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La Manzana Podrida (2º Cuento Celestial)

BOLEROBOLERO Pedro Abad s.XII
editado marzo 2008 en Ciencia Ficción
LA MANZANA PODRIDA


El espíritu creador gozaba complacido recorriendo su obra, descubriendo una y otra vez todas las innumerables maravillas que se escondían en ella. Con divina parsimonia, su atención se centraba ahora en una inmensa galaxia en espiral —todavía cerrada como formando un círculo—, o bien en alguna otra de aquellas que ya empezaban a separar sus brazos e iban girando muy lentamente sobre si mismas, a medida que sus extremos luminosos seguían alejándose del cuerpo central. Una infinidad de puntos de luz llenaba todo aquel Universo que había surgido de su voluntad. Luces de todas la tonalidades posibles, que no solamente brillaban por su propio fuego, sino que también se reflejaban en otros cuerpos ya opacos, consiguiendo hacer resaltar en ellos espacios i rincones dignos del más grande de los creadores. Todo el conjunto parecía dibujar un bordado caprichoso en el infinito manto celestial.
Se recreaba contemplando como aquí y allá giraban millares de millones de astros todos semejantes —pero siempre diferentes— siguiendo sus órbitas alrededor de las grandes estrellas encendidas que, lanzando inmensas lenguas de fuego, proyectaban generosas sus energías hacia el espacio en un sinfín de diferentes ondas, las cuales llegaban pletóricas de actividad a la superficie de todos ellos proporcionando más o menos calor a aquellos cascarones redondeados según fuesen las distancias a recorrer y las condiciones de los materiales de que estaban compuestos, así como la densidad i anchura de las atmósferas que los rodeaban.
Le gustaba concentrarse en la visión de los parajes más escondidos de aquellos cuerpos en rotación; allí donde la irradiación provocaba extraños efectos de sombras, resplandores i coloridos que iban cambiando por momentos —a medida que iban pasando de la obscuridad al día o bien a la inversa—. Grandiosas elevaciones, profundos cañones, cortaduras impresionantes, suaves pendientes, humeantes volcanes... Todos estos accidentes se combinaban con el brillo de los astros dominantes para ofrecerle maravillosas visiones de paisajes de tan fascinante belleza, que no resultaba nada extraño que llegase hasta a detener su vagar para esperarse el tiempo que hiciese falta por el capricho de volver a contemplar de nuevo en que forma se iba repitiendo otra vez toda aquella mágica evolución, en aquellos rincones preferidos y escogidos por su voluntad.
Cada uno de aquellos cuerpos reflejaba diferentes colores, y le resultaba completamente apasionante ir siguiendo atentamente sus rotaciones para poder apreciar a fondo todos aquellos claroscuros de cambiantes tonalidades que la luz proporcionaba a sus cortezas, más o menos agrietadas.
Dentro del vasto Universo, sembrado de una innumerable profusión de puntos de luz, había grandes espacios inmersos en la oscuridad más profunda —o bien en una penumbra desoladora de grises matices—, porqué los astros que en algún momento habían proporcionado su energía en ellos, o ya se habían apagado, o bien habían estallado y desaparecido en alguno de los grandes cataclismos cósmicos que continuamente tenían lugar aquí o allá por la infinita extensión de aquel inmenso todo en ebullición. En otros lugares, otras nuevas galaxias empezaban a tomar forma con una escandalosa multitud de luces agrupadas, las cuales giraban y giraban vertiginosamente, a la vez que iban distanciándose lenta, pero ostensiblemente, del núcleo central.
Aún haciéndose el distraído, su divina voluntad lo iba acercando cada vez más hacia aquella galaxia —ya completamente abierta con los brazos estirados— donde encontraría, en uno de ellos, la estrella mediana con sus nueve satélites tan diferenciados que nunca dejaba de visitar en sus paseos por el Universo. Primeramente estaban los dos que más brillaban, rodeados de una densa capa de espesas nubes, que reflejaban la luz talmente como un espejo, a continuación su planeta preferido, tan azul —allí donde permanecía iluminado por el astro central del sistema— que casi hería los ojos su contemplación; y siempre envuelto de blancas masas nubosas que, formando acumulaciones en espiral, iban recorriendo toda su superficie. Más allá estaba el de color rojizo —tan característico—, y ya mucho más alejado, el mayor de todos acompañado de sus doce satélites que lo hacían semejante a un sistema propio. Aún más lejos venía el de los anillos, seguido ya a grandes distancias por los otros dos.
Aquel planeta que más le atraía, tan distinto de los demás, se le aparecía como una verdadera obra de arte. Tan hermoso que siempre se embelesaba recreándose en su contemplación. Con aquel azul tan vivo, resaltado por los blancos ribetes de espuma que enmarcaban el entorno de las tierras emergidas, allí donde el mar se lanzaba furioso contra la roca cincelando día a día sus contornos. Con el dibujo de las costas y los parajes interiores llenos de verdor, volcanes encendidos, las altas sierras —brillando al sol sus nevadas cumbres— que regalaban la vista con ríos, cascadas y lagos entre frondosos bosques; y los dos extremos helados que deslumbraban con su fulgor, realmente como dos casquetes luminosos. Muy a menudo le sorprendía con nuevas visiones, nuevos parajes recónditos donde extasiarse disfrutando de su obra.
Súbitamente, algo inesperado vino a turbar su complacida visión. Con gran sorpresa, sus ojos que todo lo ven, descubrieron que en varios lugares diferentes las aguas del mar ya no eran azules y transparentes, si no que por el contrario, se apreciaban obscuras, grises y viscosas, e incluso olían mal. Eran un hedor tan violento y una visión tan desagradable que hería fuertemente su sensibilidad de ser superior.
—“¿Qué habrá pasado aquí?” —Se preguntó intrigado, y venciendo la lógica aversión que aquel fenómeno le ocasionaba, quiso observar con más detenimiento aquellas capas ennegrecidas y malolientes, dispuesto a descubrir el origen de la desgracia. No tardó demasiado en advertir —cercanos a los lugares más degradados— todo un mundo de estructuras sólidas de formas rectas, cúbicas y llenas de agujeros, alineadas en largas aglomeraciones y separadas por espacios más o menos angostos que se entrecruzaban en complicados dibujos o, en otros lugares, formaban cuadriláteros bien definidos. En estos espacios podían apreciarse multitud de minúsculos bichitos que circulaban en todas direcciones. Evidentemente disgustado, prestó atención, estudiando minuciosamente toda la superficie de su planeta preferido, y acabó descubriendo que el mal se había extendido por todas partes. Raro era el paraje que permanecía todavía virgen de aquella plaga no deseada.
El Dios del cielo se lo miró disgustado. Nunca hubiese esperado que un hecho como aquel le estropease de tal forma una obra tan bien conseguida. Tras los primeros momentos de desconcierto, no pudo por menos que exclamar: —¡Uf! ¡Qué asco! ¡Se ha podrido! —I se quedó un largo espacio de tiempo meditando en que forma podía solucionar aquel desastre para volver a tener, tan pura como antes, aquella joya de la naturaleza que era la niña de sus ojos.
Por fin, tomó una decisión, profundamente disgustado consigo mismo por no haber previsto un suceso como aquel, y alargando su mano, con toda la pena de su espíritu omnipotente, tomó (no sin una cierta repugnancia) aquel planeta azul que había sido el juguete más apreciado de su jardín celestial, y lo tiró con un gesto de desprecio, al vacío de los deshechos.
—“Nunca me va a salir otro de tan bonito. Lástima”. —Se dijo a sí mismo apesadumbrado. —“Habré de parar más atención y con más frecuencia para que estas cosas no vuelvan a suceder”.
I con la majestad que lo caracterizaba, se dirigió flotando en el espacio hacía el trono celestial desde el cual regía los designios de su creación.

BOLERO.

Comentarios

  • mariaelenamariaelena Francisco de Quevedo s. XVII
    editado marzo 2008
    Sabes, Bolero...eres admirable..., me llama sumamente la atención, ademas de ser un texto sumamente bonito, y muy bien desarrollado, la impecable ortografia, la puntuación gramatical, hasta cada signo colocado en su perfecto lugar...
    Vaya que tengo mucho que aprender de ti, si eres un excelente escritor...!!
    un abrazote,
  • rocinanterocinante Garcilaso de la Vega XVI
    editado marzo 2008
    Un excelente relato que en si mismo encierra una triste moraleja y es que el mundo, la Tierra, este, nuestro planeta azul morirá envenenado por los truculentos inventos de sus moradores.

    Primorosamente escrito, con definiciones claras, alegorico, y un claro mensaje de un quizás, negro futuro para este planeta.

    Me ha gustado más que el primero.

    Saludos.

    Rocinante
  • BOLEROBOLERO Pedro Abad s.XII
    editado marzo 2008
    A Mariaelena y Rocinante: Agradezco mucho vuestros comentarios que me estimularán para seguir publicando nuevos relatos en este foro.
    Yo, Mariaelena, no puedo enseñar a nadie ni dar lecciones porqué soy completamente autodidacta, pero me alegra que veas con buenos ojos mi forma de escribir. Simplememte cuando redacto un trabajo me imagino que hay alguien delante a quien se lo estoy explicando y procuro hacerlo de forma que lo pueda entender.
    A mí también me gusta más este segundo cuento celestial (que fue el primero que escribí) que los otros dos, pero siempre tiene que haber alguna diferencia.
    ¡Hasta pronto!

    BOLERO.
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