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Memorias de un canillita (primera parte de tres)

editado diciembre 2016 en Narrativa



Palabras de presentación

Fui un vendedor de diarios, un canillita, desde siempre, desde niño.

El colegio no me conoció. Mis primeras letras y se podría decir las únicas, las aprendí de los titulares de los diarios que me obligaba a recordar para así vender más diarios y más rápido.

La juventud transcurrió entre hojas impresas, noticias y escándalos entre asesinatos y campeonatos de fútbol.

Llegué a mayor sin conocer esposa, pues no tuve tiempo de buscar novia.

Hoy, ya hombre maduro, los recuerdos, mis angustias, los momentos de alegría y regocijo, que se me dieron por casualidad, traté de volcarlos, aconsejado por amigos, en las siguientes páginas.

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PRIMERA PARTE

¡Che pibe!- así me llamaban, ese era mi nombre. El verdadero, el que me pusieron cuando aparecí en este mundo era Constantín, en honor del viejo de mi viejo que se llamaba así. Mi madre murió la pobrecita, durante el esfuerzo al parirme.

La parada de mi viejo era en la esquina de Muñoz, el negocio de los trajes. Alguna vez me contó, que tuvo muchas peleas y recibió muchos golpes hasta que lo consiguió. Era su lugar y nadie se atrevería a usurparlo. Vivíamos lejos del centro. Caminábamos unas cinco cuadras hasta la parada del colectivo. Siempre estaba oscuro, verano o invierno, a las cuatro y media de la mañana cuando la emprendíamos para el centro. Debíamos pararnos frente a los galpones traseros del diario para la entrega matinal.

Siempre eramos uno de los primeros; así acostumbraba mi viejo y así lo comprendí yo. Al recibir el toco de diarios, empezábamos a caminar y a gritar los titulares hasta llegar a nuestra esquina distante unas cuatro largas cuadras de allí.

Recuerdo que el día de mi cumpleaños, creo que el de los 8 o 9, cuando terminamos la venta del día, mi viejo me llevó a la esquina de enfrente, donde estaba el Café Sorocabana. Me sentó en una de las sillas altas pegadas al mostrador y me dijo:

-Ahora festejaremos tu cumpleaños – Pedimos un plato lleno de medias lunas y otro con manteca y dulce. Yo pedí un chocolate con leche y el viejo sólo un expreso.

Mientras me devoraba las medias lunas, mi viejo se levantó diciéndome que en unos minutos regresaría. Al ratito apareció con una ¡N° 5 original! Sabía que me gustaba patear todas las tardes con los chicos del barrio.

–Tomá, es para vos, Feliz Cumpleaños-. Qué sorpresa, que alegrón. Hasta que llegamos a casa sólo pensaba en la cara de los chicos cuando me vean aparecer con semejante regalo.

El cumpleaños siguiente no lo festejé. Mi viejo, fiel a su indispensable amigo el cigarrillo, me dejó una madrugada de invierno justo cuando llegaba nuestro turno en la cola de la entrega de aquella mañana. La ambulancia se lo llevó. Me quedé parado junto a mis diarios. El camino hasta la esquina, me pareció más largo que nunca. El peso del paquete me obligó a arrastrarlo. Logré llegar utilizando mis últimas fuerzas que en aquellos momentos las consideré muy pocas, pero mi cabezota estaba ocupada en mi viejo, y creo que eso fue lo que me ayudó llegar a la parada.

Una tía que nunca había visto antes estaba en la casita cuando llegué aquella tarde a la vuelta de la venta. Y desde aquel momento no se separó de mí. Todas sus cosas las trajo dentro de una valija. Ocupó la cama de su hermano, mi viejo.

Colgó una sábana con dos ganchos en el techo entre su cama y la mía, pues al tener la casa una sola pieza así debería ser, me explicó.

Esa noche no pude dormir. El entierro, la gente amiga, me revoloteaban por todos lados. Me parece que inclusive lloré, despacito, como para adentro; no quería que ella lo notara. No es de hombres llorar, siempre decía mi viejo.

Más de una vez algún cliente, especialmente los veteranos, me preguntaba como me las arreglaba sólo. Les mentía contándole que mi hermano mayor me ayudaba.

Comparándome con los chicos de la barra del fútbol, yo tenía un cuerpo más desarrollado y más fuerza. Siempre decían: - ¡Qué patadón que tiene el canillita!

Ya de joven me daba mucha bronca el asunto de las parrandas de los muchachos del barrio. Cuando ellos volvían de sus jugarretas nocturnas me encontraban en camino hacia el Diario a buscar el sustento tan necesario.

Una que otra vez conseguí toparme con alguna chica. Los resultados fueron siempre iguales. El cansancio acumulado, sumado a mi ignorancia sobre esas cosas de los flirteos, nunca llegó a ofrecerme finales felices.

Eso sí, leía mucho. Antes que nada el diario. Conocía todos los periodistas. Sabía de antemano quién escribiría sobre qué y cómo.

En más de una ocasión difería con alguno de ellos sobre su postura en tal o cual asunto. Inclusive una vez, recuerdo que después de leer el comentario sobre el aumento del precio del pan, que en contraposición a la opinión general que reprobaba la medida tomada por el gobierno, el señor periodista, se llamaba A. Alfonso, escribió en su Rincón de Economía, que estaba completamente de acuerdo con la determinación tomada, y, además felicitaba al Ministro de Economía por la resolución que ayudaría a levantar al decaído gremio panadero.

Lo pensé esa tarde en casa. Decidí escribir y mostrar mi indignación por la posición tomada, equivocada a mi criterio, por el periodista en cuestión.

Cerré la carta y a la mañana siguiente antes de ponerme en la cola frente al galpón, entré en la sección de las oficinas del Diario. Al ser conocido por casi todos los empleados no me resultó difícil llegar hasta la oficina de los periodistas y encontrar la mesa de A.Alfonso. Y sobre su máquina de escribir planté el sobre.

Estaba completamente seguro que después de leerla, el conocido periodista la arrojaría al tacho de basura.

….CONTINUARÁ…..

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