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Oliver y la diplomacia

Oliver TinoOliver Tino Pedro Abad s.XII
editado marzo 2016 en Taller de Prosa
Oliver y la diplomacia

La humillación también es una forma de estar-en-el-mundo, dear Martin. Vean si no.
Ese sábado, cuando toqué timbre en el petit hotel donde trabajaba, a las ocho en punto, como todas las semanas, mi patrona tardó bastante más tiempo en venir que lo usual. Abrió de repente y asomó todo el cuerpo a la claridad del día, y yo casi exploté en una risotada: la sexagenaria llevaba puesto un ridículo babydoll blanco. Con los pelos canosos revueltos y la cara más arrugada que nunca, el escracho ambulante parecía que se demoraba a propósito, ahí apoyada contra el marco de nogal, para que la vieran los que pasaban por la vereda. “Me acosté tarde anoche ―me dijo como excusa―, arranque Oliver nomás, que yo me arreglo un poco y lo ayudo”, y se encerró en el baño. Verla avanzar de espaldas por el zaguán, esos muslos escuálidos repletos de estrías, las nalgas devastadas... Brrrr digo de solo recordarlo. Es que eran años difíciles, y para ganarme unos pesos había aceptado la propuesta de una viuda ricachona, de las muchas que hay por Recoleta, para que le hiciera las veces de mucamo, “pibe” de los mandados y mayordomo todo terreno en las ocasiones en que la dueña de casa organizaba fiestas en su caserón de estilo francés. Por cierto, no era nada lindo disfrazarse de pingüino y tener que andar haciendo reverencias frente a cada vieja pitucona que tocaba el timbre, pero a veces no queda más remedio que ponerse a trabajar... Ese sábado casualmente era un día de fiesta, así que me quedaría en la casa hasta la madrugada, cuando ya se hubiera ido el último invitado.
Fui, por hábito nomás, hacia el dormitorio. Lo primero que hice fue sacar las sábanas para llevarlas al lavadero, así aprovechaba todo el sol de la terraza desde bien temprano. Al levantarlas en un revoltijo se cayó al piso una cosa oblonga, de plástico transparente, con un cable que todavía seguía enchufado al tomacorriente que había detrás de la mesa de luz. Cuando en mi mente terminé de decodificar la palabra “vibrador” apareció la vieja en la puerta y me ordenó que empezara por la cocina, que ella tenía cosas que hacer allí. Dejé las sábanas y salí en silencio. El escracho cerró la puerta del cuarto detrás de mí. Me dediqué a lavar las ollas y los platos que llenaban la pileta de la mesada. La noche anterior había recibido invitados, eso era indudable, pero no me había llamado para que la sirviera. Había sido algo íntimo, al parecer, porque la vajilla de plata y el juego de mantelería importada seguían prolijamente guardados en la alacena de la cocina, listos para usarse a la noche. La mugre mayor estaba en la mesa de la galería, podía verlo por la ventana que daba al jardín. Platos y vasos apilados, sánguches de miga tirados por el piso, sillas volcadas, ceniceros llenos... Parecía que la jovata se había descontrolado en una partuza para unos pocos. Y pensar que esta noche venía el embajador de Colombia... Ella me lo había dicho el fin de semana pasado. “Por favor Oliver, nunca tuve a un embajador cenando en casa. Todo va a tener que estar per-fec-to. Si algo falla, no me lo voy a perdonar nunca”. Como para no meterme presión...
Estuve como dos horas limpiando la cocina y el desastre de la galería. De las otras habitaciones venía un silencio mortal, y me imaginé que la vieja estaría durmiendo, tal vez abrazada a su nuevo camarada el señor Oblongo. A falta de nuevas órdenes, y para que mi patrona no me descubriera ocioso, arranqué con el salón comedor, donde transcurriría la velada y donde el menor detalle de higiene era la prueba de fuego para que comensales como el diplomático esparciera por allí buenas referencias de la viuda de Blinder. A eso de las dos apareció la patrona. Con la salida de cama y en ojotas, me encontró repasando la vajilla. Me preguntó cómo marchaba todo, mientras se encargaba de revisar los cielorrasos en busca de telas de araña. “Fíjese Oliver allá arriba, me parece que cuelga una telita”, me dijo señalando con un índice un esquinero del salón. Yo no veía nada, pero para que me dejara trabajar tranquilo fui a buscar el plumero con el palo extensor y lo pasé todo a lo largo. Al terminar salí a buscarla por el caserón, pero otra vez había desaparecido. Fui a su dormitorio y golpeé. La jovata asomó la cabeza con cara de pocos amigos. “¿Hago el dormitorio, señora?”. “No Oliver, por hoy me encargo yo. Limpie los baños y fíjese que no falte nada para la noche”, me dijo. Respondí “muy bien señora” y ya no me molesté en pedirle órdenes. A las cinco salí a hacer las compras. Quedaba poco papel higiénico y no fuera cosa que su excelencia tuviera que retirarse con paso incómodo y un rictus de disgusto... Como la vieja seguía encerrada, agarré plata de su monederito y fui hasta el supermercado.
Cerca de las seis, y sin nuevas órdenes, empecé a poner la mesa. Quince selectos comensales. Sin niños ni mascotas, claro. Mantel y servilletas de seda, cubiertos de plata, copas de cristal. El menú sería bien criollo: carne, mucha carne, costillares de vaca pampeana. No sé qué negocios se propondría hacer la vieja codeándose con esta gente del ambiente de la diplomacia. Yo no conocía los detalles del protocolo para montar una mesa imperial. No era un RRPP ni un mayordomo de escuela. Hice todo solo y como pude, según mi sentido común de tipo de clase media que se la rebuscaba como podía. Hubiera contratado a un profesional, me dije, si no quiere correr riesgos. O por lo menos hubiera venido a controlarme, en vez de dejarme solo. Ya bastante triste era para mí tener que andar encorvándome frente a esa gente. Terminé de preparar la mesa y fui a buscar mi bolso para irme a duchar. A las ocho y media empezarían a caer los primeros invitados. En ese momento sonó el timbre. Fui a atender. Era la florería que traía los arreglos. Ni me molesté en ir a golpearle la puerta a la jovata, pagué con su tarjeta de crédito imitándole la firma (no era la primera vez que lo hacía). Preparé los floreros con la misma intuición con que acomodé los cubiertos, porque tampoco sabía nada de arreglos florales. Los distribuí entre el salón comedor y el living de recepción. Después sí, recuperé mi bolso y ya empezaba a cruzar el jardín hacia el bañito del fondo, cuando otra vez sonó el timbre. Era el servicio de catering. Tres empleados bajaron de una furgoneta varias mesas rodantes. Les indiqué que dejaran todo en el living. ¿Qué estaría haciendo la vieja todo el día encerrada en su habitación?, no podía dormir tanto. Ahora sí, me fui a duchar sin más demora.
Mientras me vestía creí escuchar voces. Al volver a la casa, ya disfrazado de pingüino, encontré a la patrona que, vestida de gala, charlaba en la cocina con un vejete pitucón cuyo frac me hacía competencia. ¿Lo había recibido ella o estaría escondido adentro del placard desde la noche anterior?, porque al timbre yo no lo escuché. Me pareció que la patrona se molestó por mi aparición. Antes de dejarme solo en la cocina se sirvieron champaña de una botella y salieron con sus copas, entre risitas y guiños de inteligencia. Enseguida empezaron a caer los invitados. Al abrir, yo debía anunciarlos con voz firme y estentórea, para que la dueña de casa viniera a recibirlos al descansillo. El diputado Sánchez, el empresario funebrero Piazza, una condesa polaca que ya no recuerdo su nombre, la viuda del escribano Costa & Costa... Me entregaban sus costosos abrigos y yo los llevaba a la habitación de la jovata, porque la casa no tenía guardarropas. La cama matrimonial iba ganando en altura en una pila de tapados de pieles sintéticas.

Comentarios

  • Oliver TinoOliver Tino Pedro Abad s.XII
    editado marzo 2016
    Oliver y la diplomacia (final)


    Al último, como es de esperarse de la estrella de la velada, llegó el embajador caliqueño. El coche oficial estacionó frente a la mansión y su chofer le fue a abrir la puerta trasera. El morochón tenía los bigotes de Valderrama y los ojitos picarones de García Márquez. Lo presenté como “su excelencia” más un apellido doble que ya no recuerdo. Lo hice impostando la voz lo mejor que pude para darle la solemnidad profesional que se esperaba para tal recepción. Apareció la anfitriona todo luces y sonrisas y saludó al colombiano con tantos acaramelamientos que si el tipo sufría de diabetes moría allí mismo de un ataque de hiperglucemia. Terminado el recibimiento, el embajador se sacó el sobretodo y la vieja me ordenó (cosa que era obvio, para eso estaba ahí parado como muñequito de torta): “Oliver, lleve el abrigo de su excelencia al guardarropas”. No había tal cuarto en la casa, como ya he dicho, pero a la dueña de casa esa carencia arquitectónica le parecería una aberración. Asentí, recibí el pesado sobretodo de manos del doctor, que sonreía con un aire picarón, como adivinando mi impericia de mayordomo improvisado. Hice una reverencia y desaparecí enseguida.
    La cena transcurrió sin mayores problemas. Yo era la única cara del servicio doméstico, así que aparecí varias veces por el salón empujando carritos de metal con bandejas y vinos. Todo el tiempo me preguntaba si estaba comportándome como el protocolo de la etiqueta lo requería, y antes de destapar una fuente o de servir una copa levantaba la vista buscando la aprobación de la jovata, pero ella, en la cabecera de la mesa, estaba muy ocupada alagando al diplomático y, seguramente, contándole sobre sus proyectos de inversión en una agencia de turismo internacional. El caliqueño, cada vez que me veía aparecer, reponía en su cara la sonrisita de inteligencia: “Tú no eres de por aquí, chico”.
    Fue el primero en irse. Cuando se levantó de su silla los demás comensales lo imitaron, dejando en claro que todos allí estaban pendientes de sus movimientos. Yo, de pie en un rincón de la sala, miraba sin mirar, como un robot listo a reaccionar ante el más mínimo estímulo. La señal me llegó cuando la vieja me dirigió una mirada. Me apresuré a buscarle el abrigo al dormitorio, no fuera cosa que el diplomático y empresario descubriera que la arquitectura de ese petit hotel del siglo diecinueve no tenía guardarropas... Como había sido el último en llegar, su prenda estaba en la cima de la montaña (¿cuántos miles de pesos habría en ropa allí?). Mientras lo levantaba con todo cuidado para evitar que se arrugara, vi algo que se asomaba de debajo de la almohada: Mister Oblongo. Fue pensarlo y hacerlo. Volví al descansillo de la puerta de calle justo a tiempo para extenderle el abrigo bien abierto para que su excelencia se lo pusiera sin dejar de prestarle atención a las alabanzas de la vieja. Lo despidió al borde de la vereda, mientras el chofer oficial de la embajada le abría la puerta del Mercedes con vidrios blindados, supuse. Más atrás, eclipsado por la figura escuálida de mi empleadora, yo aguardaba en postura solícita (un poco encorvado, los brazos abiertos, los ojos dirigidos hacia el suelo, lo había visto en una película). Mi cara (aunque a nadie le importara, porque yo era invisible para esa gente) parecería denotar una mente vacía. Y sin embargo yo no podía dejar de pensar en el caliqueño, cuando llegara a su sede diplomática y descubriera, esa noche o cualquier otro día, quizá la próxima vez en que debiera concurrir a otra velada, un objeto alargado, inconfundible en su uso, durmiendo en el fondo del bolsillo de su sobretodo.
  • YitzjakYitzjak Pedro Abad s.XII
    editado marzo 2016
    Aún no he leído la parte final, pero, permítame preguntarle, señor Oliver. ¿Es usted admirador de Julio Cortázar? ¿Particularmente de su obra "Rayuela"? (y las preguntas no son maliciosas, descuide).
  • Oliver TinoOliver Tino Pedro Abad s.XII
    editado marzo 2016
    Yitzjak escribió : »
    Aún no he leído la parte final, pero, permítame preguntarle, señor Oliver. ¿Es usted admirador de Julio Cortázar? ¿Particularmente de su obra "Rayuela"? (y las preguntas no son maliciosas, descuide).

    Pero por favor, Yitzjak, cómo voy a pensar maliciosamente de usted... Le diré que sí, que el humor "desenfadado" de Cortázar andará por allí, pero un tanto más habrá de esos autores que practican la parodia y el humor ácido como analgésico contra el sinsentido. Este cuento me suena más a Alberto Laiseca que a Rayuela, le diré.

    Saludos
  • YitzjakYitzjak Pedro Abad s.XII
    editado marzo 2016
    Jajajaja. Ya lo leí completo. Está muy bien.


    He leído muchos que quieren escribir con este mismo estilo, pero terminan haciendo algo que me genera rechazo y no los leo completos. Sobre todo, en escritores adolescentes o post-adolescentes. Este texto, en cambio, me resulta legible y divertido. Tendré que leer el otro relato que publicaste, pero me da la impresión de que ya esto puede soportar algo más "grueso", digámoslo así, como varios cuentos encadenados o hasta una noveleta.


    Así que, bueno, nos seguimos leyendo, amigo Oliver. Un abrazo.
  • Oliver TinoOliver Tino Pedro Abad s.XII
    editado marzo 2016
    Yitzjak escribió : »
    Jajajaja. Ya lo leí completo. Está muy bien.
    He leído muchos que quieren escribir con este mismo estilo, pero terminan haciendo algo que me genera rechazo y no los leo completos. Sobre todo, en escritores adolescentes o post-adolescentes. Este texto, en cambio, me resulta legible y divertido. Tendré que leer el otro relato que publicaste, pero me da la impresión de que ya esto puede soportar algo más "grueso", digámoslo así, como varios cuentos encadenados o hasta una noveleta.
    Así que, bueno, nos seguimos leyendo, amigo Oliver. Un abrazo.

    Muy amable Issac. Yo considero que cierto tono irónico o sarcástico como variante del humorismo, cierta provocación con aristas eróticas, no es privativo de un público adolescente. No creo en literaturas para determinadas edades, de hecho se dice que Cortázar es un escritor para leer en la adolescencia, como si lo suyo no fuera serio, lo cual lo desmerece absolutamente.
    Sí, los últimos cuatro o cinco cuentos que posteé y que tienen como protagonista a Oliver Tino (Oh libertino...) llevan esa misma impronta erótica-provocadora, digamos, formando un continuo de tono. Pero los pensé para el foro nomás, no me parece que se merezcan el destino de papel.

    Saludos y agradecido por tus comentarios.
  • YitzjakYitzjak Pedro Abad s.XII
    editado marzo 2016
    ¿Qué tal, Oliver? Si te fijas bien en lo que escribí, nunca dije que ese estilo literario fuera privativo; use la expresión "sobre todo", que, a mi entender, significa la mayor parte de algo o la mayoría en un conjunto de individuos, y no la totalidad. Además, no me refiero al "tono irónico o sarcástico como variante del humorismo, cierta provocación con aristas eróticas" en general. Estoy hablando, específicamente, del estilo literario que leo en tu texto y que relaciono con Cortázar, ya que hay muchos estilos diferentes para emplear la ironía o el sarcasmo.


    Ahora, con respecto a las edades, yo sí considero que hay literaturas que se han escrito, especialmente, para un determinado público, a pesar de que la mejor literatura es para todas las edades. Porque, a mi parecer, solo los mejores libros o los que son muy buenos, cumplen con esa lecturabilidad. De lo contrario, a un niño no le interesaría leer algún texto hiper aburrido que ha sido escrito para adultos (no doy ejemplos para no descalificar a nadie), de la misma forma en que a un adulto no le interesaría leer algún libro que haya sido escrito expresamente para niños y que no sea tan bueno. Ahora bien, si hablamos de El principito, por ejemplo, este sería un excelente libro para cualquier edad. Pero, en mi opinión, ese no es el caso de Cortázar. Yo disfruté mucho leer Rayuela y muchos de sus cuentos en otro tiempo, y por eso considero que es un autor muy especial para mí. Ahora, la verdad es que me produce demasiado fastidio leer aunque sea una página; prefiero a otros autores, y creo que es la concepción general de sus lectores.


    Y por cierto, que algún autor escriba para adolescentes (y no estoy hablando de Cortázar), no significa que su escritura no sea seria, en mi opinión.


    Y en fin, volviendo al texto, me parece muy apropiado lo que dices, que lo has concebido para el foro y nada más, pero considero que sí puedes desarrollarte más.


    Un saludo.
  • Oliver TinoOliver Tino Pedro Abad s.XII
    editado marzo 2016
    Yitzjak escribió : »
    ¿Qué tal, Oliver? Si te fijas bien en lo que escribí, nunca dije que ese estilo literario fuera privativo; use la expresión "sobre todo", que, a mi entender, significa la mayor parte de algo o la mayoría en un conjunto de individuos, y no la totalidad. Además, no me refiero al "tono irónico o sarcástico como variante del humorismo, cierta provocación con aristas eróticas" en general. Estoy hablando, específicamente, del estilo literario que leo en tu texto y que relaciono con Cortázar, ya que hay muchos estilos diferentes para emplear la ironía o el sarcasmo.
    Entendido, yo interpreté que tu rechazo a este estilo literario de mi texto (creo que hablar de estilo es demasiado, solamente los grandes escritores lo consiguen y en mi humilde caso es más bien un tono) tenía que ver con una intención marketinera de escribir para un determinado público adolescente. Por supuesto que no hay nada de eso.
    Yitzjak escribió : »
    Ahora, con respecto a las edades, yo sí considero que hay literaturas que se han escrito, especialmente, para un determinado público, a pesar de que la mejor literatura es para todas las edades. Porque, a mi parecer, solo los mejores libros o los que son muy buenos, cumplen con esa lecturabilidad. De lo contrario, a un niño no le interesaría leer algún texto hiper aburrido que ha sido escrito para adultos (no doy ejemplos para no descalificar a nadie), de la misma forma en que a un adulto no le interesaría leer algún libro que haya sido escrito expresamente para niños y que no sea tan bueno. Ahora bien, si hablamos de El principito, por ejemplo, este sería un excelente libro para cualquier edad. Pero, en mi opinión, ese no es el caso de Cortázar. Yo disfruté mucho leer Rayuela y muchos de sus cuentos en otro tiempo, y por eso considero que es un autor muy especial para mí. Ahora, la verdad es que me produce demasiado fastidio leer aunque sea una página; prefiero a otros autores, y creo que es la concepción general de sus lectores.
    Lo que yo rechazo de escribir para un determinado público es la actitud mercantil de publicar para querer acaparar un determinado "nicho de mercado", para usar la jerga marketinera. Esto desvaloriza toda actitud genuina y honesta de un artista.
    Esto visto del lado del escritor, vista del lado de la industria editorial obviamente se puede esperar cualquier actitud, puesto que son hombre de negocio y sólo les importa vender.
    Yitzjak escribió : »
    Y por cierto, que algún autor escriba para adolescentes (y no estoy hablando de Cortázar), no significa que su escritura no sea seria, en mi opinión.
    Te repito lo de más arriba: no es un gesto condenable, muchos lo hacen y muy bien, con los años consiguieron cosas tan positivas como, por ejemplo, renovar el aburrido cannon escolar, haciendo que los chicos en las escuelas puedan leer textos mucho más atractivos que, por caso, los ladrillos que me tiraron por la cabeza a mí (Funteovejuna, recuerdo). Lo que a mí me parece poco honesto de quien se piense a sí mismo como artista, es escribir con mentalidad de mercader (de los tantos que hay), es decir pensando prioritariamente en acaparar un público (concebido éste como "nicho de mercado").
    [/QUOTE]
    Yitzjak escribió : »
    Y en fin, volviendo al texto, me parece muy apropiado lo que dices, que lo has concebido para el foro y nada más, pero considero que sí puedes desarrollarte más.
    Un saludo.
    Claro que sí, pero ese desarrollo lo tengo puesto en terminar un libro de cuentos que, espero, ojalá, pueda darle destino de papel.

    Un saludo cordial.
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