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Relato; Una historia del Congo, de nuevo

greegre68greegre68 Anónimo s.XI
editado febrero 2016 en Humorística
Curioseando por internet me encontré con esta foto, al verla se me ocurrió un relato corto de humor sobre la historia que podía llevar detrás. La titulé UNA HISTORIA DEL CONGO, espero que os guste

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Dios, cada vez que veo esta foto un montón de recuerdos pasan por mi cabeza.
Aún recuerdo cuando aquel extranjero llegó a la tribu, tan blanquito él.
“Este quiere vendernos algo” nos dijimos.
Pero no, muy al contrario, nos vino con regalos por delante. Un porteador que llevaba, de nombre Mb’ongo, cargaba entre otros enseres con un bulto que nos desveló un montón de bonitas piedras brillantes, collares de cuentas de colores, espejitos de bolsillo y utilería semejante, que el extraño nos ofreció de buena fe. Por no parecer descorteses le aceptamos toda esa basura con buena cara y entre agasajos por nuestra parte. ¿Qué sabíamos nosotros por entonces que para los blancos aquello valía tan poco como para nosotros?
Entonces, ¿por qué nos traía la mierda que él no quería?
Aquello nos reafirmó en la idea de que aquel tipo quería vendernos algo.
Estuvo un tiempo con nosotros y al parecer lo único que deseaba era imponernos su presencia. Y tragamos con él.
Es un decir, que desde el tiempo de mis bisabuelos que no nos tragabamos a ningún visitante pues el último en pasar por el puchero, un orondo misionero, parece ser que no sentó demasiado bien al general. Y eso que su ancho contorno iba diciendo “cómeme”, cosa que los de la tribu obedecieron a rajatabla. La pitanza les salió bien pero la digestión, sin saber porqué, no fue tan buena. Ahí pensaron que la religión debía agriar bastante la carne, pues tampoco sabían mucho de ella, de en qué consistía o de sus efectos, y es que al misionero apenas le dejaron hablar antes de darle un buen baño caliente entre ñames, arvejas – que son como las judías de los blancos – y bananas. Gracias a él, o por su culpa, decidieron dejar a los católicos fuera de su menú. Ahí optaron por abastecerse en base a una tribu que les caía cercana; se trataba de pigmeos y los había en tal cantidad que parecían una plaga. Lo malo es que, pese a ser tantos y tener las patitas tan cortas, eran difíciles de coger, por cómo corrían. Para cuando capturaban a uno, su tamaño apenas daba para un aperitivo, no para una sustancial comida para tanta gente como eran. Y hablando de tamaño, acabaron dejando la antropofágia pues no les compensaba tamaño esfuerzo.
Ahora, yo no conocí esa época por lo que, considero, mi alimentación fue mucho más sana, sin tanta carne roja.
Así de sano y guapo se me ve en la fotografía.
Mb’ongo me comentó que, en lo que llevaba siendo porteador del blanco, que nos contó que decía ser algo que se llamaba Lord o similar, y que debía ser como un rey entre los suyos, recorrieron distintas tribus de nuestra hermosa tierra y sí, a cada una de ellas le dispensó los mismos regalos.
A mí, durante los días que pasó entre nosotros, me tomó como ayudante, como una suerte de guardaespaldas o así. Aún considero que, más que para su defensa, lo hizo por si algún día nos salía al paso un león y no conseguía acertarle con su maravilloso “palo de fuego”. Debió creer que iba a correr más que yo.
Pobre iluso.
Aparte, yo siempre he seguido en esas situaciones la principal máxima de mi abuelo;
- Cuando seáis dos y os salga un león, haz acopio de fuerzas y sueltale una patada a tu acompañante, a ser posible déjale cojeando, y te aseguro que el león nunca te cogerá a ti.
Esto hizo que mi abuelo viviese muchos años y, por otro lado, que se quedase sin amigos. Los primeros que tuvo de seguro que fue por que se los comió algún león ocasional, los siguientes por que nadie deseo tenerle ya por amigo, visto lo visto.
Esta foto, por cierto, precedió a aquel tonto percance en que el blanco, aún no sé cómo, se disparó accidentalmente en el codo. Digamos que aún no sé cómo se me enganchó la punta del arco en el marco del gatillo pero, vamos, puedo asegurar que no hubo premeditación alguna.
Aunque el percance resultó divertido.
- De ahí viene un ancestral dicho de nuestra tribu – dictó mi padre, entre los gritos, lloros y lamentos del desdichado Lord, luego sentenció con sabiduría -. “Las armas las carga Kibiku”.
Entonces me di cuenta de lo que resalta el rojo sobre el color blanco.
Aquello además nos obligó a tenerle aún más tiempo entre nosotros, hasta que el hombre acabó por recuperarse.
Los más ancianos de la tribu opinaron que lo mejor, para prevenir males mayores, era cortarle el brazo para salvar el resto y, ya puestos, aprovechar ese buen pedazo de carne para algún caldito, cosa que ellos si añoraban de antaño. El blanco dijo querer irse con todo tal y como vino por lo que no nos dejó hacer, siguiendo los dictados de nuestros mayores.
Para que se fuese tal y como vino, como era su deseo, le metimos, sin que se percatase, los espejos y collares y demás entre su equipaje, que quizás a la larga les diese él más uso que nosotros en nuestra aldea.
Recordándolo, algo que me hizo mucha gracia de su forma de hablar, fue lo de su “palo de fuego” como se empeñaba en llamarlo. Vale que yo no estaba muy al tanto de la diferencia entre una escopeta, un rifle o un fusil, pero en mi tierra con un “palo de fuego” definiríamos, como mucho, una antorcha. La diferencia siempre creí que iría en el calibre de la munición, con el paso del tiempo me enteré de que también iba en el diseño del cañón de cada arma pero era tarde para dárselo a conocer a aquel blanquito tonto que vivió con nosotros unas cuantas semanas, siendo yo un chaval.
Cuando se fue, la noche previa, le hicimos una pequeña fiesta. Más de lo que se merecía, pues el nivel del Lord que nos tocó en suerte comprobamos que no era muy alto.

Y os sigo remitiendo a mi página. Gracias :-)

https://www.facebook.com/La-danza-de-los-locos-376991022485706/?ref=hl

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