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Días raros

editado 16 de febrero en Narrativa

     Sucedió en aquella época discordante, una época en la que el astuto estudiaba farmacia y no ADE. Y, por supuesto, en una época en que todos enfermábamos. Vivíamos en una sociedad en el limbo, atrapada entre dos generaciones, reacia a avanzar y, mucho menos, a retroceder. Yo me encontraba allí sentado, observando la escena con los ojos de aquel lunático que quedó prendado de la Luna. Les observaba dar vueltas, caminar en círculos. Por entonces es lo único que hacíamos, ya que no quedaba otra opción. De esta manera, nos veíamos muy a menudo, por no decir a cada hora y minuto del día. No había forma de evitar un encuentro. Sí, por casualidad, lo conseguías, sólo tendrías que esperar a que la persona recorriese ese estrecho y marcado camino curvado, hasta que por una casualidad tan poco casual terminaba otra vez frente ti, presta a una dosis de sociedad bien estudiada.

     Las líneas curvas siempre han mantenido cierto recelo para mí, tan traicioneras y meticulosas. Una recta no esconde misterio, una vez que avances siguiendo su curso sabrás lo que dejas atrás y podrás deducir lo que tienes delante. Sin embargo, ahí estaban las curvas y su imprevisible comportamiento que, o bien llevaba a la infinitud o perseguía la armonía. Pero no seamos necios, nadie sabía nada de armonía y mucho menos de lo divino y eterno. Así que cogieron las curvas de sus vidas y empezaron a juntarlas formando círculos, atrapándose. Sin embargo, aquel día había un rumor extraño en el ambiente. Sentí el misterio conjeturador de la anciana de rodilla dolorida que augura un cambio en el tiempo. De pronto, la multitud se agitó y de entre ellos salió corriendo una joven. No pude distinguir su cara, pero sí advertí en ella una expresión que consternó mi espíritu y extendió una ráfaga de frío invernal por toda mi columna. En sus ojos pude leer mis miedos ...

     Un golpe sordo me apartó de mis visiones. Aclaré mi mente y traté de fijar la vista. Otros golpecitos siguieron, esta vez más suaves y acompasados. Era, Elisa, estaba al otro lado del panel de cristal que dividía la vieja cafetería y la calle. Sonría inocentemente y divertida, como solía hacer. Adiviné que estaba burlándose de mí, siempre la sorprendía mi insólita abstracción. Tiré a la basura el papel arrugado y garabateado que había aguantado mis locuras durante pocas horas, me ceñí mi marinera y salí a su encuentro. Esa tarde fue bonita, bastante ordinaria. Por supuesto, la cotidianidad acerca memorias y nostalgias a nuestras cabezas y, tumbados en aquel portal nos dispusimos a ensoñar ...

     Mi aprensión inicial se desvaneció lentamente dejando paso a la comprensión. Pues aquel rostro adolescente que tanto me había trastornado en un primer momento, se transformó con el soplo de una segunda ráfaga, esta vez cálida, pero recelosa, en las caras de mis cercanos más queridos. Pensé, entonces, en mi familia y reparé en que nos aferrábamos, habitualmente, a unos miedos curiosamente extraños. Por ejemplo, mi hermana, sentía una repulsión pasmosa por las figuras geométricas muy juntas, tripofobia era su nombre técnico si bien no recuerdo mal. Yo acostumbraba a ser muy alocado y terminaba coleccionando heridas por todo mi cuerpo. Hubo un día en que conseguí una especialmente curiosa, un corte limpio con unas ramas de zarzamora tras haber pasado horas de expedición por las lindes de un río. En realidad, el corte consistía más bien de tres finas líneas singularmente paralelas y rectas. Cuando se lo mostré con orgullo, hizo una mueca a la que siguió un empujón agresivo. Me hizo prometer que no se lo volvería a enseñar. Esa noche me acosté asustado. Pensé en la joven de mis visiones y cerré los ojos con fuerza inusitada. Si ni las curvas ni las rectas funcionaban, entonces ¿Por dónde habríamos de caminar?


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