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El casamiento (primera parte)

cehicehi Miguel de Cervantes s.XVII
editado septiembre 2015 en Otros
El casamiento


En dos lugares de Sevilla (Esspaña) _la iglesia y el Juzgado_ que por un día tonto que tuve los desearía odiar, se casó éste iluso suscribiente, convencido de que ese era el estado perfecto del hombre. Pero los años y la convivencia demostraron que no hay mayor locura posible. Incluso quedé jodido, no ya sólo para repetir la ‘hazaña’, sino a falta de moral para recomendar, para el menester, una visita a la casa de Dios, o a la casa de la Ley, o a ambas.

Pero no creo que éste manifiesto mío sorprenda a nadie. Lo que hay que tener es co…raje para denunciarlo públicamente. Y lo digo en serio, ya que, como tengo aureola ante mis amistades de que soy bromista, no vayan a pensar que esto forma parte de la guasa con la que me caracterizan. Es por ello, pues, que separo el hecho puntual del Casamiento y la mujer a desposar, porque no sólo por ella es el INRI. Además, no debo soslayarla en mis criterios, sencillamente porque es una parte fundamental para tamaña unión. (Debo matizar que estoy refiriéndome a parejas convencionales, hombre-mujer, aunque, eso sí, sin menoscabo a otras fusiones, que las respeto pero no las comparto).

Desde aquella bíblica y celebérrima frase del Creador… “no es bueno que el hombre esté solo” _¡joder, qué prisas por crear a la mujer!_, ya nunca jamás ha estado solo. Claro que, ojo al dato, lo dijo ni más ni menos que El Mismísimo Baranda. Es más, pienso que se pasó en cuanto a la proporción, porque resulta que siempre ha habido más mujeres que hombres. Para muestra, un botón: en la actualidad, y en todas las partes del globo, hay, como mínimo, dos mujeres por cada hombre, lo que aclara que no existe mayor regocijo para toda mujer que un Casamiento. Pasa que tal regocijo no siempre es bien acogido por el hombre, o por éste hombre: ‘crítico oficial de los dichos’. Y la ‘agonía’ de la mujer por el Casamiento será, digo yo, por ‘si a los hombres los van cogiendo y cuando ella espabila ya no van quedando’. Porque el consabido sambenito de quedarse para vestir santos, cada vez es peor visto por la avispada mujer.

Bueno, pues todo lo que he escrito hasta ahora, con la inconmensurable mujer de por medio, no significa que quiera desviarme del quid Casamiento, sino, más bien, sirve de apoyo para mi proposición escrita. Pasa que, ya lo dije, el triunvirato mujer-hombre-casamiento es, de todas, todas, inexpugnable.

Casamiento, o boda, o matrimonio es un sacramento en las Leyes de Cristo, y, desde el punto determinista cristiano es una bendición del Propio Cristo, que por supuesto no voy a ser yo quien critique esto, porque soy cristiano. Pero creo que es un atraco a mano armada el hecho de que la iglesia lo imponga como obligación para autentificar el Casamiento, siendo evidentemente un contrasentido porque ante los ojos de ‘la Ciega’ la única válida pero perecedera fusión es la que consta en los libros del Registro Civil, donde todos estamos fichados, con todas las contingencias que se vayan originando en nuestras vidas: nacimiento, mayoría de edad, soltería, boda, divorcio, separación, viudedad, discapacidad y muerte, que cuando a mí me llegue será cuando deje de escribir estas chorradas.

Pero ya voy a entrar en materia sobre el Casamiento bajo el prisma de la conveniencia o no de contraerlo. Y para ello cuento con las dos únicas formas contributivas para hacerlo viable: la eclesiástica y la civil; aunque, ya lo dije, si no existe el Casamiento civil no tiene validez, porque ese floripondio de ‘por la iglesia’ no deja de ser un mero formulismo católico, que, por cierto, cada vez más está en desuso, incluso por los propios católicos. Y la verdad es que no sé por qué. Bueno, quizá sí. ¿No será porque ante el hipotético pero posible divorcio es más complicado disolverlo, por la lentitud, por la cuantía en dinero que supone el papeleo y por ese mito de la Sagrada Rota, mientras que el civil sólo es cuestión de ir al despacho del juez y decirle: ‘por su mare, Señoría, que ya no puedo más?’.

Como soy adicto a las buenas frases, ahora viene a cuento: ‘más vale solo que mal acompañado’. Y esto es una gran verdad; por supuesto, aplicable a los dos sexos. Porque ese rollo macabeo de ‘incompatibilidad de caracteres’, que aboca al divorcio, es muy complejo y abarca todo lo que se quiera alegar: ‘que no se congenia, que le apesta el aliento, que le huelen los pies barbaridad, que ronca, que pone los cuernos, que la suegra es una hija de tal, que se gasta ‘el sobre’ en bares/juegos/amiguitas/caprichos…’. Y, por todo esto, es mejor estar solo que mal acompañado. Pero la realidad también habla en forma de cifras. Es decir: don dinero, que, por cierto, es de un sino fatal: ‘todos dicen odiarlo, pero nadie puede vivir sin él’, y para más INRI, algunos no saben administrarlo. Con todo esto quiero dar a entender que esa ‘incompatibilidad de caracteres’ sería más llevadera si hay ‘pasta’ de por medio. ¡Y a ver quién dice lo contrario! Porque aquella frase consoladora de: ‘el dinero no hace la felicidad’, sólo la dicen quienes lo tienen. En la jerga de calle se dice: ‘el dinero no hace la felicidad, la compra ya hecha’.

Se supone como cierto que quien llega al Casamiento es porque puede dar y recibir amor, ternura, comprensión, tolerancia… y relaciones de todo tipo para tomar la peliaguda decisión, y por mor de todo esto acaba casándose, contra los vientos y las mareas de los mares revueltos.

En los primeros compases del Casamiento, que suelen ser de aires románticos, no hay más preocupación que no sea la de ‘adorar de por vida’ a la pareja, incluso aunque las cosas no hayan ido demasiado bien en la etapa del tanteo, de novios. Pero, pronto, increíblemente pronto, incluso antes de lo que se vea normal, empiezan a aparecer diferencias (cuyas pueden ser acalladas porque aún prevalezca el amor), que son las que van matando esa ‘adoración’ y consecuentemente la unión. Pero si en esos momentos ya hay hijos en el mundo, lo que sólo era una decisión de dos se convierte en un problema familiar, para desgracia de los hijos. Aún eso, soy de la convicción de que si en una pareja sentimental, casada o no, desaparece el amor, nada queda como remanente conciliador para evitar una ruptura.

También soy de la convicción de que la mujer gana más que el hombre con el Casamiento. Y no quisiera pensar que es sólo por el hecho de que hay más mujeres, ni tampoco pecar de machista, sino porque en la mujer es verdad que en ese estado natural y perfecto es donde se realiza mejor, y ojo, reivindicado por ella misma. Claro que, a veces, a la mujer le da por jugar a las adivinanzas con el hombre, porque es más taimada, y sabe adecuar el cuándo, el dónde, el cómo y el por qué de todas y cada una de las determinaciones que se tomen. Aunque, por contra, la mujer es más constante y más fiel que el hombre en todos los aspectos de una unión. Por tanto, menos trabajo le debe costar para adaptarse a esa aventura que es el Casamiento. Aunque, como sabia que es, es más exigente y sobre todo más interesada, bien por lucro personal, o bien, que es lo más probable, por un mayor bienestar para sus hijos. Por lo tanto, cuando empiezan a surgir las contrariedades, la mujer sólo resuella con la voz y el voto de la parte que ve negativa el hombre; es decir, la exigencia y el interés. Pero ese negativismo es el que siempre tuvo y que era eclipsado por el amor. Ay, el amor, dios portentoso que osa amar sin ser correspondido. Pero no todo el campo es orégano, y hasta amando puede ser ‘conservadora’, con todo lo que conlleva ese entrecomillado. Aunque, para no salir por peteneras, el hombre muestra cierta indiferencia, que es odiada por la mujer, que coge unos cabreos descomunales, y le dice, voz en grito, que no sea tan pasota y que se entregue más a sus obligaciones como pareja, marido, padre, y, en definitiva, como hombre. A la vez, hace valer su sexo, literalmente hablando, y suele ‘castigar’ a su hombre cuantas veces le vengan en ganas.

Comentarios

  • cehicehi Miguel de Cervantes s.XVII
    editado septiembre 2015
    La unión establecida por el Casamiento es antinatural. La pasión y el amor no duran toda la vida. La pareja, con el Casamiento, se transforma y vive con lo rutinario y lo aburrido. Transitar por el presente, como si fueran los primeros o los últimos días del mismo, por enfermedad o por obligada lejanía, es lo único que puede aportar ilusión para mantenerlo vivo. Es un hecho irrefutable que cada vez queda menos tiempo y cosas por hacer, pero es imprescindible tener calma para evitar que se dispare el relé de la desazón. Porque toda esa gente que dice amarse y no sabe qué decirse, no hace sino ocultar una realidad; realidad que, inexorablemente, pasa factura. Y por esto, sí, por esto, repito, es mejor estar solo que mal acompañado.

    Llega un momento en mi escrito que, sin pelos en la lengua, debo decir que el Casamiento es el ratero oficial de todo lo privado. Nada de lo que se haga se puede mantener en secreto. El Casamiento sisa todo con arte socarrón: las costumbres, los usos, las virtudes, los defectos, las diversiones entre amigos, los gustos… Y el hombre no sabe de antemano si es capaz de sobrellevar este cúmulo de necesidades. Y por estas, ya demasiadas cosas, es mejor estar solo que mal acompañado.

    Pero por el leve ‘delito’ de que nunca he creído en el Casamiento, nunca dejé de creer en la pareja, aunque con las lógicas y sensatas precauciones para no ‘matrimonizarla’. Me explico. Suele ocurrir que los documentos que se firman, en la iglesia y en el juzgado, sirven de parapeto moral en el momento de las desavenencias conyugales, lo que ayuda a seguir fingiendo incluso inmerso en una aparente estabilidad, a todas luces inexistente.

    Es un lujo lo que se renuncia por el Casamiento. Y no sólo lo ya referido, que no es poco, sino la libertad de poder escoger todo aquello que más guste. No obstante, las corrientes liberales en las que se explayan los solteros, no les convienen a los casados, y no es más que porque las obligaciones conyugales las vetan. Por tanto, todo aquel que se enganche al carro del Casamiento está expuesto a toda variedad de privaciones naturales, que con total probabilidad será normal para unos y cargante para otros, aunque el equilibrio se halla en lo que cada cual desee hacer. Los lamentos por lo que no se hizo o se dejó de hacer no sirven de nada a la hora de echar cuentas. Nadie, para la decisión de contraer Casamiento, le pone un puñal en el pecho a nadie con la intención de persuadirle en contra de su voluntad. La traición, y sobre todo la falta de amor, sí pueden ser las únicas armas válidas. Pero nada más.

    Cuando aparece la luctuosa ruptura, no hay mayor desconsuelo posible en la parte perjudicada. Pero, ojo, que nadie trate de comer el coco a nadie, porque con querer inculcar que es siempre la mujer la perjudicada, se desvirtúa la verdad. Se interpreta así por si a ella no le quedase remanente económico, que aún siendo vital no determina la causa. ¿Por qué siempre existe un interés especial por ocultar el quién y el por qué? ¡Joder con las descalificaciones ocultas! ¡Qué fácil resulta largar tirando la piedra y escondiendo la mano!

    En todo caso, lo que expongo en este escrito no posee la verdad en propiedad. La verdad sólo tiene un camino. Pero sí tiene que ver con MI VERDAD, que ésta si puede tener más caminos, sobre todo de interpretación.

    El Casamiento es un tormento si uno se casa sin venir a cuento. Pero si se le echa un cierto ungüento, hasta el dos mil desde primeros del novecientos

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  • cehicehi Miguel de Cervantes s.XVII
    editado septiembre 2015
    Próximamente publicaré algunas anécdotas curiosas del casamiento
  • A ver con que nos sales:):D
  • cehicehi Miguel de Cervantes s.XVII
    editado septiembre 2015
    amparo bonilla escribió : »
    A ver con que nos sales:):D


    ¿Te gustó?
  • Tienes chispa para contar las cosas:)
  • cehicehi Miguel de Cervantes s.XVII
    editado septiembre 2015
    amparo bonilla escribió : »
    Tienes chispa para contar las cosas:)

    Gracias. Pero será, digo yo, aparte de que vivo lo que esccribo, que esta bendita tierra sevillana me sirve de musa y me inspiro. Jajajaja. Hablar por hablar.
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