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la princesa y el lacayo

JavierBeJavierBe Anónimo s.XI
editado diciembre 2015 en Infantil y Juvenil
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El edicto del rey no podía pasardesapercibido, la mano de la princesa estaba en juego y era una invitaciónabierta a cualquier persona, sea pobre, rico, monarca, lacayo, príncipe ogendarme, la invitación era abierta a todos, solamente se pedía una cosa:ofrecer algo de gran valor a la princesa.

La invitación no pasó sin levantar emocionesen el pueblo y sus alrededores, cientos de personas hacían una enorme fila paraprobar oportunidad con cualquier objeto de valor, y uno por uno desfilabandelante del rey demostrando sus mejores presentes, las piedras preciosas no sehicieron esperar, rubíes, diamantes, cofres llenos de tesoros de incalculablevalor se aguardaban en las filas de tan nutrido grupo de simpatizantes, losmenos afortunados llevaban consigo animales, frutos y semillas de la másexquisita cosecha con el afán de agradar a la princesa y al Rey.

Entre todos los pretendientes, se encontraba una figura, desde lo lejos destacaba por la singularidad de suvestimenta, andrajosas ropas desgastadas por el tiempo, una piel quemada por elcalor del sol, mirada firme y aspecto pulcro, características que desentonabanenormemente con el gentío ataviado de prendas lujosas y pompa descomunal. Sobretodo, iba ligero de carga, llevaba tan solo una bolsa, similar a las empleadaspor algunos campesinos al ir a trabajar al campo.


Avanzó entre las gruesas paredesdel castillo, una alfombra roja se mantenía bajo sus pies, dirigiéndolo hastael lugar donde el rey y la princesa se encontraban. Los monarcas, al verlollegar giraron para verse mutuamente, pues su desconcierto era tal, que nosabían que esperar. Poco a poco se fue acercando, hasta estar frente a ellos ycolocando una rodilla en el suelo, exclamó:

-Hermosa princesa, honorablemonarca, he venido a presentarme como ofrenda de sacrificio, puesto que soypobre y no poseo riqueza alguna, ni tierras, ni animales, tampoco piedraspreciosas como muchos de los consortes que he visto desfilar éste día, noobstante, tengo un corazón puro para ofrecer, y para demostrar su valía, hevenido a demostrar el amor que a la princesa tengo.

Laprincesa miró al lacayo con rostro de intriga, el rey reflejaba mirada dedesconfianza, lentamente los guardias comenzaron a acercarse al lacayo, ya quecomenzaron a ver la incomodidad que entre los presentes se estaba suscitando,sin embargo, la princesa se puso de pie y con aire de autoridad exclamó:

-Dejadloterminar. Por favor, ponte de pie, y termina de ofrecer tu presente.

Ellacayo se puso de pie, extendió la mano en dirección a la princesa y continuó:

-Hermosaprincesa, puesto que no poseo más que éste cuerpo, te ofreceré cien días desacrificio, me colocaré en las afueras del castillo, permaneceré ahí, el anhelode tu amor será suficiente alimento para darme fuerzas, estaré sin más alimentoque el agua de lluvia que guardaré en éste recipiente. –de inmediato sacó entresu morral un frasco vacío. –aquí guardaré el agua que la naturaleza me regalarápara que éste cuerpo sobreviva a tan noble tarea de amar, solo te pido, que sialguna gracia hallo en tus ojos, me demuestres con un acto de amordesinteresado, que serás capaz de amarme, como yo lo soy contigo.

Entrelos presente se hizo un enorme silencio, la princesa bajó la mirada y aceptó, deinmediato el rey suspendió la larga fila, hasta que transcurran los cien días,en los que el lacayo presentaría su tributo.

El lacayo fue entonces acompañadopor los demás al lugar en donde cumpliría su dote, justo frente a la ventana dela habitación de la princesa.

De ésta manera comenzaron atranscurrir los días, al principio, todos estaban escépticos, pues decían;pronto se rendirá. Pero conforme el tiempo pasó, el fiel amante resistiócalores intensos, noches frías, había incluso ocasiones en las que el aguallegaba a escasear, pero siempre le reconfortaba saber que al amanecer, aquellasilueta, se colocaría en la ventana para darle nuevas fuerzas, en más de unaocasión, la princesa saludó al pretendiente, dando así una nueva esperanza alamor.

Cincuenta días, la gente ya seasombraba de ver un carácter tan templado y decidido.

Setenta días, varios de lospretendientes comenzaron a retirarse, pues pensaron que ya ni siquiera tendríanoportunidad de presentar sus regalos a la princesa.

Noventa días, la gente del pueblocomenzó a animar al decidido varón, pues reconocían el coraje mostrado, dentrodel palacio, la princesa estaba asombrada de semejante sacrificio.

Noventa y siete días.

Noventa y ocho

Noventa y nueve días. El puebloentero salió a hacer una cuenta regresiva del tiempo que faltaba para que elplazo se cumpliese y tuvieran un nuevo monarca.

Diez horas, todos estaban yafuera de sus casas, rodeando al que ya consideraban como el nuevo rey.

Siete horas, los niños aplaudíany todos entonaban una canción: Tenemos Rey, fuerte y valeroso, más decidido queun oso, más fuerte que un leopardo, mas temerario que una lechuza, ese esnuestro Rey.

Cuatro horas, la gente no podíaesperar más, varios comenzaron a planear los arreglos y se aseguraban de estarpresentes en la boda del Rey.

Dos horas, la princesa en subalcón, miraba maravillada aquel espectáculo, la gente alrededor del hombregritaba, ovacionaba, todos estaban muy contentos pues por primera vez en lahistoria uno de los suyos sería el Rey, ya no habría mas injusticia, ni máshambre, dentro de muy poco, todospodrían ir al palacio, visitar al Rey y la Reyna y por si fuera poco, éstesería su amigo, uno de los suyos, un lacayo, un sirviente.

Entonces, pasó, dentro de todo elgentío, y faltando solamente una hora para que el plazo sea cumplido, aquelaguerrido amante, se puso de pie; dirigió sus ojos a la princesa, y así, sindecir media palabra, se dio media vuelta y se fue lejos de ahí.

La muchedumbre quedó totalmentedesconcertada, todos se preguntaban qué estaba pasando, entonces, un niño, quedesde hacía tiempo estaba echándole porras, lo alcanzó corriendo y le preguntó:¿Qué pasó? ¿Por qué abandonaste todo cuando estabas tan cerca de lograrlo?¿Acaso estás consiente de todo lo quehas perdido? En muy pocos momentos serías el Rey.

El lacayo se detuvo, giró hacíadonde estaba el menor, bajó hasta quedar de la misma altura. Miró al niño y sosteniendosu mano entre las suyas le dijo: niño, ni el amor, ni el dinero se mendigan, elprimero se gana y por el segundo se trabaja, es verdad, yo estuve ahí, parademostrarle que soy capaz de amarla sin importarme nada más, pero ella, no fuecapaz de ahorrarme un solo día de sufrimiento, ni siquiera una hora. ¿Cómo puedoestar seguro que será capaz de corresponder a mi amor?

Podemos amar hasta dondequeramos, pero no podemos hacer que los demás nos amen como queremos. Y sinuestras expectativas de amor no son cumplidas… ¿Por qué seguir en el mismo camino?
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