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Infierno por lujuria

Susurro en la nocheSusurro en la noche Anónimo s.XI
editado mayo 2016 en Terror
¡Hola! Os dejo uno de los relatos que más triunfó en mi blog, espero que os guste.

La curiosidad les llamó a entrar en la casa. En la que en el pueblo la conocían como la casa maldita, según contaban los habitantes del pueblo.

El alcohol, la noche y sobre todo la peripecia de estos jóvenes universitarios de la ciudad de Texas hicieron que se adentraran en esa casa.

La casa estaba abandonada desde hace décadas. Según contaban los aldeanos en esa casa un tenebroso asesino había habitado y en ella había crucificado a numerosos jóvenes. Sin ninguna piedad los había clavado a las cruces y los había visto desangrarse poco a poco. Nadie se atrevía a entrar.

Cuando, por fin, la policía descubrió todo y lo capturó confesó haberlo hecho todo, sin rastro de arrepentimiento en su rostro, dijo que lo había hecho en honor a Jesucristo. Sacrificios, únicamente de parejas. La conclusión del sumario policial y judicial concluyó con esto:

SE TRATA DE UN FANÁTICO RELIGIOSO, ÚNICA SOLUCIÓN: SILLA ELÉCTRICA.

Los estudiantes conocían la historia, naturalmente, prácticamente todo tejano la sabía. Aun así, los cuatros estudiantes entraron. En el hogar, si se podía llamar así, por fuera estaba arropado por hiedras que tapaban los cristales de las ventanas y el tejado estaba prácticamente derruido.

Cuando entraron en la casa, las imágenes fueron macabras, sin embargo la embriaguez de los jóvenes hacía que solo saliera de sus bocas, una incrédula sonrisa. Cruces envueltas en sangre, así como los propios clavos con los que había clavado a las víctimas. Era una escena digna de cualquier película de horror.

De repente sonidos golpeando la madera empezaron a sonar por toda la casa. Los jóvenes se empezaron a asustar.

—Vámonos de aquí, por favor David—. Rogó a su novio la única chica del grupo.

—No pasa nada cariño, en seguida nos iremos—. La lengua de David penetró en la boca de Sara, mientras que su mano palpaba su bien formado trasero.

La puerta entreabierta de la casa se cerró de golpe. Segundos después, David intentó abrir la puerta, sin embargo le era imposible. Algo la bloqueaba.

—Cariño, ¿qué pasa? ¿Por qué no se abre?—. La voz de niña entre llantos de Sara hizo rabiar a David.

—Joder, no se abre. Cálla…—. No completó la frase. Un clavo había sido disparado directamente a su cabeza. El suelo se llenó del reguero de sangre que salía de la cabeza embriagada de David. Finalmente, se desplomó.

—¿Qué ostias ha sido eso?—. Voceó Álvaro, mientras que Sara se acercaba a David llorando y gritando con su voz, tan horriblemente, aguda.

Los sonidos de la madera crujiendo se suceden, cada vez más seguidos y más fuertes. La histeria de los tres jóvenes era obvio, con los pocos materiales que quedaban sin pudrirse en la casa golpeaban las ventanas sin éxito alguno.

—Dios, ¿por qué tuvimos que entrar joder?—. Gritaba Dani. Parecía como si de repente los efectos de la borrachera se hubieran desvanecido en todos ellos.

Los sonidos seguían sucediéndose, y los movimientos de los muchachos sin saber que hacer, también.

Otro clavo salió volando en el aire. El impacto fue tremendo. A pocos centímetros de la cabeza de Sara. Luego otro. Hasta cinco logró esquivar Sara, pero el sexto, no. El encontronazo fue terrible. Uno en la cabeza y otros dos en las manos. La sangre de nuevo inundó lo que habría sido el salón de la casa.

En ese momento la puerta, entre chirridos, se abrió. Rápidamente Dani y Álvaro salieron por la puerta corriendo velozmente, solo con una rápida mirada a los cuerpos de David y Sara.

Inmediatamente, cuando los dos jóvenes salieron, la puerta de la casa se cerró bruscamente.

En el interior de la casa, nadie hubiera dado credibilidad a lo que había pasado y lo que estaba a punto de pasar.Los cuerpos de Sara y David se estaban elevando y bruscamente se dispusieron en las dos cruces que aún se levantaban en el salón.

Una silla empezó a arrastrarse, luego se empezó a dibujar un rostro y un cuerpo. Era el asesino. Su rostro estaba quemado. Se sentó en la silla observando su nueva obra. Una vez más, había condenado a dos jóvenes, a una pareja. De nuevo el patrón se había repetido.
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