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Erastés

Oliver TinoOliver Tino Pedro Abad s.XII
editado noviembre 2015 en Taller de Prosa
Erastés


Por mi cuerpo, y por mis muchos errores, a los veinticinco años terminé trabajando de patovica en la puerta de una discoteca. Digo por mi cuerpo, porque debido a mis antepasados normandos (según decía mi padre) nací grandote: casi un metro noventa, más de cien kilos de peso, espalda ancha a la Platón (de hecho, a mí también me hubiera gustado que me apodaran así, “el Platón”, y no “chiquito”, tan pavo). En fin, que si era por, como diría un cronista de policiales, mi “contextura física”, era cantado que terminaría trabajando en un ambiente así, donde hace falta intimidar a los clientes poniendo a algún roperón en la puerta. También pude ser hachero, pilar de equipo de rugby (de hecho lo fui, aunque no pasaba de ser el entretenimiento de adolescente sin novia), carcelero o guardaespaldas de sindicalista; pero en todos esos oficios hubiera terminado igual, quiero decir, mal. Porque en los ambientes donde mandan los cuerpos tarde o temprano te disparan. Yo soy una persona pacífica. La violencia, hasta en sus formas más sutiles, me causa malestar físico. Arcadas, mareos, flojera, eso siento cuando alguien me provoca o veo dos tipos a las trompadas.
Pero como les decía, mis propios errores me alejaron de poder elegir el estudio de la filosofía, que era lo que siempre quise para mí. Y si uno no elije su oficio, el mercado laboral termina eligiendo por uno. Así fue, me dejé estar, y cuando realmente necesité ganarme la vida, mi mole y mi cara de malo fueron rebotando de entrevista en entrevista laboral hasta que llegué a la puerta de Erastés, una discoteque de temática gay que estaban por inaugurar. ¿Los patovicas de esos lugares no deberían ser, ellos también, medio afeminados? Al parecer no, porque quedé entre los tres que necesitaban para encargarse de la seguridad. Eligieron a los más ursos, como si lo nuestro fuera un pack de rugbiers que necesitan sumar kilogramos de arrastre para el scrum. Y yo que creía que era una pérdida de tiempo, que justamente por mi cara de boxeador retirado no iban a tenerme en cuenta.
Recuerdo que la entrevista ocurrió en una oficinita de un décimo piso del microcentro. El aviso clasificado del diario solicitaba “custodias” sin aclarar una palabra sobre el perfil tan particular de clientela a la que estaba destinada la disco. El tipo que me entrevistó (un petizo cincuentón con tiradores que se presentó como el gerente) lo primero que me preguntó fue si yo sabía “mis medidas”. ¿90 60 90? Evidentemente no. Le dije mi peso y altura, que él anotó en una planilla tabulada. “¿Ancho de espalda?”. No, no lo sabía (estuve por hacer el chiste de Platón, pero me censuré a tiempo, dármelas de enciclopedista podría haberme jugado en contra). “¿Dimensiones del cráneo?”. Negué con la cabeza, incómodo (¿para qué podrían necesitar ese dato?). El gerente sacó un metro de sastre de un cajón del escritorio, se levantó de su silla con rueditas y me pidió que me pusiera de pie. Tomó mis medidas, primero de hombro a hombro, luego alrededor de mi bíceps derecho, y finalmente rodeó con la cinta mi cabeza a la altura de la frente como si me provara una vincha (esta última medición me hizo pensar en Lombroso, y hubiera podido indignarme, pero necesitaba el trabajo). Después regresó a su silla y anotó en la ficha las cifras de mi anatomía. Por lo visto, los inversores estaban realmente apurados por abrir, porque al final de la entrevista el tipo me pidió que aguardara en la sala de espera ya que “seleccionaban personal” al terminar con “las solicitudes”, y me señaló un piloncito de hojas que había en un esquinero del escritorio.
Salió el último postulante, un pibe con un físico bien trabajado (lo imaginé instructor de natación o guardavida) pero sin masa, que era lo que allí se buscaba, y a los cinco minutos apareció el gerente y leyó tres apellidos de un papelito que traía. Uno de los tres era el mío. Pasamos otra vez al despacho, nos sentamos en un sillón de tres cuerpos y el tipo, rescotado contra el borde del escritorio, ya en un tono más relajado nos comentó que si bien el lugar pretendía tener un aspecto amistoso (friendly dijo) la “política” de esa cadena de discos gays era la de intimidar (“¿intimar?”, lo interrumpió uno de los pibes. El gerente lo miró con mala cara y silabeó “in-ti-mi-dar”) a los clientes de entrada nomás, porque si no adentro se podían volver inmanejables. “Ver roperos en la puerta les baja la libido a estos tipos ―los putos, traduje mentalmente yo―, y así ya entran más calmados, por eso los elegimos a ustedes”, nos dijo, y los tres nos miramos orgullosos por una vez de ser grandotes (y no al pedo). Ya habían tenido problemas con un barman de la sucursal de Rosario, siguió confiándonos el gerente, que cansado de tanto cargoseo acostó pero de una trompada a uno de los habitués del lugar. “A diferencia de un cabecita, que te espera a la salida para pelearte, esta gente como venganza te manda a su abogado. Y aunque nunca perdimos un juicio, no se imaginan el tiempo que se pierde en juzgados”. Los tres seleccionados asentimos, ya sintiéndonos parte de las problemáticas del metié, como si el síndrome de Estocolmo hubiera infectado la habitación.
Al otro día nos dieron un entrenamiento mínimo. Consistió en un ensayo en la puerta principal del boliche (era un lugar más bien chico, fácil de controlar). Escuchábamos al gerente junto a los caños que hacían las veces de corralito, y éramos interrumpidos a cada momento por carpinteros, electricistas y pintores que nos esquivaban en su ir y venir. Como podíamos ver, había dos puertas, empezó por explicarnos nuestro jefe. Una llevaba a los “aprobados” hasta la pista de baile; la otra era seguida por un pasillo que, luego de un recoveco, dejaba a los “réprobos” sobre la solitaria vereda de una de las calles laterales. La disco se reservaba el derecho de admisión, como todos estos sitios, derecho que se conquistaba dando un determinado “perfil de cliente” (en pocas palabras, el gerente nos delineó un prototipo genético que ordenaban los asesores de márketing: nada de morochos, ni muy bajos, ni muy gordos, ni muy flacuchos, nada de transvestidos ni de “locas”, nada de viejos, y por “viejo” quería decir aparentar más de cuarenta). Yo pensé que el mismo gerente se quedaría afuera del negocio que administraba. Y claro, nos seguía explicando el jefe, la “casa” no quería dar la mala noticia en la mismísima puerta, porque al hecho humillante de ser rechazado, a esta gente se le sumaba una autoestima para con sus cuerpos que podía desembocar en una escena de histeria. Además, no era bueno que los clientes que esperaban en la cola vieran que adelante había selección. “Por eso, chicos, al que sí por acá ―y el gerente nos señaló la puerta de la derecha―, y al que no, con la misma sonrisa ¿eh?, por acá ―y con una mano nos marcó la puerta de la izquierda”.
Después nos pidió que lo siguiéramos. Avanzamos por un pasillo abovedado. Al final había una puerta maciza de hierro, de dos hojas. La abrió y entró la luz de la calle. Allí parados, nos explicó que uno de los tres debería estar allí para devolverle al rechazado el dinero de su entrada, además de disculparse por “las molestias ocasionadas”. Ese puesto era, evidentemente, el más difícil de todos los que se repartía el personal de Erastés. “Pero tranquis, que más que de una amenaza o una puteada leve, esta gente no pasa”. Y aprovechó para repetirnos por enésima vez que a los clientes era preferible no tocarlos. ¿Y si alguien se descontrolaba adentro?, pregunté. De eso se encargaba un médico, que nosotros aún no conocíamos. A los ataques de histeria se los abortaba aplicándoles un calmante de manera subrepticia; y luego sí, nosotros nos encargaríamos de sacarlo de la disco. Pero siempre con discreción, “como si a los empleados del lugar nos doliera su expulsión más que al revoltoso”, nos graficó el jefe.
Al final del entrenamiento, la secretaria del gerente nos llevó a los tres patovicas hasta un cuarto de la trastienda y nos entregó, contra firma de un recibo, dos pantalones de jeans pre gastados, tres musculosas y remeras, un saco sport y dos pares de zapatillas. La mujer nos explicó que la usaríamos según el día de la semana o las fiestas especiales, yendo de menos a más informal. Fuimos pasando de a uno atrás de una mampara y nos probamos la ropa. No había espejo para verificarlo, pero yo, enfundado en esa ropa, ya me sentí todo un patova VIP. Aunque el ambiente gay no me gustaba, pensé que mucho peor sería terminar en una bailanta del Conurbano en donde sí, o pegás o te pegan.

Comentarios

  • Oliver TinoOliver Tino Pedro Abad s.XII
    editado noviembre 2015
    Empezamos a trabajar el primer viernes de noviembre. Entre los tres encargados de la seguridad nos repartíamos la posición de vigilancia: uno en la pista de baile, otro en la puerta principal y el tercero en la salida de los rechazados. Marito, que tenía experiencia como empleado de seguridad en los antros más peligrosos del Conurbano (una cicatriz en uno de sus pómulos tal vez fuera un regalito de esa “experiencia laboral”) estaba feliz de trabajar allí. Al final de la jornada, a eso de las nueve de la mañana, mientras desayunábamos en la trastienda con medialunas pagadas por la empresa, me aseguró que, para lo que era el rubro, ese lugar era un paraíso. Y parecía ser así: durante los primeros días todo transcurrió en una calma que nos hizo olvidar los protocolos de emergencia por si había que calmar a alguien. La mayoría de los clientes venían en parejas. Eran frívolos, pero respetuosos. La primera semana me tocó la puerta principal, y fui benévolo. A más de un madurón (que de no teñirse, pasearía canas) debí haberlo guiado por la puerta de la izquierda, pero me parecieron tan atildados, con sus camisas de seda y sus manicurías evidentes, que los dejé entrar. En la cola no había gritos ni manotazos, sí mucha risita nerviosa, como de excitación contenida, pero eso no molestaba. Ni siquiera los que mandaba a pasear por el pasillo de los rechazados volvían a parecer para reprocharme algo. Algunos pasaban por la esquina y desde allí miraban un momento hacia el frente luminoso y concurrido, luego seguían viaje. Pensé que en esa gente la vergüenza era mucho más fuerte que la indignación. Los primeros días el gerente iba y venía frenético, tratando de ajustar detalles en la cabina del disc jockey, en la barra, en la puerta, en el vestíbulo. Después no se lo vio más.
    La segunda semana me tocó, de común acuerdo, pararme en la salida de los rechazados. La puerta de metal no tenía ninguna indicación de que perteneciera al boliche que estaba a la vuelta, así que, salvo los vecinos (que a esa hora ya se habían encerrado) nadie que pasara por allí podría sospechar quién salía, de dónde venía o por qué. La cosa no fue tan difícil como yo creía. Al final del pasillo, los rebotados estaban más aturdidos que molestos por encontrarse otra vez en la calle, y recibían de mi mano la devolución de la entrada con la sorpresa del que no termina de digerir el mal momento. Así era, habían venido por lana y se volvían trasquilados. Yo ponía cara de póker, entregaba en silencio los billetes, reclamaba el comprobante de la entrada y les decía, invariablemente, “disculpame la molestia, política de la casa” (hasta estuve tentado de palmearles el hombro, pero eso ya sería de confianzudo, y la orden de no tocarlos también se ajustaba a estos casos). Creo que era la palabra “política” escuchada en ese contexto lo que los privaba de reprocharme a mí, un simple empleado, por qué se les negaba la entrada al gueto, si ellos pertenecían a la minoría que había salido del closet y solamente querían divertirse. A la vuelta de la esquina, claro, la efervescencia hormonal seguía como si nada (¿o acaso no pasaban familias enteras de cartoneros invisibles con sus carros tirados a caballo y se detenían a revolver la basura en la vereda de enfrente sin que nadie los percibiera?).
    Pero lo que quería contar viene ahora, porque en esa semana que pasé en la puerta de los alegres réprobos (oxímoron que me permito por lo de gay, ¿no?) apareció alguien que no pensaba encontrar por allí. Sí, no tuve dudas, era el Caño, así le decíamos. Ya no recordaba su verdadero nombre, si es que alguna vez lo supe. Jugaba conmigo al rugby en las inferiores de “Cuatreros”, un club muy familiero compuesto de gente de clase media acomodada, a pesar de su nombre pretendidamente populista. Recuerdo que era un pibe desgarbado, callado y vergonzoso que hacía muy bien su trabajo de wing: velocísimo en el pique para desbordar a los rivales, bien pegadito a la línea de cal. Habían pasado más de diez años. Abrió una hoja de la puerta de hierro y se me quedó mirando. Creo que él también me reconoció, pero nos hicimos los tontos. Aunque teníamos la misma edad, los nervios hicieron que lo tratara de usted al recitarle mi letanía de “disculpemé señor, política de la casa”. El Caño había alimentado su cuerpito a fuerza de esteroides y gimnasio, supuse, porque ahora podía lucir unos pectorales firmes debajo de su remera ajustada de lycra. Muchas veces en las duchas nos habíamos reído de su esqueleto a flor de piel, y tuve ganas de felicitarlo por el empeño que había puesto en su cuerpo. Pero me contuve, dejé que fuera él quien reconociera nuestro pasado y nuestras identidades. Prefirió no salir de la farza que habíamos montado sin querer, así que yo seguí con mi rol. Le devolví su dinero en silencio. Antes de irse me habló: “¿Éste es un boliche de putos?”. “De temática gay, señor”, lo corregí. “Qué garrón. Con razón me dieron salida, si yo no soy trolo”, me explicó con una voz falsamente jovial. (Yo recordé fugazmente algunas de sus miradas cuando sus compañeros salíamos de las duchas, envueltos en un toallón, en el vestuario del club.) Sonreí y cabeceé. “Menos mal, loco. Menos mal”, dijo como para él. Yo mantuve la sonrisa en silencio. Detrás, la puerta se abrió con un clic, otro réprobo venía de salida. El Caño empezó a irse. Mientras lo veía cruzarse de vereda, pensé en la mala suerte de algunos, que se encuentran con su pasado al final de un pasillo en una ciudad de ocho millones de personas.
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