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Oliver y la plomería

Oliver TinoOliver Tino Pedro Abad s.XII
editado marzo 2016 en Erótica
Oliver y la plomería

Sí, alguna vez trabajé como plomero. Miles son las formas que cobra la supervivencia, y a veces hay que ser caradura para ganarse lo necesario. Me dedicaba a la plomería “amateur”, quiero decir, sin título habilitante. Nunca nadie me pidió que le mostrara credenciales, tal vez porque nunca dejé de hacer bien mi trabajo. En fin, éste era un oficio de puertas adentro, no había manera de que los clientes me llevaran sus caños hasta mi casa, lo que propiciaba el muy estimulante ejercicio de penetrar la intimidad de los extraños, incluso hasta ese reducto que es el cubo mágico de la privacidad burguesa: el baño, donde el agua profana fluye en diferentes formas e intensidades.
Esa mañana, recuerdo, toqué el timbre en el tercer piso de un edificio antiguo del barrio de Caballito. Era una construcción de cuatro pisos, con acceso por escalera, de ésas de fines del siglo XIX que han sido recicladas por fuera, pero que por dentro tanto sus caños como sus cables se mantienen originales. Me vino a abrir una cuarentona en salida de baño y con el pelo mojado. Era la esposa del tipo que me había telefoneado la noche anterior gracias a un cartel que yo había pegado por toda la cuadra promocionando mis servicios. El hombre, ahora ausente, me llamaba porque se le había roto el caño de desagote de la bacha de la cocina, nada urgente, pero necesitaba la pileta funcionando para el día siguiente, sábado. Era el cumpleaños de su esposa y harían una fiesta en el departamento, me confió. Le dije que a la mañana siguiente me haría “un huequito en mi agenda” (¡mentira, tenía cero clientes y toda la mañana libre!) e iría a visitarlo a primera hora, es decir, a eso de la diez, pues nunca me gustó madrugar (esto último no se lo dije). Y ahí estaba, con la caja metálica de herramientas en una mano, en un palier reciclado, frente a una mujer envuelta en su bata blanca. “Adelante Oliver ―me dijo abriendo más la puerta― y disculpemé que lo atienda así, pero tengo una reunión en el microcentro en una hora. Venga que le muestro”.
La seguí. En pocos pasos estuvimos en la cocinita. Los platos sucios de la última cena se apilaban sobre la mesada, y las puertas del bajo mesada estaban abiertas, mostrando los estragos que el agua grasosa había ocasionado dentro del mueble. Al sifón de plástico se le había desprendido la ¿arandela? que lo retenía al caño de desagüe. Me agaché junto a las portezuelas y empecé a sacar las herramientas. La mujer, ahí parada, con las manos enlazadas y un poco encorvada, me miraba hacer. Le pregunté si no tenía un trapo rejilla, así iba limpiando la suciedad y podía trabajar más cómodo. Ella se estiró para alcanzar un repasador que colgaba de un ganchito adherido a los azulejos, y en el acercamiento me rozó la cara con su salida de baño (olía a suavizante para ropa). Me lo entregó, y se quedó allí, casi encima de mí, sin darse cuenta de que me estorbaba. Yo limpié el piso del bajo mesada, luego me puse de espaldas y me zambullí cual mecánico dentro del mueble. Había que reemplazar la arandela (¿se llamará así?, era mi primer trabajo como plomero) que unía el sifón con el caño. Ahora podía sentir y ver a la dueña de casa delante de mi cara, con sus pies casi entre mis piernas abiertas. Agarré la llave stillson y, un segundo antes de ponerme a arreglar el problema, le eché una mirada molesta. Es que su cinturón, poco ajustado, estaba dejando que la bata se le abriera, despejando centímetro a centímetro el seno de los pechos (también conocido como el “Paso de Uspallata”) cual telón de teatro para adultos. Además de encimosa, ahora me incomodaba ver que la cuarentona ni se molestaba por cerrarse la bata. Imagínense: La mía era una visión en contrapicado, muy sugestiva desde la cueva penumbrosa del bajo mesada. Resultaba difícil concentrarse. Amagué dos veces con empezar a enroscar la arandela, y a cada intento lo interrumpí con una mirada molesta. Como la mujer no entendía sutilezas finalmente le dije “por favor señora, necesito más espacio”. Tardó unos segundos en entender. Luego me dijo “aprovecho para cambiarme”, dio media vuelta y salió de la cocina con una carrerita adolescente.
Terminé el trabajo en quince minutos, hice las pruebas de rigor, volví a limpiar el agua grasosa, guardé mis herramientas y me quedé ahí, de pie, esperando a que regresara la dueña de casa. Me tenía que pagar. Cuando me cansé, avancé por un pasillo hasta una puerta que estaba entornada. Por el resquicio y, gracias al reflejo de un espejo de pie, la pude ver sentada en la cama matrimonial, encremándose el cuerpo desnudo. Me volví a la cocina. Diez minutos después la ansiedad me ganó y volví. Esta vez golpeé con un solo nudillo la puerta del dormitorio, que se abrió un palmo más. Por esa lonja de luz la mujer asomó la cabeza. “Señora, ya terminé”. “Espere Oliver, que mi marido quería que le viera algo más”, me dijo, y volvió a perderse, esta vez cerrando la puerta del todo. Emergió más pronto de lo que me imaginaba con un vestido floreado, de verano, y sin corpiño a la vista. Se sacudía el pelo húmedo y, con ellos, sus dos portentosos pechos le seguían el juego. Sin decirme nada avanzó hasta el final del pasillito y abrió la puerta del baño. Encendió la luz y mirando la canilla goteante del lavabo me preguntó: “¿Lo demora mucho cambiarle el cuerito?”.
Esta vez la cuarentona se fue y me dejó solo. Para mayor aislamiento, me encerré en el bañito, cosa de que si ella iba o venía por el pasillo no me entretuviera con su vestido casi translúcido. Mientras volvía a sacar las herramientas, me puse a buscar la llave de paso para cortar el agua. Elevé la vista y, colgando del parante de la cortina de la ducha, lo primero que divisé fue una tanga. Negra, diminuta pero fina, de esas caras, con volados y flores bordadas en el triangulito frontal. La palpeé. Estaba húmeda. La descolgué y la olí. Tenía el aroma del jabón de tocador que descansaba en la jabonera. Me fijé en la etiqueta, era de primera marca, de la más codiciada por los fetichistas. ¿Descuido o más provocación? No importaba, la cosa es que tuve ganas... Pero primero lo primero, que hay que parar la olla, como decía mi abuela. Me puse a cambiarle el cuerito a la canilla.
Cuando terminé y salí del baño, avancé por el pasillo hasta la cocinita, buscándola. Me detuve en el marco de la puerta. Allí estaba la cuarentona, la encontré con medio cuerpo dentro del horno. Carraspeé y ella emergió enseguida de la otra cueva doméstica. “Listo”, dije, y agregué de sopetón: “ciento setenta más ochenta, son doscientos cincuenta pesos, señora”. Ella se contrarió por mi falta de caballerosidad; que le tirara el precio del trabajo así, sin siquiera un comentario cordial antes de irme... Yo también me sorprendí por lo cortante que había sido, porque suelo comportarme con maneras más gentiles. Pero la verdad era que algo me incomodaba... Me dijo “ya le traigo la plata”. Salió de la cocina (tuve que correrme del hueco de la puerta), se encerró en el dormitorio y enseguida salió trayendo tres billetes bien separados entre sí. Los agarré, me los guardé en el bolsillo de la camisa, agradecí y me encaminé hacia la puerta de salida. Ella me siguió en silencio. Me despedí en el palier y me apuré a bajar las escaleras sin mirar para atrás. En el ejercicio de los escalones, me pregunté cómo hacían las mujeres para soportar una tira de tela metida dentro de la raja del culo durante todo el día. Era tremendamente molesto. Hacía mucho que no practicaba el fetichismo, y jamás el robo con tales fines. En casa aún guardaba los trofeos de guerra que les había comprado a mis amantes ocasionales, un segundo antes de que se empezaran a vestir para abandonar la pieza de hotel. Pero eran eso, trofeos para, muy de vez en cuando, mirar, tocar y oler. Nada más. Era la primera vez que me robaba una bombacha, y también que vestía una. No me imaginé que las tangas además de sexis podían ser tan... invasivas. Volví a casa urgido por la incomodidad de sacármela de una vez y colgarla en el altar de mis fetiches.
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