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Tres indicios detectivescos: La caja

SilenusSilenus Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
editado junio 2015 en Narrativa
Tres indicios detectivescos: La caja

Abuela, que se pasaba las horas mirando por la ventana que da a la calle, una tarde me dijo “el tipo de enfrente es marica”. Yo, que a unos metros trataba de no naufragar en el domingo pegado a la play station, dejé el joystick para preguntar “¿quién, Ramírez?”. Abuela tenía un sexto sentido para sacarle la ficha a la gente. Pero no dejé de preguntarle cómo lo sabía. “Yo trabajé diez años de mucama en la casa de un famoso dramaturgo, maricón de la primera hora. ¿No te lo conté?”.
(Sí, cientos de veces nos había contado la anécdota de un sábado que llegó al departamento a las ocho de la mañana para hacer su trabajo, con la llave que el dueño de casa le había dado porque nunca estaba allí, y se encontró con el living repleto de “maricas” y “tortilleras” durmiendo desnudos entre los dos sofás y la alfombra que ella debía aspirar en un rato. Tuvo que ir a sacudir al anfitrión, que dormía en su cama como si nada, con el piyama puesto y todo, para preguntarle qué hacía con sus invitados. El multipremiado vanguardista abrió los ojos de repente ―remataba la anécdota la abuela― y le dijo: “Raje a todos esos putos de mi casa”. Después siguió roncando. Abuela, con todo el pudor que sentía, tuvo que ir despertando de a uno a vedettes, bailarines, actores y escenógrafos, anoticiándolos sobre dónde estaban y qué debían hacer. También debió buscarles la ropa, tirada por ahí, y hasta ayudarlos a ponerse de pie y calzarse los pantalones. La alfombra estaba “hecha un desastre” de colillas, restos de comida y de “esos tubitos de acero inoxidable que se ponían en la nariz para aspirar”.)
Pero volviendo al vecino, abuela me hizo un gesto para que me acercara a su pantalla de la vida real. Dejé en pausa el partido de fútbol y me asomé por el resquicio que ella le hacía a las cortinas para espiar. Los Ramírez salían a pleno. El tipo estaba sacando el auto del garaje, su mujer y sus dos hijas adolescentes (“Chiara” y “Mara”) lo esperaban sentadas en el tapialcito de ladrillos a la vista. Abuela me apretó el brazo y me dijo “fijate ahora cómo quiebra la muñeca así ―hizo un gesto con la mano sin dejar de mirar hacia afuera― cuando cierre el portón”. Esperamos el momento. Sí, era cierto: fue arrastrando el portón corredizo con (como les decían antes a los gays, recordé) la muñeca quebrada. “Y la mujer, que se las tira de muy católica...”, acotó la abuela como para sí. Después se subieron a la rural de fabricación nacional, como toda familia tipo, padres adelante, hijos atrás, y salieron a matar un domingo de invierno con mejores perspectivas que las mías, ahí encerrado. “¿Y con ese gesto te alcanza?”, le pregunté, ya volviendo a mi puesto detrás de la consola. Abuela dijo que sí con la cabeza, pero ya estaba con la mente en otra cosa, porque el reality del barrio seguía por otro lado: ahí estaba la cuarentona soltera de la casa de al lado, que volvía con su novio (“andará por los cincuenta”) de almorzar de la casa de sus futuros suegros sin su madre. (“Se putearon cuando ella salía: no querrá saber nada de que la hija se vaya a casar justo ahora y la deje sola”, abuela dixit). Seguí con el juego, pero la mente se me había atascado en la vereda de enfrente. Damián Ramírez, entre los treinta y los cuarenta, de profesión abogado (“cuervo”, diría mi padre). ¿Cómo conocerlo mejor? Recordé el método que usaban los detectives de las series policiales yanquis: la basura, fuente inagotable de sabiduría para conseguir incriminar a sus sospechosos.
Esa misma noche, cerca de la una, me levanté de la cama, me vestí y salí afuera. No había un alma. El viento traía el ladrido lejano de unos perros y también el recuerdo de una canción de Pink Floyd. Me crucé de vereda y fui derecho al canasto de alambre que los Ramírez habían puesto en la vereda para su uso exclusivo. Tenía una bolsa negra, de esas grandes de las de consorcio, más otra pequeña, de supermercado. La grande sería la de la cocina, la de nylon vendría del cesto de debajo de algún escritorio. Al trasluz pude ver papeles. La agarré y me metí enseguida en casa, había dejado la puerta de calle abierta a esa hora, y si mi padre me escuchaba iba a tener que inventarme alguna excusa creíble, con lo susceptible que estaba con los robos. Subí la escalera en puntas de pie y me encerré en mi cuarto a revisar la bolsa tranquilo. Empecé a sacar los papeles y a clasificarlos sobre la cama. Tres cheques de un banco italiano rotos hasta hacerlos pedacitos casi imposibles de restaurar, pero pude comprobar que el monto a cobrar tenía seis ceros; un contrato de alquiler vencido, a nombre de un carnicero de allí a la vuelta; tres tarjetas de inmobiliarias, enteras, que sobre el reverso tenía escrito a mano con la misma caligrafía un porcentaje (10, 15 y 20); una hojita violeta hecha un bollo pero entera, arrancada de un anotador, con una dirección (“Malabia 2340”) y una indicación (“depto. R”), más la fecha del viernes pasado junto a un horario (“dos y media”, ¿de la madrugada?) escritas a mano con el mismo trazo que la de las tarjetas. Deduje que esa era la letra de Ramírez. Después saqué envoltorios de caramelos y uno de esos aerosoles para la halitosis (estaba vacío). Al final, contra el fondo de la bolsa de nylon, haciendo un bulto que recién ahora notaba, saqué una caja oblonga, de color negro que por la fotografía estampada en el frente parecía ser un juguete erótico. Estaba escrito en caracteres chinos. Adentro sólo estaba el folleto con las instrucciones de uso, en cuatro idiomas. Traducido al inglés, el dispositivo al que pertenecía ese envoltorio se llamaba “The owful intruder Z5000”. Era, claro, un vibrador, o como le decíamos los chicos, un consolador. Las indicaciones de uso ponían especial cuidado en el voltaje de la corriente eléctrica, y yo me reí solo al recordar las consecuencias nefastas de su mal uso en un personaje de un film delirante de los ochentas (“Top secret”) que trataba, casualmente, de espías. Era tarde, me caía del sueño. Volví a meter todo dentro de la bolsa del supermercado, menos la caja del Intruder con sus instrucciones, que guardé dentro del ropero, atrás de la pila de jeans. Salí a la calle otra vez a dejar la bolsa en su sitio, pero me di cuenta de que cruzarla era superfluo, así que la colgué del clavo que habíamos puesto contra el tronco del árbol de nuestra vereda, a suficiente altura para que los perros de la calle no la alcanzaran y la destrozaran en busca de comida. Después me acosté y me quedé dormido en el acto.
Al otro día, a eso de las siete y media, cuando salía para el colegio, me encontré con los papeles de Ramírez tirados en la vereda de casa. El basurero no había pasado y algún perro más alto de lo que supusimos con mi viejo había alcanzado a romper la bolsa que colgaba del crespón. Volví a entrar y salí enseguida con el escobillón, la palita y otra bolsa del mismo supermercado. Junté los papeles lo más rápido que pude. Ahí estaba la hojita violeta con esa dirección de la calle Malabia. La levanté y me la guardé en el bolsillo del guardapolvos. Esta vez dejé la bolsa en el canasto de su propietario. Corrí a tomar el colectivo, pero igual llegué tarde a la clase de gimnasia. Me pasé toda la mañana pensando en el dispositivo. A la vuelta, ya sin apuro, despedí a unos amigos en la esquina del colegio y me encaminé solo hacia Malabia al 2300. Era, como me imaginaba, uno de esos departamentos tipo chorizo, que le dicen. La puerta de calle estaba abierta. Había un pasillo angosto y muy largo, al aire libre. El departamento R sería uno de los últimos, casi que era más cómodo saltar la medianera que daba a la otra calle. Me mandé, no sabía bien para qué. Las puertas de chapa se enfrentaban de a dos. Serían las tres de la tarde, y no se escuchaba ni un ruido. J, k, l... los frentes eran una puerta y una ventana con postigos también de chapa. Salvo algunas macetas y una bicicleta encadenada a una reja, no me crucé con nada más. Estarían prohibidos los perros, porque si no ya me estarían ladrando. Llegué hasta la puerta del departamento R. ¿Y ahora qué hacía? ¿Tenía sentido tocar el timbre? ¿Con qué excusa? Me quedé ahí parado. En pleno pulmón de la manzana había una quietud total. De repente escuché que a mi espalda una voz gruesa, como de lija, me preguntó: “¿A quién buscabas, nene?”. Giré y vi que por la ventana del departamento de enfrente un viejo panzón y pelado, vestido con una “musculosa” de algodón, me miraba serio. Tardé unos segundos en reaccionar. “El muchacho, ¿está?”, le dije apuntando con una mano hacia la chapita con letra R que estaba clavada en la puerta. ¿Por qué yo daba por hecho que ahí vivía un muchacho? “Está en el trabajo. ¿Qué necesitabas?”, me apuró. “Nada urgente ―le dije―, ¿a qué hora vuelve?”. “Como a las seis. ¿Querés que le deje algo dicho a Roberto?”. “No hay problema, vuelvo más tarde”. Estiré una mano a modo de saludo y empecé a salir. Cuando llegué a la calle volteé un poco y vi que el viejo seguía mirándome, con media cabeza asomada por la ventana.

(continúa)
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