobre el cierre de las puertas, prestos a escapar. Bansky inspiró profundamente, contemplando sorprendido la sonrisa de su amigo.

       Parslik señaló al androide con su invento, mientras murmuraba instrucciones. De repente, el droide pareció volverse loco y luego, se detuvo rígido. Otro de los androides caminó hacia ellos, mientras su arma salía por una compuerta de unos quince centímetros.

         Pero no llegó a acercarse. la varita también hizo su trabajo con él.

         --Cerebro plano, reset total. Debemos abandonar este coche antes de que nos identifiquen. Al menos a vosotros; yo ya soy un fugitivo, pero todavía no tienen vuestras identidades.

         --Vale, ¡rápido! --exclamó Lisy, y todos salieron a la carrera, mientras otros droides se apresuraban tras ellos.

         Parslik les indicó un recodo donde quedaban temporalmente fuera de su vista y, antes de que comprendieran, les fue transportando fuera de la zona con su varita. Cuando sólo quedó él, hizo lo mismo.

        

         Las coordenadas que había susurrado en su 'conjuro' se las sabía de memoria: eran las que utilizó la primera nave interplanetaria que pisó la Luna. Todo físico romántico conocía las coordenadas de Cabo Cañaveral.

         Había cambiado considerablemente. En el siglo 23 era un parque temático muy visitado de la Zona Dos, pero a esas horas contaba con que estuviera desierto.

         Los otros se sintieron confundidos al principio. Bansky lo comprendió cuando percibió la figura de las primeras torres de lanzamiento de los rudimentarios Apolo V destacándose en la noche, bellamente iluminadas como la atracción turística que eran. 

         --Estamos en Cabo Cañaveral --dijo en tono divertido.

         --¿Qué mejor lugar que este? --respondió su amigo--. Seguidme --concluyó, avanzando con paso seguro hacia las brillantes torres. 

         Poco a poco y con precaución, llegaron hasta los hangares, edificios inmensos de cemento, que habían sido restaurados tras haber sido abandonados durante decenios en favor de otros puntos de despegue más apropiados a la tecnología contemporánea.

         .../...

  • editado 11 de mayo

    .../...

           Los operarios de mantenimiento circulaban en pequeños vehículos eléctricos o caminando en grupos, y los prófugos tuvieron que ocultarse varias veces en las sombras proyectadas por los grandes focos, muchos de los cuales estaban ahora apagados. Finalmente, llegaron hasta una puerta de servicio. Parslik parecía conocer muy bien aquel lugar.

         Sacó una llave y abrió.

         --Adelante --dijo.

       Subieron por una escalera iluminada por leds hasta una gran sala.

         --El puesto de control y recepción de datos. La distancia entre Cabo Cañaveral, Florida, con sus rampas de lanzamiento y el lugar donde se comandaba toda la operación, en Houston, Texas, es de 1441 km. En esta sala se centralizaban los datos enviados desde allí. Está un poco polvorienta, pero nos servirá.

         --¿Para qué? --preguntó Lisy.

         --Me gustaría cargar datos en mi varita. Pueden hacernos falta.

         --Me temo que cuando este centro estaba en uso, no existían los USB modernos. Ni siquiera los primeros USB --terció Carlos.

         --Ah, vaya, tienes razón.

         --No importa, genio despistado --intervino Mike--; tenemos solución para eso.

         Comenzó a sacar instrumentos de su bolsa. Luego buscó el ordenador central, y procedió a desatornillar una cubierta metálica. Rebuscó en su interior, mientras Carlos se situaba detrás con una linterna de mano. Entre los dos eligieron unos cables de colores que tenían conexiones de plástico y empalmaron a ellas una extensión USB de última generación. Finalmente, les costó unos diez minutos encender el ordenador. Al parecer, debían utilizar una llave maestra para acceder al encendido, pero la varita de Parslik tenía los datos, y un cenicero de metal terminó proporcionando materia prima para la llave adecuada.

         La pantalla se iluminó, unas decenas de líneas de comandos cruzaron la misma a toda velocidad y apareció el logo de la NASA. El terminal solicitó una contraseña.

         Todos miraron a Parslik, que dirigió la suya hacia Bansky.

         --No problema, eso ya es historia. --Y el ingeniero informático tecleó la contraseña.

        El programa se desplegó ante ellos.

         --Ya puedes conectar tu invento al USB --dijo Carlos, y el físico le obedeció. Luego, comenzó a teclear solicitando datos, y guardándolos en su varita.

         --He localizado varios miles de documentos de identidad y pasaportes que nos pueden servir. Ahora ya podemos evadir los controles.

         --Guay --dijo Lisy con satisfacción.

         --Sí, pero he de cargar la varita --añadió.

         --¿Y eso cuánto es? --preguntó ella.

         --Unas cinco horas. Luego tendrá varios días de autonomía.

         --¡Cinco horas! ¡Amanecerá y nos descubrirán al abrir el parque! --exclamó ella.

         --Esta sala está protegida contra turistas. Es patrimonio de la Ciencia, y sólo se visita en ocasiones especiales. Estamos a salvo.

         --Umm, no sé... --murmuró Carlos.

    .../...

        

  • editado 11 de mayo

    .../...

         Media hora después, Bansky estaba enfrascado en las entrañas del sistema operativo que había llevado al ser humano a la Luna, ida y vuelta, con algún susto entremedio; Lisy, Carlos y Mike manejaban sus tablets manejando un programa de la zona oscura de Internet y Parslik estaba sentado en el suelo, con las manos colgando de sus rodillas. Tenía un cierto aire adolescente, a pesar de su edad.

         Lisy dejó a sus amigos jaqueando una cuenta vieja y cerrada de la antigua NASA por pura curiosidad, y se acercó a él.

         --¿Qué haces? --preguntó.

         --Pienso.

         --Ya, pero qué.

         Parslik la miró con cierta sorpresa.

         --Nada en concreto.

         --Cuando alguien dice eso, es que está pensando en algo íntimo. ¿Tienes esposa?

         --No.

         --¿Te da miedo abandonar tu vida anterior? Porque eso es lo que estás haciendo, te guste o no.

         --Cuando me llamó el general, ya suponía que esto pasaría. No, no es eso. Siento melancolía. Inconcreta. Sin causa.

         --Siempre hay una causa.  Con esa varita, eres como una deidad antigua. Es una gran responsabilidad.

         --No pienso usarla, excepto si no hay remedio. Creo que sería mejor destruirla.

         Suspiró.

         --No creo. La de cosas buenas que puedes hacer con ella. ¿Imaginas convertir toda la basura del Tercer Mundo en comida, ropa, ordenadores, casas, coches, puentes, barcos, ¡agua!... Yo qué sé.

         --Parece bonito. Pero hay quien la convertiría en cañones, armas, munición, cadenas, grilletes, botas de uniforme... y todo eso.

         Lisy le lanzó una mirada luminosa y un poco triste.

         --¿Y tú? --preguntó él-- ¿Tienes familia?

         Ella señaló a sus colegas.

         --¿Y tus padres?

         --Murieron. ¿Recuerdas el accidente nuclear de la Zona Cuatro? Ellos trabajaban allí. El gobierno me trajo, al cuidado de un familiar... Bueno. No era de fiar. Tuve que huir.

         --¿Y de qué conoces a Steward? --preguntó él de nuevo, evitando un tema que era evidentemente desagradable para la chica.

         --Bueno, él es informático, como nosotros.

         --Bueno... No es lo mismo --protestó Parslik.

         --Oh, sí. Los bites son bites, no tienen color. Hay que conocer la Internet oscura lo mismo que la otra, para saber manejarse. Bansky recurrió a nosotros hace varios años, debido a ciertos problemas con un cracker, un pirata malo. Le estaba robando todo su trabajo. Le dimos un escarmiento.

         Lisy sonrió, y a Parslik le pareció una sonrisa encantadora.

    .../...

  • :)
    ¿Lo tienes publicado?
    "Mike manejaban sus tablets manejando un programa" en el primer párrafo

  • Ja, ja, ja, menudo patinazo. Y eso que lo he revisado varias veces. Para que vean que nadie se libra de lapsus. Es que lo escribo sobre la marcha en el foro. A eso se le llama un 'divertimento'. Me esmeraré más. Gracias por leerlo y por tu indicación.
  • ¿Lo vas improvisando?
    Ahora si que alucino, ¿tienes clara la historia o también la improvisas?

  • En realidad la improviso :(
    Mi gran defecto es no saber definir la trama antes de empezar a escribir, pero aquí me va bien improvisar.
    Espero que perdonen los lapsus y errores debidos a eso. :)
  • .../...

         Las horas fueron pasando. Los jóvenes empezaron a sentir la presión del riesgo. Se preguntaban qué estaría pasando fuera, si ya habrían abierto el parque temático, y si habría sorpresas desagradables. A pesar de sus afirmaciones tranquilizadoras, el físico también examinaba el indicador de carga de su invento, impaciente por verlo a máxima potencia y poder salir de allí.

         La varita podría transportarlos uno a uno, pero no sabía con certeza cuál sería la tolerancia de un organismo a tales traslaciones repetitivas, y preferiría abandonar el parque en la forma tradicional.

         Lo cierto es que no había tenido tiempo para realizar pruebas exhaustivas y suficientes para estar tranquilo en ese punto.


         Bansky se había sumergido en una labor de arqueología informática de primera línea, pues examinar los primitivos equipos del siglo XX, que, además, eran parte de la historia de la Ciencia, suponía una oportunidad única.

         --Si hubiera sabido que tenías acceso a este lugar, habríamos venido hace mucho tiempo --dijo a su amigo el físico.

         --En realidad es la primera vez que estoy aquí. --Bansky enarcó las cejas con incredulidad--. He realizado paseos virtuales muy a menudo desde la web del parque. Y la llave la cloné de las ilustraciones de los libros de Historia. ¡La llave maestra del director de vuelo del Apolo! Es un clásico.

         --Ah... Pues es un sitio macanudo --comentó, y siguió su exploración.  

        Un par de horas después, Carlos y Mike estaban inmersos en un juego virtual a dos bandas, y Lisy estaba tras Bansky, observando sus labores arqueológicas cuando Parslik percibió que el led rojo de su varita pasaba a blanco: estaba cargada.

         --¡Ya podemos irnos! --exclamó.

         Recogieron sus cosas y bajaron con precaución la escalera. Lisy entreabrió la puerta y oteó el exterior.

         --Ahora, rápido --dijo, y la siguieron los demás.

         Afuera, era temprano todavía y sólo pequeños grupos de visitantes circulaban por el lugar mirándolo todo como sólo saben hacer los turistas, y nadie se fijó en ellos.

         Excepto un oficial de seguridad:

         --¡Eh! ¡Vosotros! --gritó. El grupo se paralizó, y Parslik ya buscaba su varita bajo la ropa, cuando el de seguridad prosiguió--: ¿No os han dicho que los equipos de mantenimiento han de salir antes de que abran el parque? ¡Anda, vamos, fuera!

        Se miraron, tras asentir al guardia: efectivamente, parecían operarios de mantenimiento, más que visitantes. Suspiraron y se encaminaron decididamente hacia la salida. Un joven vestido con el antiguo mono de la NASA les saludó en la puerta.

         --Hasta mañana, grupo.

         --Hasta mañana --respondió Lisy con una amplia sonrisa.

         Una vez fuera del recinto, en el amplio aparcamiento al aire libre, Carlos se encaró con Parslik:

         --Nos debes un auto. Uno bien bonito, como el Mercedes que teníamos.

         --Veré qué puedo hacer.

         No le parecía ético transformar cualquiera de los coches allí aparcados, de forma que estuvo buscando una masa de material adecuada. Era más simple si ya era metal, pero no era imprescindible: la reorganización de las hipercuerdas se podía conseguir con cualquier masa sólida. Así que fueron hasta un extremo del aparcamiento y el físico señaló con el invento hacia un lugar vacío de terreno. Tras formular su 'conjuro', apareció un hueco en él, y un auto en su interior.

         --Vaya, cualquiera lo saca de ahí --comentó Bansky.

         Parslik se frotó el mentón y sonrió:

         --Es cuestión de volumen y densidad --dijo, aplicando su varita a transformar la tierra bajo el auto en un tipo de espuma sintética expandida, que ocupaba mucho espacio con poca masa. Esta vez, el coche quedó a nivel del suelo, sostenido por el mayor volumen de la masa expandida.

         Sin más comentarios, se subieron al coche, que olía a nuevo, y salieron de allí a toda prisa.

    .../...

  • ¿Cómo no se le ocurrió a tu cientifico loco convertir algún elemento en energía para la varita? o una segunda batería
  • editado 12 de mayo

    ;) Realmente, en un caso como este, puede haber muchas incongruencias. Quizá la propia energía de la varita no pueda crear energía, pues eso va contra un enunciado de la Termodinámica. Lo de convertir algo en una segunda pila, quizá, si está descargada, se podría hacer. Pero cargada no, por la misma razón. Cuando se trata de Física, hay que hilar muy fino. Crear energía de la nada sería ir contra los propios principios de la Física, pues alteraría el equilibrio termodinámico, pero se puede argüir que la materia no es más que energía, y transformar una pequeña cantidad en su equivalente en energía. Quizá sea un camino. Una posible solución sería extraer energía de un lugar para meterlo en otro, pero eso ya lo hace la propia batería de la varita. A veces los métodos tradicionales son mejores y más seguros.

    Claro que, según eso, quizá la traslación instantánea fuera imposible. Habría que estudiar el tema cuidadosamente. Sólo es un relato improvisado.

    Gracias. Y saludos.

    Aprovecho tu sugerencia para el relato

    ;)

  • Lo se, no se puede pedir rigor cuando se habla de supercuerdas, una escala en la que materia y energía se confunden, pero me parecía una pregunta que puede surgir en cualquier momento. de hecho, cuando crea el coche, este se mueve directamente, no hay que repostar combustible ni recargar baterías, caso de ser electrico, entiendo que es improvisado y no quiero parecer impertinente, pero así ves que lo leo y que lo hago con interés.
    Un saludo.
  • .../...

         Cuando ya iban circulando por la vía rápida, camino de dondequiera que le llevasen aquellos hackers, Mike miró al científico:

         --Parslik, ¿cómo no se te ha ocurrido meter energía directamente en la varita? Nos habríamos ahorrado unas cuantas horas de riesgo.

         --Eso es imposible. La propia energía no puede actuar sobre el sistema energético del aparato. Se crearía una especie de bucle infinito, una alteración espaciotemporal. Los resultados serían catastróficos.

         --Pues haber creado una segunda pila, hombre --añadió Carlos sonriente.

         --La pila interna no es extraíble. Esas pilas fuera de sus aparatos dan muchos problemas de seguridad. Pero gracias por la sugerencia.

         Lisy soltó una carcajada cristalina.

         --Por cierto --siguió el físico--, ¿a dónde vamos?

         --Esos militares tienen tu identidad. No basta con darte papeles nuevos, te hemos de ocultar. Y poner a salvo ese invento tuyo. Tenemos unos conocidos en la frontera que pueden hacer ambas cosas --respondió Lisy.

         --Espero que sean algo más que unos conocidos --murmuró Parslik preocupado. Le daba la sensación de estarse introduciendo en un laberinto impredecible.


         La frontera era el término que daban al territorio entre dos Zonas. La amplitud de las cuales impedía que toda la organización centralizada en el Gobierno de Zona se aplicase cabalmente en los territorios limítrofes. Había quien consideraba que eso era una ventaja. Personas amantes de la libertad, por ejemplo.

         Las fronteras eran tratadas en la práctica como tierra de nadie, pues nadie se hacía responsable de lo que sucediera allí. En realidad, se sospechaba que los propios gobiernos de zona se aprovechaban del relativo caos que reinaba en esos territorios, donde la ley era 'flexible', y por eso existían.


         El auto se desvió de la vía rápida y tomó una carretera secundaria, y comenzaron a ver vegetación. Al poco, Mike detuvo el vehículo.

         --Hemos de seguir a pie --anunció.

         Una vez hubieron abandonado el coche, el chico lo ocultó lo mejor que pudo tras unos árboles y matorrales.

         Los dos científicos miraban asombrados la lujuriosa vegetación que dominaba el paisaje.

         --¿Qué? ¿Nunca habíais estado en una frontera? --bromeó Carlos.

         --Ni idea de que existiera tanta naturaleza fuera del centro de zona --respondió Bansky.

         --Sois unos ignorantes, con toda vuestra Civilización --citó Lisy.

         --¿Eh? --exclamó Parslik.

         --Es una frase de un sabio de hace siglos. No recuerdo de quién.

         Caminaron hasta que la carretera terminó en un puesto de vigilancia. Unos pocos policías perdían el tiempo charlando o consultando sus terminales portátiles.

         --Policías expedientados y castigados aquí. No suelen tener buenos modales. Mejor que no te identifiquen, o puede que no llegues vivo a ningún juzgado. Ni nosotros.

         Parslik y Bansky tragaron saliva.

         --¿Creíais que huir del gobierno era un juego? --Carlos se les quedó mirando.

         Nadie respondió a eso.

    .../...

  • editado 12 de mayo
    (Resulta interesante escribir online. Obliga a desarrollar la atención y la imaginación. Y se puede registrar sobre la marcha en webs adecuadas. El relato quedará aquí para la posteridad-que significa que harán posters con tu cara-. Y te leen más personas que si lo pones en otra famosa plataforma, lo cual no da dinero, pero sí satisfacción. Os invito a que lo hagáis. Bien, el relato seguirá en breve)
  • Bien, sigue dándole vuelo a la hilacha.
  • editado 12 de mayo

    .../...
         Una alambrada recorría todo el campo visual ante ellos, impidiendo el paso fuera del control.
         Sabían, además, que había otros sistemas de detección dispersos por el terreno, y sobre los árboles. Eran la última barrera del orden organizado antes del territorio fronterizo. 
         
         Los tres jóvenes parecían saber bien lo que tenían que hacer. Carlos sacó su tablet y, según pudo percibir Bansky, entró en el sistema de seguridad, seguramente jaqueado por anticipado. Mientras, Lisy envió una señal telefónica, mientras Mike buscaba en el terreno colindante con la alambrada. Finalmente, encontró un hueco que estaba disimulado con tierra. Estiró hacia arriba el alambre y abrió una entrada irregular en él.
         --Esto ya está --dijo a los otros.
         --Y esto --dijo Carlos.
         --Pues a hacer de topos --urgió Lisy.
         Pasaron arrastrándose bajo la alambrada. Cuando estuvieron todos al otro lado, Mike volvió a colocar el alambre y disimuló el hueco con tierra.
         Se ocultaron tras un árbol y Lisy consultó su terminal. A los pocos minutos, silbó suavemente, y se escuchó una respuesta en el interior de las matas. 
         --Por allí --dijo, y abrió la marcha en la dirección del silbido. 
         Los demás la siguieron. 
         A los pocos metros, al rodear un árbol, dos muchachos les saludaron. Uno era alto y con aspecto etíope de la Zona Uno. Se llamaba Kuru. El otro parecía provenir de la Zona Dos, sus ojos estaban rasgados y sus pómulos eran prominentes. Su nombre era Jiang.


         Lisy hizo las presentaciones muy brevemente, y todo el grupo se encaminó por entre la vegetación tratando de no hacer ruido. 
         

         Caminaron por entre los árboles y las hierbas durante unos veinte minutos, hasta que se hizo un claro y vieron un transporte multifunción pintarrajeado con dibujos y tags diversos.

         Un transporte multifunción, apodado multi, era la denominación de una pequeña furgoneta que podía elevarse hasta cien metros por el aire. En el centro de las zonas estaban prohibidos a particulares, pero en la frontera eso no se aplicaba, al parecer.

         Les invitaron a subir y Kuru tomó los mandos. Con un suave resoplido, el aparato se elevó sobre la vegetación y emprendió un vuelo casi rasante en dirección al interior del territorio fronterizo.

         Poco después, el multi descendió en lo que parecía la entrada a una mina. Pero esa sensación desapareció en cuanto llegaron frente a ella y vieron una ancha puerta blindada dotada de cerradura digital de seguridad.

         Jiang la abrió y se metieron dentro, el multi incluido.

         --Chicos, bienvenidos a Tierra Libertad --dijo un sonriente Kuru.

        Ese lugar estaba poblado por unos cuantos cientos de personas de todo origen y condición, y consistía en habitáculos excavados en la piedra a lo largo de multitud de corredores a modo de calles, con ocasionales placetas decoradas con plantas y con fuentes de agua cristalina.

         Caminaron entre sus habitantes hasta un espacio amplio y bien iluminado, donde unas construcciones se alzaban en su centro.

         --La alcaldesa os recibirá de inmediato. Esperad aquí --anunció Jiang, entrando en uno de los edificios.

         Al poco, salió y les hizo señales.

         --Vamos --dijo Kuru.

    .../...

  • editado 14 de mayo

    .../...

         El edificio era una extraña mezcla de austeridad y elegancia. También era funcional, adaptado a las circunstancias. Entraron directamente en una sala amplia, donde pudieron ver una mesa y sillones sintéticos en el centro, rodeada a cierta distancia de otras donde parecían llevarse a cabo las actividades de gobierno del lugar.

         Kuru les condujo, seguidos por Jiang, hasta la mesa central, donde una mujer de mediana edad les recibió, levantándose y saludando educadamente. Carlos, Mike y Lisy guardaron respetuoso silencio. Aquellas gentes eran como héroes y heroínas para ellos, sus contactos en el centro de zona.

         --Bienvenidos a nuestro territorio libre --dijo--. Me llamo Kiara. Espero que su estancia sea agradable y todo lo cómoda que es de esperar en un lugar como este.

         --¿Y qué lugar es este? --preguntó Parslik. La alcaldesa sonrió. 

         --Somos un grupo de personas al margen de lo establecido. Por alguna razón, todos hemos tenido que refugiarnos aquí. Existen otros territorios libres en  las fronteras de otras zonas. Es por esta razón que podemos ayudarles.

         --¿Planean algún tipo de rebelión? --preguntó de nuevo el físico, suspicaz.

         --No, no. La Historia demuestra que es inútil. Nuestra filosofía es la del injerto, no la de la poda, no sé si me explico. Nos limitamos a hacer crecer lo que es mejor. A protegerlo, como ahora haremos con su invento. Ya me han hablado de esa maravilla técnica --. La alcaldesa Kiara dudó un instante, antes de continuar-- ¿Podríamos ver una demostración de su poder?

         --¿Qué se le ocurre?

         --Mi bolígrafo* se ha agotado. ¿Podría hacerme uno nuevo? --. Sonrió con cierta picardía, y, por un momento, pareció volver a ser la niña que alguna vez fue. 

         --Sin duda. Pero necesito una cantidad de materia similar, para la transformación. Nada surge de la nada, ya lo sabe usted --indicó el científico.

         --¿Servirá el viejo? --respondió ella, señalando a un bolígrafo que estaba sobre la mesa. Era un modelo bastante sofisticado de escribidor informatizado, con varios usos. Pero un modelo antiguo, como pudo ver Bansky, más al tanto de esos adelantos. Seguramente sus circuitos se habían fundido por el uso. Era frecuente.

         --Claro --. Y Parslik procedió a utilizar su varita.

         Con un leve destello, un bolígrafo casi igual se superpuso instantáneamente al viejo. Pero brillaba como recién fabricado. El físico realizó un gesto de ofrecimiento con su mano abierta, como si de un nuevo Merlín se tratase.

         Kiara lo tomó y escribió unas líneas sobre un documento que, sin duda, había dejado a medias.

         --¡Excelente! ¿Es un nuevo modelo? --preguntó.

         --Supongo. Actualicé la varita hace poco, y los instrumentos de uso cotidiano se actualizan automáticamente.

         --Bien. Kuru les mostrará sus aposentos. Esta tarde habrá una reunión del Consejo Rector y les pido su asistencia. Básicamente, hablaremos de su situación, y de cómo proceder.

         Los recién llegados asintieron y la alcaldesa Kiara les apretó la mano sucesivamente. Luego, Kuru y Jiang les invitaron a salir del edificio.


         Caminaron por aquellas calles que albergaban las viviendas y llegaron hasta una de ellas. Los dos terralibres, como se denominaban a sí mismos aquellos pobladores, les comunicaron que se instalarían allí hasta que el Consejo decidiera lo contrario y luego salieron, dejándoles allí. 

         La vivienda tenía tres dormitorios, un baño y una cocina, además de una sala de estar. Tenía cortinas de tela colorista sobre rectángulos tras los que lucía una luz que simulaba la natural. Pudieron ver que, a pesar de la austeridad reinante y la economía de medios necesaria, pequeños adelantos que hacían la vida más agradable surgían en los rincones más insospechados de la construcción.

         Había en la sala de estar un sistema completo de comunicaciones dotado de altavoces ambientales y dos terminales de 20 pulgadas standard, unos 50 cm antiguos. También había sillones y sillas cómodas, y dos mesas, una de comedor y otra pequeña.

         Inmediatamente, Banski buscó la cocina. El robot sintetizador era un modelo viejo, pero parecía limpio y en funcionamiento. Se trataba de un mueble empotrado con horno y una tapa metálica que cerraba el espacio de sintetización alimentaria, donde el ingenio organizaba los componentes alimentarios en suculentos platos. El horno era imprescindible para aquellas personas amantes de cocinar por sí mismas sus platos.

         --Hagamos una prueba de este trasto viejo --dijo el informático, sonriente y manipulando ya los mandos.

         La típica musiquilla de espera sonó suavemente, y una luz de progresión mostró en la pantalla el tiempo restante. A los pocos minutos, Banski abrió la portezuela y un estimulante olor invadió sus fosas nasales.

         --Bien, hagan lo que quieran, yo voy a alimentarme --exclamó, sirviendo el alimento en una bandeja y llevándolo a la sala de estar.

         Al poco, consiguieron encontrar cubiertos y unos manteles sintéticos, y todos se unieron al banquete.

         --Aquí hay bebidas isotónicas --comunicó alegremente Lisy, llevando un par de botellas grandes a la mesa recién preparada.

         Y, sin más ceremonia, comieron.

    .../...

    ______

    *Los instrumentos de escritura del siglo 23, tanto digital sobre terminales, como sobre material físico, seguían llamándose bolígrafos, por alguna razón ignota. Los más sesudos eruditos afirmaban que tal persistencia de la palabra a lo largo de los siglos se debía a la fealdad e incorrección ortográfica que la palabra escribidor suponía. 

  • Huyendo de un tipo de control caen bajo otro tipo de control, si bueno o malo, ¿quien lo decide?
  • editado 14 de mayo
         Habrá primero que ver qué clase de gobierno es ese antes de juzgar. ¿Pero alguien puede pensar que una comunidad humana puede funcionar sin ningún tipo de organización? Ni siquiera los anarquistas creen eso. Los serios de verdad, quiero decir.
         Y un Consejo representativo de la población no es control, sino gobierno. 
         Pero estoy escribiendo una historia de ciencia ficción, no un panfleto político. Dicho sea sin ánimo de polemizar. Gracias por tus apreciaciones.
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