¡Bienvenido/a!

Pareces nuevo por aquí. Si quieres participar, ¡pulsa uno de estos botones!

¡Atención! Para conocer y opinar sobre la nueva plataforma de Foro de Literatura por favor haz clic aquí.

Sin titulo de momento

FruaJanFruaJan Anónimo s.XI
editado diciembre 2015 en Negra
Hola, quiero escribir y, a ser posible, publicar un libro y ya que ustedes son ávidos lectores me gustaría que opinaran sobre este. Aún estoy comenzando pero me gustaría saber si voy bien o necesito cambiar algo.
CAPÍTULO 1

La noche era tormentosa, la luna luchaba por hacerse ver, mientras las nubes, grises como una camisa blanca muy usada y poco lavada, descargaban su furia sobre los tejados de la ciudad de Madrid.
De entre todos los edificios uno destacaba por su brillante cartel en el que, a pesar de la lluvia, se leía perfectamente "bar-café", aunque con todos esos neones perfectamente podría haberse hecho pasar por un club de alterne.
–Extraña forma de atraer clientela– pensó Diego Escolano Artero mientras tomaba su tercera taza de café en los últimos treinta minutos –pero conmigo lo han conseguido–
Diego era un hombre alto y delgado, de pelo castaño con algunas canas floreciendo. En la cara en cambio las arrugas habían empezado a aparecer y la que surcaban su cara ya se estaban asentando. Su ropa era como la del típico y misterioso detective privado que por un buen puñado de euros te destapa la vida de cualquiera. Tenía una camisa blanca que contrastaba perfectamente con su corbata negra, una gabardina gris a juego con los pantalones, zapatos de piel color marrón y un sombrero.
Justamente en frente suya estaba su agobiante compañero: David Zarza Prado, un principiante en su primer día que traía consigo un nerviosismo típico de los primerizos en este trabajo. David no llegaba a lo 25 años y su forma de vestir era totalmente distinta a la de Diego, y más colorida.
No había nadie más en el antro, asi que David comenzó a hablar para matar el tiempo.
–Y... ¿Como sabes que va a venir aquí? –preguntó.
–Intuición– contestó Diego secamente.
–O sea, que no lo sabes– contesto David socarronamente.
–¿Quien tiene más experiencia?– soltó Diego sin inmutarse.
–Tu–
–Pues eso–
Como queriendo detener la conversación alguien más entró en el lugar. Un hombre claramente obsesionado con los gimnasios, con pantalones caídos dejando los calzoncillos a la vista, y con una sudadera amarilla, su cara estaba oculta bajo la capucha.
–Este es...–musitó Diego.
Antes de que acabara la frase otro hombre también encapuchado entro en el local, y sin decir una sola palabra disparó al primer hombre.
Diego se levantó rapidamente, saco su arma y la dirigió al pecho del encapuchado. David no se había movido del sitio y estaba más pálido que la Muerte que acababa de recoger al primer muchacho.
–Tira el arma– vociferó Diego, y al mirarle a la cara descubrió que no podía pues este llevaba una máscara totalmente blanca. Solo alcanzó a verle los ojos verde esmeralda.
El dedo de Diego empezaba a temblar apunto de apretar el gatillo, pero el encapuchado ya había salido corriendo.


2 días antes
Diego da un respingo, el despertador marcaba las 7:00 mientras vibraba agresivamente.
–Puto despertador–
El hombre se levantó de la cama y tras desperezarse, subió la persiana. Esperó pacientemente a que sus ojos se acostumbraran a la luz salió de la habitación. Tras lavarse la cara y contarse las arrugas de la frente y descubrir una cana encendió la televisión. Estaban dando el parte metereológico y pronosticaban tormentas para dentro de dos días.
–Pero si no hay una nube...– observó Diego con una taza de café negro aún humeante.


Una mujer de 37 años llamada Eva Cruces Fernández estaba sentada en su despacho como todas las mañanas, con la excepción de una pequeña televisión portatil que le habían prestado 20 minutos antes.
–No debes ver la tele en el trabajo–
La concentración que Eva había puesto en la brillante pantalla se esfumó en un pequeño y poco notorio sobresalto. Diego Escolano estaba en la puerta. Eva tenía en estima a aquel hombre, él había resuelto algunos casos difíciles a pesar de no trabajar en la oficina. Ella le había ofrecido trabajo de investigador varias veces a lo que el respondía -estaría bien pero no soy un hombre de hacer papeleo sino de ganar dinero-.
–¿Qué ves?– continuó Diego al ver que Eva no respondía.
–Van a traer aquí al presunto asesino de aquella mujer, viene desde Santander–
–La del callejón a la que le habían violado, que capullo– dijo Diego con cara de asco.
–¿A qué vienes?– inquirió Eva cambiando de tema.
–¿Tu que crees?– preguntó Diego a modo de respuesta
–Te pasas más tiempo aquí que algunos de mis empleados, ¿qué pasa, no tienes clientes?–
–Ahora mismo ser detective privado es un poco complicado... y aburrido; últimamente mis clientes son sólo gente que creé que le estan poniendo la cornamenta o aburridos crónicos que quieren averiguar los trapos sucios de sus propios vecinos para como me dijo uno "tenerlos agarrados por los huevos"–.
Tras unos incomodos y silenciosos segundos Eva se levantó abrió un cajón y sacó una carpeta marrón, y dijo –solo te voy a dar esto–
–¿Atrapar a un ratero? ¿No tienes nada más interesante?– protestó Diego.
Eva negó rotundamente –Sabes que esto es ilegal, tienes suerte de que te deje siquiera mirar los archivos... Por cierto, hay una condición–
–¿Tengo que darte sexo?– dijo Diego.
–Más quisieras– contestó Eva –tienes que llevar un compañero–
–Ha llegado un investigador novato y quiero que vaya cogiendo experiencia– explicó Eva al ver que Diego iba a quejarse.
Alguien llamó a la puerta y pasó sin dar tiempo a reaccionar.
–Hablando del rey de Roma– dijo Eva –Aquí tienes a tu compañero–
Un claramente nervioso e inexperto David asomaba por la puerta...


Un coche avanzaba por la calle ya en su tercera vuelta a la manzana en la gran aventura de encontrar un lugar para aparcar el coche en la ajetreada ciudad de Málaga(?). A medio camino de la calle consigue encajar el vehículo en hueco aún caliente por los neumáticos del anterior coche. Un hombre con una delgadez propia de los estresados surge del asiento de conductor y entra en el edificio. Su buzón tiene cartas.
–Que sorpresa...– dijo el solitario hombre.
No tenía ningunas ganas de cogerlas, tampoco quería que se le acumularan, así que terminó llevándoselas. Cogió el ascensor hasta el 6° piso y abrió la puerta justo para ver como uno de su vecinos salía y como evitando su mirada bajó a toda prisa por las escaleras. Al entrar a su casa tiró lo que quedaba de las cartas a una papelera. Él no necesitaba leerlas, ya había leído bastantes insultos esa semana.
Un sobre perfectamente doblado asomó por debajo de la puerta. Esta no tenía remitente y eso captó su atención del hombre, y al final la curiosidad pudo con él y abrió la carta algo nervioso:
"Para Miguel Angel Bertomeu. Sabemos lo que hiciste y lo único que queremos es que te marches, sino habrá consecuencias, cabrón."
Cabrón... Esa última palabra resonó en la cabeza de Miguel Angel. Las manos le temblaban, pero al final consiguió romper el folio no sin rabia. El ahora encorvado hombre se arrojó al sofa y se puso ambas manos en la cara.
–¿Por qué nadie comprende mi arte?– suspiró Miguel Ángel.
Tras un rato en silencio se dijo a sí mismo –¿A donde debería ir ahora?–

Capítulo 2
3 días después
–... Y eso es lo que pasó– terminó Diego ya cansado del interminable interrogatorio.
Una desconcertada Eva rebuscaba a toda prisa entre los abarrotados cajones de su escritorio.
–Es esta la ropa del asesino– dijo Eva poniendo sobre la mesa un periódico.
En la portada del periódico, bajo un corto y directo titular "Presunto asesino asesinado", una foto de un hombre encapuchado corría con un arma en la mano.
–¡Es el mismo!– dijo Diego.
–No se le ha encontrado, pero están peinando toda la ciudad ahora mismo– dijo Eva adelantándose a Diego.
–¿Le han visto la cara?– inquirió Diego.
–No, llevaba una máscara blanca...– dijo Eva –igual que el que tu viste–
Nuevas dudas surgían en la mente de Diego y de pronto volvió a encontrarse con aquellos ojos verdes que parecían hacerle una radiografía.
–Te encuentras bien, estás algo pálido– dijo Eva.
Aquella frase devolvió a Diego a la realidad.
–¿Cuando lo mató?–
–En el aeropuerto de Barajas, se acerco a él y entre la muchedumbre lo despachó de un solo disparo en la sien, e igual que apareció, desapareció...–
–¿Y nadie lo vio por los alrededores?–
–No... Probablemente se cambió de ropa-dijo Eva- tiene que ser el mismo con el que te encontraste, la indumentaria y el Modus operandi son exactos–
–Imposible– le cortó Diego –no pudo viajar de aquí a allí en el mismo día–
–Entonces estamos hablando de dos– Eva ahora estaba algo avergonzada por no haberse percatado de ese ahora tan obvio detalle.
–Pero las víctimas no tienen nada que ver uno con otro– añadió Diego que ya había puesto su crebro detectivesco en marcha.
Tras esos rápidos intercambios llegó el silencio, acababan de llegar a un callejón sin salida. Tras 10 minutos en silencio llegaron a la conclusión de que no iban a sacar nada más en claro, se despidieron.
Diego llegó a su casa, dejando su arrugada gabardina en la percha, rapidamente sacó su PC portátil de un maletín que denotaba el bajo uso que había recibido el ordenador. Esperó pacientemente a que se encendiera, mientras observaba el logo del sistema operativo. Habiendo escrito la contraseña, abrió el navegador de Internet e introdujo en el buscador el mismo títular que había leído en el periódico.
Accede o Regístrate para comentar.


Para entrar en contacto con nosotros escríbenos a informa (arroba) forodeliteratura.com