¡Bienvenido/a!

Pareces nuevo por aquí. Si quieres participar, ¡pulsa uno de estos botones!

¡Atención! Para conocer y opinar sobre la nueva plataforma de Foro de Literatura por favor haz clic aquí.

UNA SORPRESA DIVINA (Tercero y último cuento celestial)

BOLEROBOLERO Pedro Abad s.XII
editado marzo 2008 en Ciencia Ficción
UNA SORPRESA DIVINA


El dios del Universo espera invitados. Vendrán los dioses de todas las distintas dimensiones para conocer la relevante novedad que les ha prometido. Quiere que vean con él aquella nueva diversión que su poder creador ha hecho realidad y que tanto le satisface contemplar una y otra vez. Está distendido, sin prisas, gozando por adelantado del efecto que aquella sorpresa va a causar a sus visitantes.
Complacido, vuelve a fijar su atención en aquellos seres minúsculos que habitan sobre la superficie del planeta azul. Los hay en todas partes, desde los helados parajes que configuran ambos extremos hasta en las exuberantes y húmedas zonas de la parte más ancha —siempre cubiertas de densas nubes (blancas cuando están en la parte soleada, y amenazadoramente tenebrosas cuando recorren las sombras de la otra cara) que sólo dejan ver a retazos la frondosa vegetación que cubre los roquedales—. También allí donde la superficie árida y degradada del suelo parece indicar que no hay nada, su percepción de ser todopoderoso le descubre formas de vida perfectamente adaptadas a las inhóspitas condiciones ambientales. Esta misma vida que es el secreto que maravillará a los dioses que han de venir. Incluso por toda la extensa masa líquida que cubre más de la mitad del cuerpo celeste, millones y millones de seres pululan arriba y abajo; desde los más insignificantes —casi al límite de lo que es vivo— hasta los más grandes y complejos, los cuales, con su nadar majestuoso, parecen ser los señores de los mares.
Aquí y allá, millares de veces a cada instante, se suceden las capturas, la continua depredación de unos seres sobre los otros, además de las grandes tragedias causantes de tanta mortandad; pero siempre acaban imponiéndose las fuerzas imperiosas que llevan estas criaturas a seguir expandiéndose. Inevitablemente salen vencedoras las ganas de vivir. Así, gradualmente, los seres vivos que pueblan este mundo en continua evolución han seguido aumentando su número, al mismo tiempo que también han ido perfeccionando sus poderes de defensa y destrucción.
Ahora, el dios del Universo, quiere compartir con sus iguales este juguete tan especial, y espera que —como él— sepan descubrir en su originalidad, la compleja y diabólica perfección de su diseño único.
Los dioses no llegan nunca a una cita en blancas y lujosas carrozas, ni cabalgan volando a lomos de alados caballos. No hace falta escudriñar los cielos esperando verlos aparecer, porqué ellos deciden donde quieren ir, y sin más, ya están. Tampoco necesitan demasiadas presentaciones. Son omnipotentes, altivos, y por esto sus saludos no se manifiestan con actos de alegría exaltada. Por lo contrario, les basta saludarse con ligeras inclinaciones de cabeza y sonrisas ligeramente insinuadas.
—Ahora, señor del Universo, ya nos podéis descubrir el misterio de la fabulosa novedad que nos ha hecho venir hasta Vos.
—Si, mostradnos el juguete que tan feliz os hace, y por el cual habéis solicitado nuestra presencia.
Con un movimiento de aquiescencia i una amplia sonrisa de satisfacción, Nuestro Señor hace un gesto a los recién llegados para que le acompañen.
Ha llegado el momento de descubrir las sensaciones que les causará aquella nueva creación que ha surgido de su voluntad, y quiere gozar de cada instante, asimilando una por una todas las reacciones que la sorpresa les depare.
—Venid, venid. Estamos muy complacidos por vuestras comparecencias y si sois tan amables nos acercaremos todos hasta aquel planeta que veis, tan azul, donde os mostraremos la última maravilla que Nos hemos creado en él. Vamos.
Todos los dioses se adelantan hasta el astro indicado expectantes a causa del entusiasmo que demuestra el dios del Universo; y este les descubre, pletórico de satisfacción, la gran diversidad de seres vivientes que lo pueblan moviéndose por toda su superficie, en una afiligranada danza de vida, plenitud, decadencia y muerte.
—Les hemos concedido vida durante un breve instante, pero contemplad bien a qué precio. Se han de comer los unos a los otros para seguir viviendo. No tienen ninguna otra alternativa, ya que la única energía que pueden asimilar para poder recuperar la que gastan diariamente proviene siempre de otros seres vivos.
—Contemplad detenidamente el espectáculo con todo detalle y veréis como se afanan en perseguirse unos a otros por todos los ambientes para cazar y comer. Minúsculos seres unicelulares sumergidos en el agua donde se mueven, peces y los distintos animales que habitan los mares, bestias de todas formas y tamaños posibles moviéndose por tierra firme, y aún las aves y otras especies voladoras surcando los cielos... Todos dedican la mayor parte de su tiempo y de sus energías a la búsqueda y captura de otra forma de vida que les proporcione el alimento necesario para subsistir. Pero esto no es todo. Por añadidura, aún aquellos que han logrado alcanzar una inteligencia superior al resto y se han convertido en dominadores, no se conforman con su situación de privilegio y se pelean entre ellos en sangrientas guerras. No es nada extraño ver como pueblos enteros se acometen sin tregua provocando grandiosas carnicerías, siempre llevando nuestro nombre por bandera.
Todos aquellos dioses que acompañan al señor del Universo en la visita al planeta azul estallan —Ahora si— en una ruidosa carcajada, divertidos por las explicaciones de su anfitrión. Una carcajada que hace temblar la Tierra, remover con una fuerte sacudida la atmósfera que la envuelve —provocando fortísimos vientos huracanados—, y agitar desmesuradamente las aguas, levantando olas como montañas que se lanzan furiosas sobre islas y costas arrasándolo todo a su paso.
Los dioses quedan impresionados, haciendo comentarios entre ellos de los terribles cataclismos que sus risas han ocasionado y se divierten viendo como todos los seres vivientes intentan huir despavoridos para salvar sus vidas. Con gestos compasivos, los hay que intervienen trasladando algún grupo a lugares seguros y fuera de peligro, o bien haciendo calmar las aguas allí donde la situación es más desesperada.
—Es un proceso excesivamente rebuscado. ¿No os parece, Señor del Universo? —Comenta uno de los visitantes, con muestras de asentimiento por parte de los demás.
—¿Queréis decirnos que no había otra forma más simple de crear vida que esta para hacer un juguete tan fascinante?
—¡Claro que sí! Nos somos Dios y podemos conceder la gracia de la vida a todo aquello que se nos venga al pensamiento. ¡Faltaría más! Podríamos haberles dado vida sin ninguna condición. Podríamos haber creado seres a nuestra imagen y semejanza, y haberlos dejado libres para habitar este maravilloso planeta donde hubiesen vivido felices y en paz sin peligros ni dificultades. Incluso les podríamos haber creado bosques, prados, flores, y todo un mundo de animales para hacerles más agradable la contemplación de su entorno.
—Les podríamos haber concedido la vida eterna porqué para Nos todo es posible; pero no lo hemos querido así. Un dios puede ser inmenso en bondad y en maldad. Queríamos recrearnos con su ingenio y contemplar como van resolviendo todas las dificultades a las cuales han de enfrentarse y hemos hecho la cosa más perversa que os pudieseis imaginar: Hemos creado una vida que necesita comer vida para seguir viviendo, y que, aún así, tampoco será perdurable en el tiempo. Pero aquello que le da más interés y emoción a este juego es la continua evolución de las especies, las mil y una formas que se inventan para subsistir, para cazar y no ser cazados, en fin, su deseo de sobrevivir a cualquier precio. Ellos no saben que ninguno, ni uno tan sólo de todos los seres vivos que pueblan este planeta sobrevivirá eternamente. Todos ellos están condenados a desaparecer.
—Es, si me permitís la expresión, la formula de maldad más refinada que jamás ningún dios hubiese podido imaginar. I aún así, nos dan las gracias por la vida que les hemos concedido. Nos adoran y veneran en todas las formas posibles. Ahora mismo, que las desgracias que hemos provocado con nuestras risas estentóreas les han hecho tanto daño, observad por todas partes, como se reúnen en plazas y templos o haciendo procesiones para realizar actos de contrición y solicitar la nuestra gracia, presididos siempre por imágenes y estandartes que pretenden representar nuestra divina persona.
Nuevamente, un coro estrepitoso celebra las palabras del señor del Universo, al empezar a reír de nuevo, ruidosamente, todos los presentes, viendo como es cierto que por toda la superficie del planeta tienen lugar multitudinarias plegarias y alabanzas a Dios.
Sois verdaderamente grande en crueldad, pero contemplar vuestra obra se nos hace por momentos más interesante. ¡Oh señor de esta dimensión! —Exclama uno de los dioses, al mismo tiempo que procura sofocar sus risas y con un claro gesto pide silencio a los demás para no aumentar las desgracias que se han vuelto a reproducir por todo el globo.
El dios del Universo está ufano y pletórico de satisfacción por el efecto que ha causado a sus visitantes la visión de este planeta azul y lleno de vida; y mientras va regresando pausadamente a su trono celestial, en compañía de los dioses amigos, estos siguen haciéndole elogiosos comentarios, sumamente interesados en la novedad que les ha mostrado.
Entretanto, en el Mundo —entre el caos imperante a causa de los últimos cataclismos—, por toda la superficie de las tierras emergidas, van sucediéndose innumerables manifestaciones y plegarias, implorando a los dioses su ayuda y benevolencia.

BOLERO.
Accede o Regístrate para comentar.


Para entrar en contacto con nosotros escríbenos a informa (arroba) forodeliteratura.com