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La isla de los ilusos


Hoy he puesto todas mis fantasías a la deriva. Como náufrago perdido en la inmensidad del océano en su barquichuela tan frágil como mi realidad; esperando que las corrientes de mi mente me lleven a esa isla paradisíaca en donde no haya sido jamás hollada por ningún ser humano.

¡Es tan grande mi deseo de sentir algo tan extraordinario que me redima de tanta realidad absurda que me rodea...!

Todas las semanas y días y horas y minutos y segundos de mi vida transcurren con tanta indiferencia y desidia, que el vivir a estas alturas de la misma es un inmarcesible bostezo ante todo lo que me acorrala.

Llevo navegando varias semanas por los mares de mi mente, que más que mares son lagunas. El rumbo lo he perdido, ni bitácora ni compás pueden conducirme a la isla de mis sueños, pues hace tiempo que los perdí.

Pero ¡oh milagro! En lontananza mis tristes ojos enrojecidos por la vorágine de mis perturbaciones divisan una isla. Al igual que aquel Rodrigo de Triana, grito: ¡Tierra! Con las pocas fuerzas que le quedan a mi discernimiento consigo llegar. Exhausta y rendida mi mollera, quedan allí tumbada junto aquella escollera.

Despierto de mi profundo letargo y miro a mí alrededor. Que maravilla. Arenas blancas como la nieve, y aguas azules y claras como la dulce mirada de mujer enamorada. ¡Gracias Dios! Por dirigir mis pasos al verdadero motivo de mi subsistencia. ¡Por fin hallé el motivo de seguir viviendo! ¡Es cierto, es cierto! El paraíso terrenal existe.

No habían transcurrido una una hora de mi estancia en mi isla cuando de súbito me acordé de que tenía sed.

—Pero leches! También en el paraíso hay que beber. Me pregunté un tanto contrariado.

Eso de tener que ponerme a buscar agua potable no me seducía mucho, la verdad. ¡Con lo cómodo que es abrir el grifo de mi casa y echar un buen trago, o de un Cola o cervecita fresquita...!

Empecé a plantarme: (y no hacía ni una hora que llevaba en mi paraíso privado) si para conseguir la felicidad completa te “lo tienes que currar” también aquí, no es tanta la felicidad; por lo que comencé a mosquearme un poco.

¡Seis interminables horas, seis! Pasaron y no encontré más agua que la del mar y la de mis lágrimas, ambas tan saladas y amargas como la hiel que empezaba a inundar mi boca. Empecé a delirar, y en mi entelequia pedía a ese mismo Dios que me condujo a esta isla, que me devolviera otra vez a mi casa, a mi mundo, a mis desdichas.

Todas las imágenes de mi cotidianidad pasaban por mi mente como figuras carnavalescas que se burlaban de mi estupidez. Me ofrecían un trago de agua que, al ir desesperado a beberla, desaparecía como por encantamiento de mis ojos, lo que me producía más sed y desesperación.

Una voz cascada y hueca me habló desde ultratumba.

-La felicidad no se halla en ningún lugar determinado, sólo se halla en tu voluntad. ¡Búscala allí!

Desperté de la siesta sudorosa y fría. Abracé a mi mujer cómo jamás le había abrazado, y me juré no comer nunca más tres platos de fabada y beber dos litros de sidra, sin duda causantes de mi delirium tremes. Con un plato y medio litro es suficiente.

Moraleja: Por muy atractiva que sea la fantasía, mejor vivas la realidad de cada día.

Comentarios

  • Ah pero si hubieras encontrado agua y otras cositas no querrías haber despertado, las fantasías son tan atractivas como nos toque, es como la realidad misma.
  • La decepción de las fantasías llega cuando las haces realidad. Las fantasías deben ser siempre fantasías, pues cuando las realizas (aquellas que están a tu alcance) dejan de ser fantasías. Al menos es lo que a mí me ha sucedido, he realizado algunas, y la verdad, ninguna me ha dado el placer que me daban cuando las soñaba.
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