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Una audición para Tarzán (de los Cuentos laborales)

Oliver TinoOliver Tino Pedro Abad s.XII
editado noviembre 2015 en Taller de Prosa
Una audición para Tarzán
Entré en la lavandería, y desde la puerta misma noté algo distinto: faltaba José. El local era poco más ancho que un pasillo, con varias máquinas lavarropas alineadas a un costado. Al fondo estaban las que manipulaba el empleado, adelante las que se destinaban al autoservicio y cuyo uso costaba un poco menos. Yo dejaba que José se encargara de mi ropa, le entregaba la bolsa de nailon que él mismo me había entregado el primer día con la cantidad justa para un servicio de valet y me iba a hacer mis cosas, luego pasaba a retirarla a eso de las ocho, cuando ya estaba cerrando. Pero esa mañana el empleado, un tape chaqueño callado y amable, no estaba en su puesto sino una mujer joven que todavía no me había visto ahí parado, dudando entre avanzar o volverme. Se la veía muy concentrada planchando unas camisas en el fondo del localcito, junto al mostrador. Dentro de la bolsa yo traía mis dos zungas de piel de leopardo que usaba ciertos fines de semana, cuando alguna changa de despedida de soltera me ponía en mi secreto rol de streeper y me permitía sumarle unos pesos extras a mi flaco sueldo de empleado municipal. Con José no había problema, esas prendas necesitaban de un cuidado especial para que la piel no perdiera brillo; y además él sabía cuidar muy bien mi secreto. Creo que en el fondo el joven ambicionaba algo parecido. Al fin me decidí, di media vuelta y cuando ya escapaba del comercio, escuché que una vocecita me interpelaba: “¿señor?”. Giré como un robot y vi que la empleada nueva venía a mi encuentro con una sonrisa.
“¿Para el servicio de valet?”, me interrogó, señalando con un índice la bolsa. “No”, le dije. “¿Autoservicio?”, insistió la empleada. Asentí. Se volvió hasta el mostrador, sacó algo de la caja registradora y regresó para entregármela. Viéndola ir y venir, descubrí algunos de sus encantos más allá del guardapolvo azul que antes usaba José. Por lo pronto el pelo: castaño, lacio, largo hasta la cintura, y a pesar de su sempiterna media sonrisa, propia de los empleados de atención al público cuando son recién llegados y quieren hacer buena letra, me pareció que era de esas mujeres con carácter difícil. Yo las conocía, en las fiestitas costaba involucrarlas en los actings que uno ensayaba, como queriendo dejar en claro todo el tiempo que ellas no estaban de acuerdo con la idea de haber contratado a un streeper. En fin, que regresó y me alcanzó una moneda especial, más pesada que las comunes y con dos ranuras gruesas, para colocar en alguna de las máquinas. Le pregunté cuánto le debía, le pagué y antes de que se volviera a la mesa de planchado le expliqué que no sabía cómo se usaba la máquina. “¿Es la primera vez que venís?”, me preguntó, mientras nos acercábamos a una de las lavadoras. No, le dije, era la primera vez que usaba el autoservicio. Ella se olvidó del jabón en polvo que estaba colocando y me miró, dudando: ¿era porque habían cambiado de empleado? Yo, para salir de la situación, le pregunté qué era de la vida de José. Como si ese nombre hubiera rebotado en las paredes de ambos cráneos, la chica siguió preparando la lavadora y me informó con frialdad que al ex empleado se lo había llevado una lavandería de la competencia. O sea que el tapecito de confianza no podía andar muy lejos, pensé, era cuestión de rastrearlo. No insistí más al respecto.
Apretó unos botones, posicionó un selector a rosca y se me quedó mirando. Ahora no parecía tan servicial como al principio, como si el haberle recordado al otro empleado le activara el malhumor que unos minutos antes yo le había presupuesto a su carácter. “La ropa, por favor”, me dijo con una sonrisita más bien de molestia, dado que yo no reaccionaba a la portezuela abierta. Empecé a revolver las prendas dentro de bolsa, con mucho cuidado, evitando poner a la luz de los tubos fluorescentes la piel de leopardo. Se las alcanzaba de a una, y ella las tiraba sin cuidado dentro del tambor del lavarropas. ¿Yo era tarado, tímido o qué?, parecía preguntarse la empleada nueva con su cara, al ver que me demoraba eligiendo con la cabeza casi metida dentro de la ropa. Con mi proceder la estaba retrasando en sus obligaciones, por lo pronto la de planchar una montaña de camisas. Al fin, pispeando con disimulo, vi que en el fondo quedaban sólo las dos zungas. Alcé la cabeza para decirle “listo”. Ella cerró la puertita de vidrio y puso a funcionar la lavadora. Cuando ya se iba le pregunté cuánto tardaba. Media hora me dijo, y sin volverse me señaló una fila de seis sillas blancas, de plástico, que hacían juego con la luz clara de los tubos y que yo veía por primera vez.
Me entretuve mirándola de reojo trabajar. El perfil de la empleada nueva planchaba y doblaba las camisas con habilidad. Hacía movimientos precisos, gráciles, y al asperjar la ropa con el rociador, podía verle unos dedos largos jalando del gatillo. En eso me entretenía cuando entró en el local mi vecina de piso, Estela. Era una cincuentona delgada y con algunos encantos no del todo extinguidos que siempre me incomodaba con sus miradas, cuando coincidíamos en el ascensor, porque me daba la sensación de que le hablaba a mis pectorales.
“Qué raro por acá, Gustavo”, me dijo casi gritando, y la empleada se distrajo un momento de la plancha para mirar hacia la puerta de calle. Le sonreí por todo saludo. Mi vecina fue hasta el mostrador, volvió con una ficha, puso a funcionar una lavadora y, aunque sobraban cinco sillas a mi derecha, ese sentó en la que estaba a mi lado. Ahora la vieja me tapaba el entretenimiento de ver planchar a la empleada, y solamente me quedaba para mirar el monótono programa de tevé del ojo de buey de las máquinas con nuestras prendas en giratoria perfomance. Estela me tenía todo para ella, y no en esos turnos inexpresivos de un minuto que tardaría el ascensor en llevarnos del octavo piso a la planta baja, o viceversa. Extrañé esas revistas insulsas que suele haber en los consultorios médicos como para al menos simular estar ocupado con algo. Como me imaginaba, empezó el interrogatorio: Que qué se contaba en la dependencia municipal donde yo trabajaba, porque según decían en la televisión, no pagarían el medio aguinaldo; que cómo lo veía al portero, porque hacía varios días que mostraba un malhumor inusitado en él; que cómo andaba mi novia, porque hacía tiempo que no la escuchaba en mi departamento... Esto último me hizo girar la cabeza y mirarla, me imaginé a la vieja con un vaso apoyado de boca contra la pared medianera y su oreja sobre éste, tratando de decodificar las voces de su vecino el fisicoculturista, diez segundos después de haber escuchado el ascensor llegar al piso.
Me salvó la campana, quiero decir, el ringtone de mi teléfono celular. Me levanté como un resorte y sin decirle ni jota salí a atender a la vereda, dispuesto a fingir si era necesario hasta que el lavarropas se detuviera (podía verlo a través de la vidriera). Era mi madre, preocupada porque, según decían en el noticiero de la tele, los municipales nos quedaríamos sin medio aguinaldo ese fin de año. Aunque era cierto que los números de las arcas públicas ardían, me senté en un cantero de la ancha vereda para tranquilizarla con las mismas mentiras que un sindicalista había venido a convencernos de que no le hiciéramos un paro al jefe comunal.
Cuando corté la comunicación, me di cuenta de que ya había pasado más de media hora. Me levanté, giré hacia el frente de la lavandería y vi que mi vecina avanzaba hacia el fondo del comercio con mi bolsa en una mano y una de mis zungas enarbolada en la otra. La empleada la miraba embelezada como si fuera la antorcha olímpica. Entré a las corridas. Las mujeres me miraron. “¿Son suyas, Gustavo?”, me preguntó la vieja con una sonrisa picarona (“ya lo sabía, la vieja ya lo sabía”). Cuando llegué a su lado casi que le arranqué de las manos la bolsa y la prenda. “Disculpemé, Gustavo, pensé que alguien se la había olvidado”, me dijo mi vecina con su típica vocecita falluta, ésa con la que a diario infestaría de chismes el barrio. La lavadora había parado. Durante unos segundos me dediqué a sacar la ropa y a meterla en la bolsa. Detrás de mí, Estela se había vuelto a sentar, silenciosa, atenta a mis movimientos. Cuando cerré la portezuela y me erguí, miré hacia el fondo del pasillo para saludar, pero al ver el perfil de la empleada, que ahora entendía y sonreía, me cohibí y preferí pasar por maleducado. Mi vecina había sacado una aguja de gancho y una madeja de lana, no sé de donde, y tejía al crochet. Antes de irme creí necesario decir algo: “Es que tengo una audición para el papel de Tarzán, ¿sabe? Me la prestaron”, le dije. La vieja levantó la vista del tejido y abrió la boca. “¿Usted actúa, Gustavo? Qué hermoso. Si queda en la obra invitemé”, me dijo maravillada. Ella también era muy buena con sus máscaras, para qué negarlo. “Claro que sí, vecinita, claro que sí”, le dije casi gritando, excitado de repente con mi propia mentira. Y sonó tan entusiasta que la empleada debió interrumpir el planchado una vez más para verme desaparecer de allí.
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