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Flor Radioactiva

SalazarSalazar Anónimo s.XI
editado junio 2016 en Otros
[FONT="]¡Hola! Aquí os vengo a presentar una serie de relatos que he ido escribiendo a lo largo de varios años, y que he decido agrupar bajo el título de Flor Radioactiva. Se trata de diferentes “escenas” de una historia más larga que, la verdad, no creo que llegue a terminar de escribir. Las he ido redactando de forma completamente aleatoria, sin ningún tipo de orden narrativo y dejando grandes lagunas entre ellas, pero me daba pena descartarlas así sin más, así que he pensado en ir colgándolas aquí poco a poco, y siguiendo el mismo patrón de completo desorden.[/FONT]
[FONT="]Cronológicamente, la totalidad de la historia se puede dividir en tres arcos, cada uno centrándose en un grupo de personajes protagonistas concretos. Para hacer la lectura más comprensible, añadiré como título de cada escena el arco al que pertenece y el año en el que toma lugar. Todas estas escenas están narradas en primera persona desde la perspectiva del protagonista de cada una de ellas, por lo también incluiré el nombre de cada narrador/protagonista en el título.[/FONT]
[FONT="]¡Aquí va la primera (dividida en dos partes, que no me cabe todo en una sola publicación) ! Espero que os guste.[/FONT]
[FONT="]
[/FONT]
[FONT="]3º ARCO (2002)[/FONT]
[FONT="]ELIZAVETA[/FONT]
[FONT="]El bosque, espeso, oscuro y misterioso, se extendía en todas direcciones: una maraña de troncos, ramas y hojas negras salpicadas aquí y allá por relucientes charcos plateados que se derramaban desde la luna, muy, muy por encima de mi cabeza.[/FONT]
[FONT="]Nunca había tenido una idea clara del lugar en el que se ubicaba el hospital, pero en aquellos momentos me encontraba terriblemente perdida. ¿Dónde estaba la ciudad más cercana? Necesitaba ayuda… Tenía que encontrar a alguien que me ayudase, pero… ¿quién? ¿En quién podía confiar? ¿Cuánta gente del mundo exterior estaba al tanto de la existencia de aquel hospital… y de los terribles experimentos que se llevaban a cabo en él? Después de tanto esfuerzo por escapar… no podía permitir que me volviesen a llevar allí.[/FONT]
[FONT="]Aunque, para empezar, ¿dónde estaba el mundo exterior? Mis recuerdos previos a mi internamiento en aquel hospital infernal eran borrosos y confusos: mi mente no parecía ser capaz de ir más allá del dolor de las operaciones, de los efectos secundarios de los medicamentos y tratamientos experimentales, de las dosis de radiación, o de la sucesión de rostros indistinguibles, ocultos tras máscaras de gas.[/FONT]
[FONT="]Lo único que sabía en aquellos momentos del “mundo exterior” era que estaba lejos, como mínimo, a un par de kilómetros de distancia. Incluso aquel exuberante bosque que me rodeaba no podía considerarse el “mundo exterior”, ya que se hallaba dentro de los límites de la Zona Muerta. Allí no había nada, salvo el hospital secreto del que acababa de huir… y el invisible pero asfixiante peso de la radioactividad.[/FONT]
[FONT="]La maleza, punteada de oscuras espinas, se clavaba en mis pies descalzos, las ramas bajas de los árboles se enganchaban en mi camisón y las zarzas trazaban líneas sangrantes sobre mi piel. Dolía, y estaba terriblemente cansada pero, aún así, seguía arrastrándome sin rumbo fijo por aquel laberíntico bosque. Tenía que alejarme del hospital todo lo que pudiera…[/FONT]
[FONT="]Un brusco crujido resonó a mi espalda, quebrando el susurrante silencio de la espesura. Habría creído que lo había producido yo, al chocar con una rama baja o pisar una raíz muerta, pero había sonado demasiado lejos de mi posición.[/FONT]
[FONT="]Me volví, con el corazón latiendo desbocado en el pecho, y me quedé paralizada al ver el errático haz de luz amarilla que partía las sombras de los árboles. ¡Me estaban buscando![/FONT]
[FONT="]Aterrada y desalentada a la par, eché a correr en dirección contraria. O, al menos, lo intenté, porque la espesa maraña de vegetación y rocas no me permitía avanzar demasiado deprisa. Había calculado mal: ¡creía que iba a tener más tiempo antes de que se percatasen de mi ausencia![/FONT]
[FONT="]Aunque, ¿cuánto tiempo hacía ya que vagaba por aquel sombrío bosque? El miedo, el dolor, el frío y el cansancio que sentía me abotagaban la mente, impidiéndome pensar con claridad.[/FONT]
[FONT="]De pronto, el bosque se iluminó ante mí con un resplandor dorado, y mi silueta se proyectó ante mí como una negra sombra sobre el tronco de un gran árbol. Un grito de alerta resonó a mi espalda: ¡me habían descubierto![/FONT]
[FONT="]Reemprendí la carrera, al tiempo que intentaba apartarme del haz de luz de la linterna. Choqué dolorosamente contra varias ramas y me enganché en unas zarzas, pero el miedo me impulsó a seguir moviéndome sin apenas detenerme. No podía dejar que me atraparan… Antes que volver a aquel horrible hospital… prefería morir.[/FONT]
[FONT="]Sin embargo, y pese a todos mis esfuerzos, el ruido que hacían mis perseguidores al abrirse paso por entre la maleza y los gritos que proferían indicaban que se me iban acercando cada vez más. Quise mirar atrás para ver a qué distancia estaban, pero no me atreví.[/FONT]
[FONT="]De repente choqué contra una roca, tan brutalmente, que caí sentada sobre el irregular terreno. Aturdida, luché por incorporarme sujetándome a ella y, al palparla, descubrí que no se trataba de una roca natural: había sido trabajada y modelada por manos humanas.[/FONT]
[FONT="]Confundida, alcé la mirada y vi la negra efigie de unas altas y derruidas torres, que se recortaban contra el cielo iluminado por la luna. ¿Aquello era… un castillo?[/FONT]
[FONT="]Las voces y los pasos de mis perseguidores me devolvieron a la realidad de la situación en la que me encontraba. Tras dudarlo unos instantes, decidí arriesgarme y avancé hacia el castillo: confiaba en que, si me escondía allí, tendría más posibilidades de escapar que si seguía corriendo en campo abierto, agotando mis ya de por sí exiguas fuerzas.[/FONT]
[FONT="]Superé una línea de rocas desmenuzadas similares a aquella con la que había chocado y que, a todas luces, era lo único que quedaba de un muro exterior. Más adelante se alzaba una pared en la que se abrían grandes agujeros, a través de los cuales no se veía más que una oscuridad total. Decidida, me colé por uno de ellos.[/FONT]
[FONT="]Al otro lado, el suelo estaba compuesto por grandes y viejísimas losas de piedra, resquebrajadas y cubiertas de suave musgo. Mis pies doloridos y sangrantes agradecieron aquel cambio de terreno.[/FONT]
[FONT="]Sin embargo, no sabía muy bien en qué clase de estancia me encontraba: la oscuridad a mi alrededor era absoluta, salvo por unas pocas columnas de luz de luna que se colaban por las grietas del techo e iluminaban miles de pequeñas partículas de polvo.[/FONT]
[FONT="]Di unos cuantos pasos más hacia el interior de la sala y me detuve junto a una de aquellas silenciosas cascadas plateadas. La baldosa sobre la que se derramaba aparecía rota y medio sepultada bajo una capa de musgo pero, aún así, podía distinguirse parte del diseño floral que la decoraba. Quizás, hacía muchísimo tiempo, aquello hubiese sido un elegante salón de baile, donde damas y caballeros de alta alcurnia se reunían, se tomaban de las manos y sonreían.[/FONT]
[FONT="]Sin embargo, lo único que quedaba en aquellos momentos era oscuridad, silencio, luz de luna y polvo radioactivo. Me sorprendí pensando que había una extraña belleza en todo aquello.[/FONT]
[FONT="]—¡Ha entrado en el castillo! —resonó de pronto una voz, desde el otro lado de la pared por la que acaba de colarme.[/FONT]
[FONT="]Roto el hechizo del silencio de aquella antigua sala, y maldiciendo mi propia estupidez, me volví hacia el origen de la voz, pensando desesperadamente dónde podría esconderme.[/FONT]
[FONT="]Pero los pasos que se acercaban apresurados a la abertura en el muro se detuvieron bruscamente y, un instante después, un escalofriante alarido perforó la quietud de la noche. Un alarido que cesó de pronto, ahogado en un aún más aterrador gorgoteo.[/FONT]
[FONT="]Di un respingo de susto y me quedé muy quieta, escuchando.[/FONT]
[FONT="]—¡Eh! ¿Qué ha pasado? —inquirió otra voz, situada un poco más lejos que la primera. Tras un instante de silencio, exclamó—: ¡¿Pero qué dia…?![/FONT]
[FONT="]Un gorgoteo similar al anterior cortó el resto de su frase.[/FONT]
[FONT="]Conteniendo el aliento, esperé unos instantes más. Dos nuevos gritos resonaron en el bosque.[/FONT]
[FONT="]Después, un silencio pesado, opresivo y expectante se extendió por todo el lugar.[/FONT]
[FONT="]No sé cuánto tiempo permanecí así, completamente inmóvil y aguzando el oído, hasta que percibí que había alguien detrás de mí. No había hecho ningún ruido que me alertase de su presencia: simplemente supe que había alguien más allí, conmigo, entre las sombras del castillo.[/FONT]

Comentarios

  • SalazarSalazar Anónimo s.XI
    editado abril 2016
    [FONT="]Me di la vuelta con un movimiento brusco. La columna de luz de luna había desaparecido, probablemente porque una nube había ocultado el astro, y la oscuridad era total.[/FONT]
    [FONT="]Sin embargo, se trataba de una nube fugaz, ya que el brillante haz plateado no tardó en comenzar a formarse de nuevo, ensanchándose poco a poco a partir de un fino hilo de luz.[/FONT]
    [FONT="]Al resplandor mortecino de aquella hebra de plata vi destellar dos puntos rojos, y de la oscuridad surgió una mano blanca y esquelética, rematada en afiladas uñas, que se lanzó hacia mi cuello y se cerró con una fuerza portentosa sobre mi garganta.[/FONT]
    [FONT="]Se me cortó la respiración, y el poco aliento que me quedaba se me escapó cuando mis pies se despegaron del suelo.[/FONT]
    [FONT="]—¿Qué habéis venido a hacer a estos parajes malditos, joven doncella? —preguntó en un susurro una voz rasposa, dotada de una extraña entonación.[/FONT]
    [FONT="]La columna de luz de luna continuó ensanchándose, perfilando la silueta de un joven rubio, delgado e increíblemente pálido. Estaba demasiado oscuro como para poder apreciarlo con detalle, pero pude ver que, sobre sus ropas anticuadas y mohosas, vestía una capa negra y raída que se agitaba ominosamente en la suave brisa que se colaba por los huecos de las paredes y el techo.[/FONT]
    [FONT="]Sin embargo, lo que más llamaba la atención en él eran sus ojos, de iris escarlata y pupilas verticales, como los de los gatos… y, por supuesto, el hilillo de sangre que le resbalaba por una de las comisuras de los labios.[/FONT]
    [FONT="]—Lo único que encontraréis aquí será la muerte —dijo y, al hablar, pude ver por entre sus pálidos labios el brillo de la luna reflejándose en un par de afilados y largos colmillos.[/FONT]
    [FONT="]«No puede ser», pensé, el terror dando paso en mi interior a una extraña calma. «Los vampiros no existen».[/FONT]
    [FONT="]Pero aquellos helados dedos me seguían sosteniendo con la misma facilidad con la que sujetarían una pluma, y aquellos ojos carmesíes que me contemplaban fijamente no tenían nada de humanos.[/FONT]
    [FONT="]Sentí que me mareaba, y que mi visión se oscurecía. Él permanecía mirándome, completamente inmóvil.[/FONT]
    [FONT="]—Yo sólo… quería ver el mundo exterior… una vez más… —acerté a decir con mi último aliento.[/FONT]
    [FONT="]Antes de que mi visión se tornase completamente negra, y de que mi consciencia escapase a un lugar al que ni siquiera la luz de la luna sería capaz de llegar, me pareció ver que algo cambiaba en la expresión del vampiro.[/FONT]
    [FONT="] [/FONT]
    [FONT="]
    [/FONT]
    [FONT="]Si queréis saber algo más sobre el contexto en el que se enmarca la historia, así como las fechas que componen cada arco o algunos datos sobre los personajes, consultad mi blog, en el que ofrezco una explicación más detallada de todo.[/FONT]
    [FONT="] [/FONT]
  • SalazarSalazar Anónimo s.XI
    editado abril 2016
    [FONT="]3º ARCO (2003)[/FONT]
    [FONT="]DIMITRI[/FONT]
    [FONT="] [/FONT]
    [FONT="]Similar al comienzo de la lluvia, con fugaces gotas que relucían en la profunda oscuridad, alfilerazos de dolor comenzaron a perforar mi consciencia, arrastrándome desde la fría quietud inducida por la anestesia hacia una cegadora luz eléctrica.[/FONT]
    [FONT="]El dolor inundaba cada centímetro de mi cuerpo, hincando sus ponzoñosos dientes en mis nervios, que permanecían completamente inmóviles bajo los efectos de la anestesia, aún cuando lo que deseaban era retorcerse agónicamente.[/FONT]
    [FONT="]El epicentro de aquel suplicio, que podía rivalizar con todos los tormentos del infierno descritos por Dante, se hallaba, como era habitual, en mi pecho.[/FONT]
    [FONT="]Con gran dificultad, y aún a pesar de la hiriente luz que asaetaba mis párpados, logré abrir los ojos, apenas una rendija, desesperado por descubrir qué era lo que andaba tan mal.[/FONT]
    [FONT="]Formas difusas, de un blanco inmaculado salvo por alguna que otra salpicadura de rojo, se revolvían a mi alrededor. Todas portaban objetos indefinidos que emitían un brillo frío y metálico, aunque este resplandor pronto acababa velado bajo espesas manchas rojas.[/FONT]
    [FONT="]Poco a poco, mi visión se fue aclarando lo suficiente para permitirme distinguir rostros en estas blancas figuras, e incluso llegué a reconocer al que se inclinaba directamente sobre mí, pese a la mascarilla blanca que le tapaba la boca y la nariz.[/FONT]
    [FONT="]Los profundos ojos azules de la doctora Lyudmila delataban una gran concentración, mientras manejaba con maestría los instrumentos de cirugía. Sus dedos se movían en el interior de mi pecho con la certeza y seguridad de una experta pero, aún así, me arrancaban terribles dolores.[/FONT]
    [FONT="]¿Por qué me había despertado? ¿Había fallado la anestesia? ¿Acaso algo había salido mal en la operación, y el inmenso dolor había conseguido arrancarme de la tranquilidad del sueño? O, quizás… ¿había sido alguien quien me había despertado? ¿Alguien… que me llamaba?[/FONT]
    [FONT="]Ciertamente… había algo allí que me llamaba. No con palabras, sino con su sola presencia. Se trataba de una presencia… que, de algún modo, me resultaba más cercana que la de los médicos y enfermeros que me rodeaban tan estrechamente.[/FONT]
    [FONT="]Moví la cabeza lentamente, ralentizado por el dolor y la anestesia. Y entonces la vi. Estaba allí mismo, junto a la mesa de operaciones.[/FONT]
    [FONT="]¡Ah, la había echado tanto de menos! Cada día sin ella había sido como un siglo… ¡Y estaba tan hermosa! Con un vestido blanco y vaporoso, que rivalizaba con la palidez inmaculada de su piel, un poco más clara en la fina línea de la cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda, y contrastaba con la negrura impenetrable de su pelo. Sus ojos color azul grisáceo, oscurecidos por la preocupación, estaban clavados en mí, pero se abrieron en un gesto de sorpresa desmesurada al darse cuenta de que la estaba mirando.[/FONT]
    [FONT="]De repente, el dolor no parecía más que una simple y lejana molestia. Más feliz de lo que me había sentido nunca, alargué torpemente un brazo hacia ella, ansiando sentir una vez más la suave textura de su piel.[/FONT]
    [FONT="]Ella seguía mirándome con absoluta incredulidad.[/FONT]
    [FONT="]—¿Puedes… Puedes verme? —preguntó, y su voz… ¡ah, su voz!, resonó como una melodía nostálgica en mis oídos.[/FONT]
    [FONT="]En ese mismo instante, noté que los dedos de Lyudmila habían dejado de moverse dentro de mi pecho y, por el rabillo de ojo, capté la expresión horrorizada de su rostro. Los enfermeros y enfermeras que se arremolinaban alrededor de la mesa de operaciones también se habían quedado inmóviles, mirándome.[/FONT]
    [FONT="]—¡Pero… ¿qué?! ¡Anestesiadle! ¡¡Anestesiadle ya!! —exclamó la doctora.[/FONT]
    [FONT="]Una actividad frenética estalló alrededor de la mesa de operaciones y, un instante después, sentí en el brazo el pinchazo de la anestesia.[/FONT]
    [FONT="]Mi mente y mi vista comenzaron a obnubilarse, como si un banco se niebla se los estuviera tragando a marchas forzadas. Pese a todo, intenté alcanzarla.[/FONT]
    [FONT="]—Si… Sisi… —Apenas pude susurrar su nombre.[/FONT]
    [FONT="]Ella también extendió un brazo e intentó llegar hasta mi mano.[/FONT]
    [FONT="]—¡Dimitri! —llamó, angustiada.[/FONT]
    [FONT="]Quizás se hubiese debido a una ilusión generada por la anestesia en los últimos instantes de la consciencia, pero me pareció ver que, justo antes de que la oscuridad me engullera, su mano, en vez de asir la mía, la atravesó, como si no tuviese más consistencia que el aire.[/FONT]
  • SalazarSalazar Anónimo s.XI
    editado abril 2016
    [FONT="]2º ARCO (1986)[/FONT]
    [FONT="]VASILI[/FONT]
    [FONT="] [/FONT]
    [FONT="]Una vez más llegué a aquella ciudad fantasma, evacuada hacía ya varios meses. Las calles vacías, las puertas abiertas de las casas y la ropa tendida que ondeaba en los balcones fueron los únicos testigos de mi llegada. Y así era como debía ser, pues la misión que me llevaba allí no debía ser conocida por nadie, ni siquiera por los altos cargos del gobierno.[/FONT]
    [FONT="]Me ajusté bien la máscara de gas que me cubría la nariz y la boca antes de bajar del camión militar. A continuación hice un gesto al conductor para informarle de que siguiese su camino hacia la central. La apresurada construcción del sarcófago estaba a punto de terminar, por lo que pronto tendría la ciudad prácticamente para mí solo.[/FONT]
    [FONT="]Tirando un poco hacia abajo de la visera de la gorra de mi uniforme militar, principalmente para que nadie me reconociera, pero también en un infantil intento para protegerme de la radiación, eché a andar hacia el imponente y sobrio edificio del hospital.[/FONT]
    [FONT="]Mis pasos reverberaban con un extraño eco en las silenciosas y desiertas calles de aquel sector de la ciudad, como si el asfalto y el cemento hubiesen adquirido de repente una misteriosa cualidad sonora. Me pregunté si aquello tendría algo que ver con la radiación, o con mi creciente paranoia con aquel lugar.[/FONT]
    [FONT="] Fuera como fuese, jamás se me ocurriría admitir que estaba asustado.[/FONT]
    [FONT="]Cuando por fin estaba a punto de llegar a las escaleras que conducían a la entrada del edificio, un perro apareció en la esquina de la calle. Se me quedó mirando unos segundos, dubitativo, nervioso o asustado. Sin embargo, no tardó en acercarse, con un tímido trote y agitando la cola. Debía de haber pasado mucho tiempo desde que su amo o cualquier otro humano le diera de comer o le hubiera acariciado, por lo que estaba dispuesto a acercarse a un extraño con la esperanza de que cuidase de él. Pero el pelaje de los perros y los gatos acumula polvo radioactivo con mucha facilidad, lo que podría resultar dañino para una persona que tuviese el más mínimo contacto con ellos. Por eso, había una estricta regulación al respecto de las mascotas de los habitantes de aquella ciudad, que tenía como finalidad proteger a la población de toda la región.[/FONT]
    [FONT="]Saqué mi pistola, y esperé a que el perro estuviera lo suficientemente cerca para no fallar, y tener que gastar más de una bala.[/FONT]
    [FONT="]El estallido del disparo resonó amplificado en el asfalto y cemento de aquella extraña calle pero, aún así, no fue capaz de ahogar el golpe seco del cuerpo del perro al caer al suelo. ¿Tendría aquello algo que ver con la radiación también?[/FONT]
    [FONT="]Sin detenerme a dirigir una segunda mirada al cadáver del animal, subí la pequeña escalinata que conducía a las puertas del hospital.[/FONT]
    [FONT="]Uno de mis soldados me abrió, y se apresuró a volver a cerrar enseguida. Cuanta menos gente supiese que estábamos allí, mejor.[/FONT]
    [FONT="]Tomando una linterna del mostrador de recepción, me adentré en el edificio.[/FONT]
    [FONT="]Me crucé con varios de mis hombres en mi descenso hacia las salas inferiores, y observé con satisfacción cómo todos se apartaban a mi paso y me dirigían el saludo de respeto reglamentario que debían a su superior. Me había costado gran trabajo y dedicación pero, finalmente, había conseguido reunir un buen grupo de soldados que me eran completamente fieles, y que incluso estaban dispuestos a desafiar al sistema si mis órdenes así lo exigían. [/FONT]
    [FONT="]Quizá la Unión Soviética ya no fuese ya lo que había sido un par de décadas atrás, pero aún era peligroso contrariar a los altos cargos.[/FONT]
    [FONT="]Las salas de autopsias y el depósito de cadáveres eran la única parte del edificio donde estaba conectado el circuito eléctrico, y sus fluorescentes iluminaban débilmente el pasillo al que acaba de llegar, por lo que apagué la linterna.[/FONT]
    [FONT="]Sin embargo, antes de que pudiese dar dos pasos en dirección a la sala de autopsias principal, Lyudmila, salida de no sabía dónde, se plantó ante mí.[/FONT]
    [FONT="]—Algo ha salido mal, terriblemente mal —me saludó con su habitual sinceridad, su voz ahogada por la mascarilla blanca que llevaba.[/FONT]
    [FONT="]Miré con cautela a un lado y a otro, pero en el estrecho y mal iluminado pasillo sólo estábamos nosotros dos. Por mucho que confiase en mis soldados, prefería controlar la cantidad de malas noticias que llegaban a sus oídos, para así controlar también su nivel de lealtad.[/FONT]
    [FONT="]—¿Qué es lo que ha pasado? —pregunté en voz baja.[/FONT]
    [FONT="]—Como sabes, mi equipo y yo aplicamos ayer la fase seis del… tratamiento —dijo la doctora, tirando nerviosamente de las solapas de su bata científica—. Estábamos seguros de que funcionaría: seguimos el mismo procedimiento que con las fases anteriores. Pero la reacción de los pacientes no fue la esperada. De hecho, todos sufrieron reacciones diferentes, que acabaron degenerando, antes o después… en la muerte.[/FONT]
    [FONT="]Me quedé mirando sus pálidos ojos azules durante un rato, mientras la terrible verdad se abatía sobre mí.[/FONT]
    [FONT="]—¿Me estás diciendo que no sólo el experimento ha fallado desastrosamente, sino que también nos hemos quedado sin sujetos de experimentación? —dije, logrando controlar el tono de mi voz, en el que la ira y el desánimo luchaban por imponerse.[/FONT]
    [FONT="]Lyudmila sacudió la cabeza.[/FONT]
    [FONT="]—Hay una única excepción —dijo—. Uno de los sujetos sobrevivió… aunque, en este caso, los efectos de la fase seis del tratamiento tampoco han sido los que se esperaban.[/FONT]
    [FONT="]Aquella noticia me tranquilizó considerablemente, y sentí que el abismo de horror que se había abierto en mi interior se reducía a un pequeño pozo de preocupación.[/FONT]
    [FONT="]—Y esos efectos no calculados… ¿podrían afectar negativamente a la consecución de la aplicación del experimento? —inquirí.[/FONT]
    [FONT="]La doctora se encogió de hombros.[/FONT]
    [FONT="]—Honestamente, no lo sé: tendría que realizar varias pruebas para al menos tener una ligera idea de lo que le ha ocurrido al organismo del paciente… y, a partir de ahí, ya decidiría si hay que modificar el tratamiento o considerarlo inviable.[/FONT]
    [FONT="]Asentí con la cabeza, aferrándome a aquella esperanza. No podía permitir que todos los peligros que habíamos corrido mis hombres, Lyudmila y yo hubiesen sido para nada. Por no mencionar el sacrificio de tanta gente durante el experimento…[/FONT]
    [FONT="]—¿Cuál es el estado del sujeto? —seguí indagando—. ¿Crees que soportará las pruebas y la continuación del tratamiento?[/FONT]
    [FONT="]Lyudmila ladeó la cabeza, y una pequeña red de finas arrugas se formó en las comisuras de sus ojos. Comprendí que, tras su mascarilla blanca, la doctora estaba esbozando una de sus sarcásticas sonrisas.[/FONT]
    [FONT="]—¿Quieres verlo con tus propios ojos? —preguntó.[/FONT]
    [FONT="]Tras un segundo de vacilación, asentí. No es que me hiciese mucha gracia contemplar a un sujeto de experimentación, pero todas mis ambiciones reposaban sobre aquel único superviviente. Tenía que asegurarme de que podría utilizarlo para mis propósitos.[/FONT]
    [FONT="]Lyudmila me hizo un gesto con su mano enguantada, y enfiló el camino hacia la sala de autopsias principal. [/FONT]
  • SalazarSalazar Anónimo s.XI
    editado abril 2016
    [FONT="]Pronto llegamos ante la amplia habitación, remodelada para volverla lo más hermética posible, y evitar así que los materiales y energías con los que se experimentaba allí escapasen al exterior contaminado por la radioactividad.[/FONT]
    [FONT="]Un grueso y ancho cristal permitía observar el interior desde la relativa seguridad del pasillo. Con el entrecejo fruncido, contemplé las filas de camillas que, hasta hacía apenas un día, habían estado ocupadas por sujetos de experimentación, pacientes afectados por la radioactividad, gracias a los que había descubierto cómo aprovechar la catástrofe de la explosión del reactor para impulsar mi carrera militar.[/FONT]
    [FONT="]Sin embargo, la sala estaba ahora prácticamente vacía, con todos aquellos valiosos sujetos pudriéndose en la fosa común que habíamos excavado en el depósito de cadáveres. Las paredes, suelo y cubierta de esta fosa estaban revestidos de placas de zinc, para evitar la fuga de las radiaciones de los cadáveres de aquellos que no eran capaces de superar las distintas fases del tratamiento.[/FONT]
    [FONT="]Pero, a pesar de todo, aún quedaba un sujeto con vida.[/FONT]
    [FONT="]Se trataba de una muchacha joven, una niña que no podía tener mucho más de quince o dieciséis años. Estaba sentada en el borde de una de las camillas, sus pequeñas piernas colgando en el aire, mientras que su pelo, muy largo y muy liso, sujeto en la parte de atrás de su cabeza con un lazo, se derramaba por encima de su hombro derecho. El sencillo vestido blanco sin mangas que llevaba dejaba a la vista la parte interior de sus brazos, que estaba enrojecida y salpicada de las pequeñas heridas infligidas por las múltiples inyecciones del tratamiento. De hecho, en ese momento, su brazo izquierdo estaba conectado por medio de una vía a una bolsa de suero que colgaba de un soporte junto a ella.[/FONT]
    [FONT="]Recordaba vagamente haber visto a aquella niña antes, en alguna de mis previas visitas al hospital. Sin embargo, su cabello se había vuelto completamente blanco, rivalizando con la palidez de su piel. Y, cuando volvió la vista hacia nosotros, vi que sus iris habían adquirido un inquietante color rojo sangre.[/FONT]
    [FONT="]Contuve el aliento cuando aquella mirada escarlata se encontró con la mía. Quizá se debiese a su extraña tonalidad, que nunca había visto antes en un ser humano, pero el caso es que, de repente, me encontré completamente absorto en la contemplación de aquella extraña joven. Tanto, que apenas fui consciente de lo que Lyudmila me estaba contando sobre ella.[/FONT]
    [FONT="]—Su nombre es Larisa Mijailivna Shevchenko. Tiene dieciséis años y era residente de la ciudad de Prípiat, junto con sus padres. No tiene hermanos, y el resto de su familia, tanto por parte de padre como de madre, vive en Kiev actualmente. Sus padres se vieron seriamente afectados por la radiación la madrugada del 26 de abril, y murieron pocos días después. Ella recibió las mismas dosis de radiación que ellos, pero esto no pareció afectar a su organismo de forma negativa. Esta es una de las razones por las que se la incluyó en el experimento…[/FONT]
    [FONT="]—Está bien —corté la larga perorata.[/FONT]
    [FONT="]Me esforcé por desviar la mirada de la muchacha y enfocarla en la doctora, que me contemplaba con el entrecejo fruncido. No le gustaba que la interrumpieran.[/FONT]
    [FONT="]—Esa información no me sirve de mucho, Lyudmila —dije, rascando con cuidado la piel que rodeaba mi máscara de gas. Aquella cosa era muy incómoda y encima, si la llevabas puesta demasiado tiempo, te salían ampollas y heridas alrededor de la boca y de la nariz. Las mascarillas blancas, como la que llevaba Lyudmila, eran mucho más cómodas—. Ya he visto lo que quería: el sujeto parece estar en envidiable estado de salud, dadas las circunstancias. El experimento debe seguir adelante: no me importa cuántas pruebas o ajustes tengas que hacer, pero asegúrate de llevarlo a cabo.[/FONT]
    [FONT="]La doctora hizo ademán de protestar, pero luego se limitó a encogerse de hombros.[/FONT]
    [FONT="]—Como desee usted, capitán Afanasyev —dijo, con cierta sorna.[/FONT]
    [FONT="]Tras dirigirle un gesto de asentimiento, di media vuelta y me alejé de la sala de autopsias. Y, aunque ni siquiera miré de reojo hacia ella, pude sentir que Larisa Mijailivna me seguía con la mirada.[/FONT]
    [FONT="]Sin más dilación, abandoné el hospital y me dirigí hacia el lugar donde oficialmente me correspondía estar, que era dirigiendo las labores de limpieza y descontaminación de los alrededores de Prípiat.[/FONT]
    [FONT="]El resto del día transcurrió como un sueño, en el que de vez en cuando me encontraba rememorando la enigmática mirada de aquella chica, de aquel sujeto de experimentación.[/FONT]
    [FONT="]Aquella noche, en el alojamiento que me tocaba compartir con el resto del personal militar destacado en el lugar, bastante lejos (aunque no lo suficiente) de la zona radioactiva, soñé con una escena que se me antojó aterradoramente real.[/FONT]
    [FONT="]Soñé con una estrella de fuego azul, enorme y hermosa, que pendía sobre una ciudad en medio de la noche. Una estrella que se elevaba desde la cubierta hecha añicos del reactor nº 4 de la central nuclear de Chernóbil.[/FONT]
    [FONT="]Aquello era algo que yo no había visto con mis propios ojos, pues la madrugada del 26 de abril de 1986 me encontraba en mi pequeño apartamento de Moscú, muy, muy lejos de allí.[/FONT]
    [FONT="]Sin embargo, estaba seguro de que Larisa Mijailivna sí que había contemplado el esplendor de aquella estrella radioactiva. Y, de algún modo, me había transmitido aquel recuerdo a mí.[/FONT]
  • SalazarSalazar Anónimo s.XI
    editado mayo 2016
    [FONT="]3º ARCO (2002)[/FONT]
    [FONT="]ANASTASIA[/FONT]
    [FONT="]PARTE I[/FONT][FONT="]
    [/FONT]
    [FONT="] [/FONT]
    [FONT="]
    [/FONT]
    [FONT="]Todo comenzó aquel frío día de mediados de invierno.[/FONT]
    [FONT="]Volvía a casa desde el instituto, caminando lentamente y sumida en mis pensamientos cuando, repentinamente, una mano helada y de dedos crispados me aferró de la muñeca.[/FONT]
    [FONT="]Si no hubiese estado tan distraída, seguramente me habría soltado inmediatamente pero, en ese momento, lo único que acerté a hacer fue bajar la mirada hasta la persona que me sujetaba.[/FONT]
    [FONT="]Mi corazón pareció detenerse en mitad de un latido, y un extraño entumecimiento recorrió todo mi cuerpo cuando contemplé el pálido y demacrado rostro que se alzaba hacia mí.[/FONT]
    [FONT="]Mis ojos se vieron inmediatamente atraídos hacia la fina línea de la cicatriz que le surcaba la mejilla derecha, pero la intensidad de su mirada, de un apagado tono verde grisáceo, no tardó en acaparar toda mi atención. Aquellos ojos y aquel rostro, tan familiares y a la vez tan extraños, parecían reflejar como un espejo la sorpresa que dominaba mi propia expresión.[/FONT]
    [FONT="]De hecho, mi desconcierto era tal que tardé unos segundos en darme cuenta de que sus finos labios se movían, formando unas ahogadas, desesperadas palabras:[/FONT]
    [FONT="]—Llama… a una ambulancia.[/FONT]
    [FONT="]Aquello me despertó de mi aletargamiento, y sólo entonces reparé en el charco de vómito y sangre que había en el suelo, frente al banco en el que aquel chico estaba sentado. También me fijé en que tenía una mano apretada contra el pecho, como si le doliese mucho.[/FONT]
    [FONT="]Mi corazón, que había permanecido mudo hasta entonces, se lanzó a latir a toda velocidad, impulsado por un ramalazo de miedo.[/FONT]
    [FONT="]Con la mano que me quedaba libre rebusqué en el interior de mi bolso hasta encontrar el teléfono móvil. Con dedos temblorosos, marqué el número de emergencias.[/FONT]
    [FONT="]Tras tres angustiosos segundos, en los que las uñas del chico parecieron clavarse más profundamente en mi piel, finalmente contestaron al otro lado de la línea.[/FONT]
    [FONT="]—Servicio de emer…[/FONT]
    [FONT="]—¿Hola? ¡Necesito una ambulancia en la avenida Pieramohi, frente a una sucursal de IdeaBank![/FONT]
    [FONT="]—¿Cuál es la emergencia? —preguntó la serena voz de una mujer.[/FONT]
    [FONT="]—Aquí hay un chico que no parece encontrarse bien —contesté—. Ha vomitado sangre.[/FONT]
    [FONT="]El joven tiró de mi mano para atraer mi atención. Tenía los ojos entrecerrados y empañados por el dolor, y los labios terriblemente pálidos.[/FONT]
    [FONT="]—Es un… infarto… —articuló con dificultad.[/FONT]
    [FONT="]—Dice que es un infarto —repetí, a la vez que me le quedaba mirando con perplejidad. Aquel muchacho debía de tener más o menos mi misma edad… ¿Por qué le estaba dando un infarto?[/FONT]
    [FONT="]—Soy un… interno… de la… Clínica Nº 9 —dijo entonces él, en voz baja.[/FONT]
    [FONT="]—Dice que es un paciente interno de la Clínica Nº 9 —repetí yo.[/FONT]
    [FONT="]—Tengo… tengo… una placa… —continuó él, al tiempo que tanteaba con dedos temblorosos una fina cadena que le colgaba del cuello, hasta sacar de debajo de su camisa una pequeña placa plateada en la que se adivinaba el grabado de algún texto.[/FONT]
    [FONT="]—¿La Clínica Nº 9? —dijo la mujer al otro lado de la línea, con un tono en el que se adivinaba una cierta sorpresa—. Está bien: eso nos facilita mucho las cosas. No se preocupe, señorita; una ambulancia ya va de camino. Estará ahí en unos minutos.[/FONT]
    [FONT="]—Gracias… —repliqué, pero la línea ya se había cortado.[/FONT]
    [FONT="]En ese momento, el chico se tambaleó hacia delante, amenazando con caer del banco.[/FONT]
    [FONT="]Me apresuré a rodearle los hombros con un brazo y a sentarme a su lado. Él inclinó la cabeza y vomitó sobre el charco aún fresco que había ante él, que se extendió un poco más.[/FONT]
    [FONT="]El olor ácido del vómito, mezclado con el herrumbroso de la sangre, me dio arcadas, y me cubrí la boca y la nariz con la manga de la chaqueta.[/FONT]
    [FONT="]—La ambulancia ya está de camino —le dije.[/FONT]
    [FONT="]Él ladeó la cabeza y me contempló por el rabillo del ojo. Un hilillo de sangre y vómito le resbalaba por la barbilla y goteaba sobre su camisa blanca.[/FONT]
    [FONT="]—Gra… gracias… —dijo, con voz vacilante.[/FONT]
    [FONT="]Desvié la mirada y comencé a rebusqué en mi bolso hasta que encontré un pañuelo. Se lo tendí, y el chico se limpió los labios con una mano temblorosa.[/FONT]
    [FONT="]—¿Estás seguro de que es un infarto? —me atreví a preguntar.[/FONT]
    [FONT="]—No —respondió él, cerrando los ojos con cansancio—. Pero se… se le parece mucho. En cualquier caso… no es nada bueno.[/FONT]
    [FONT="]—Claro, claro… —asentí, lamentando la estupidez de la pregunta.[/FONT]
    [FONT="]—Duele… duele mucho… —añadió el chico, en un susurro apenas audible, mientras volvía a llevarse una mano al pecho.[/FONT]
    [FONT="]Cuando volvió a abrir los ojos y me buscó con la mirada, me di cuenta de lo terriblemente asustado que estaba. Mi propio miedo me había impedido percibirlo antes, pero en aquellos momentos, por el modo en que parecía querer aferrarse a mi presencia a su lado, a pesar de que no era más que una completa desconocida, fui plenamente consciente de que no quería quedarse solo.[/FONT]
    [FONT="]Al notar los temblores que comenzaban a agitar su cuerpo estreché la presa de mi brazo sobre sus hombros. Sin embargo, volví a relajar la presión inmediatamente, alarmada, cuando mis dedos se clavaron en una piel increíblemente fina, que apenas cubría los delgados huesos que componían sus hombros. ¡Aquel muchacho era, literalmente, un montón de piel y huesos![/FONT]
    [FONT="]—Disculpad, ¿va todo bien? —preguntó de pronto una voz por encima de mi cabeza.[/FONT]
    [FONT="]Alcé la mirada y vi a un policía, que se había detenido junto al banco y nos miraba con una expresión algo incómoda. Más allá de él pude ver un corrillo de gente que también miraba en nuestra dirección y cuchicheaba entre sí. Malditos cotillas morbosos…[/FONT]
    [FONT="]—A este chico le está dando un infarto… o algo parecido —respondí al policía—. Ya he llamado a una ambulancia, que debe de estar de camino…[/FONT]
    [FONT="]Como si hubiese estado esperando a que pronunciase aquellas palabras, en ese momento se empezó a escuchar el alarido de una sirena, y unas luces rojas y amarillas destellaron al final de la calle.[/FONT]
    [FONT="]—¡Oh, ahí está! ¡Llámela, por favor! —pedí.[/FONT]
    [FONT="]El policía se acercó al borde de la acera y comenzó a agitar los brazos en el aire. La ambulancia se aproximó a toda velocidad hacia nosotros.[/FONT]
    [FONT="]—La ambulancia ya está aquí —le dije al chico.[/FONT]
    [FONT="]Este había vuelto a cerrar los ojos y se había encorvado sobre la mano crispada sobre su pecho. Estaba mucho más pálido que antes, por muy imposible que aquello pareciera y, ante mis palabras, sólo soltó un gemido de dolor.[/FONT]
    [FONT="]Dos enfermeros bajaron de un salto de la ambulancia y corrieron hacia nosotros.[/FONT]
    [FONT="]—Este es el chico, ¿verdad? —inquirió uno de ellos—. ¿Dice ser un paciente interno de la Clínica Nº 9?[/FONT]
    [FONT="]—Sí —respondí—. También ha dicho que tiene una placa con algo escrito, en esa cadena que le cuelga del cuello…[/FONT]
    [FONT="]El otro enfermero desabrochó la susodicha cadena y lanzó una rápida mirada a la plaquita plateada. Después asintió con ademán serio.[/FONT]
    [FONT="]—Muy bien; será mejor que nos lo llevemos cuanto antes.[/FONT]
  • SalazarSalazar Anónimo s.XI
    editado mayo 2016
    [FONT="]Y, con una agilidad y facilidad que demostraba una gran práctica, los dos hombres cargaron en brazos al pálido joven y lo introdujeron en la ambulancia. Aunque, en realidad, uno solo de ellos habría bastado, ya que aquel muchacho era tan pequeño y delgado que no debía de pesar más que una pluma… y tampoco debía de ser mucho más resistente.[/FONT]
    [FONT="]Me puse en pie de un salto y corrí tras los enfermeros, pero logré reprimir el impulso que sentí de gritarles que tuvieran cuidado. Uno de los hombres me miró por el rabillo del ojo.[/FONT]
    [FONT="]—¿Viene con nosotros, señorita?[/FONT]
    [FONT="]Me detuve, dubitativa.[/FONT]
    [FONT="]—¿Tengo que hacerlo?[/FONT]
    [FONT="]—No lo sé. ¿Es usted familia o amiga del muchacho? —preguntó el enfermero, con cierta impaciencia.[/FONT]
    [FONT="]—No… No le conozco. Yo sólo he llamado a emergencias… —respondí.[/FONT]
    [FONT="]—Muy bien. Entonces, puede irse a casa.[/FONT]
    [FONT="]Y, sin entretenerse más, ambos hombres saltaron al interior de la ambulancia y condujeron calle abajo a toda velocidad, dispersando el tráfico con el aullido de la sirena y las parpadeantes luces.[/FONT]
    [FONT="]No supe cuánto tiempo permanecí inmóvil, contemplando el lugar por el que se habían marchado, hasta que el policía se acercó a mí y carraspeó educadamente.[/FONT]
    [FONT="]—¿Se encuentra bien, señorita? —preguntó.[/FONT]
    [FONT="]—Oh, sí… —respondí, asintiendo con la cabeza.[/FONT]
    [FONT="]—Bien —dijo él y, tras dedicarme una pequeña sonrisa, dio media vuelta y se alejó.[/FONT]
    [FONT="]Al pasar al lado del banco dio un amplio rodeo para evitar el charco de vómito, tras lo que cogió el comunicador portátil que llevaba en el cinturón y dijo algo en voz queda.[/FONT]
    [FONT="]Eché una última mirada por encima del hombro, hacia el lugar por el que había desaparecido la ambulancia y solté un leve suspiro. Yo también debería marcharme.[/FONT]
    [FONT="]Me acerqué al banco para recoger mi bolso, que antes había dejado caer al suelo (a una distancia prudencial del vómito), pero entonces reparé en algo que había sobre el banco, al otro lado del lugar donde el chico había estado sentado.[/FONT]
    [FONT="]Se trataba de una pila de cinco libros, sujetos con una cinta de cuero que llevaba el sello de la biblioteca pública.[/FONT]
    [FONT="]En cuanto me incliné sobre ellos para verlos mejor, el título del primer libro saltó hacia mis ojos como atraído por el imán del reconocimiento: El Castillo de Otranto, de Horace Walpole.[/FONT]
    [FONT="]Curiosa, me senté en el banco y coloqué la pila de libros en mi regazo. El olor a vómito seguía muy presente allí, pero estaba tan concentrada en los libros que apenas me percaté de ello.[/FONT]
    [FONT="]Deshice el nudo de la cinta y ojeé los otros títulos: Tarás Bulba, de Nikolái Gógol, El Golem, de Gustav Meyrink, una colección de relatos de Pushkin y… Alicia en el País de las Maravillas.[/FONT]
    [FONT="]Enarqué una ceja. Todos aquellos libros estaban plastificados y tenían el sello de la biblioteca en la primera de sus páginas, y el hecho de que estuvieran allí… significaba que aquel chico los había sacado en préstamo de la biblioteca.[/FONT]
    [FONT="]Dirigí una mirada escéptica a Alicia en el País de las Maravillas, y luego lo abrí para consultar la cartulina en la que se registraban los nombres de los usuarios que habían sacado aquel libro en préstamo. Era una suerte que muchas bibliotecas de Bielorrusia aún no se hubiesen decidido a adoptar el sistema de códigos de barras o la gestión informática que ya habían desplazado completamente el uso de cartulinas como aquellas en las bibliotecas occidentales. De este modo, sólo tuve que mirar el último nombre de la lista para averiguar el nombre del chico: Dimitri Vasilievich Shevchenko. [/FONT]
    [FONT="]El mismo nombre aparecía también en las cartulinas de registro de los otros libros.[/FONT]
    [FONT="]Tras ordenarlos todos en su posición original y atarlos con la cinta de cuero, me los quedé mirando en actitud meditabunda. La biblioteca estaba a la vuelta de la esquina: podía acercarme y devolverlos, pero…[/FONT]
    [FONT="]La fecha de préstamo era de aquel mismo día. El chico no debía de haber tenido tiempo de leer aquellos libros: seguramente, le había dado el “infarto” inmediatamente después de sacarlos de la biblioteca.[/FONT]
    [FONT="]Tamborileé con los dedos sobre la cubierta de El Castillo de Otranto y alcé la vista al cielo nublado, enmarcado por los irregulares tejados de los edificios. Consideré las otras opciones que tenía, sopesando el grado de estupidez que estaría demostrando si me decantaba por una u otra.[/FONT]
    [FONT="]Sin embargo, no tardé en volver a bajar la vista hasta la pila de volúmenes plastificados.[/FONT]
    [FONT="]«Clínica Nº 9… Eso fue lo que dijo, ¿no?».[/FONT]
    [FONT="]Podía intentar averiguar dónde se encontraba el hospital, y llevarle los libros el próximo día. Solté un suspiro de fastidio, pero mi decisión ya estaba tomada. Así que cogí los libros, los guardé en mi bolso y reemprendí el camino de regreso a casa.[/FONT]
    [FONT="]«Mañana promete ser un día interesante…».[/FONT]

    [FONT="][/FONT]
    [FONT="]***
    [/FONT]
  • SalazarSalazar Anónimo s.XI
    editado mayo 2016
    [FONT="]3º ARCO (2002)[/FONT]
    [FONT="]ANASTASIA[/FONT]
    [FONT="]PARTE II

    [/FONT]
    [FONT="]A pesar de hallarse en pleno centro de la ciudad, el hospital estaba rodeado de un muro de silencio y soledad que resultaba un tanto espeluznante. Alzándose como una gran y orgullosa seta blanca, el edificio dominaba desde las alturas una zona de destartalados almacenes y un sombrío parque, y la palidez sin mácula de sus paredes casi parecía hacerlo brillar en medio de aquel barrio de aspecto decadente.[/FONT]
    [FONT="]Habría pensado que me había equivocado de lugar, de no ser por las discretas letras negras que pendían sobre las puertas, y que comunicaban que, efectivamente, aquella era la Clínica Nº 9.[/FONT]
    [FONT="]Según la página web en la que me había informado, aquel hospital, aunque financiado por el estado, estaba dedicado exclusivamente al tratamiento de pacientes aquejados de “enfermedades poco comunes”, una expresión que en esta región de Bielorrusia se utiliza como sinónimo de “Chernóbil”. Eso explicaría el emplazamiento, extrañamente aislado a la vez que céntrico, del edificio, así como la calma y el silencio que lo envolvía, para nada similares al constante ajetreo que se esperaría alrededor de un hospital.[/FONT]
    [FONT="]Tomé aire y recoloqué la pila de libros que tenía apoyada contra la cadera. Ya no podía echarme atrás.[/FONT]
    [FONT="]Aseguré mi bicicleta a uno de las vallas que rodeaban el perímetro del hospital, con cadena y candado, y después me encaminé hacia el edificio.[/FONT]
    [FONT="]Las puertas automáticas se abrieron a mi paso, dejándome acceder a una amplia sala de recepción cuya absoluta blancura casi deslumbraba. Insegura, miré a mi alrededor. Había varias personas por allí, unas cuantas vestidas con ropa de calle, pero la gran mayoría llevaba el inmaculado uniforme de enfermero o las batas blancas de los médicos.[/FONT]
    [FONT="]Divisé entonces el mostrador de información al fondo de la estancia, entre las escaleras y los ascensores, y me dirigí hacia él y hacia las dos enfermeras que charlaban allí animadamente. Pensaba preguntar por el chico recurriendo al último nombre que aparecía en las fichas de préstamo de los libros y, si era necesario, explicar la situación.[/FONT]
    [FONT="]Pero no tuve ocasión siquiera de abrir la boca porque, en cuanto llegué al mostrador y las enfermeras se volvieron hacia mí, la expresión de una de ellas pasó bruscamente de una amable sonrisa a un gesto de profunda irritación.[/FONT]
    [FONT="]—¡Pero, ¿se puede saber qué haces otra vez fuera de tu habitación, condenado muchacho?! —me chilló.[/FONT]
    [FONT="]Yo retrocedí un paso, sorprendida.[/FONT]
    [FONT="]—¿Qué…? —fue todo lo que acerté a balbucear.[/FONT]
    [FONT="]La mujer, de complexión regordeta aunque robusta, se inclinó sobre el mostrador, escrutándome furiosamente con sus pequeños ojos azules. Sin embargo, su expresión no tardó en demudarse en una extrañeza y, luego, en otra de absoluto desconcierto.[/FONT]
    [FONT="]—Eh, espera un momento. Tú… ¡eres una chica! —exclamó, sorprendida.[/FONT]
    [FONT="]Fruncí el ceño, siendo ahora yo la que comenzaba a enfadarse.[/FONT]
    [FONT="]«¿Se puede saber qué clase de lecciones de anatomía os dan en la escuela de enfermería?», estuve a punto de inquirir mordazmente, pero entonces la otra enfermera también se inclinó sobre el mostrador.[/FONT]
    [FONT="]—¡Oh, tienes razón! ¡Se parece mucho a Dimitri! —dijo, contemplándome con sus grandes ojos castaños—. ¿Eres familia suya?[/FONT]
    [FONT="]Sacudí la cabeza, entre confusa e irritada.[/FONT]
    [FONT="]—No, yo… sólo llamé a la ambulancia. Ayer. Pero, cuando se marchó, me di cuenta de que se había dejado estos libros allí… —intenté explicarme, al tiempo que alzaba la pequeña pila de volúmenes ante mí—. Así que pensé…[/FONT]
    [FONT="]—¡Ah, los libros! —exclamó entonces la primera de las enfermeras, señalándolos como si se tratasen de algún artefacto diabólico—. ¡Ese mocoso lleva todo el día dándome la paliza a cuenta de sus dichosos libros! Menudo incordio… ¡Está medio drogado por la morfina, y aún así dice que se aburre![/FONT]
    [FONT="]—Bueno, al menos esta chica ha sido lo suficientemente amable como para traerlos hasta aquí, ¿no te parece? —comentó la otra enfermera, intentando calmar a su compañera.[/FONT]
    [FONT="]La corpulenta mujer me miró de arriba abajo, y luego volvió a clavar la vista en los libros.[/FONT]
    [FONT="]—Tienes razón… —admitió en un tono más sereno—. Te has tomado muchas molestias por ese insufrible, jovencita… Incluso has dicho que fuiste tú quien llamó a la ambulancia que fue a buscarlo ayer, ¿verdad?[/FONT]
    [FONT="]Asentí con la cabeza y coloqué el montón de libros sobre el mostrador.[/FONT]
    [FONT="]—Así es, pero no ha sido una molestia… —comencé, pero un agudo pitido cortó el resto de mis palabras.[/FONT]
    [FONT="]Todas a una, las tres nos volvimos hacia el panel numerado que había tras el mostrador. Una lucecita roja se había encendido debajo de uno de los números.[/FONT]
    [FONT="]—Es Svetlana otra vez —comentó la enfermera de ojos castaños, frunciendo el ceño—. Quizá deberíamos llamar a la doctora…[/FONT]
    [FONT="]—Iré a buscarla —dijo la mujer corpulenta, poniéndose en pie—. Nikolái también se ha estado quejando de un dolor de cabeza muy fuerte… Quizá la doctora debería hacer una visita al ala C… Ve tú con Svetlana.[/FONT]
    [FONT="]Las dos mujeres salieron de detrás del mostrador, y se dirigían ya hacia los ascensores con paso rápido cuando volvieron a reparar en mí.[/FONT]
    [FONT="]—Oh, cierto: los libros —comentó la enfermera regordeta, con fastidio—. ¿Podrías llevárselos tú a su habitación, jovencita? Como ves, nosotras estamos ahora un poco ocupadas…[/FONT]
    [FONT="]—Uh… está bien —accedí, reprimiendo un suspiro. A aquel punto, ¿qué más daba ya?[/FONT]
    [FONT="]—Muy bien: su habitación es la número doce de la sexta planta del ala B del edificio. Ahí tienes un plano —dijo, señalando la pared que quedaba junto a las escaleras—. Suerte… ¿o quizás debería desearte paciencia?[/FONT]
    [FONT="]Y, con una carcajada, la mujer desapareció tras las puertas del ascensor junto con su compañera, que esbozaba una sonrisa de disculpa.[/FONT]
    [FONT="]Sacudí la cabeza y, con una mueca de fastidio, volví al mostrador para recoger los libros. Después me acerqué a estudiar atentamente el plano que la enfermera me había señalado. Y, una vez que hube trazado con seguridad el recorrido que habría de seguir (sin riesgo a perderme en aquella sucesión de pasillos, habitaciones y salas de operaciones), tomé uno de los ascensores hasta la sexta planta.[/FONT]
    [FONT="]Al igual que en el vestíbulo de recepción, allí todo era de un blanco puro, que relucía entre los aromas del desinfectante y del éter. [/FONT]
    [FONT="]Tras un instante de vacilación, enfilé el pasillo orientado hacia el oeste, y que constituía el ala B del hospital. Este ancho corredor se bifurcaba pronto en dos pasillos más estrechos, que eran donde se ubicaban las habitaciones de los pacientes. La habitación número doce estaba situada justo en la curva del fondo del pasillo de la izquierda.[/FONT]
    [FONT="]En cuanto llegué ante la puerta, de un apagado tono gris, me di cuenta de que estaba terriblemente nerviosa. Maldije interiormente a aquellas enfermeras (especialmente a la regordeta), al tiempo que tomaba aire y pugnaba por calmarme. Simplemente iba a dejarle allí los libros y a marcharme cuanto antes; no esperaba intercambiar más que dos o tres palabras con él.[/FONT]
    [FONT="]Apretando la pila de volúmenes contra mi pecho, extendí una mano y llamé a la puerta. Se produjeron unos segundos de angustiosa espera, que se alargaron hasta un punto en el que comencé a preguntarme si de veras había alguien en aquella habitación. Pero entonces, una voz dubitativa, casi recelosa, inquirió desde el interior:[/FONT]
    [FONT="]—¿Quién es?[/FONT]
    [FONT="]Abrí la puerta y me quedé parada en el umbral.[/FONT]
    [FONT="]—Buenas tardes —saludé educadamente—. ¿Me recuerdas? Soy…[/FONT]
    [FONT="]—La chica de ayer, la que llamó a la ambulancia —terminó él mi frase, ladeando un poco la cabeza y estudiándome con fijeza.[/FONT]
    [FONT="]A pesar de que lo había visto el día anterior en un estado terriblemente demacrado y enfermo, su aspecto en esos momentos no dejó de sobresaltarme, e incluso inquietarme.[/FONT]
    [FONT="] [/FONT]
  • SalazarSalazar Anónimo s.XI
    editado junio 2016
    [FONT="]Tumbado en la cama, con la espalda apoyada contra varios almohadones, una vía de suero conectada al dorso de su mano derecha y sendas mangueras de oxígeno en los orificios de la nariz, el chico parecía tan frágil y carente de fuerza como una hierba mustia que ha sido arrancada de la tierra. Sus más mínimos gestos, e incluso la expresión de abierta curiosidad de su rostro… de ese rostro tan perturbadoramente familiar, delataban una extrema debilidad y cansancio que parecían capaces de imponerse en cualquier momento. Su piel, de un tono amarillento enfermizo, así como la extrema delgadez de sus brazos, las mejillas que se hundían en su rostro cadavérico y las profundas sombras que bordeaban sus ojos, no hacían sino incrementar la sensación de fragilidad que rezumaba su persona.[/FONT]
    [FONT="]Sin embargo, y a pesar de todo esto, en sus ojos de sombríos tonos verde grisáceos brillaba una extraña chispa de vitalidad febril que no casaba del todo con su débil cuerpo.[/FONT]
    [FONT="]—Sí, exacto —contesté entonces, quizá un poco tarde, a sus palabras.[/FONT]
    [FONT="]Iba a explicarle el motivo de mi presencia allí, pero entonces su mirada recayó en los libros que llevaba en brazos, y su expresión de desconfiado interés se convirtió en una de excitación.[/FONT]
    [FONT="]—¡Mis libros! —exclamó, al tiempo que se inclinaba hacia delante con cierta dificultad.[/FONT]
    [FONT="]—Eh… Sí, eso es. Los encontré en el banco en el que estabas, poco después de que la ambulancia de marchara —expliqué, al tiempo que entraba en la habitación y depositaba la pila de volúmenes a su lado, en la cama.[/FONT]
    [FONT="]Sus nerviosos dedos se lanzaron inmediatamente sobre ellos y desataron la cinta que los mantenía sujetos. Con un estremecimiento, aparté la mirada de sus manos, y de la aguja que tenía clavada en una de ellas.[/FONT]
    [FONT="]Mis ojos se encontraron entonces con los suyos, que volvían a estudiarme atentamente.[/FONT]
    [FONT="]—¿Los has visto? —preguntó, en un tono un tanto seco.[/FONT]
    [FONT="]Sabía a qué se debía su preocupación, desde luego, pero su actitud comenzaba a irritarme. ¿Es que ni siquiera tenía la decencia de decir un simple “gracias”?[/FONT]
    [FONT="]—Sí —contesté, y disfruté durante unos segundos de la consternación que se reflejó en su rostro, y que él se esforzó por ocultar—. Son todos muy buenos —añadí al cabo.[/FONT]
    [FONT="]Él me miró, entrecerrando los ojos.[/FONT]
    [FONT="]—¿Ya los habías leído? —inquirió.[/FONT]
    [FONT="]—Sí.[/FONT]
    [FONT="]—¿Todos?[/FONT]
    [FONT="]—Sí.[/FONT]
    [FONT="]Por algún motivo, aquella respuesta pareció irritarle, aunque intentó disimularlo. Sin embargo, pude detectar su enfado por el modo en el que sus labios se fruncieron, en un gesto que me resultó terriblemente familiar, y que no hizo sino realzar la sensación de intimidad que ya tenía con sus facciones en general.[/FONT]
    [FONT="]Una angustiosa inquietud me invadió, y sentí un incontrolable deseo de marcharme de allí y no volver nunca más. Sin embargo, me quedé donde estaba.[/FONT]
    [FONT="]—No solo me ayudaste ayer, sino que también te has tomado la molestia de de venir hasta aquí para traerme los libros —dijo él entonces, en voz baja e inclinando la cabeza. Su flequillo, demasiado largo, proyectó extrañas sombras sobre sus ojos—. Gracias por todo.[/FONT]
    [FONT="]Sacudí la cabeza, un poco azorada.[/FONT]
    [FONT="]—Oh, no ha sido nada… No es que tuviese nada mejor que hacer…[/FONT]
    [FONT="]Nuestras miradas volvieron a encontrarse y, aunque libres del flequillo, sus ojos seguían oscurecidos por una pesada sombra.[/FONT]
    [FONT="]—¿Sabes sí… nos hemos visto antes? —preguntó de pronto.[/FONT]
    [FONT="]Luché contra el vacío que se había abierto repentinamente en mi estómago, al tiempo que pensaba en una respuesta.[/FONT]
    [FONT="]—Eh… no lo sé. Quizás en la biblioteca —aventuré—. ¿Sueles ir mucho por ahí?[/FONT]
    [FONT="]Una mueca sarcástica curvó sus finos labios.[/FONT]
    [FONT="]—No mucho, la verdad… Son contados los días que puedo salir del hospital. Y ya has visto cuáles pueden ser las consecuencias.[/FONT]
    [FONT="]Sacudí la cabeza.[/FONT]
    [FONT="]—Si tu estado es tan grave… ¿por qué te arriesgas? ¿Por qué no le pides a alguien que vaya a la biblioteca por ti?[/FONT]
    [FONT="] Él desvió la mirada, y sus labios volvieron a fruncirse.[/FONT]
    [FONT="]—¿Alguien? ¿Quién? ¿Una de las enfermeras?[/FONT]
    [FONT="]—Bueno… quizás, no lo sé —dije—. ¿No tienes familia?[/FONT]
    [FONT="]—No —contestó con frialdad—.Bueno, supuestamente, mi padre vive en algún rincón de esta ciudad, pero nunca viene a verme. ¿Cómo esperas entonces que pueda pedirle que haga algo por mí?[/FONT]
    [FONT="]El resentimiento que rezumaban estas últimas palabras me golpeó con la fuerza de una bofetada y, de repente, aquel muchacho me pareció aún más frágil y desvalido de lo que su apariencia daba a entender.[/FONT]
    [FONT="]Busqué algo que decir, pero no se me ocurrió nada. Lo único que hice fue soltar un pequeño suspiro.[/FONT]
    [FONT="]Pensé entonces en sugerirle que podría ser yo quien lo ayudara. Ya tenía alguna idea sobre sus gustos literarios, así que me resultaría fácil seleccionar de la biblioteca los libros que podrían gustarle. Abrí la boca para decírselo, y así acabar con aquel incómodo silencio. Sin embargo, antes de que pudiera hacerlo, le asaltó un ataque de tos.[/FONT]
    [FONT="]Encorvándose hacia delante, el chico se llevó una mano al pecho con un gesto de dolor, mientras su frágil cuerpo se estremecía. Había cerrado los ojos, y su tez había palidecido alarmantemente. [/FONT]
    [FONT="]Asustada, di un par de pasos más en dirección a la cama y alargué una mano para sujetarlo, ya que amenazaba con caerse. Pero, antes de que pudiese tocarle, él levantó la cabeza, y la mirada que me lanzó fue suficiente advertencia.[/FONT]
    [FONT="]Dejé caer la mano a un costado y, simplemente, me quedé mirando cómo se le iba pasando el acceso.[/FONT]
    [FONT="]Con un gesto de agotamiento, el chico se reclinó contra los almohadones y, durante un par de minutos, se limitó a respirar entrecortadamente a través de los tubos de oxígeno. Yo permanecí inmóvil al pie de la cama, escuchando su rasposa respiración y observando su demacrado rostro, sintiendo una extraña opresión en el pecho.[/FONT]
    [FONT="]Finalmente, cuando se recuperó un poco, volvió a prestarme atención.[/FONT]
    [FONT="]—Gracias… por los libros —articuló con dificultad—. ¿Puedes… dejarlos allí… sobre la mesa?[/FONT]
    [FONT="]Asentí en silencio, mientras recogía los libros del borde de la cama y los colocaba donde me había dicho. Allí no podría alcanzarlos desde la cama, pero pensé que, en aquellos momentos, no le apetecería leer.[/FONT]
    [FONT="]—¿Le enseñaste… los libros a alguien del hospital… antes de venir aquí? —preguntó repentinamente, como si sólo entonces se le hubiese ocurrido la idea—. ¿A… alguna enfermera, quizá?[/FONT]
    [FONT="]—Oh… sí —respondí—. Hablé con dos enfermeras en el mostrador de recepción. Una de ellas fue la que me pidió que te trajese los libros personalmente.[/FONT]
    [FONT="]El chico parecía ahora seriamente preocupado.[/FONT]
    [FONT="]—¿Cómo eran… estas enfermeras?[/FONT]
    [FONT="]—Bueno, una era pequeña y delgada, de pelo y ojos oscuros. La otra era rubia, con el pelo muy corto, y algo… corpulenta…[/FONT]
    [FONT="]—Si por “corpulenta” quieres decir “gorda y rechoncha”… creo que sé a quién te refieres —dijo él, entrecerrando los ojos—. ¿También ella vio los libros?[/FONT]
    [FONT="]Suspiré.[/FONT]
    [FONT="]—Sí, vio la pila de libros, pero no se fijó en los títulos, tranquilo.[/FONT]
    [FONT="]Él se me quedó mirando unos instantes más, como si intentase descubrir alguna traza de mentira en mi expresión. Al cabo de unos instantes se relajó un poco.[/FONT]
    [FONT="]—Bien —dijo—. Ella es la única que me preocupa. Si se entera de que estoy leyendo Alicia en el País de las Maravillas… me amargará la existencia —concluyó, en tono dramático.[/FONT]
    [FONT="]—Ciertamente, no pareces caerle muy bien —comenté.[/FONT]
    [FONT="]Él frunció el ceño.[/FONT]
    [FONT="]—Sí… ya puedo imaginarme lo que te habrá dicho…[/FONT]
    [FONT="]Dejó la frase en el aire, como si quisiera añadir algo más, pero lo único que hizo fue apoyar la cabeza en los almohadones y cerrar los ojos.[/FONT]
  • SalazarSalazar Anónimo s.XI
    editado junio 2016
    [FONT="]—Lo siento… Te he estado reteniendo más de lo necesario —comentó—. Y no creo que te apetezca pasarte toda la tarde en un hospital… ¿A quién le gustaría?[/FONT]
    [FONT="]Sacudí la cabeza pero, como tenía los ojos cerrados, no pudo ver el gesto. Suspiré una vez más, mientras me recolocaba las asas del bolso sobre el hombro.[/FONT]
    [FONT="]—Necesitas descansar —dije, en voz baja—. Ayer sufriste un infarto, ¿no?[/FONT]
    [FONT="]—Ah, no: en realidad sólo fue un amago de infarto. No tuvieron que operarme ni nada.[/FONT]
    [FONT="]—Oh —dije simplemente, sin saber cómo evaluar aquel comentario—. Bueno, aún así, no quisiera seguir molestándote. Será mejor que me marche.[/FONT]
    [FONT="]Sin añadir nada más, eché a andar hacia la puerta.[/FONT]
    [FONT="]—¡Ah, espera! —llamó él de pronto.[/FONT]
    [FONT="]Me volví y le vi incorporarse un poco, con gran dificultad. Con un dedo tembloroso señaló un pequeño mueble que había junto a su cama.[/FONT]
    [FONT="]—En… en el primer cajón… —dijo.[/FONT]
    [FONT="]Me le quedé mirando unos instantes, asombrada a la par que angustiada al ver cómo el simple gesto de incorporarse lo había agotado. Después, en silencio, me acerqué al mueble y abrí el cajón que me había indicado. Allí, pulcramente doblado, estaba mi pañuelo.[/FONT]
    [FONT="]—Oh, vaya. Me había olvidado completamente —comenté, mientras lo cogía.[/FONT]
    [FONT="] —Lo han… lavado a conciencia… tranquila… —dijo el chico, volviendo a dejarse caer sobre los almohadones y mirándome con ojos entrecerrados por el cansancio.[/FONT]
    [FONT="]Reprimí el impulso de llevarme el pañuelo a la nariz para olisquearlo, y me limité a guardarlo en el bolsillo de la chaqueta.[/FONT]
    [FONT="]—Gracias —dije.[/FONT]
    [FONT="]Él asintió y se me quedó mirando, con la cabeza un poco ladeada. Debido a este nuevo ángulo, la cicatriz de su rostro resaltaba poderosamente en su hundida mejilla, y yo me encontré contemplándola con una especie de fascinado terror. Sentí la imperiosa necesidad de alzar una mano para palpar mi propia cicatriz, pero me contuve a tiempo.[/FONT]
    [FONT="]—Bueno… pues me marcho —dije.[/FONT]
    [FONT="]—Sí… adiós.[/FONT]
    [FONT="]Sin decir nada más, sin siquiera mirar atrás, salí de la habitación y cerré la puerta a mi espalda.[/FONT]
    [FONT="]El aire frío del desolado pasillo me ayudó a serenarme. Cerré los ojos e inspiré lentamente.[/FONT]
    [FONT="]«No importa», me dije. «Sea cual sea la razón oculta tras todas estas coincidencias… no importa. No volveré a poner un pie en este hospital… y, así, todo seguirá como siempre».[/FONT]
    [FONT="]Ya más tranquila, me separé de la puerta y abandoné el hospital.[/FONT]
  • SalazarSalazar Anónimo s.XI
    editado junio 2016
    [FONT="]3º ARCO (2003)[/FONT]
    [FONT="]ANASTASIA[/FONT]
    [FONT="] [/FONT]
    [FONT="]—Es una pena, ¿no crees?[/FONT]
    [FONT="]Con cierto sobresalto, me quité los auriculares y me volví hacia el origen de aquella voz.[/FONT]
    [FONT="]Había una mujer joven justo detrás de mí, sonriéndome con un gesto demasiado afilado y frío como para considerarlo amable. Llevaba el pelo, largo y de color castaño claro, recogido en una coleta a un lado de la cabeza, y sus extraños ojos violeta me contemplaban con una febril atención que resultaba verdaderamente inquietante. Sin embargo, lo más llamativo de su apariencia era la blanca bata científica que vestía, y que la hacía parecer terriblemente fuera de lugar en medio de la homogénea multitud reunida en el andén.[/FONT]
    [FONT="]—¿Disculpe? —inquirí con cautela, aunque tuve que alzar un poco la voz para que me escuchara por encima del ruido del tren que se acercaba desde los sombríos túneles.[/FONT]
    [FONT="]—Digo que es una pena —repitió la desconocida, ensanchando su sonrisa—. Es una pena que todo tenga que acabar así, y aquí.[/FONT]
    [FONT="]Me incliné un poco hacia delante, intentando oír sus débiles palabras pese al estruendo del tren.[/FONT]
    [FONT="]—No la entiendo, señorita. ¿A qué se refiere? ¿Qué es lo que tiene que acabar?[/FONT]
    [FONT="]Ella soltó una risita y, como si me estuviera siguiendo el juego, también se inclinó hacia delante, hasta que nuestras caras casi se tocaron.[/FONT]
    [FONT="]—Lo siento mucho, Anastasia. No quiero hacer esto, de veras —susurró—. Pero es la única solución.[/FONT]
    [FONT="]Con sus últimas palabras, que casi fueron engullidas por el rugido del tren, la mujer lanzó una mano hacia delante y me golpeó en el centro del pecho.[/FONT]
    [FONT="]Me tambaleé hacia atrás, mis pies resbalaron en el borde del andén y caí hacia las vías. El ruido del tren me ensordeció, y la luz de sus faros me deslumbró.[/FONT]
    [FONT="]Ni siquiera tuve tiempo de gritar antes de que el mundo desapareciera en una brutal embestida de súbita oscuridad.[/FONT]
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