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Sospechosa

PietroPietro Pedro Abad s.XII
editado marzo 2008 en Romántica
Debo confesar que al principio no sospeche de ella, aunque debería haberlo hecho.
Cuando la vi en el aeropuerto, con pantalón negro y un chal con diseños de colores ocres y
rojos, cruzado sobre el hombro izquierdo, y dueña de unos ojos espectaculares que me
buscaban ansiosos entre los pasajeros recién arribados, la presunción comenzó a anidar en
mi mente.
El abrazo fue largo y cálido, corolario de una larga espera, el nerviosismo hizo que las
primeras palabras fueran banales y abrazados caminamos hasta su auto.
Durante el viaje hasta el centro de la ciudad, ella de vez en cuando tomaba mi mano y la
llevaba hasta su cara; un cúmulo de emociones se agolpaba en mi interior, lo que no hizo
más que acrecentar mis conjeturas.
El cuarto de hotel que me había reservado era amplio, cómodo y nos enfrascamos en una
charla de reconocimiento, como era casi obvio, con una ternura y una pasión que parecía
parte de nosotros en forma instintiva, nuestros cuerpos se buscaron y se hallaron.
Se nos fue el día y ella debió irse, minutos después de haberse despedido sonó el teléfono,
me extrañe, no conocía a nadie en esa ciudad y nadie sabía de mi viaje, atendí casi
temeroso.
Desde su celular y mientras manejaba de regreso a casa intentaba prolongar ese encuentro
conversando. Y conversamos ... casi una hora, hasta que finalmente llegó a su destino y se
despidió con un esperanzador : “hasta mañana”.
Durante los siguientes cuatro días el encuentro se repitió casi copiado con papel carbónico,
nos reímos mucho, hablamos mucho y recorrimos nuestros cuerpos en todas las direcciones
que la pasión nos fue marcando.
Regresé a mi país, y la ausencia, de algunos meses, fue atroz; la extrañaba, la deseaba, a
cada momento estaba en mis pensamientos. Hablábamos por teléfono, nos comunicábamos
por Internet, yo inventaba historias cotidianas para tenerla atenta a mi vida, aún a una
distancia de mil doscientos kilómetros.
Repasé mentalmente los indicios, más de mil veces, y aunque ningún juez podría haberla
condenado con esas pruebas, tenía yo la certeza de que mis presentimientos eran ciertos.
En mi segundo viaje me hice el firme propósito de observarla detalladamente, de medir
cada uno de sus pequeños actos, cada una de sus palabras; traté de recolectar pruebas, de ir
juntando evidencias, aunque fueran circunstanciales.
Le pedí algunas fotografías, con el fin de disfrutar de su imagen en soledad; se transformó
en una obsesión, atesoraba sus palabras, cada una de sus risas.
Tenía la peregrina idea de que armando un cuadro completo de su personalidad, de su
físico, de sus pensamientos podría, tarde o temprano, asegurar mis conclusiones.
Sin habérmelo propuesto, me enamoré totalmente.
A raíz de ello decidí emigrar, radicarme en su país, empezar de nuevo mi vida; no era un
niño ya, cuarenta y dos años cargaban sobre mis espaldas un amplio bagaje.
Comenzamos un proyecto juntos, de trabajo y de vida, ahora la tenía cerca a diario, tan
cerca como para conocerla en profundidad.
Pequeños hechos fueron confirmando mis conjeturas al verla interactuar con sus amigos,
con sus hijos, aún con perfectos desconocidos.

Me gustaba mirarla sin que lo advirtiera, sus rasgos, sus gestos en soledad, sus silencios;
pero por sobretodo me gustaba su risa, inventaba largas series de chistes con el solo
propósito de oírla reír.
Pasaron los meses, sumando años, hubo momentos tristes, épocas duras, dolores
individuales y compartidos, así fuimos haciendo una vida.
A pesar de que el amor creció, maduro e intenso, nunca dejé de sospechar de ella
Una tarde cualquiera, de un verano cualquiera de un año cualquiera, cuando el sol
comenzaba a ocultarse tras los cerros, todo se hizo evidente a mis ojos.
El aire estaba cargado del aroma del magnolio, que nos regalaba la primera flor de su
temporada, el jardín lucía apacible, el silencio era roto solo por una infinidad de grillos que
anunciaban el ocaso, el café sabía como nunca antes y mis manos acariciaban las páginas
de un libro, pero mis ojos estaban fijos en ella, la luz del sol llegaba por su espalda y un
halo rojizo rodeaba su cabeza.
Y mi antigua teoría, reforzada por las sospechas de los últimos cinco años se vio totalmente
confirmada; Afrodita era capaz de encarnarse y vivir en la Tierra, enamorada de un simple
mortal.

Comentarios

  • OtroLuisOtroLuis Anónimo s.XI
    editado marzo 2008
    Me ha encantado, es delicioso, gracias.
  • rocinanterocinante Garcilaso de la Vega XVI
    editado marzo 2008
    Esta historia de amor, sentimental y extraordinariamente narrada, y aunque me ha gustado, encuentro......

    Había seguido resaltando algunos, para mi, fallos que al final creo improcedentes exponerlos, o que al no saber explicarlo bien, además de equivocarme podría una falsa visión y lectura de esta historia.

    Lo único que voy a decir es que la encuentro un poco pausada, sin alguna intriga que la anime, pero claro esto es como una charla entre amigos y sin ningún valor de critica literaria.

    Saludos.

    Rocinnate
  • mariaelenamariaelena Francisco de Quevedo s. XVII
    editado marzo 2008
    Wow, una historia tan tan pero tan romántica...que me has arrancado unos cuantos suspiros..
    Este es justo el estilo que me encanta..., que bonito!!!
    Evidentemente lo que más me emociona saber es que esa mujer, la protagonista es sospechosa de ser una Diosa del Amor enamorada de un terrestre...wow...que me matas!!!
    Felicitaciones!!!me ha gustado muchisimo.

    un abrazo,
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